Villasana no es fotógrafo profesional. Es un arqueólogo de imágenes, un explorador del pasado que rastrea los tianguis, los mercados de pulgas, las bodegas y las herencias abandonadas para rescatar fragmentos de un México que ya no existe.
Ciudad de México, 12 de noviembre (MaremotoM).- Hay ciudades que envejecen despacio, que parecen suspender el tiempo como una melodía que se repite. Hay otras, como la Ciudad de México, que respiran y se deshacen cada día, que cambian de rostro a cada segundo, como si la memoria fuera un lujo que nadie pudiera pagar. Carlos Villasana lo sabe: lleva décadas tratando de retener en imágenes esa ciudad fugitiva, esa urbe que se le escapa incluso mientras la fotografía.
“Hay veces que me dicen ‘sigue igual’, y yo les pregunto: ¿de qué ciudad me están hablando? Cada segundo cambiamos nosotros, se transforman las calles, desaparecen los cines, los parques, los teatros. Todo se mueve”, dice el cronista, coleccionista y autor de La ciudad que ya no existe II (Planeta), un volumen que reúne ochenta nuevas fotografías comentadas junto a la historiadora Isabel Revuelta Poo.
No es un libro nostálgico —aunque inevitablemente duele—, sino una especie de cápsula del tiempo donde la memoria colectiva se organiza por imágenes: la Biblioteca Central de la UNAM recién inaugurada, el hotel Regis antes del terremoto, el antiguo Café Colón, el Polanco de la charrería. “La fotografía detiene el tiempo un instante —dice Villasana—. Y en ese instante está la vida entera de una ciudad.”
Villasana no es fotógrafo profesional. Es un arqueólogo de imágenes, un explorador del pasado que rastrea los tianguis, los mercados de pulgas, las bodegas y las herencias abandonadas para rescatar fragmentos de un México que ya no existe.
“Yo busco fotos urbanas, callejeras, espontáneas. Imágenes que estaban destinadas a no salir nunca del álbum familiar. Y cuando alguien muere o se muda y las tira, ahí estoy yo. Lo que para otros es basura, para mí es un tesoro.”

Así empezó a construir su enorme acervo de postales y fotografías, del cual se desprenden sus colaboraciones con El Universal y sus proyectos de divulgación visual. En 2011 fundó, junto con Rodrigo Hidalgo, la página La Ciudad de México en el tiempo, primero en Facebook y después en X (Twitter), hoy seguida por más de medio millón de personas. A partir de esas imágenes, Villasana y su equipo lanzaron las cápsulas televisivas en Canal Once, donde la historia se cuenta a partir de la fotografía.
“La gente ama la nostalgia —dice—, pero lo que más les gusta es reconocerse en ella. Los temas que más nos hicieron crecer fueron los cines, los parques, las escuelas. Esos lugares donde todos alguna vez fuimos felices.”
Villasana se describe como investigador iconográfico, pero también podría ser llamado sociólogo o cronista visual. Sus libros no son solo compilaciones de fotos: son espejos donde los ciudadanos se redescubren.
“Me gusta la relación entre la foto y la letra. Porque cuando tienes una foto, no puedes decir que algo no existió. Ahí está la prueba, la huella de una vida que pasó.”
Aunque las cámaras actuales nos permiten capturarlo todo, cree que el exceso de imágenes ha desdibujado su valor: “Antes tomar una foto costaba trabajo, dinero, tiempo. Tenía un peso emocional. Ahora puedes hacer miles y borrarlas al instante. Se perdió esa relación íntima con el instante”.
Por eso sus libros funcionan como un contrapeso: una pedagogía de la mirada que enseña a observar, a detenerse, a reconocer la historia en lo cotidiano. “Yo lo que quiero —dice— es que la gente vuelva a mirar su ciudad. Que se reconcilie con ella.”

De todas las fotografías que ha rescatado, hay una que lo persigue: la de un niño disfrazado de Calimán, el héroe de las historietas mexicanas. “Esa imagen me llegó cuando faltaba una foto por publicar. Luego supe que el niño quería ser cineasta y murió joven, pero ahí está, vivo para siempre, posando orgulloso con su triciclo convertido en tigre de bengala. La fotografía lo resucita cada vez que alguien lo ve.”
Ese episodio, cuenta Villasana, lo conmovió tanto como el famoso beso del Día de la Victoria. “Para mí, esa foto de Calimán es mi versión del beso. Porque ahí están el juego, la infancia y la eternidad.”
La ciudad que ya no existe II es una conversación entre generaciones. Muchos lectores le escriben contándole que miraron las imágenes junto a sus abuelos o sus nietos y que reconocieron en ellas no solo los edificios desaparecidos, sino sus propias vidas.
“La fotografía une —dice Villasana—. Es un puente entre quienes fuimos y quienes somos. Cada foto es un pedacito de ciudad que sigue respirando.”
Entre las ruinas del Café Colón, el eco del tranvía y los muros del hotel Regis, late una verdad que el investigador repite con serenidad: la ciudad cambia, pero el amor por ella no desaparece. Solo se transforma, como el agua del río del que hablaba Heráclito, el mismo donde nos bañamos una y otra vez sin que sea nunca el mismo.











