(Inspirado en la canción “Soles pasados”, de Julio Raygoza)
Ciudad de México, 27 de junio (MaremotoM).-
I
Hubo un tiempo donde los días eran círculos cerrados,
perfectos, como la inocencia antes de la conciencia.
Éramos piel reciente, apenas pensada,
esperando que el mundo nos soñara.
Éramos puentes sin destino,
pero sostenidos por la fe del instante.
Ya no bastaba nombrar para entender,
el mundo pedía sacrificios,
se mantenía girando, pero con otro eje.
Y así, el cambio se instaló siendo huésped,
uno que no avisa cuánto tiempo se quedará.
II
El sol no salía, sino que nacía,
haciendo parecer que cada día era un parto del universo sobre nuestra espalda.
Los soles pasados nos miraban sin reproche,
pero ya no calentaban como antes.
Dejaron restos, cenizas nobles,
y si el viento soplaba justo, esas cenizas volaban como luciérnagas.

Hay mañanas que llegan con la forma del miedo,
pero otras se abren igual que un pétalo herido.
En ambas cabemos,
si aprendemos a respirar sin certeza.
III
Cada amanecer es un juicio:
¿Cuánto de lo que fui merezco conservar?
¿Quién soy cuando ya no soy quien amaba?
¿Quién me habita ahora que he soltado lo que me nombraba?
Por momentos somos sólo sombra de una sombra
que aún recuerda cómo se sentía brillar.
Entre escombros también hay semillas
esperando una lluvia diferente.
Ahí florece lo inédito,
en ese núcleo invisible que resiste.
IV
Quisimos amar con la forma antigua,
pero el molde ya no encajaba.
El corazón exigía nuevas geometrías,
más vulnerables, más inciertas.
Y aprendimos que amar también es soltar
al que uno fue mientras amaba.
El deseo cambió de casa,
pero no dejó nota.
Lo buscamos en las palabras de antes,
pero ya no estaban allí.
V
Despertamos siendo otros
y nadie lo notó.
Pero el café sabía distinto,
la calle se hacía más grande,
y el nombre propio
tenía otra textura.
Lo que amamos también cambia,
y no siempre a nuestro favor.
Amar es sostener una llama,
aunque la mecha ya no quiera arder.
Hay momentos donde el amor muere,
pero seguimos abrazando el humo.
Es así, el sentimiento también es un tránsito.
VI
No siempre supimos quiénes éramos,
pero el cambio nos empujó a preguntar.
Cambiar es decir:
soy fiel a lo que aún no conozco de mí.
Porque vivir es mutar sin miedo.
Es dejar de luchar contra el río,
sabiendo que se llevará nuestro reflejo a otra orilla
y aprender así, a flotar con los ojos cerrados.
VII
Nos convertimos en lenguaje
que aún no tiene alfabeto.
Y seguimos escribiendo.
A tientas. Con sangre. Con silencio.
El tiempo se ríe de los intentos humanos,
por inmovilizar lo que fluye.
Me pregunto:
¿Dónde queda el hogar cuando cambiamos tanto
que ya no cabemos en nuestras propias memorias?
VIII
Cambiar no es renunciar,
es reconocer que incluso el fuego
necesita otro aire para seguir ardiendo.
Y en ese aire nuevo,
aunque duela,
aunque queme,
aunque no nos reconozcamos del todo,
somos.
Aún somos.












Felicidades! Un placer leerte …
“Cambiar es decir: soy fiel a lo que aún no conozco de mí.”
Muchas gracias