Ángel Berlanga

Ángel Berlanga:La épica y el sentido del humor eran las dos banderas de la escritura de Soriano

Entrevista con el biógrafo del gran narrador y periodista fallecido en 1997, Osvaldo Soriano, uno de los autores más populares y creador de una obra clave en la narrativa argentina del siglo XX, conformada por 7 novelas y varios libros de relatos, crónicas y artículos periodísticos

Ciudad de México, 5 de septiembre (MaremotoM).- El libro es monumental, en varios sentidos: porque es un libro de más de 500 páginas, porque es exhaustivo en cuanto a la vida y la obra de un autor clave de la literatura argentina y porque es un modelo en su género.

Soriano (Sudamericana) seguramente será la biografía canónica del escritor Osvaldo Soriano, el que cruzó todos los límites en materia de ventas y bestsellers; el que cruzó el periodismo con la literatura como pocos y el que no dejó polémica sin atravesar. Fue, también, el que ayudó a construir su mito de escritor que se hizo de abajo por no haber nacido en cuna literaria, el mismo que se enfrentó a quienes criticaban sus libros y su literatura (o quienes los ignoraban) casi como si se tratara de un capítulo más de la lucha de clases.

Ángel Berlanga
La esperada biografía de un escritor tan popular como ignorado por la academia. Foto: Cortesía

Ángel Berlanga es uno de los periodistas culturales más respetados de la Argentina. Gran entrevistador, escribe en el suplemento Radar, de Página 12 y es el coordinador de la sección “Verano 12″ en el mismo diario, un espacio único en su tipo para la divulgación de la narrativa argentina.

Ángel nació en Buenos Aires en 1966 y es docente de periodismo en la UBA y en la agencia ANCCOM. Es autor de las entrevistas para el libro La literatura argentina por escritores argentinos y hace 20 años comenzó a trabajar junto a Juan Forn en la reedición de la obra de Soriano y compiló dos volúmenes con artículos del escritor: Cómicos, tiranos y leyendas y sus escritos sobre fútbol Arqueros, ilusionistas y goleadores. Por estos días acaba de publicarse Soriano, su esperada biografía del gran escritor y periodista argentino nacido en 1943 y fallecido en 1997.

Hijo único de un funcionario de Obras Sanitarias y un ama de casa, fanático de San Lorenzo, periodista de todos los géneros, polemista profesional e integrante de varias redacciones pioneras como Primera Plana, Panorama, La Opinión o Página 12, diario del que fue uno de los fundadores, en sus primeros años Soriano vivió en diversas localidades del país a raíz del trabajo de su padre y fue también uno de los escritores que eligió exiliarse en los tiempos sombríos de la dictadura. Antes había publicado su primera novela, Triste, solitario y final y todavía en el exilio se conocieron No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno.

A la hora de su muerte, Osvaldo Soriano estaba casado con la francesa Catherine Brucher, quien lo había convertido en el padre de Manuel, el único hijo del escritor, nacido en 1990.

La biografía de Berlanga es un trabajo monumental y riguroso, que da cuenta de lo que fue la vida del autor de El ojo de la patria, a la vez que, con inteligencia y gran capacidad de análisis, introduce al lector en una obra clave en la narrativa argentina del siglo XX, conformada por siete novelas y varios libros de relatos, crónicas y artículos periodísticos, algunos de los cuales aún sorprenden por su capacidad visionaria.

Hay dos citas del propio Soriano que iluminan desde el arranque la biografía. Son estas:

“Al escribir, cuidame. Son mis memorias; no quiero aparecer como un viejo gruñón que idealiza sus años juveniles” (Memorias de Míster Peregrino Fernández)

“No tengan piedad de mí: la memoria, si voraz y violenta, es una materia exquisita”. (Piratas, fantasmas y dinosaurios

Lo que sigue es una charla que mantuvimos semanas atrás, en un estudio de Radio Nacional, para el programa Vidas Prestadas.

— Soriano era un personaje desmesurado. Era muy querible y muy peleable, por decirlo así. Era muy atractivo. Y es un personaje sobre el que trabajaste mucho, porque empezaste con su literatura y estuviste muchos años trabajando sobre su vida.

— Para la biografía en sí hace nueve años; se cumplen 10 años a mitad de éste. Pero ya venía trabajando y reuniendo materiales desde hace mucho. Vos mencionabas recién el trabajo sobre su literatura que hice junto a Juan Forn. Yo ya ahí tenía materiales y Juan me convoca porque esa reedición consistía en agregarle tramos de las facturas de las novelas a las reediciones de las novelas. Un poco la cocina, ¿no? Y las repercusiones.

— Mucho de eso está en tu biografía.

— Mucho de eso está acá, aumentado por supuesto. O sea que tenés el corte de diez años, que es cuando me puse con la biografía. Tenés el corte de veinte y tenés más cortes hacia atrás, como lector. Mi entrada en Página 12 tiene que ver con un contacto con Juan Forn, por ejemplo. Hay unos cuantos hilos que se entrelazan.

— ¿Y en qué año entraste a Página?

— En el 98.

— O sea, al año siguiente de la muerte de Soriano.

— Sí y además está híper relacionado. Te cuento así mínimamente: cuando murió Soriano, como tenía materiales, al poco tiempo yo propuse en La maga hacer el número homenaje. Y, además, entrevisté a Forn y a Rodrigo Fresán, que eran los escritores jóvenes más allegados a él. Yo quedé en contacto y, poco antes, de que se cumpliera el aniversario, vi el anuncio en Página de que iban a hacer un número especial con “Soriano por Soriano”, con declaraciones de él sobre la vida, la obra, la política, la infancia, sus tics, sus rasgos de personaje. Y entonces yo lo llamé a Forn y le dije “mirá, yo tengo materiales” y Forn me dijo “no te puedo aceptar porque no va a pagar nada el diario, no hay plata”. Le digo: “yo te paso los materiales igual, pero vos aceptame un sumario de notas con propuestas y, si alguna te cierra, vamos para adelante”. Y fue así: dicho y hecho.

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Osvaldo Soriano, uno de los grandes escritores argentinos. Foto: Cortesía

— Y así entraste al diario.

— Sí. O sea que en estos días se cumplen 25 años de mi primera publicación en Página y todo tiene que ver con Soriano.

— Yo sí lo conocí a Soriano, estuve varias veces con él; alguna de esas cosas incluso aparecen en tu libro. Lo que creo, después de leerlo, es que además de recuperar de una manera muy exhaustiva lo que fueron su vida y su obra, haces algo muy interesante que es poner en perspectiva lo que significó la literatura de Soriano no solo en la Argentina. Y eso es algo que está perdido en el tiempo y que se recupera con tu trabajo. Emociona ver en perspectiva hoy lo que significó su literatura en Italia, en Francia. En Italia, sobre todo, fue una cosa increíble. La cantidad de premios, el conocimiento de su obra que tenían afuera. Vos hacés un detalle de las mesas y eventos en las que él participaba con señores increíbles.

— Tremendo, tremendo. Sí, sí, sí. Está en las grandes ligas ahí, sí. Está en las grandes ligas y el libro también desgrana mucho contacto con personajes clave. La relación con Cortázar, por ejemplo.

— Exactamente, las lecturas de Cortázar de la obra de Soriano.

— Sí. Y en Italia realmente lo idolatran. Se lo sigue reeditando, cada tanto se reedita su obra. De hecho, un elemento bien significativo es cuando él muere en la portada de los diarios italianos apareció la noticia de su muerte.

— Increíble.

— O sea, es alguien de mucha referencia y hoy todavía ves continuamente gente citándolo, acordándose de él, recordando tramos de sus libros. Realmente es un personaje muy importante, sobre todo en Italia. Y una cosa que descubrí también revisando material de archivo es que en Chile también se lo conocía, había participado en mesas…

— Él estuvo en Chile cuando fue el plebiscito de 1988, que terminó marcando el fin de la dictadura de Pinochet.

— Y hace ahí unas crónicas extraordinarias. Una cosa que me interesaba subrayar es que es muy placentero, nutritivo leerlo. No es para nada indiferente. Estos días pensaba que hoy se lo conoce como un performer, digamos, ¿no? Él tenía eso de que a veces se le salía la cadena en las polémicas con los editores, por ejemplo. Y al mismo tiempo, él dice no hay nada más desagradable, arrogante y vanidoso que un escritor. Así como agarra la bolsa de los editores y los mete a todos ahí, agarra la bolsa de los escritores y hace lo mismo. Y dice: “yo justifico un poco lo de los editores porque tienen que tratar con los escritores”. (Risas)

— Algo de tu libro que me hizo pensar un poco es que durante mucho tiempo se hacía difícil de pronto hacerles el verdadero reconocimiento como escritores a quienes eran originalmente periodistas; tal vez porque eran excelentes periodistas y eran buenos escritores, digámoslo así. Y no solo pienso en Soriano, pienso también en Tomás Eloy Martínez, por ejemplo, de quien si tengo que elegir, voy a seguir eligiendo La novela de Perón y Santa Evita por encima de las novelas de pura ficción.

— Totalmente.

— Recién mencionabas las crónicas, un género que fue resaltado en las últimas décadas. Y Soriano hacía ese modelo de crónica de toda la vida.

— Sí, sí, de los años de La Opinión. Hay crónicas de box en Panorama, por ejemplo, que son joyas. Porque no solo te cuenta lo que pasa, si no que se delira y ves el electrocardiograma, digamos. Y tiene mucho humor. Él nunca renuncia al humor. Incluso en los temas más difíciles, salvo excepciones porque él ha escrito mucho sobre el Proceso y los derechos humanos y las violaciones a los derechos humanos y ahí no hay humor. Pero en el resto de las materias, el humor siempre está presente. Y las contratapas de Soriano en Página son un clásico, ¿no?

— Sí. Hay cuestiones que me gustó recuperar a partir de tu trabajo. Una es leer a un hombre de izquierda, orgullosamente de izquierda, militando por causas y no por personajes. Eso es algo que perdimos porque, en los últimos años, la militancia periodística se dio por proyectos políticos concretos, partidos concretos o liderazgos concretas. En el caso de Soriano, uno advierte cómo él podía sustraerse a esa fascinación religiosa por los personajes y estaba detrás de las causas. Y otra cosa que me encantaba era ese humor heredado de Tato Bores, con la Llamada internacional, por ejemplo.

— Claro, claro. Sí, sí. Que traía desde la época de Mengano. Pero también en algunas notas de La Opinión aparece el humor y las cosas que recupera él de la picaresca en el oficio, o sea, las cosas que cuenta de Alberto Szpunberg, por ejemplo.

— Gran poeta.

— Claro, tremendo. Tremendo poeta. Lo recordaba con un cariño Szpunberg, no conocía esa relación. Supe que coincidieron en La Opinión. Y cuando lo entrevisté a Szpunberg era como que lo adoraba. Y recordaba escenas maravillosas, algunas están en el libro. Estas especies de complots que hacían en La Opinión poniendo cartelitos…

— (Risas) Sí, sí, cartelitos anónimos en los baños en contra de Timerman.

— Ese tipo de picaresca que él sostiene siempre. Yo he rescatado muchas veces esa frase de la épica, él dice: “Falta épica y sentido del humor”.

— Y es verdad.

— Todo el tiempo eran sus dos banderas.

— ¿Eras lector de Soriano cuando eras más joven? ¿Fuiste lector de Soriano?

—Esta es otra historia que cuento mucho. Yo estudiaba Arquitectura, salí del Industrial. Nada de literatura, poco y nada. Y, además, formado durante el Proceso. O sea, todo lo que fueron los excesos de la dictadura y etcétera recién me desayuno cuando llega la democracia. Era muy poco lector. Estudio Arquitectura tres o cuatro años, no era para mí, y empiezo a leer. Mi descubrimiento es Cuarteles de invierno en una librería de usados. Puesto en línea con algunos artículos que había leído de él en Página y en El Porteño. Ese es mi desembarco y esto es el año 88, o sea que ya tenía 20 y algo, ¿no? Y cuando cuento esto, también lo hago por el alcance que tiene Soriano como escritor. No es un escritor que les habla a los escritores solamente o a un gueto, tiene un público muy amplio y de ahí también la popularidad que tuvo.

— Funciona como un introductor a la literatura.

— Absolutamente. A la literatura y a mil temas que dialogan entre sí.

— Claro, pero lo que quiero decir es que es un facilitador de la llegada de mucha gente a la literatura.

— Sí. La definición en algún momento me la dio Alberto Díaz, quien fue el editor ahí en Seix Barral, y me parece que es así. Él tiene por un lado mucha rebeldía y, por otro lado, mucha libertad. Entonces dice: ¿por qué no voy a hablar de qué pasa políticamente en la literatura? ¿Por qué no voy a meter la coyuntura en la literatura? ¿Por qué no voy a meter el fútbol en la literatura? Y eso para los lectores arma mil puntos de contacto. Y creo que esto, esa definición de facilitador, de introductor a temas y a autores y a…

— Un gran divulgador.

— Tremendo, sí, eso lo tiene. Viste lo que es cuando él se mete con la Biblioteca de Mayo. Y él lo llamaba “lecturas compartidas”: yo estoy leyendo esto, le cuento, si le gusta está buenísimo.

— Es que es así, claro.

— Yo creo que es eso. Y esto me parece que Juan Forn lo toma, al modo de Juan, pero creo que las contratapas de Juan Forn tienen esto en su matriz. No solo apropiarse, sino esto de la lectura compartida y del cuentito. Lo que hace Juan Forn ahí, que es maravilloso y que tiene sus rasgos distintivos por supuesto de Osvaldo, pero yo creo que es también esto de las “lecturas compartidas”.

— ¿Creés que todos estos años que demoraste en escribir el libro, en donde debe haber habido mezcla de perfeccionismo y montones de cuestiones, pero sentís que éste es el mejor momento para haberlo publicado? ¿Sentís que hoy es un buen momento para que salga una biografía de Soriano?

— No, yo hubiera querido sacarlo antes. Hay una serie de cosas, alguna la mencionaste vos que tiene que ver con la inseguridad propia o la capacidad de laburo. Hay gente que labura rapidísimo, yo laburo muy lento. Como todos, hacemos mil quinientas cosas, además.

— Como todos los periodistas en la Argentina (risas).

— Claro. Y yo, la verdad, cuando estoy en ese tren me cuesta. Yo hubiera querido sacarlo hace cuatro, cinco años. Porque además también le dediqué muchos años.

— ¿Estás contento con el resultado?

— Sí, estoy contento porque además uno ha hablado con mucha gente y muchas veces uno dice “ah, ya lo tengo”. Y no, se iba postergando. Pasó lo de la pandemia. Durante lo que fue el macrismo yo me involucré en otras cosas en ese período y entonces le puse mucha energía a eso también. Pero respondiendo a tu pregunta, la verdad es que hubiera querido, por ejemplo, empalmarlo, con la reedición de Seix Barral, que tuvo una repercusión y una llegada descomunal. Y creo que ese impulso un poquito hubiera estado bien tenerla en ese momento. Porque le hubiera dado una continuidad a la impronta de Soriano y al mismo trabajo que hizo Juan con las reediciones.

— Hay una frase que aparece en relación a lo que eran las notas necrológicas que hacía Soriano, que hablaba de “no maquillar a los muertos”. Me gustaría saber qué significó esa frase para vos mientras preparabas un libro sobre Soriano. Qué quiere decir no maquillar: porque no es lo mismo que faltarle el respeto o faltar a la verdad. ¿Cómo hace uno para decir la mayor verdad posible sobre una persona?

— Yo pienso mucho que esto es una suma de recortes. Juan Bautista Duizeide, que hizo una lectura entrañable, hablaba de montaje, y esto para mí en gran parte tiene que ver con un montaje. Las dos frases que abren, el “tratame bien” y el “no tengan piedad de mí” también constituyen una aproximación a eso. Él mismo se reivindica con alguna de las cuestiones polémicas. Recién hablábamos de cómo decía que los escritores son los seres más arrogantes, etcétera, y él se mete en ese paquete también. También dice que algunas polémicas las motoriza y habla de su carácter. No es alguien que diga: no, esto yo no fui; o sea, se involucra. En ese sentido, cada una de las controversias que hay en el libro, aparecen enfocadas de modos muy distintos. No aparecen como diciendo: ésta es la verdad.

 

— Eso se nota y está muy bien.

— Hay una anécdota de (Eduardo) Belgrano Rawson, que cuenta que venía viajando en un taxi con su hija y una amiga de su hija. Recién acababan de llegar a la ciudad y asisten a un choque. Entonces se arma la situación de lío ahí, discuten. Y prontamente sigue viaje el taxi. Y alguien hace un comentario acerca de la imprudencia de uno de los dos conductores y alguien más dice no, no, pero no fue así porque, en realidad, si te fijás, el otro… Y hay una tercera opinión que es: bueno, pero tendríamos que contemplar además que… Y Belgrano Rawson llega a esta conclusión: habían pasado cinco minutos de los hechos y adentro de ese auto ya había cuatro opiniones distintas.

— Por supuesto, claro.

— Entonces, eso me sirvió en parte. Y, después, por otro lado, como decía recién, esto es un montaje. Yo tengo mis simpatías allí. Por supuesto es una biografía de Soriano, pero eso no impide que quienes participaron de esas polémicas tengan su voz y sus principales vectores respecto de esos cruces con Soriano. Todo está ahí en el libro.

— Es interesante porque mientras estamos hablando de las polémicas pienso en la de los editores y la discusión con Daniel Divinsky, que aparece en el libro también con su opinión y recuerdo la tremenda polémica de cuando volvió del exilio. Leía tu libro y recordé que yo estuve en el Centro Cultural San Martín en aquella tremenda mesa, con la polémica sobre los que se fueron y los que se quedaron, que se había armado primero con el supuesto “genocidio cultural” del que hablaba Cortázar, con quien Liliana Heker se peleó. En tu libro aparece Heker hablando muy bien.

— Sí, sí. Está Castillo también. Bueno, de esa polémica participó Abelardo también.

— Exacto. Y después lo que tiene que ver con la cuestión más académica y las peleas o las supuestas rodadas de cabezas de periodistas que hicieron malas críticas de sus libros, como el caso de Guillermo Saavedra y de Charlie Feiling, periodistas y escritores. Saavedra habla en tu libro. Algo que me interesa es cómo de alguna manera le bajan el tono a esas polémicas, no por negar lo que se dijo si no porque el enojo es una cosa en el momento, pero después sedimenta otra cosa.

— Sí y es que también en esta cosa de maquillar el muerto, etcétera, estamos muy acostumbrados al puro bronce viste, es todo blanco, es todo negro, es puro bronce, es pura perversión. Y en algún momento aparecen los grises. Y ese tipo de cuestiones como lo del enfrentamiento entre Soriano y la academia. Mi lectura final es que a él le llegan -directamente de Puán- unos comentarios en los cuales lo descalifican en alguna clase y él se enoja con eso.

— Pero lo que pasa es que un autor que compartía una mesa con Juan Carlos Onetti, o a quien Julio Cortázar le mandaba elogios de sus libros, no podía ponerse como él se ponía con quienes eran mucho más jóvenes que él y lo que estaban buscando era, como diría Moria, “agarrarse de sus tetas” (risas).

— Bueno, yo creo que eso además es un clásico en la literatura. Pero esto salta mucho después de la polémica, toda esa pelotera que se armó fue diez años después de su muerte. Pero, rastreando, era una cosa que a él le pasaba, y me parece que tenía que estar.

— Es que es importante porque mostraba quién era, cómo era él.

— Y, además, viste que Ernesto Tiffenberg (N. de la R.: director de Página 12) por ejemplo le decía: “Pero qué te importa, si a vos te reconoce éste, éste, éste. Tenés todos los lectores. La gente te quiere. Es entretenido lo que escribís”.

— Pero él quería todo, Ángel.

— Esa es una lectura. Haciendo como una lectura más general, yo creo que cuando se sentía herido por alguna referencia, él reaccionaba. Hay una historia que cuenta respecto de su gato “Negro Vení” y una venganza que se toma. Y yo creo que él tenía ese tipo de reacciones.

— Sí, es muy buena esa anécdota. Es cuando en Francia recibe una visita de un amigo que no lo trata muy bien al gato y entonces el gato se venga orinándole encima al amigo, mientras está durmiendo. Él tenía esa locura con los gatos…

— Salió la nota en Página sobre la biografía y me llegaron cinco o seis fotos de lectores fotografiando a los gatos apoyados sobre el ejemplar de mi libro.

— Ah, que increíble.

— Una hermosura. Una hermosura.

— Claro, él tenía una locura con los gatos y con los escritores que tenían locura con los gatos.

— Sí, sí. Escribió muchas notas, de algunas de ellas doy cuenta en el libro. Hay una cosa que me gusta mucho que dice (Antonio) Dal Masetto. “Él se entusiasmaba con algo y, cuando hablaba de eso que lo entusiasmaba, era como si plantara una bandera” dice Dal Masetto. Y yo creo que él con sus temas hace eso. Y, a veces, bueno, la desmesura también lo llevaba a pelearse. Él no le esquivaba a la polémica.

— Y fue construyendo su propio mito en función de sus propias prácticas. Quiero decir, estaba despierto toda la noche y dormía de día. Era un fanático de los gatos al punto de que si el gato se paraba arriba del manuscrito significaba que el manuscrito funcionaba y si no, era que lo tenía que tirar. O sea, todo eso pasaba en la vida real, pero le venía fenómeno para construir un personaje.

— Hay una anécdota con los gatos que es alucinante, cuando uno le destroza los manuscritos de un escritor, de Roberto Mariani, y él dice “no, pero está bien porque esos manuscritos eran malos” (risas). Tremendo.

— Era una persona muy entusiasta. Y muy querible. Y eso está reivindicado en tu libro.

— Sí, realmente es así. Muy, muy querible. Creo que el éxito en la reedición tiene que ver con eso, porque Soriano muere en el 97, en el 2013 empieza la reedición. Hasta el 2016 se venden 412.000 libros suyos. Sin aparataje de publicidad ni nada. Y uno, que es bicho de librerías, lo sabe: sus libros no aparecían en los usados.

— O sea, no es que la gente los compraba y los revendía.

— No. Y yo eso lo sigo percibiendo eh. O sea, esto de estar tanto tiempo trabajando con su vida y su obra, percibo el cariño por él.

— Sí, pero incluso aquellos que se peleaban mucho con él… Hay algo muy lindo que yo desconocía y está en tu libro, que es que Martín Caparrós se compró su auto, por ejemplo.

— Eso es alucinante.

— Yo no lo sabía y me impresiona mucho. Porque Caparrós y Dorio (que, por otra parte, aseguraban que los mandó a echar de Página) representaban la revista Babel, absolutamente en contra de Soriano y de su obra. También eran Babel, Saavedra y Charlie Feiling.

— Sí. Respecto a la polémica de si los mandó o no los mandó a echar, etcétera, yo a la conclusión que llego es que previo al desembarco de ellos, había alguien más de encargado de Cultura, ellos llegaron ahí para hacerse cargo y, en realidad, yo no sé si por una cuestión generacional, etcétera, hablé con varios periodistas que decían que no estaban conformes, que no les gustaba el rumbo que llevaba la cosa, no sé, y entonces fue como “sale Paredes y entra Enzo Fernández”, digamos. Pero más allá de eson una de las cosas que veo revisando los diarios en la hemeroteca, es que rápidamente Caparrós vuelve a firmar. Ese mismo año, antes de que termine el año, sigue firmando contratapas en Página por ejemplo. Igual él dice que era su enemigo. Bueno.

Soriano batió diferentes récords como autor super ventas pero además modificó la relación de los autores bestsellers con los editores en la Argentina, por ejemplo en cuanto a los anticipos que reciben.

— Soriano lo elegía a Caparrós como enemigo, además…

— Eso por un lado. Por otro lado, lo del auto…

— Es como simbólico.

— Híper. Pero, además, una cosa que noto es que lo que hace a bordo de ese auto Caparrós es recorrer el país como en la última novela de Soriano, en la que el personaje sale a hacer un libro sobre el país, sobre las rutas argentinas.

— Hay una continuidad.

— Una continuidad, sí. Y es muy llamativo eso.

— Te tengo que hacer la última pregunta. En tu libro hay una recuperación fantástica de un autor, de una obra y de una época. ¿Qué es Soriano para vos?

— No, me excede, porque a lo largo de la entrevista hemos ido desgranando hitos. O sea, para mí está directamente ligado a mi quehacer en el oficio. Yo hago una cosa muy distinta a la que hacía él, por supuesto, está muy de más decirlo. Pero para mí es un personaje vital, no solo desde lo que es el periodismo y la literatura sino también desde lo que es entender las claves de la historia y de la coyuntura política, por ejemplo. Y me ha acompañado a lo largo de 25 años o yo he acompañado su obra a lo largo de 25 años. Tanto tiempo puesto acá también implica un pariente muy cercano, digamos, ¿no?

— Lo querés al gordo.

— Sí claro. Claro que lo quiero.

Fragmento de Soriano, de Ángel Berlanga, con autorización de Penguin

Nueve señales a modo de entrada

I

Son las tres de la mañana de una noche de verano y Osvaldo Soriano está echado en la cama, solo, bajoneado, en el departamento que alquila, sobre la calle Mario Bravo. Buenos Aires, 1972: lleva ya casi tres años viviendo en la ciudad y varios meses como redactor en La Opinión. No le encuentra la vuelta a la novela sobre Laurel y Hardy que trabaja: quiere contar sus parábolas de anonimato, de astros de Hollywood e ídolos populares, y finalmente de caída e indiferencia para la industria. En su infancia y su adolescencia las películas del Gordo y el Flaco le encantaban. Con el tiempo se puso a averiguar todo lo que pudo sobre ellos. Poco antes de largarse de Tandil publicó una semblanza en los cuadernos de Grupo Cine, la agrupación cultural independiente que coordinaba. En “El error de hacer reír”, la nota que escribió hace unos días en La Opinión Cultural, queda claro que sabe mucho más sobre ellos. Y que cuenta mucho mejor. Pero ahora quiere dar un salto, largar la imaginación.

De Stan & Ollie le impacta que diviertan a partir de la destrucción de la propiedad y la burla de la autoridad en Estados Unidos. Big Business es su favorita, una obra maestra: el dúo le quiere vender un pino a un tipo que tiene un parque lleno de pinos y sobreviene un crescendo destructivo fenomenal. Soriano contó hasta del paso fugaz por Buenos Aires de uno y otro allá por 1914, 1915, cada uno por su lado, y en la nota de La Opinión narró, con algunas licencias recreativas, varias escenas “biográficas”: la llegada del barco que en 1912 lleva desde Londres a Estados Unidos a Charles Chaplin y a Stan Laurel, estrella y suplente en una compañía artística de gira; o el intento que hace Hardy, ya en caída, para conseguir trabajo en la productora de John Wayne. Pero no hay caso: no consigue una trama que lo convenza.

Desde que está en La Opinión ha escrito de Pelé y de Chazarreta, de Muhamad Alí, de alguna película, de libros, sobre todo de autores norteamericanos: lo deslumbran las historias de Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Una noche caminábamos por Florida con un grupo de amigos, todos borrachos, y uno de ellos se puso a recitar un texto en prosa tan hermoso que me impresionó. Ahí mismo le preguntó a Norberto Soares, el recitador, de quién era eso. Me contestó: “¿No conocés a Chandler?”. Y al día siguiente me mandó por un cadete El largo adiós. Así descubrí a Philip Marlowe. “Dolor y dignidad”, el primer artículo que publicó en el suplemento cultural de La Opinión, fue sobre este antihéroe de la novela negra y su autor.

Mientras rumia amarguras escucha un estruendo de cacharros en la cocina. Más perplejo que asustado se levanta y va, despacio, a ver qué pasa. Entre las ollas hay un gato negro, grande, que entró por la ventana. En la penumbra el gato lo mira fijo. Soriano le habla, se acerca un poco más, y el animal da un salto a la ventana. Y ahí se quedó un rato, como diciéndome qué hacés, boludo, no te das cuenta de que la cosa es evidente… ¿Qué es evidente, qué lee ahí Soriano, qué imagina? Que bien podría ser la gata negra de Chandler. Y que se le apareció para decirle que el único capaz de investigar la historia de Laurel y Hardy es un detective profesional como Marlowe. Cuando esta idea se configura en su cabeza, el gato se va.

Esto puede parecer un chiste para quien no entiende el lenguaje de los gatos, para el que no sepa que son médiums —teléfonos, como dice Cortázar—, pero yo sé muy bien que si Triste, solitario y final existe es gracias a aquel gato.

Entonces Soriano vuelve a su máquina y escribe el encuentro de Philip Marlowe con un periodista argentino llamado Osvaldo Soriano ante la tumba de Stan Laurel, en el cementerio de Forest Lawn.

II

Osiris Troiani pasa unos días de vacaciones en Tandil, en la estancia del abogado Juan Claudio Tuculet. Es enero de 1969. Soriano, cronista del diario local Actividades, lo había conocido un año y pico atrás, cuando fue a la ciudad a dar una charla. Mucho tiempo después Soriano contará que le dio la mano “paralizado por la emoción”, sin esperar siquiera que le dirija la palabra: Troiani es por entonces secretario de redacción de Primera Plana. Cuando puede, en textos para sí, o que publica en los cuadernos del Grupo Cine, Soriano imita el estilo, el tono de la revista. Una noche Tuculet lo invita a una cena en la que también está Troiani. “Ni bien le dije que daría cualquier cosa por escribir una nota en la revista esbozó una sonrisa sarcástica y me dijo: ‘Vaya, haga un relevamiento de la electricidad rural de todo el partido de Tandil, visite las centrales, entreviste a los responsables, a los beneficiarios, a los perjudicados, y preste atención al mundo en que viven; agréguele un poco de color y mándeme sesenta líneas en el primer ómnibus que pase’”. Soriano cumple el encargo. Poco después la nota aparece, pero son cuarenta líneas, están reformuladas y no llevan su firma.

Se suceden los días de un verano aburrido: Facundo Cabral, Jorge Di Paola y Víctor Laplace han emigrado ya de Tandil y a los otros amigos del grupo les sobran ganas de seguirlos. Una tarde, antes de que el verano termine, su madre le muestra un telegrama: “Rogamos comunicarse urgente con el señor Julio Algañaraz a los teléfonos de Primera Plana”. Soriano llama con la misma emoción con que había estrechado la mano de Troiani. Del otro lado de la línea le piden “la nota más informada, virulenta y cómica que jamás se hubiera escrito sobre la procesión de Semana Santa en Tandil”. Enseguida entiende que si hace lo que le piden tendrá que irse de la ciudad.

Entrevista, averigua, se pasa dos días corrigiendo. La nota presenta la procesión como un espectáculo decadente que utiliza la fe para traccionar turismo y negocios. También plantea un tironeo entre el conservadurismo del obispado y las críticas de algunos curas jóvenes, alineados con las ideas tercermundistas. El que lleva haciendo de Cristo desde hace ocho años reniega: “Ya no siento la interpretación de Jesús, lo pintamos como demasiado bueno, casi un bobo, no como realmente fue, un verdadero conductor de masas”. La procesión, escribe Soriano, es una caricatura del catolicismo.

La noche anterior a la aparición de la revista se despide de su novia, Ana María, y huye con una valija: lo que escribió va a hacer ruido. Cuando el ómnibus llega a Constitución, oye que los canillitas vocean que salió Primera Plana. La compra, la hojea: está su nombre al pie de la nota. En ese número firman, también, Héctor Tizón, Daniel Moyano, Francisco Juárez.

Creo que me puse a bailar en medio de la plaza, dirá en una entrevista.

Creo que estuve a punto de ponerme a llorar, dirá en otra.

Era raro que Primera Plana pusiera la firma de los autores. “A veces unas pudorosas iniciales y de tanto en tanto los nombres de Ramiro de Casasbellas, Tomás Eloy Martínez, Ernesto Schoo o Mariano Grondona”. Da por sentado que van a hacerle un lugar en “la catedral argentina del periodismo moderno”. Deja la valija en el Tandil, un hotelucho de la Avenida de Mayo por el que ya habían pasado Cabral y Laplace. Cuando se presenta en la redacción, Troiani no le da pelota: “¿Y vos qué hacés acá?”, le pregunta, y lo deriva a los mellizos Algañaraz, o a Juárez, que lo cobijan. Calienta algún sillón en la recepción, aprovecha algunos vales de comida que le habilitan los periodistas-ídolos, lee diarios y espera la chance de que lo manden a cubrir algo. Enseguida llega la carta del obispo de Tandil, monseñor Luis J. Actis, como loco por las blasfemias que publica Primera Plana sobre la procesión.

Francisco Juárez tiene otra versión. A mediados de marzo del 69 prepara una producción especial sobre la Semana Santa, con la idea de “desentrañar el cavernoso costumbrismo de ciertas devociones”. Ve necesaria una nota que escenifique el Vía Crucis tandilense; le pregunta a Troiani, que le da un nombre: “Osvaldo Soriano. Es un gordito bastante inquieto y curioso”. Juárez le escribe una carta en la que le pide un informe sobre la procesión. Hace una operación similar con el escritor Daniel Moyano para que cuente sobre el culto al Señor de la Peña, una roca con perfil de rostro humano venerada en La Rioja. Y él se va a San Juan a hacer una crónica sobre la Difunta Correa.

A la vuelta encuentra que el informe que le manda este Soriano es “sabroso y casi desopilante” y entonces se reproduce tal cual, como nota, y con firma. El día que aparece la revista aparecen otras dos cosas: en Tandil, la indignación de los curas que organizan el Vía Crucis, y en la redacción, el mismísimo Soriano. Lleva un bolso y pregunta por Troiani. Troiani lo deriva a Juárez. Juárez sale a su encuentro y oye que el otro le dice: “Lo imaginaba más viejo”. No hay lugar para él en Primera Plana, así que aprovecha algunos vales de comida, lee diarios, espera alguna chance. Antes que eso, llega la carta de monseñor Actis.

Soriano incluyó esta nota en el último libro que editaría en vida, Piratas, fantasmas y dinosaurios. Allí avisa que las dos últimas líneas no son suyas, que fueron agregadas para cerrar el artículo con un tono solemne. Para reeditarla le podó los tres párrafos iniciales de la publicación original, donde relacionaba la caída de la legendaria Piedra Movediza con la construcción del El Calvario, concebido como un atractivo “para imantar a los forasteros”.

Pero, pero, la llegada a Buenos Aires y a Primera Plana pudo haber sido distinta. Su amigo Félix Samoilovich escribió otra versión: “Cuando descubrió que, en periodismo, la distancia nunca le consiguió trabajo a nadie, decidió largarse a la aventura: llegó cuando estaba terminando el verano. Pero, aun de cuerpo presente, no era fácil conseguir un puesto para un provinciano desconocido, ni siquiera esporádicas colaboraciones”.

Soriano tiene magras reservas, gasta lo menos posible, pues sabe que tendrá que soportar —y ejercer— un largo sitio.

“El viejo hotel de la Avenida de Mayo no tenía, por fuera, un aspecto demasiado decrépito. La sorpresa venía luego, una vez franqueados la desconfianza del portero, varios pisos crepitantes de ascensor y la escalera que conducía a los cuartos, ya más económicos, del altillo. Cuando creía haber alcanzado el límite, el Gordo me indicó, sin una palabra, otra escalera (artesanal, podría decirse) por la que había que trepar hasta una terraza donde un cubo de placas alquitranadas se dividía en dos cuartos minúsculos. El primero era el suyo; en el otro, mientras fumábamos sentados en la cama, resonaban los accesos de tos enfermizos del vecino de azotea. ‘Está jodido el hombre —me explicó—, a veces es difícil dormirse; qué se le va a hacer, me dijeron que está tuberculoso’”.

Al fin, gracias a una determinación indisoluble, consigue que la revista le encargue un informe sobre la Semana Santa en Tandil, el gran acontecimiento local.

El tono carnavalesco del final de la nota hizo lo que faltaba: los lugareños, heridos en su amor propio, le prometieron las peores represalias. “Me cortaron la retirada —se lamentaba—, estoy en la vía y ni siquiera puedo volverme al pueblo”.

A cuarenta y cuatro años de distancia de aquello, en un bar de Bruselas, en 2013, Samoilovich cuenta otros detalles.

“El que arma todo es Dipi, Jorge Di Paola, tipo fino y escritor brillante. Yo lo conocía desde la noche del tiempo. ‘Tengo un amigo en Tandil, el mejor conversador que existe. Quiere escribir y ser periodista: ¿te lo puedo mandar?’. ‘Sí, qué sé yo, que venga, vamos a ver qué se puede hacer’. Pero yo ahí no tenía ningún poder, era redactor. Me acuerdo perfectamente del día que el Gordo viene a la redacción. Veo a un tipo en la recepción que me pregunta si yo soy yo; estaba sentado ahí desde hacía rato: ‘No, yo no me atreví a tocar timbre’, me dice. Eso era el templo para él, el paraíso de los intelectuales, de los que saben, de los que escriben. Sabía notas de la revista de memoria, y copiaba el estilo, pero menos de lo que él decía, porque se hacía el modesto, también. Lo llevé a comer a casa: recuerdo que comimos una ensalada de repollo colorado, y que él nunca había visto repollo colorado.

”La nota de Tandil tardó: esto fue antes. En muchas biografías ponen ‘trabajó en Primera Plana’: hizo dos colaboraciones y cerraron la revista, desgraciadamente. El que estaba al corriente de que iba a venir era Troiani, pero no le dio bola; Soriano lo había interpelado en Tandil, después de una conferencia, diciéndole que le gustaría escribir, y Troiani le dio su número de teléfono. Pero después no le contestaba. A la venida del Gordo no la registró nadie, y a justo título, porque no pasó nada. Andaba dando vueltas por ahí. Cuando apareció esto de Tandil alguien dijo ‘che, pero hay un tipo de Tandil que quiere laburar’, y ahí le encargaron esa nota”.

“Pero puedo afirmarle, Sr. Director, y demostrárselo fehacientemente, que quien ha hecho una caricatura del catolicismo no ha sido otro que el Sr. Soriano. Dios le perdone el pecado, pero Tandil no puede perdonarle su atrevida y caricaturesca deformación. Con hombres como el Sr. Soriano, Primera Plana no gana nada, sino que se desprestigia”. Escribe esto el obispo Actis en la carta abierta que envió a la redacción, publicada en el diario local Actividades del 19 de abril de 1969, que titula: “Una Nota sobre Semana Santa en Tandil, Aparecida en una Revista Porteña, ha Causado Profunda Molestia”. Dios puede perdonar; Tandil, no.

Actis sostiene que la nota “distorsiona la auténtica realidad y que solo pudo haber sido elaborada por quien —imbuido de preconceptos— pretendió desprestigiar sus magníficas realizaciones”. Para el final reserva un aviso acorde a un tiempo en el que gobernaba de facto el general Juan Carlos Onganía: “Perdóneme Sr. Director la sinceridad de esta Carta Abierta, pero ella puede servirle para ponerlo en guardia sobre las dobles intenciones que algún infiltrado en su Redacción pareciera tener en contra del catolicismo que anhelaría iconoclasta y revolucionario a su medida filocomunista. Sin otro particular, queda a sus órdenes…”.

La carta hace efecto: le encargan otras notas. El infiltrado filocomunista tiene trabajo.

La segunda nota será en Berisso, donde la explosión de un buque petrolero hizo un estropicio. Le pidieron un informe sobre los restos del pasado de esplendor de la ciudad. Recuerda Juárez que fueron para allá en su Citroën destartalado y que mientras hablaban de la mufa y mencionaban a “algunos innombrables” el motor se clavó. Era supersticioso, Soriano. “No mucho después Onganía cerraba la revista y los Algañaraz le dieron laburo en Semana Gráfica, a la que él llamaba Semana Trágica —recuerda Samoilovich—. No pasaba nada ahí, eran todas fotos: querían competir con Así, la revista de Héctor Ricardo García. Ese fue su primer contrato”.

Ahí estaba, instalado en Buenos Aires, la primera ciudad que eligió por sí mismo, a la que siempre querría volver.

III

A fines de 1992 publica en el diario Página/12 una serie de notas, cuentos, añoranzas, historias que entreveran escenas de infancia, adolescencia, juventud, en las que los protagonistas son él y su padre. José Vicente Soriano, catalán, venido a la Argentina desde muy chico, sobrestante de Obras Sanitarias, ha muerto en 1974. Cáncer de pulmón. Osvaldo tendrá la misma enfermedad. Todavía no lo sabe, aunque lo intuye, e intenta dejar de fumar. Aún no lo consigue, pero lo conseguirá. Su hijo, Manuel, ha nacido en 1990. Viven, junto con Catherine Brucher, su mujer, en un PH de La Boca, sobre Del Valle Iberlucea.

En noviembre del 92 ha publicado su sexta novela, El ojo de la patria. Como ha pasado con sus libros anteriores, este tiene muchísimos lectores y encabeza las listas de los más leídos. A esta altura ya tiene muy masticado esto de ser best seller. En Italia también es idolatrado. Y ha sido traducido a quince idiomas. Escritores como Italo Calvino, John Updike, Antonio Tabucchi o Salman Rushdie han elogiado sus novelas y sus textos periodísticos. Los dos volúmenes de recopilaciones de artículos publicados en la prensa, Artistas, locos y criminales y Rebeldes, soñadores y fugitivos, son tan leídos como sus ficciones. A una década de haber hecho una película basada en No habrá más penas ni olvido, su segunda novela, Héctor Olivera se apresta a hacer otra inspirada en la quinta, Una sombra ya pronto serás. Son muchos los escritores argentinos que disfrutan y ponderan su literatura, pero a otros no los entusiasma, y algunos lo aborrecen. Normal, tal vez. A Soriano le duelen las críticas, en especial las que lo tildan de demagogo, populista, oportunista y escribe-tosco. También se queja de la academia: dice que lo ningunean. En un principio no me gustaba verme tan maltratado: ahora me acostumbré. Yo soy un marginal para la literatura, un sospechoso para los círculos de letras tanto de la facultad como de la crítica especializada.

Estas notas con el padre como protagonista van a inspirar el título de su próximo libro de recopilación, Cuentos de los años felices, que aparecerá en noviembre de 1993. Otra tanda de esta serie será recopilada tres años después en Piratas, fantasmas y dinosaurios. Entre uno y otro libro suman unos treinta relatos. Es significativa, en estos textos, la superposición de paternidades. En principio está la suya, real, de Manuel. No sé, es un misterio por qué me decidí a tener un hijo a los 46 años. En su padre pone características de otros: lo semblantea parecido físicamente a Hammett y lo describe interesado por inventos que lo rediman: como Roberto Arlt, anota en “Mecánicos”, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos de fórmulas revolucionarias. Cuando viajo, siempre llevo algo de Arlt en la valija, dice Soriano, que se identifica con él en varios aspectos: el carácter de periodista-escritor, la llegada a los lectores, no haber terminado los estudios, cierto recelo con “lo culto”, la falta de premios significativos, la idea de ser mirado como un infiltrado sin carnet en la literatura.

En Cuentos de los años felices incluirá, también, una serie de relatos sobre los comienzos de la nación: ha conseguido los veintitrés tomos de la colección Biblioteca de Mayo, que reúne memorias y biografías, y publica en Página/12 artículos sobre la Revolución de 1810, Belgrano, Moreno, Castelli, el negrero y represor Álzaga, el corsario Bouchard. Historias que en el colegio no le enseñaron. En sus comienzos como padre va en busca de otros comienzos, de otros padres. Son los años de Carlos Menem en el poder, del peronismo neoliberal, el desguace descarnado del Estado, pero todavía en plena fiesta. Volver a sus años de infancia, entonces, le permite a Soriano volver a Perón, padre político de al menos medio siglo en el país. “Nunca olvidaré aquellos lluviosos días de septiembre del 55 —escribe en ‘Gorilas’, a propósito del golpe de la Libertadora—. Aunque para mí fueron de viento y de sol porque vivíamos en el Valle de Río Negro y los odios se atemperaban por la distancia y la pesadumbre del desierto. Mandaba el General y a mí me resultaba incomprensible que alguien se opusiera a su reino de duendes protectores. Mi padre, en cambio, llevaba diez años de amargura corriendo por el país del tirano que no lo dejaba crecer”.

En este tironeo entre ambos, sin embargo, hay un elemento común que se contrapone al hilo cultural y al desguace que encarna Menem: la concepción de un Estado que apunte a expandirse más y mejor en sus funciones de amparo y desarrollo. Soriano cuenta muchas de estas historias junto a su padre “como si todavía lo estuviera viendo”. En ese mismo relato lo pone, ya en 1958 y durante una huelga de la que él participa como trabajador quinceañero en el empaque de manzanas para exportación, a certificar la voz de Perón en una de esas míticas cintas que circulaban clandestinas. Don José certifica, pero su interés pasa más bien por desarmar y volver a armar el grabador Geloso en el que se reproducen los carretes.

En “Mecánicos”, algo más adelante en el tiempo, entre los dos arman y desarman íntegro un Gordini, el único auto propio que tuvo su padre. Como pasa en otros de sus textos, este desemboca en la caricatura: se engrasan y ensucian tanto que la madre, Eugenia, les prohíbe que entren en la casa y los deja durmiendo en un galpón. Están de vuelta en Tandil y el padre cree que la habilidad con la mecánica automotriz le hará más liviano el servicio militar a su hijo en Bahía Blanca. “Siempre se equivocaba: fue como centrodelantero que evité las humillaciones del regimiento”, apunta. Esa habilidad le permitiría, contaba, hacer veinte goles sin patear un solo penal y “leer por las noches a Horacio Quiroga” mientras ensayaba sus primeros cuentos. En el pasaje de la publicación desde la prensa al libro introduce algunos cambios: al que lee, en Cuentos de los años felices, es a Italo Calvino. “Mi viejo sabía aceptar sus errores —remata— y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado ‘La luz mala’, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él, su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón”.

Estos relatos en los que comparte protagonismo con el padre son ficción, con apoyo y raíz en sucesos, coordenadas y elementos de la realidad. La palabra escrita, anota en “Rosebud”, es dura de borrar. Soriano no hizo la colimba: zafó por una várice grande que le operaron en Tandil, después de que le sellaran la libreta.

En otro relato, “Encuentros”, viajan entre las bardas en una camioneta de Obras Sanitarias y levantan a un pastor evangélico bastante chanta que le quita mérito a Gardel. “Oremos, hermano, porque le mientes a tu hijo y adoras a falsos ídolos”, le dice el pastor después de que desbarrancaran, en medio de una tormenta. Mientras el tipo despotrica, el pibe cree ver entre las nubes la imagen de Gardel, una figura que con el tiempo ha vuelto a imaginar “de espaldas a su inmenso destino de padre celestial”. Soriano idolatraba a Gardel y además de escucharlo durante toda su vida y de incluirlo en cada una de sus novelas intentó un libro con él como protagonista.

Estos relatos preconfiguran lo que sería La hora sin sombra, su última novela. Tenía la necesidad de hacer algo más extenso con ese personaje de mi viejo, que ya no es mi viejo desde hace bastante tiempo. Quería escribir la historia de alguien que hacía un largo viaje con su padre. Los Cuentos de los años felices son el viaje compartido y La hora sin sombra es una despedida postergada: en el comienzo del libro el padre agoniza en un hospital y el hijo, que se ha largado a la ruta a escribir una novela, que espera de un momento a otro la llamada fatídica que le anuncie su muerte, se encuentra con la noticia de que el viejo se disfrazó y se escapó.

Hay un texto que antecede a todos estos: “La ingenuidad del Gordo y el Flaco y el traje gris y gastado de mi padre”. Soriano lo publicó en 1987 en El Periodista y en L’Unità, de Roma. Desde Triste, solitario y final se negaba a volver sobre sus personajes, explica en la presentación que hace para Rebeldes, soñadores y fugitivos, pero lo rescata por su padre; Soriano recuerda en el artículo que todavía vivía a comienzos de 1974, cuando él dejaba un ejemplar del libro en la tumba de Stan Laurel, en el cementerio de Forest Lawn: “Ese día llovía en Los Ángeles y yo era feliz”.

Soriano, que se había incluido como personaje en su primera novela, se incluyó también en la que sería la última, pero esta vez sin nombrarse. Una figura que se cierra. “Tuve la nítida alucinación en la que mi padre se despedía de mí con una sonrisa y un beso en la mejilla”, escribe casi al final, en una escena que también transcurre en medio del campo, bajo la lluvia, con un pastor chanta. Anota en La hora sin sombra: “Ciorán decía que las palabras son gotas de silencio a través del silencio. Aunque los comienzos de un hombre cuentan, solo damos el paso decisivo hacia nosotros mismos cuando ya no tenemos origen. A esa altura es tan difícil comprender el sentido de una vida como buscarle un significado a Dios. Sin padres, sin infancia, sin pasado alguno no nos queda otra posibilidad que afrontar lo que somos, el relato que llevamos para siempre”. Es una despedida. Creo que esta novela tiene el mejor final que he escrito. De algún modo cierra este problema de enfrentar el final, porque desde el punto de vista religioso yo no creo en nada, pero sé que la mayoría de la gente cree en algo, cualquier cosa. No solo prosperan todos los que venden algo del más allá, sino también los que venden la falsa inmortalidad en este mundo, donde en lugar de vivir sus años, la gente se los resta. En el fondo eso esconde una dolorosísima angustia frente a la muerte.

IV

JUAN FORN. No hizo falta convocar a nadie. En las horas siguientes a la muerte de Soriano fueron llamando, uno tras otro, sus amigos, preguntando si podían escribir para el diario. La decisión se tomó sola: dedicar el número entero de Radar a Soriano. La consigna también surgió de la misma manera, espontánea u obvia: evitar las necrológicas. Quienes trabajaron a su lado en una redacción lo saben bien; no había nadie mejor que Soriano para esta tarea. Por una sencilla razón: jamás embellecía al muerto. Sus amigos han seguido simplemente esa línea.

ISIDORO BLAISTEN. A diferencia de aquellos que hicieron del tedio un género literario, Soriano tenía lo que contar. Tenía un mundo propio hecho de imaginación. Un mundo de perdedores en lugares sórdidos, pero su prosa tiene el encanto de la naturalidad.

JORGE DI PAOLA. Treinta y dos años de amistad, con sus más y sus menos y sus espacios y tiempos, no tienen exactamente un relato. Tienen una intensidad, una música. Cerca de Osvaldo me pasaban cosas raras, algunas rarísimas, creo que las más raras de mi vida.

EDUARDO FEBBRO. Tenía una magia personal única y ese mismo don estaba en sus novelas: era siempre el hombre que nos cuenta una historia y lo escuchamos como si fuese un sabio que viene de lejos.

CRIST. No parecía un escritor. Parecía un tipo que uno había conocido en un bar, que hablaba de cómo organizar una biblioteca “por si a la madrugada se le da por consultar a los clásicos”. Prefería hablar de fútbol a hablar de estilo. Parecía un tanguero de los años 20. Mezclaba las anécdotas de París con las de su barrio. Tonto no era; había leído todo pero trataba de que no se notara.

ROBERTO COSSA. Alguna vez me dijeron que mi padre había muerto. Yo era muy joven como para entender lo que eso significaba. No sabía que ese día empezaba a vivir mi propia muerte. Y seguí caminando, dejando despojos. El miércoles 29 de enero se murió Soriano. Y vivir sin Soriano será como morir otro poco.

GUILLERMO SACCOMANNO. En las conversaciones que se estiran hasta la madrugada, el Gordo sabe que el sueño es la necesidad del olvido que todos tenemos. Pero el Gordo es insomne. Y no quiere olvidarse. De nada. En esas conversaciones, con sus opiniones, y valiéndose de historias propias y ajenas, el Gordo construye algo así como un decálogo. La palabra le suena universitaria, presuntuosa, engrupida. Prefiere hablar de tácticas y estrategias. En verdad, se trata de un manual de instrucciones y uso. Que encierra una moral de la literatura.

MEMPO GIARDINELLI. Desde muy lejos siento rabia e impotencia. Me acaban de avisar, en esta helada noche de Virginia —tan lejos de Dios, tan cerca de Washington—, y es como que de pronto se me calentaran los recuerdos al llorar. Casi treinta años de una amistad que pensé para toda la vida, si la vida era una ilusión de eternidad que alguna vez compartimos.

RODOLFO RABANAL. Osvaldo era el mejor charlista de los tiempos modernos que he conocido nunca.

ANA MARÍA SHUA. Los argentinos tenemos la sensación de que nuestra realidad es mucho más absurda que mágica, mucho más kafkiana que garciamarquezca. Esa es la visión que volvemos a encontrar en las novelas del Gordo.

RODRIGO FRESÁN. Durante estos días demasiado largos, hojeando aquí y allá los primeros tramos de Cuarteles de invierno o las últimas líneas de No habrá más penas ni olvido, por ejemplo, vuelve a sorprenderme más que nunca el poder de una oración como anzuelo invencible, la facilidad con que uno se olvida de la página y de la letra para perderse y encontrarse en la voz y en el paisaje de Soriano que enseguida son la voz y el paisaje propios. Lo de siempre: ¡qué difícil sonar tan fácil!

CARLOS ULANOVSKY. Los periodistas que todavía queremos seguir aprendiendo lo leíamos agradecidos. Tenía aceitados los mecanismos y prestas las herramientas para volver luminoso al personaje más oscuro y empequeñecer al gigante asestándole unas pocas palabras.

VLADY KOCIANCICH. Me cuesta comprender que alguien haya dudado de su más clara identidad, la de un estupendo novelista, y que el mismo Soriano se haya sentido a veces exiliado de ese confuso paraíso de los escritores, la literatura.

ROBERTO FONTANARROSA. Ante este tipo de circunstancias uno puede escribir mucho o no puede escribir casi nada. Yo no puedo escribir casi nada. Advierto, eso sí, que hay un común denominador en todos aquellos que hablamos y opinamos sobre Osvaldo: más allá de la admiración por el narrador, más allá del deleite que nos han producido sus novelas y cuentos, más allá de esa suerte de revelación que nos significara, por ejemplo, Triste, solitario y final, todos sentimos, fundamentalmente, la muerte de un amigo y de un compinche.

V

OSVALDO BAYER. En Essen, a mediados de 1977, me dijo que tenía un oficio bastante bueno en Bruselas. Lo había puesto la municipalidad como contador de patos de los lagos de la ciudad. Me dio todos los detalles. Y debe haber sido cierto, no sé: no quiero ir a Bruselas a ver si existe ese cargo. Me describió distintas clases de patos; los cisnes también contaban. “El asunto es así —me dice—: se tienen que contar, porque si faltan hay que reponerlos. Uno pasa la cuenta, ‘faltan cuatro’, y ahí reponen. ¿Pero sabés lo que me pasó? Durante cuatro semanas no desapareció ninguno. Y entonces dije: ‘Acá me van a rajar’. Porque para qué me iban a pagar; si no pasaba nada. Por suerte conocía a un muchacho peruano, buena persona, que estaba sin trabajo, así que le dije: ‘Mirá, podríamos trabajar en conjunto’. Entonces por la noche él iba y se agarraba patos de distintas razas, para no levantar sospechas. Y era muy lindo, porque en las madrugadas celebrábamos la confraternidad peruano-argentina con unos asados de pato excelentes”.

VI

“Ojo, a ver, aclaremos una cosa. Esa imagen que hay de Osvaldo, del ‘gordo bueno’, es lo más falso que yo he escuchado”.

Sonia Freites lo conoció en 1970; por entonces su marido, José María Pasquini Durán, compartía la redacción de la revista Panorama con Soriano, que había recalado ahí como redactor de deportes tras sus breves estadías en Primera Plana y en Semana Gráfica.

“Era un tipo genial, pero ni era tan gordo, ni era tan bueno. Y con sus enemigos era implacable. Implacable. Otra característica: él, que siempre explicaba cómo eran los gatos, tenía mucho de ellos. Sí, le podés pasar la mano por el lomo, parece que ronronea, todo fantástico. Y luego se aleja y no te da ni cinco de bolilla. Y era un poco así: cuando se encerraba, se encerraba, y se acabó. Después llamaba por teléfono a las doce y media de la noche, y la conversación seguía hasta las cuatro de la mañana. O venía y se quedaba, efectivamente, hasta las cinco”.

Pasquini Durán fue quien dio el discurso de despedida a Soriano en el cementerio de la Chacarita. También él murió, en febrero de 2010. Ambos fueron parte en la fundación de Página/12. “Medio en broma, decían que cuando se muriera el primero de los dos el otro tendría que agarrar rápidamente la cosa, porque se iban a decir una cantidad de barbaridades. Los dos odiaban las chantadas de los falsos homenajes necrológicos. Coincidieron en varias redacciones, y no era por casualidad”.

“Tenía un anecdotario interminable, que generalmente inventaba. Un conversador estupendo, un seductor con la palabra. Era muy gracioso, además. A buena parte de las cosas que le pasaban, e incluso sus visitas al médico, las transformaba en relatos. De cualquier cosa sacaba un personaje, un relato, mitad cierto y mitad inventado. Era un tipo encantador”.

VII

Hubiera querido, en esa silenciosa noche de París, envolverme otra vez en la casaca azulgrana que vistió una vez Coco Rossi y que ahora cuelga en la pared de mi escritorio. En los colores por los que, en el colegio, tuve que reír y llorar. Allá lejos, en mi viejo Boedo, mis sanlorencistas cantan y sacuden el bombo. Festejan a Los Gauchos, pero también anticipan una vida nueva. La vida grande de todo un pueblo. Gritemos hasta el amanecer, amigos. Solidarios y con bronca. Para que El Ciclón envuelva al pueblo entero y lo contagie de esta ansia que tenemos hoy de volver a ganar, de ser lo que no nos dejaron ser. Bienvenido, Ciclón, a un país que quiere resucitar).

(Desde el exilio, a propósito del retorno de San Lorenzo a Primera, en diario La Voz, 1982).

VIII

Cuando volvía de viaje, que siempre traía una sonrisa. Esa es la imagen que más recuerdo de él.

(Catherine Brucher, su mujer, en su casa de Janville-sur-Juine, 2013.)

IX

Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quiénes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna.

(Soriano, “Educación sentimental”, Página/12, 1993.)

De acá para allá

Hay papeles. Certificados, actas, partidas, boletines.

El 27 de diciembre de 1941, con todas las formalidades que indica la ley, en Mar del Plata se casaron José Vicente Nicomedes Soriano y Eugenia Goñi. Ella, 33 años; él, 31. Ambos españoles. Solteros. Ocupación de ella: quehaceres del hogar. Profesión de él: dibujante. Su padre empezaba un periplo como trabajador en Obras Sanitarias, con el tendido de las instalaciones: venía desde Buenos Aires, donde vivía su familia. Se había recibido de técnico mecánico en el colegio Otto Krausse. Su madre vivía en Tandil, y tenía un par de hermanos que trabajaban en Mar del Plata. Seguramente en alguna visita a sus hermanos mi madre habrá conocido a mi padre, aunque nunca me contaron demasiados detalles.

Los Goñi llegaron al puerto de Buenos Aires el 22 de septiembre de 1923. Vinieron a bordo del buque España, que había salido de Bilbao. Ramón y su esposa, Antonia Arazcuren, cruzaron el océano junto a diez hijos. Él tenía 43 años y se declaraba labrador; ella tenía 39 y se decía ama de casa. Junto al grupo llegó además el padre de Antonia, Matías, 74 años, también labrador. Venían de Rípodas, una aldea, un concejo del municipio de Urraúl Bajo, en Navarra. Un caserío en medio de un valle, rodeado de sierras bajas, a unos 50 kilómetros de camino hasta Pamplona. Cuando Eugenia nació, el 25 de mayo de 1908, vivían en Rípodas unas noventa personas; cuando volvió, en 1980, y se reencontró con su hijo en el exilio, los vecinos del lugar eran treinta y siete. Se habla castellano desde hace siglos: en esa zona del País Vasco no prendió el euskera.

Quien mejor cuenta de la familia materna de Soriano es Nilda Villarreal, su prima (hija de Gregoria, la quinta de las hermanas), que vive en Tandil y tuvo una relación estrecha con Osvaldo.

“El abuelo era un hombre común. Decían que en su pueblo hacía las veces de sacristán. Cuando fue al servicio militar, mi abuela, que tenía 15 cuando se casaron, quedó embarazada. En España el servicio militar duraba, en esa época, cinco años, que es la diferencia de edad entre mi primer tío, Nicolás, y la segunda hermana, Ignacia. Luego nacieron Eugenia (la mamá de Osvaldo), Casimiro, mi mamá, la tía Anita… Nacieron muy pegados, con poca diferencia entre uno y otro. Luego vinieron Eugenio, Irma, la Tana y Lorenzo. Cuando llegaron acá mi abuelo entró en La Tandilera, una fábrica de productos lácteos. Era peón, andaba por el campo. La abuela Antonia tenía parientes, una prima que estaba casada con un hombre que era gerente en La Tandilera. Y entonces le consiguió un trabajo. Mis tíos mayores… no vayas a creer que tenían una cultura general enorme, algunos habían ido hasta segundo grado, o tercero. Los que llegaron de más chiquitos alcanzaron a ir al colegio. El último hermano nació acá, Matías. Mi abuela estaba orgullosa porque había tenido un hijo argentino. Difícil la cosa, en aquella época. Pero salieron adelante, progresaron, cada uno tuvo su casa. Nuestro abuelo, que no tenía una moneda, era un tipo fantástico, educado, se vino todo el viaje de España escribiendo un libro alto, en hoja de misal”.

Anota Soriano en “Cocinero” que cuando su padre se trasladó al interior dejó sus primeros treinta años enterrados entre Campana y el colegio Otto Krause, que nunca nadie le pudo dar noticias ciertas de sus años mozos, que lo que contaba en las sobremesas era banal y sonaba a cierto, aunque abundaban los agujeros negros. Sobre eso trabaja, y a la vez cita a Rodrigo Fresán: “Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia”. La cita bien podría ser un epígrafe de este libro.

Algunos amigos y periodistas que los vieron juntos en Buenos Aires, ya en los últimos años de José, cuentan que no se tuteaban y que se aludían entre sí por el apellido.

—¿Cómo le va, Soriano?

—Bien, Soriano, ¿y a usted?

La partida de bautismo de José Vicente Nicomedes Soriano dice que nació en Pueblo Nuevo, Barcelona, el 1º de diciembre de 1910. “Es hijo legítimo de Don José Soriano Sánchez y de Doña Teresa Sellés Redondo, naturales de Canals, Valencia, y Zaragoza. Abuelos paternos: Don José y Doña Dolores, naturales de Cadenas. Abuelos maternos: Don Vicente y Doña Francisca, naturales de Ollenas (Valencia) y Mesones (Zaragoza)”. “Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil —narra Soriano en otro de sus Cuentos de los años felices—. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia”.

El vapor Patricio de Satrústegui, de la Compañía Transatlántica, trajo desde el puerto de Barcelona a José Vicente, un bebé, a su madre de 23 años y a su abuela Francisca: el buque llegó a Buenos Aires el 25 de mayo de 1911.

Osvaldo Roberto Soriano nació el 6 de enero de 1943, a las 15.45, en Mar del Plata. Hijo único: creía que sus padres buscaron un hermano, sin suerte. Mucho más adelante contaría que se indignó cuando sugirieron adoptar uno. Su madre refería una tarde de calor espantoso, y que vivían en la calle Alvear, frente al viejo edificio de Obras Sanitarias, en lo que era al parecer una casilla de madera. Conservaba, de esa época, dos fotos suyas. En una, ronda el año y medio y está sentado en la playa, con un paredón de piedra de fondo. En otra aparece junto a un grupo de primas, ante el mármol de una fuente: tiene tres años. Es muy rubio y pulcro. Soriano tenía a mano algunas fotos más antiguas: su madre junto a su tía Gregoria, Goya, en el año 37, en una foto de estudio, las dos posando, el pelo negro, corto, rizado, con raya al costado, vestidas elegantes; su padre en Barranca de los Lobos, en Mar del Plata, en lo que parece una miniserie: posando ante un cartel de YPF que anuncia el lugar, ante un teodolito, junto a un grupo de trabajadores que rodean una parrilla portátil. Es el año 41 y se adivina que es el jefe de la cuadrilla.

Soriano siempre evocó una infancia cargada de apremios, más bien precaria, devenida de los periódicos saltos de ciudad en ciudad que daba la familia, al ritmo de los traslados que el trabajo en Obras Sanitarias disponía para su padre. En 1946 llegaría la primera mudanza: a San Luis. De una ciudad pujante, en pleno desarrollo y modernidad, a un sitio polvoriento, “una ciudad achatada, con muy pocas calles asfaltadas”, según evocaba. Hay una historia familiar que quedó, antes de la partida, y cuenta Nilda Villarreal.

“A mi papá, que trabajaba en la compañía de teléfonos, lo mandaban seguido a Mar del Plata, y paraba en la casa de ellos; el sitio era un pasillo, y todo piezas. Otros tíos míos vivían ahí, también. Osvaldo estaba enfermo y su papá, como toda la vida, viste, apenas tenía plata para comprar el remedio. Así que lo agarró y le dijo: ‘Mirá, Osvaldín, vas a tomar este remedio y vas a estar bien, se te va a pasar la fiebre…’. El tío era así, tenía ese tono cuidadoso. Lo adoraba. Y el otro, ¡paf! Le dio un revés y el frasco fue a parar a la mierda. Y el tío lloraba: en lugar de sacudirlo por lo que había hecho, pobre, lloraba como un descosido porque no tenía más plata para ir a comprar otro. Decí que estaba mi papá, que fue a comprárselo. Pero mirá cómo era: un niño terrible. El tío Casimiro le decía ‘Piraña’, porque había un dibujito, una historieta, de un nene peladito, rubio rubio, travieso, con mucha imaginación. Era mi tía la que le ponía los puntos a Osvaldo, lo tenía rajando”.

“A mi madre nunca se le apaciguaron las eses y las zetas de España. Quizás esos sonidos que yo le hacía repetir de niño para corregir la ortografía escolar eran los tesoros que guardaba de su infancia en Rípodas”. Soriano empieza así “Tierra de Quijotes”, un artículo de octubre de 1992. El  de la madre, el usted del padre, el vos del colegio, de la calle: la lengua abriéndose camino, tallando. Y la memoria: cuando su madre volvió a su pueblo, sesenta años después de haberse ido, vio a sus viejos amigos y “les reconoció las caras de la infancia entre las arrugas y las canas”. En sus cartas con los vecinos, Eugenia sostiene su curiosidad por las casas, los frutales, la huerta del Palacio, la construcción más vieja e importante de la aldea; en la respuesta de alguna amiga se entrevé que el tío Casimiro pregunta si los siguen recordando. “Cómo no os vamos a recordar, si siempre nos juntábamos a jugar en el patio de vuestra casa”, le responde una anciana, que le elogia a Eugenia su modo de escribir: “Se nota que tienes un hijo escritor”, le anota. Sigue Soriano, en aquel artículo: “¿Qué me queda de España a mí, hijo de Rípodas y Barcelona, nieto de Valencia y Pamplona, nacido por azar en los mares del Sur? Me queda como a mis hermanos americanos el espíritu de insumisión de aquel caballero andante siempre dispuesto a arremeter contra bribones y poderosos”.

La familia vivió cinco años en San Luis capital. Es el escenario de varias de las historias de Cuentos de los años felices. El primer muerto que vio, las inspecciones de su padre, en bicicleta, a las casas de los ricos, los primeros juguetes, una gomera hecha por su tío, un camión hecho por su padre, partidos en los potreros. De ahí son sus primeras lecturas, las revistas El Tony, Fantasía, Billiken, Rayo Rojo, Puño Fuerte. Algún viaje en tren, una herida en la frente de su madre mientras su padre conducía en un camino poceado. Por una notita que le mandará al padre, que partirá en avanzada hacia Río Cuarto, se sabe que iba al cine seguido. La radio, los primeros picaditos de fútbol, un echarpe con los colores de San Lorenzo. Cuando tenía 40 años el periodista Carlos Ferreira le preguntó por qué se hizo hincha del Cuervo, dónde estaba el origen de eso.

No me lo puedo explicar. Mi viejo era de River, pero simpatizante, ni siquiera hincha; mi vieja, de nadie, pero era española y vos sabés que los gallegos son todos nuestros. Pero es una especulación, nadie me hizo de los santos. Dejame ver: en una de esas, porque a los tres años, esa edad que tanto preocupa a los psicoanalistas, viví el título que ganamos en el 46. No sé, nunca pensé en otra camiseta. ¿Tenés idea de lo que significaba ser de San Lorenzo en una provincia? Significaba ser un bicho raro, porque la distancia hacía que llegaran solamente los ecos de los famosos, de Boca y River. En el aula había uno o dos de Independiente y como mucho otro de otro cuadro, en mi caso, San Lorenzo. Me comía todas las gastadas. Le había pedido a mi mamá que me tejiera una bufanda azulgrana: ¡para qué te cuento!

En la vereda de enfrente jugaba con un chico de nombre Eduardo Belgrano Rawson, que con el tiempo también sería un gran novelista: la coincidencia es asombrosa. “Vivía a la vuelta de casa —me contó—. Tendríamos ocho o nueve años. Y un día desapareció, no nos vimos más, cero contacto. Hasta que muchos años después nos encontramos en la redacción de La Opinión: él hacía deportes y yo, que estaba un poco harto de la política nacional, cada tanto le pedía para hacer notas en su sección. Él encantado, porque le bajaba líneas. En Buenos Aires por esa época nos vimos bastante, y cada tanto nos juntábamos para ir a comer buseca a un boliche de Paraná y Corrientes”. Los dos recordaban también los juegos con Marta Nassif, la hija mayor de una boticaria que le curó una verruga en un pie, con quien Soriano ya de grande se cartearía. “Bastaba que terminara el episodio radial diario de Tarzanito, que religiosamente escuchábamos juntos tomando Toddy, para que nos mimetizáramos en esos personajes y nos lanzáramos a vivir, en el patio de casa, notables y ‘peligrosísimas aventuras’ que él inventaba, protagonizaba y, a la vez, relataba —recordaría ella—. Esas imágenes las tengo grabadas a fuego y no solo yo, también una de mis hermanas, que era una ‘extra’ infaltable en nuestros juegos, mi madre y hasta mi tío. No por nada la portada de su libro Cuentos de los años felices reproduce al Rey de los Monos”.

La familia se instaló en Río Cuarto entre 1951 y mediados del 54. Soriano conservaba un viejo álbum con unas cincuenta fotos, un recorrido que abarca hasta sus 20 años, con mínimos apuntes hechos al pie de cada imagen. De esas notas se desprende el lapso que vivió en esta localidad. Una está fechada el 6 de enero de 1952: cumple nueve años y está sentado ante una mesa con mantel que carga tazas de una vajilla que se adivina como “la de ocasiones especiales”, copas llenas de agua, una bandeja con torta. Lo acompañan otros cuatro chicos, sonrientes, cabellos cortos, pilchas prolijas. En Cuentos de los años felices narra de una paliza que le dio su padre por entonces: “No sé con qué cacharro estaba jugando sin atender las advertencias y cuando mi viejo vino a hablarme me retobé y le tiré algo contundente a la zona donde duele más. Después de unos cuantos saltos y flexiones que me hicieron despanzurrar de risa, mi padre me enderezó de una patada y me calzó tantos bofetones que me olvidé de contarlos. Enseguida se arrepintió. Mi viejo era calentón pero rara vez pegaba. Si no le entendía por las buenas, sacaba la lapicera y se ponía a explicar con un dibujo”.

“El tío era cascarrabias, parecía que se iba a caer el mundo, pero a los dos minutos te daba el alma —dice su prima—. Era un tipo muy soñador; se compraba cosas, después no las podía pagar y las tenía que devolver. Y a la tía la hinchaba eso. Así que vivía rezongándolo. ‘Yo no sé cómo este hombre aguanta a esta mujer’, decía Osvaldo”.

La descripción se complementa con la de Catherine Brucher. “Él contaba que en la infancia su madre no era una mujer muy cariñosa, que la relación era mucho mejor con su padre. Al mismo tiempo era ella la que le contaba las películas del Gordo y el Flaco. O por ahí iban juntos al cine. Era una mujer muy dura, con la idea de que la vida no es para divertirse. Me contó una vez que venía muy contento de un partido de fútbol y le dijo: ‘Mamá, ganamos’. ‘Cómo habrán sido los otros’, le dijo ella. Y contaba que cuando se enojaba lo corría con la escoba y él se escondía y esperaba la vuelta del padre”.

Por esos años era un chico de la Nueva Argentina, de Perón Presidente y Evita CapitanaFue difícil para mí porque mis padres eran profundamente antiperonistas. Me acuerdo de mi viejo golpeando la mesa con los puños y diciendo: “No moriré sin ver caer a este hijo de puta”. Yo me cubría la cara y lloraba en silencio.

El sentir de Soriano hacia el peronismo ha sido oscilante. Hay quien lo recuerda peronista, hay quien le asigna temporadas de gorilismo. “Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel ‘sobrestante’ que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió 40 años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso. Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba”.

Al llegar a Río Cuarto tenía acento puntano pero tres años después, cuando en junio de 1954 la familia se instaló en Tandil, había incorporado la tonada cordobesa. A las primas les causaba gracia su forma de hablar. Se domiciliaron en la que había sido la casa de los abuelos. “En esa época contaba algo que le había llamado la atención de Gatica, en San Luis, cuando ya era campeón, muy conocido —recuerda Nilda Villarreal—. Andaba en un Cadillac con un cartel, adelante, que decía ‘Aquí viene Gatica’. Y cuando pasaba veías, en la parte de atrás, otro cartel que decía ‘Acá pasó Gatica’”. Soriano contó de ese día cuando Leonardo Favio estrenó su película sobre el boxeador: “Hizo varias pasadas por la vuelta del perro en un Cadillac descapotable, mordiendo un cigarro, agarrándose los tiradores. Iba ancho y contento con su suerte, que era la mejor que le podía tocar a un tipo como él. La gente aplaudía y le gritaba: ‘¡Grande, Tigre!’, porque allá no tenía los enemigos que tenía en Buenos Aires. Mi padre me levantó sobre sus hombros para que lo viera y aquella imagen huidiza se me fijó para siempre”.

Durante ese año tandilense hicieron junto a otra de sus primas, Irma, una revista semanal casera que cada domingo le vendían a Nilda por veinte centavos. “Era chiquitita, como las de El Pato Donald. Se llamaba Las Aventuras de Super Gato, y la hacían a medias, una especie de historieta que dibujaban, pintaban y escribían”. Irma recordaba que Soriano leía entusiasmado la revista Fantasía, en especial la tira “El León de Francia”, adaptación a la historieta de un radioteatro muy popular por entonces: un folletín que transcurre en la previa a la revolución con un héroe enmascarado que enfrenta a la realeza, un muchacho que, en apariencia para todos, es un modoso debilucho. Una especie de Zorro. “Nunca pensamos que le iba a ir tan bien. De chico era como todos: vago, todo el día con la pelota, andando en bicicleta, no le gustaba mucho el estudio”. Soriano terminó quinto grado en la Escuela 21; en el boletín casi rutinario destaca una eme roja: “Mala conducta, por desobedecer órdenes”.

Un amigo de aquella época, Jorge Alí, recordó ese año compartido en Tandil: “Él era de San Lorenzo y de Los Fronterizos, y le gustaba El Gráfico (especialmente, Dante Panzeri); yo soy de Boca y me gustaban Los Chalchaleros y la revista Goles. Entonces iba a la casa y me acuerdo que ponía en el tocadiscos la zamba “Angélica”, primero por Los Chalchaleros y después por Los Fronterizos. Y discutíamos apasionadamente. Todas las tardes íbamos a patear a la plaza San Martín. Hay algo que me quedó de Osvaldo que más adelante, con el paso del tiempo, tomó otra importancia. Después de patear me contaba capítulos de Dick Tracy, que había visto en el cine de Córdoba. No sé bien qué cantidad me contó, tampoco si las inventaba o no, pero era una cosa atrapante. Cuando se fue a Cipolletti lloramos como descosidos”.

Es que a Soriano padre lo habían nombrado jefe de distrito en Cipolletti. En julio de 1955, después del bombardeo en Plaza de Mayo y antes de la caída de Perón, la familia arrancaba de nuevo.

Una temporada en el Far West

Radiante. Así se lo ve en las fotos que lo muestran vestido con pilchas futboleras, calzado con botines. En algunas está en un grupo de cinco, caminando o de pie ante la cámara; en la mayoría posa para la foto de la formación del equipo, y entonces siempre aparece en cuclillas, en el centro, los brazos abiertos para abrazar a un par de compañeros, el torso erguido.

Uno queda preconfigurado en esencia con lo que incorpora hasta los 16 años: es significativo que haya dicho esa frase cuando fue invitado en 1991 a la Facultad de Filosofía y Letras, porque hasta esa altura de su vida no había leído libros de ficción. Leía los del colegio. Y uno que había pedido por correo. En alguna foto de su álbum se lo ve trajeado, posando, la mano izquierda sobre una biblioteca, la mano derecha sosteniendo un libro abierto: hay cierta reverencia en la imagen. Para mí un libro era lo que tenía mi viejo en su biblioteca: libros técnicos, una enseñanza; uno los abre y aprende cosas. Un saber que tiene que ver con la electrónica, con la arquitectura, con cosas tangibles. En mi casa no había ni un Martín Fierro.

Los Soriano vivían en un chalet prototípico, de techo a dos aguas, edificado en un terreno grande en Mengelle y Alem; al fondo, unos galpones al servicio de Obras Sanitarias funcionaban como taller y cochera, donde José Vicente guardaba el Dodge truck modelo 46 o 47 provisto por la empresa. Cipolletti en esa época pegó un salto demográfico gigante: según los censos, entre 1947 y 1960 la población creció de 2.763 habitantes a 19.862. El impulso de las cooperativas fruteras y el de la obra pública. Casi no había calles asfaltadas, ni cloacas. Tampoco librerías. Los diarios llegaban con tres días de retraso. Mi padre, como buen gorila, compraba La Prensa.

Mi mundo era la historieta, el cine y la radio, que fue otro elemento muy importante. En los tiempos en que la televisión era un fenómeno circunscripto a Buenos Aires, las grandes ficciones sucedían en la radio, con el elemento perturbador y hermoso que tiene la imaginación del oyente. Recuerdo los grandes policiales: estaban magníficamente hechos, con gran calidad. Eran los tiempos del radioteatro, de Laura Hidalgo y otros grandes de la década del 50, verdaderas obras maestras de la imaginación. En esa época nadie se acostaba con nadie, entonces había que apelar a lo sutil, a lo sugerido. De esas narrativas tomará un elemento clave: el “continuará”. Porque casi siempre termino los capítulos de las novelas en una suerte de “continuará” que invita y empuja a seguir leyendo. Me han preguntado mucho sobre eso y yo les digo que es muy simple, es el “continuará” de mi infancia. Lo mismo ocurría con el cine, en donde se proyectaban series en “continuará”; recuerdo muy bien a Dick Tracy, que siempre terminaba en situaciones límite que me dejaban una semana entera pensando qué iba a pasar, cómo se iba a salvar el protagonista.

El libro que pidió fue El diario de Comeuñas, de Ricardo Lorenzo “Borocotó”. Comeuñas había sido protagonista de una tira en el Billiken, un pibe de barrio que encara junto a un grupo la fundación de un club de fútbol. El personaje inspiró un par de películas muy populares, Pelota de trapo y Sacachispas, protagonizadas ambas por Armando Bo, con guiones del propio Borocotó, una de las “plumas célebres” de El Gráfico, autor de una columna famosa llamada “Apiladas”. Las ficciones, a la vez, inspiraron la creación en la real realidad del club Sacachispas, en 1948, inicialmente en Villa Soldati, con Juan Domingo Perón como presidente honorario.

A fines de julio del 55 Soriano retomó la cursada de sexto grado, el último de la primaria, en la escuela Juan XXIII. El golpe de la Revolución Libertadora del 23 de septiembre derivó en la suspensión de las clases por el resto del año. En marzo del 56 empezó la secundaria en la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 1 de Neuquén, doble turno, mañana y tarde. Cuesta arriba, solo cursaría tres años. Conservaba entre sus papeles el analítico de su paso por la ENET; Matemática fue un calvario, pasó raspando raspando en primer y segundo año y le quedó colgada junto a Tecnología en tercero. Un siete por cada curso en Castellano. Tal vez este quedo en los estudios fuera una herida que dejó su cicatriz. Su padre quería que fuera universitario. Y acaso ahí haya alguna clave de su fijación con el reconocimiento académico.

En el colegio y en el Club Atlético General Belgrano, un equipo de barrio con canchita en Belgrano y Alem, jugaba de centrodelantero. En el álbum hay varias páginas dedicadas, fotos en las que identifica a sus compañeros y agrega algún apunte: “1956. Nuestro primer equipo”. “1959. Estreno de las casacas propias. 0 a 0 con Cipolletti”. Son fotos que tomaba su padre, que iba a verlo jugar. En su habitación tenía el póster de José Sanfilippo, su ídolo, goleador de San Lorenzo. Yo tengo muy marcadas las voces, la de Fioravanti, la de Arióstegui. Está muy marcado eso en la infancia, en la radio por onda corta. No conocíamos a la mayoría de los jugadores: se creaba una suerte de ficción. Un tal Peloso, de Huracán, que desde cuarenta metros metía tiros libres espectaculares; un centroforward, Cejas, de Lanús, que se gambeteaba a ocho tipos antes de entrar en un arco. Una suerte de gran ficción, de algo no comprobable a la distancia.

EDUARDO GARNERO. Tenía una memoria increíble, era un apasionado del fútbol y de relatar partidos. Y además se acordaba de la formación de equipos de otras épocas.

CÉSAR IACHETTI. Era chueco y caminaba bamboleándose para los costados. Y como jugador, más entusiasta que otra cosa. Los dos jugábamos adelante.

HÉCTOR GABETTI. Osvaldo jugaba de suplente, a veces lo ponían a jugar un rato como para dejarlo contento.

HUGO GONZÁLEZ. Usaba una rodillera, rengueaba un poco. Jugaba con unos botines Sportlandia y no sé por qué se le destiñeron, se le pusieron colorados: sabés lo que era jugar con unos botines colorados en ese tiempo.

JUAN CARLOS DE RIOJA. El papá de Osvaldo era el que ponía el dinero para comprar las camisetas y las pelotas. Por eso jugaba, porque como jugador era un desastre. Nos pasábamos las tardes en el parque de su casa tirando centros para que Osvaldo la metiera de cabeza o de chilena.

ULISES GONZÁLEZ. En muchos de sus cuentos habla de mi hermano, el Colo. Los lunes hablaba del partido de primera que había escuchado por la radio y te comentaba todo, dónde había pegado la pelota, dónde había metido el pase. Desplegaba toda su imaginación.

HUGO GONZÁLEZ. Él creó ese mito de gran jugador, que estuvo en los mejores equipos de la zona del Alto Valle, pero es mentira.

EDUARDO GARNERO. Es cierto que fuimos a jugar a Chile, pero no que fue un seleccionado de jugadores de Cipolletti y tampoco que él fue el goleador. Soriano no jugó nunca en Cipolletti, nunca jugó en ninguna selección del Alto Valle, nunca fue goleador, sino que fue un patadura del montón como muchos de los muchachos que jugábamos.

En el mito de centrofóbal que se armó, se presentaba a sí mismo como un jugador tosco, víctima o favorecido por el azar, oportunista a veces, protagonista de situaciones absurdas, transgresor, un pibe que hace goles gracias a un rebote, una pifia, un tropezón del contrario, el engaño al árbitro, pero también porque quiere. La gente de la Capital Federal no conoce lo que es el fútbol del Far West, el fútbol de aquellos tiempos. Vos llegabas a una cancha y el referí no estaba: se había mamado. Pero el partido se jugaba igual. Buscaban a alguien entre el público, se quitaba el saco y dirigía el partido. ¡Ni hablar de los linesman! Si hasta había equipos que jugaban con diez porque en el camino se había dormido o mamado alguno. Claro, había que recorrer treinta o cuarenta kilómetros entre un pueblo y otro. Esa era la razón por la cual muchos pibes de la tercera —y yo fui uno de ellos— se tiraban el lance de colarse en el camión que llevaba a los jugadores de la primera, porque ahí faltaba alguno y se presentaba la oportunidad de jugar. Eso fue lo que me pasó. Un día falló el 8 y debuté como 8. Otra vez faltó el 11 y jugué de 11. Después volví a aparecer de 8. Fue cuando uno me preguntó: ¿Y vos de qué mierda jugás? De 9, respondí. ¡Ah, ya me parecía que vos no eras 8!

¿Soy yo aquel chico o es mi imaginación quien lo ha creado a imagen y semejanza de mis deseos? En alguna entrevista contó que en Mar del Plata se le acercó el 10 del equipo, el que le tiraba los centros para que hiciera los goles; en otra, que un tipo aseguraba haber jugado un partido que inventó. La ficción, cuando funciona, crea un terreno, una suerte de pacto similar al de una conversación o —mal que les pese a muchos— al de un cuento contado al lado de un fogón. Uno le cree al que cuenta o no. A partir de que le cree, por su tono, por su manera de relatar, nos puede contar el disparate del siglo. Es lo que ocurre con los cuentos de aparecidos y luces malas en el campo, si uno se pone a razonar dice que son un disparate, pero si el paisano entra a contar bien, se empieza a ver la luz mala por todos lados.

No hay quien atestigüe que jugó en primera, ni en Confluencia de Cipolletti, ni en Independiente de Tandil, como solía decir. Tampoco hay mayores referencias de él como jugador al llegar a Buenos Aires; Eduardo Galeano aseguraba que siempre lo invitaban a los partidos entre periodistas de distintos medios y que nunca iba: ya Soriano se había acostumbrado a escribir de noche y a dormirse en las madrugadas. Samoilovich recuerda un único partido, acaso una única jugada: “Fue contra Siete Días, mientras estábamos en La Opinión. Yo le bajé una pelota de cabeza y él entró como Sanfilippo: metió un golazo, creo que ganamos 1 a 0. Pero se lastimó, y tuvo que quedarse en cama. Eso fue un poco antes de que yo me viniera para Bruselas. Luego, cuando él se vino para acá, jugábamos en la vereda”.

El día que terminaba el Mundial de 1994 en Estados Unidos, aquel en el que a Maradona le “cortaron las piernas”, contó en la contratapa de Página/12: “Evoco la prehistoria del fútbol y ahí estoy yo, tenso y concentrado en mi primer partido como internacional. Sucede en Temuco, al sur de Chile, allá por el año 59. Somos la selección juvenil del Alto Valle y llevamos casacas azules como Brasil ahora. No voy a narrar partidos que no interesan a nadie, pero recuerdo una cancha llena y un número 10 de ellos que nos hizo dos goles. Jugué horrible ese día. No acertaba a estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Me acuerdo cuánto me herían los festejos del público local y lo irritado que estaba nuestro capitán Raúl Rusconi, un muchacho que pocas veces jugaba más de dos partidos seguidos sin que lo expulsaran”. En su álbum de fotos hay un par de páginas vinculadas a esta historia: “Inolvidable viaje a Chile – Año 1961, mes de abril”.

Durante las vacaciones de invierno de 1957 fue a Plaza Huincul, cien kilómetros hacia el oeste, junto con tres compañeros de la ENET. Se habían enterado de que en el industrial de esa ciudad los alumnos fabricaban motores y recibían una paga a cambio. Cuando llegaron el colegio estaba cerrado y no pudieron dar con nadie que los pusiera al tanto. Así que se mandaron a la planta de YPF, a ver si podían conocerla, y ahí sí tuvieron suerte, porque dieron con el jefe del yacimiento y su generosidad: les puso un Kaiser Manhattan con chofer para que recorrieran toda la instalación. Más adelante, cuando abandonó el colegio, empezó a trabajar en una casa de venta de materiales eléctricos. Y luego, en una empaquetadora de manzanas para exportación.

“Soriano era muchacho de jopo y gomina —escribió César Aníbal Fernández, representante rionegrino en la Academia Argentina de Letras—. Como Elvis Presley, llevaba un peinado que le aseguraba mantener el pelo en su sitio pese a los rudos vientos sureños. Pero no era un muchacho de rock sino de bailes más lentos. Con César Iachetti se juntaban en el Club Cipolletti para escuchar la orquesta de Los Ángeles de Perego que animaba los bailes de todo el Alto Valle. Entre sus pasatiempos estaba el de memorizar todas las marcas de los reloj pulsera de alta calidad. En 1958 su padre le compró una moto marca Motom de 49 centímetros cúbicos, de color rojo. Cada vez que tenía a mano algo parecido a un micrófono se ponía a relatar un partido, donde la estrella era ineludiblemente José Sanfilippo, (a) el Nene, máximo goleador de su equipo”. Dice Catherine Brucher: “Me contaba que quería ser locutor, que se pasaba horas imitando a los locutores radiales”.

Algún compañero recuerda carreras con la Motom, y que se lo veía con todo el equipo, casco, botas, guantes, campera de cuero. “Caímos presos por contestarle mal a un comisario —evoca Hugo González—. Éramos ocho muchachos que íbamos con las motos desde Cipolletti a Neuquén. A la policía le pareció que hacíamos mucho ruido, nos pararon y Osvaldo preguntó: ‘¿Y vos quién sos?’. De inmediato nos mandaron a la Comisaría 1. Pensábamos que nuestros viejos se iban a preocupar, porque éramos puntuales para llegar a casa. Para que pasara el tiempo más rápidamente al Gordo se le ocurrió formar un seleccionado de fútbol con los próceres que estaban colgados en los cuadros de la comisaría. Ahí agarró una libretita que tenía siempre y anotó que Julio A. Roca debía ser el arquero, por la altura. No era una persona de enojarse, se lo tomaba en joda, se reía todo el tiempo, siempre estaba de buen humor”.

Eran todos varones en el industrial; antes de abandonar parece haber tenido sus primeras relaciones sexuales. “Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años 60. Pero a fines de los 50 queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol”. El recorte proviene de “Primeros amores”, donde cuenta de su primera novia, de unos arrumacos/franeleos en el cine Español, del miedo de ella, de su propia e “inaudita torpeza”. A esa época y ese escenario refiere, también, el cuento “Donde Geneviève y el Flaco Martínez perdieron las ilusiones”, publicado en Le Monde durante el exilio. Relata las escapadas del colegio de un grupo de chicos, guiados por el profesor de Física, a un prostíbulo. Transcurre durante la primavera, “cuando la disciplina se relajaba” y los alumnos que eran parte del equipo de fútbol se sentían “con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar en la cancha vecina”.

El Gráfico, decía, era su Biblia. Y también estaba la radio. Los relatos de Aróstegui, una voz culta, que gritaba el gol pero no tanto. A veces también escuchaba a Bernardino Veiga. Después me sedujo la voz de un comentarista que imaginaba un tipo serio, inteligente: era Osvaldo Caffarelli. Un día le escribí una carta. No sé, tendría 13 o 14 años y esa carta, pienso hoy, fue la primera pista de que yo quería ser periodista deportivo. Me contestó, y en un viaje a Buenos Aires fui a verlo. ¡Había estado con Caffarelli! Tengo una deuda con él porque, aun sin conocerlo, seguramente al permitirme visitar una radio por dentro influyó mucho para que yo dejara el fútbol, me hiciera periodista deportivo y me gustara el oficio.

Junto a Ulises González y el ruso Acadier a comienzos de 1960 intentaron armar un periódico, que era más bien una hoja de oficio doblada en dos. Apenas apareció el primer número los citaron a los tres a la comisaría. Sobre el escritorio había varios ejemplares: los mandaron a recolectar el resto de la tirada. “Creo que Soriano había escrito una nota contra el intendente de ese entonces —relata González—. Fuimos a recoger todos los ejemplares que se habían distribuido, se los llevamos al comisario y nunca más volvimos a publicarlo”.

Al poco tiempo le escribió a Dante Panzeri, prócer del periodismo deportivo: en la sección “Usted tiene la palabra, lector”, del 4 de octubre de 1961, puede leerse: “Para Osvaldo Roberto Soriano, de Cipolletti: 1) El Gráfico siente no poder auxiliar su iniciación en el periodismo. 2) A Dante Panzeri puede escribirle a la misma dirección que a El Gráfico. 3) En sus puntos de vista de fútbol en general no hallamos motivos para respuesta. Están respondidos o compartidos semanalmente por El Gráfico”.

En otra carta adhirió a una campaña de la revista “a favor de la decencia y en contra de la violencia”. Hay una más, fechada el 6 de julio de 1960, que abre la sección de los lectores: “Osvaldo Roberto Soriano, de Cipolletti, Río Negro, nos pide una explicación de algo que no alcanza a comprender: ‘Si el fútbol argentino carece actualmente de figuras, como suele decirse, por qué en vez de buscar «figuras» en el extranjero no salen los dirigentes (esto para los señores Armando, Liberti y otros) al interior a descubrir figuras?’. En el valle de Río Negro y Neuquén ‘se ha formado la Liga Mayor de Fútbol, que une a más de diez pueblos, con un promedio de 20.000 habitantes cada uno’.

”Hay una explicación: las ‘figuras’ (entre comillas) tienen un fin inmediato; obran como impacto publicitario; las figuras (sin comillas) son para un fin posterior; con ellas es preciso esperar. La cosecha siempre es más fructífera en el segundo caso, pero no olvide que el plan es vivir para hoy. La angustia de vivir ese ‘hoy’ impide pensar en lo que hay que hacer durante el día siguiente. ¿Mañana? ¿Futuro? ¡Hoy, hoy, hoy!”.

El futuro volvía a ser Tandil: el trabajo de su padre cambiaba otra vez la geografía de la familia. Esta vez fue más difícil: tenía un grupo de amigos e hizo algunos intentos por quedarse. Ante escribano, su padre consintió la emancipación. Nunca era del lugar en que vivía, y eso se parecía mucho a no ser de ninguna parte.

El descubrimiento de los libros

Por las noches, Robert Neville está cercado en su casa de Los Ángeles. Una guerra bacteriológica liquidó a gran parte de la humanidad, pero lo rondan vampiros mutantes y algunos muertos resucitan. Nació en 1940, tiene 36 años, fuma y toma bastante, escucha a Beethoven, cosecha ajos y afila unas estacas que emplea en sus recorridas para liquidar a los infectados mientras hay luz de día. Se ha endurecido y pertrechado para sobrevivir. Su familia ha muerto: está solo. Lo desquicia no tener compañía.

Años después, cuando arrecien las entrevistas, Soriano dirá que Soy leyenda, de Richard Matheson, fue el primer libro que leyó cuando tenía ya 20 años y estaba instalado en Tandil. La novela es de 1954 y aquí circulaba en una edición de Minotauro. En “Educación sentimental”, artículo de 1993, Soriano cuenta que conservaba “un ejemplar mortecino, pegado con cinta scotch” y que se había enterado de que su autor seguía vivo por una noticia reciente: en pleno incendio de su casa en California, Matheson se mandó a las llamas para rescatar su último manuscrito y su gato. “El gusto por contar historias se lo debo primero a Matheson. Después vino Chandler con su mirada desencantada y hostil —escribe—. La casualidad hizo que en la primera novela que contó en mi vida, Laurel y Hardy aparecieran de nuevo, esta vez como vampiros”, anota tras recordar que la primera película que vio fue un cortometraje del Gordo y el Flaco.

Sus padres alquilaron una casita frente a Plaza Moreno, en Avellaneda 335. Al poco de llegar a Tandil conoció a Ana María Colombo y enseguida se pusieron de novios. “Con Nilda, su prima, éramos amigas y estudiábamos Bellas Artes —me contó Ana María—. A veces nos sacaban a hacer lo que se llama ‘paisaje’; un día fuimos a la plaza que está al pie del parque y cuando terminamos ella cruzó a saludar a su tía y a su primo. Osvaldo siempre le decía de una chica que veía pasar, con otras, pero no alcanzaba a explicarle quién era. Bueno, era yo. Y me quería conocer. Al otro día me lo presentó en el centro. Y así empezó todo. Él decía, al principio, que iba a ser jugador de fútbol. Pero luego nada que ver”.

Para zafar del servicio militar Soriano demoró la operación de la várice de su pierna derecha, que le molestaba bastante y lo obligaba a jugar con una muslera. “También tenía pie plano —me dijo Ana María—. Y aparte hubo un poquito de acomodo; mi padre formaba parte de una sociedad de canaricultura en la que había un militar con un cargo importante en Tandil. Cuando le llegó el momento de presentarse, mi papá habló con esta persona, y una ayudita le dio”. Luego estuvo en la operación: “Lo llevaron para el quirófano y a los cinco minutos lo trajeron de vuelta. Se descompuso, del miedo que le tenía a la anestesia. Lo operaron recién al día siguiente”.

Las salidas: “Acá era ir mucho al cine, a tomar café a las confiterías, por ahí a cenar”. ¿Bailaba, Soriano? “Nooo, no le gustaba. No hubo forma de que aprendiera. Y tampoco me hacía problemas por eso. Era buenísimo, pero tenía un carácter bastante bravo. Nos llevábamos bien, aunque teníamos agarradas grandes. Después de aprender dibujo y pintura empecé cerámica, y ahí tuve problemas, porque Osvaldo no quería que fuera. Decía que iba a perder el tiempo, que iba a fumar. Cuando nos conocimos yo fumaba y a los dos meses empezó él a fumar. Luego por ahí dejaba un tiempo, una semana, y siempre volvía. Fumaba muchísimo”.

La relación se rompería muchos años después, con Soriano ya instalado en Buenos Aires. De todas formas se mantuvieron en contacto hasta casi el final.

Hizo un curso de técnico gasista a poco de llegar a Tandil y gestionó una matrícula profesional. “Iba a disgusto, para conseguir el título —me dijo Ana María—. Pero era tan fiaca que no sé si lo terminó”. Para contarse a sí mismo aludió muchas veces a su trabajo como encargado de un depósito de herramientas en Metalúrgica Tandil, que a mediados de los 60 llegó a tener dos mil empleados. Disponía de una oficina calefaccionada, bastante solitaria, en la que leía a gusto. Ahí escribió sus primeros cuentos. Entraba a las nueve de la noche y salía a las cinco de la mañana. Nadie quería hacer este turno, porque todos estaban casados. Yo aceptaba este horario encantado de la vida a condición de que mis compañeros no me dejaran trabajo para hacer. Es el comienzo de una rutina que ya no dejará: escribir por la noche, acostarse de madrugada, levantarse al mediodía o a primera hora de la tarde. Cuando me fui de la metalúrgica, entré casi directamente en un matutino, El Eco de Tandil. En esa época, en los diarios de la mañana, sobre todo en los de las provincias, uno tenía que quedarse a ver la página en el taller. Cuando terminaba de escribirla me iba al boliche, volvía a la una y media a echarle un vistazo para ver cómo había quedado y vuelta al bar donde estaban los del cineclub, los del grupo de teatro, es decir toda la escenografía provincial, que era una proyección de lo que pasaba en la Capital.

En comparación con Cipolletti, Tandil le parecía Nueva York. Una ciudad con edificios de cinco pisos, con grupos teatrales, bibliotecas, librerías. Un buen día, en casa de unos parientes, conocí al novio de una prima. Trabajaba en una compañía de teatro experimental y era, a pesar de sus flamantes 19 años, lo que se dice un intelectual de provincia. Enseguida nos hicimos amigos, salíamos juntos, y poco a poco empecé a olvidarme de mi pueblo y a acostumbrarme a mi nueva vida. Una noche, a la entrada del cine, me preguntó qué estaba leyendo. Le contesté, bastante sorprendido, que no leía. Al día siguiente me prestó Soy leyenda, de Matheson. Quedé tan deslumbrado que al terminarlo fui a pedirle inmediatamente otro libro, entonces me prestó Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, y, como lo devoré en unas horas, me pasó Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. En pocos meses había consumido toda la colección Minotauro y en el medio, sin que supiera de qué se trataba, había leído apasionadamente Papá Goriot, de Balzac, y Madame Bovary, de Flaubert, una de las experiencias más maravillosas de mi vida.

Sobre esa época fue mencionando, en diversas entrevistas, muchos libros y autores. Los hermanos Karamazov, Hemingway, Lovecraft, El perjurio de la nieve de Bioy Casares, los cuentos de Cortázar, Horacio Quiroga, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant. También a Sartre, Scalabrini Ortiz, Lenin. Recuerdo que fue algo dramático para mí, porque andaba por la calle pero quería volver a casa para seguir leyendo —le decía a Mempo Giardinelli una madrugada de septiembre de 1988—. Quería saber qué pasaba. Todo lo demás era accesorio; lo que yo sentía era una ansiedad tremenda por saber cómo carajos iba a resolverse la historia. […] Con Quiroga tuve el primer gran metejón, me volvió loco y fue mi modelo indiscutible en un momento de mi vida. Maupassant fue otra aventura, y para que tengas una idea de mi relación con el cuento —y decir cuento es decir Maupassant— su retrato preside aún hoy mi lugar de trabajo… Y cuando viene alguien a mi casa, si no lo conoce, le digo que es mi abuelo. […] Soy alguien que puede llorar leyendo. Igual que cuando veo cine, hay ciertas cosas que me hacen llorar. Y que no tienen que ver con la impresión melodramática sino con la belleza. De pronto, algo que es demasiado bello me hace saltar un lagrimón.

Escribió sus primeros relatos a los 21 años. Eran totalmente ilegibles. El primero se publicó en El Eco de Tandil. Un cuento imposible, quisiera que nadie lo encuentre nunca; comprar la edición de todos los archivos en donde están esos diarios, para que nunca los lean. Al llegar a Buenos Aires dejé de escribir ficciones, convencido de que tenía que hacer periodismo, porque era lo que más me gustaba. Pero en esa época, en los comienzos, su sensación era distinta. Yo estaba encantado. Cuando uno escribe un cuento nunca piensa que es malo. El narcisismo de los escritores es algo monumental; en comparación, el de los boxeadores es nada. Todos creen que son geniales. Leía mucho a Horacio Quiroga. Y no me arrepiento, porque ahí sí, con escrituras menores, es donde uno aprende más. Es muy difícil aprender con un texto absolutamente genial, como los de Cortázar o Borges, porque uno está ante una obra gigantesca, pero no se le ven los tornillos. Algunos escritores creen que no hay nada que aprender. Pero los que creemos que sí lo hay, apreciamos mucho los tornillos y las tuercas que se ven en Quiroga y en algunos buenos cuentos de García Márquez que maravillan por lo bien resueltos, y que también se ven en muchos norteamericanos y en Roberto Arlt.

Esa es la conclusión a la distancia, porque en aquel momento escribió esos relatos, decía, bajo la influencia de Cortázar, a quien le mandó uno de sus primeros cuentos. Con timbre de despacho del 27 de noviembre de 1964 recibía en su casa un sobre con bordes azules y rojos: “Monsieur Osvaldo Roberto Soriano”. Desde el distrito XV de París, la respuesta de Cortázar. Me temblaban las manos. Abrí el sobre y adentro había un cuento de Cortázar, “Una flor amarilla”, publicado por la Revista de Occidente pero aún inédito en libro. Arriba, decía: “Con un abrazo de Julio”. Nunca supe qué quiso decir. Había dos posibilidades. Una era: “¡Bestia, aprendé!”, y la otra, más optimista: “Bueno, me mandás un cuento y yo te mando otro”. Muchos años después, cuando lo conocí, le comenté este episodio. No se acordaba, obviamente, pero para consolarme me dijo: “Si te contesté, por algo era. Porque uno no puede contestar todas las cartas”.

A ocho meses de su muerte, la revista La Maga reprodujo “Ocaso”, cuento inédito fechado en agosto de 1964, que corrobora su opinión sobre sus textos de entonces. En Actividades, el otro diario de Tandil en el que trabajaría, publicó también el relato corto “La alfombra roja”. A mediados del 65 recibía otra carta: “Tengo el agrado de dirigirme a Ud. con el objeto de comunicarle que su trabajo ‘Persecución’ ha sido seleccionado en el Concurso Latinoamericano de Cuentos organizado por Librería Palumbo. A los efectos de coordinar la publicación cooperativa de la antología que hemos formado con su cuento y otros trabajos seleccionados a este fin, es indispensable que envíe…”. Cuando recibió la noticia anotó en un diario personal: “Si intervienen el trabajo y seleccionaron a más de veinte, ¿tiene valor?”. Fue el primer relato que le publicaron en un libro, que se llamó Otros trece cuentos, del Instituto Amigos del Libro Argentino. Le dedicó uno a su novia: Para Ana, mis primeras líneas impresas, producto de inquietudes que compartimos. Yo con mis alborotadas palabras, ella con su atento silencio.

El historiador y periodista Hugo Nario fue quien propició la entrada de Soriano a El EcoSiempre entré en los diarios y las revistas por la sección Deportes. Soy de los que, y lo voy a decir sin ruborizarme, leen el diario de atrás para adelante. Empiezo con Deportes, y a veces me leo la B, la C, estoy al tanto de todo, porque tengo esa sensación de que un día me voy a quedar sin trabajo y voy a tener que volver a trabajar en Deportes.

“Lo mandaban a cubrir boxeo todos los sábados, en el club Ramón Santamarina, y yo lo tenía que acompañar —me dijo Ana María—. He visto tantas peleas… Y cuando había partidos en algún pueblo vecino, los domingos, y él iba para hacer las notas, me llevaba a ver fútbol también”.

En ese tiempo yo era muy joven y tomaba demasiadoRecién empezaba y me mandaron a ver un partido que no era central, sobre el final de la liga. Habría diez personas en la cancha. Llegué tarde, viniendo de un asado, y bastante entonado. Miré un poco y le pregunté a uno que estaba ahí: ¿Che, ¿cómo van?”. Y me dijo, no recuerdo bien, “2 a 1”. “¿Y quién hizo los goles?”. Fulano y Mengano. “¿Y más o menos a los cuántos minutos?”. Porque todo era más o menos. Tomé nota y seguí viendo el partido. Entonces hubo luego otro gol, un penal errado, etcétera, y yo me llevé en el resultado la suma de lo que me había dado el despistado que pasaba por ahí y los goles que vi después. De modo que puse, supongamos, “La Movediza batió por 3 a 2 a Gimnasia y Esgrima”. Pero no había sido así: al otro día llaman al diario y dicen: “¿Cómo 3 a 2? ¡Fue 2 a 2!”. Hubo un gran lío en el pueblo, y esto lleva a una gran reflexión sobre la credibilidad del periodismo, y sobre todo de lo escrito. En principio no quería decir la verdad, “Sí, llegué borracho y pregunté el resultado”. Pero la gente que había estado en el partido que terminó 2 a 2 empezó a dudar si no había sido 3 a 2, como yo había escrito, puesto que esto estaba en el diario. Se tuvo que reunir el tribunal para discutir el tema. Después citaron al referí, y le decían: “Usted se comió un gol”. “¿Cómo me voy a comer un gol?”, decía el referí. “Estuve corriendo los noventa minutos al lado de los tipos: hubo dos goles de cada lado”. Me citaron a mí y al periodista del vespertino, que había robado la nota completa, y los dos declaramos que habíamos visto 3 a 2. De modo que faltó un gol siempre.

En enero de 1967 pasó de El Eco a Actividades, donde primero fue redactor y luego jefe de Deportes. De esta época Soriano no rescataría un solo texto.

Juan Campagnolle, el novio de su prima, fue el muchacho que empezó a pasarle libros. Era también un gran narrador oral, humorista, con diversas inquietudes artísticas, en las que “inició” a Soriano, que pronto pasó a formar parte de la “mesa de intelectuales” que se juntaba en la confitería Rex, y de a poco fue sembrando sus historias en el Café 606, en la pizzería El Cisne, en el bar Ideal. Soriano contaba que a poco de llegar a Tandil, durante un tiempo y junto a Campagnolle se ganó la vida jugando al truco. Ana María y Nilda no recuerdan nada por el estilo en esa época.

Con este amigo, que era un gran intelectual y un gran cómico, que llegó a trabajar con Olmedo, solíamos jugar en los clubes, después de comer al mediodía. Una costumbre de los pueblos del interior: ir hasta el club, jugar un par de horas. Un día me dijo: “Che, con esto se puede ganar plata”. Así salimos a jugar por esos lugares en donde sabíamos que se apostaba fuerte. Llegamos a jugar muy bien como pareja, a entendernos sin señas y a inventarnos señas propias. Empezamos por los barrios de afuera de la ciudad y después nos fuimos al campo, porque en el campo se creen vivos, sobre todo en este juego. Esa vieja cosa de las películas de ir a un pueblo, incluso pasar por gente de Buenos Aires, por porteños, que es lo más detestado del mundo: dos porteños obsecuentes, el paisano los carga, después la invitación para un partidito. Y así estuvimos un año dando vueltas por la provincia, hasta que mi padre se enteró y me lo reprochó a su manera. Pero la pasamos muy bien y fue una gran experiencia. Incluso jugamos en el Uruguay al truco uruguayo y ganamos, los hicimos de trapo; además, como se estaba apostando el orgullo nacional, se apostaba fuerte. Al final tuvimos la soberbia de ir a Médanos, que es la capital del truco, un pueblito cerca de Bahía Blanca en donde hasta los chicos de dos años saben jugar, y ahí nos destrozaron.

Recordaba Jorge Di Paola: “Frente al Banco Nación estacionó una especie de cápsula soviética, un vehículo de tres ruedas, y se abrió una puerta como de heladera, para adelante, y de allí bajaron dos gorditos muy de cine mudo, que con toda seriedad se dirigieron a El Cisne. Eran Campagnolle y Soriano, de los que le había oído hablar a Víctor Laplace. Soriano conoció ese bar por el gordo Campagnolle, que quería ser humorista. Yo creo que eran cómicos los dos, y en la época de oro de Hollywood podrían haber sido de los grandes, porque manejaban los tiempos y los gestos como el mejor, pero que en la Argentina de los 60 tendrían que buscar otro destino”. Nilda Villarreal contó que su novio de entonces probó suerte en Buenos Aires y fue parte de un par de emisiones de La Tuerca, el célebre programa humorístico. Era talentoso.

Campagnolle también llevó a Soriano al Pequeño Teatro Experimental, un grupo dirigido por Juan Carlos Gargiulo que montaba sus piezas en la Confraternidad.

“Como actor, Osvaldo era más o menos”, me dijo Nilda.

“Actuaba bien”, me dijo Ana María.

Daniel Pinhao, que también integraba el grupo, recordó la puesta de Las aventuras de John Nobody: “Era una sala que habíamos reciclado a pulmón, se llenaba de gente. Laplace era el protagonista, un tipo que quiere vender su suicidio a los diarios y las cadenas de televisión, tres magnates que éramos Osvaldo, Campagnolle y yo”. Se estrenó el 14 de agosto de 1965 e hicieron seis presentaciones. “Éxito”, apuntó Soriano en su diario personal.

“Hacíamos unos sketches, cortos, como parte de lo que se llamaba café-teatro, algo previo al café-concert, que había traído Gargiulo de Buenos Aires —contó Pascual Pina, otro amigo de esa época—. En Grisby, una confitería que ya no está, y era una réplica de Mau Mau. Era los martes: primero hacíamos estos sketches de humor político y luego había debates. Y se nos dio por hacer una parodia del intendente. Onganía ya estaba en el gobierno. Al martes siguiente el dueño nos dijo ‘muchachos, lo siento mucho’… Y se terminó, nunca más”.

En relación con la actuación, probó, también, algunos cortos humorísticos con Campagnolle. En su documental sobre Soriano, Eduardo Montes Bradley rescata “Un joven de nuestro tiempo”, un cortometraje delirado, en blanco y negro. “Intentábamos hacer audiovisuales cómicos —contaba Jorge Di Paola, que también participó de esos experimentos—. Mientras el Gordo y Juan hacían su número, yo sacaba fotos y luego hacía diapositivas en blanco y negro. La escena transcurría en el lago, que estaba sin agua porque habían hecho el dique”.

En mayo de 1967 empezó a coordinar Grupo Cine: eran ocho, entre los que estaban Ana María Colombo y el periodista Eduardo Saglul. Los miércoles a las nueve y media de la noche, en el cine Avenida, proyectaron, entre otras, Dr. Insólito, de Stanley Kubrick; Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti; Cenizas y diamantes, de Andrzej Wajda; Crónica de un niño solo, de Leonardo Favio; cortos de Buster Keaton, de Chaplin, de Laurel & Hardy; Los 400 golpes, de Truffaut. Soriano andaba en un Isetta, un modelo de BMW más pequeño que un Fiat 600, dos asientos y techo de lona (la cápsula soviética a la que aludía Di Paola), al que solían pegarle los afiches de las películas, para promocionarlas dando vueltas por una ciudad que por entonces tenía 60.000 habitantes. “Casi siempre Soriano decía unas palabras antes de la proyección —me contó el cineasta tandilense Alberto Gauna—. Con Zorba o con El romance del Aniceto y la Francisca se llenó de gente, pero en general no teníamos mucho público. Después de las funciones nos íbamos a la Rex, para debatir sobre las películas”.

En la revista mensual Grupo Cine, que dirigía, publicó un primer texto sobre Laurel & Hardy y un comentario deslumbrado sobre 2001: odisea del espacio, de Kubrick. Hacia fines de 1967 el secretario de Cultura municipal les advirtió que eligieran “con más cuidado” las películas, en función del sesgo ideológico, y en enero de 1968 el ciclo se suspendió: Rubén Ferraro, el dueño del Avenida, les dijo que la policía lo había emplazado para que no les cediera más el espacio. El asunto saltó a la prensa nacional: Clarín y Primera Plana dieron cuenta del suceso y Soriano fue consultado en calidad de coordinador. La escena se iba poniendo densa: a las “sugerencias” sobre las temáticas que recibía el Pequeño Teatro Experimental, y al final de los sketches en Grisby, se sumaba esto. Varios miembros del Grupo han contado de pintadas en las calles acusándolos de comunistas, de guardias para cuidar los afiches de promoción. “La orden de clausura surgió del comando militar de la zona”, consigna un informe de la Secretaría de Inteligencia de la provincia de Buenos Aires de 1968, que agrega: “Desde su creación, esta entidad habría estado influenciada por una corriente ideológica izquierdizante, circunstancia por la cual se la mantuvo en una permanente y discreta observación, pero hasta el momento, salvo la proyección de las referidas películas [las de Favio y El bello Antonio y Pather Panchali], y algunos debates luego de las proyecciones de las mismas, que se circunscriben a la calidad de ellas, en cuanto a dirección, fotografía, etc., no se observó ninguna otra actividad”.

En 1995 Onganía lanzaba su —estéril e insólita— candidatura presidencial, y Soriano, en un artículo titulado “Dictador”, lo recordaba así:

“Parco y temible en sus años de oro, el general es ahora una antigüedad, un desatino de la historia, una caricatura amarillenta y canosa. Pero qué miedo daban… La primera vez que lo vi en persona fue en Tandil, años antes de que iniciara su carrera de dictador. La última ocurrió en el invierno de 1970, ya caído, refugiado en casa de un nazi de la provincia de Córdoba. No bien lo tumbaron, la revista Panorama nos mandó, a un fotógrafo y a mí, a que lo buscáramos por cielo y tierra para sonsacarle una entrevista. Solo teníamos una pista que conducía a las sierras de Córdoba y allí fuimos, con suficiente plata para montar campamento y buscar entre valles y quebradas al hombre que nos había dado la Noche de los Bastones Largos, esa grande cacería de científicos, intelectuales y estudiantes. En una sola jornada Onganía acabó con el futuro de la Argentina y preparó el clima que una década después llevaría al terrorismo de Estado.

”[…] Lo cierto es que Onganía arruinó cuatro años de mi juventud. Lo recuerdo, amenazante, por televisión: un labio mellado cubierto por el bigote torvo. Casi tan ridículo y siniestro como Videla, aunque de mejor postura. Todo lo humano escandalizaba al general: el pelo largo de los jóvenes lo sacaba de quicio y entonces mandaba a que la policía se los cortara. Los albergues transitorios, que en ese entonces se llamaban hoteles alojamiento, eran tomados por asalto y los amantes furtivos presentados en trapos menores a esposas y maridos cornudos. Sabiendo lo que vino después, aquello parecía un chiste. A nosotros, los muchachos del Cine Club de Tandil, nos clausuró por exhibir a Bergman y a Godard”.

Cuando le comunicó su decisión de irse a Buenos Aires, el director de Actividades, Francisco Vistalli, se sintió aliviado: en un cajón de su escritorio guardaba un informe del comando militar zonal que identificaba a su cronista de Deportes como un “agente maoísta”. Cuando aparezca la nota en Primera Plana sobre el calvario de Semana Santa, Actividades publicará “Un error que no debió cometerse”, que critica su crónica por superficial, rebuscada, poco seria y negativa para la ciudad.

“Tandil, a él, nunca le gustó —apuntó Ana María Colombo—. Siempre decía que era un pueblo de mierda”.

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