En Cáceres, Ramírez cerró su discurso con una mezcla de tristeza y fe: “Yo no tengo patria, pero tengo palabras.” En esa afirmación cabe toda su obra, toda su vida., porque su literatura no ha dejado de contar la historia de un país que ama y que le ha sido arrebatado, un país que solo puede habitar en los libros.
Ciudad de México, 27 de octubre (MaremotoM).– “Represento a los despatriados”, dijo Sergio Ramírez al recibir el Premio Mario Vargas Llosa de Novela 2025 por su obra El caballo dorado. No era una frase protocolaria. Era la voz de un escritor que, desde el exilio, ha convertido la palabra en territorio. En un acto celebrado en Cáceres, el autor nicaragüense —Premio Cervantes 2017, político, abogado, narrador y uno de los intelectuales más lúcidos de América Latina— volvió a tender un puente entre la literatura y la conciencia política, entre la memoria y la resistencia.
El galardón, dotado con 100 000 dólares y presidido por el crítico Juan Manuel Bonet, reafirma el lugar de Ramírez como una de las figuras mayores de la narrativa hispanoamericana y le otorga además un alto contenido político, que es más o menos lo usual en la Bienal Mario Llosa. Es probable que alguna vez lo gane una mujer (aunque la historia del premio demuestra lo contrario), pero nunca un escritor de izquierdas.
“Pertenezco a una generación que entendió que valía la pena dedicarse a escribir, como se dedicó Mario Vargas Llosa, con disciplina, esfuerzo y constancia”, dijo al recibirlo, pero, más allá de las palabras de gratitud, su discurso se transformó pronto en una denuncia: “En Nicaragua hay una dictadura peor que la de Somoza, que ha encadenado a mi país a un destino trágico.”
Un premio con resonancia política
El reconocimiento llega en un momento de alta carga simbólica para Nicaragua. Apenas una semana antes, Gioconda Belli, compatriota y compañera de generación, ganaba el Premio Internacional Carlos Fuentes con Un silencio lleno de murmullos. Dos voces mayores, dos escritores exiliados, dos premios que en el fondo son también actos de resistencia. “Yo tengo voz para representarlos a ellos —dijo Ramírez—, para abrir un camino de esperanza.”
Desde 2021, el autor de Margarita, está linda la mar vive en España, tras ser acusado por el régimen de Daniel Ortega, su antiguo camarada del Frente Sandinista. Su casa en Managua fue allanada, sus libros prohibidos, su nombre borrado de los registros oficiales, pero Ramírez no se ha callado: dirige desde Madrid el festival literario Centroamérica Cuenta, fundado en 2013, que se ha convertido en una plataforma de diálogo cultural y libertad para escritores del istmo.
El caballo dorado y el exilio como destino
Aunque poco se ha revelado del contenido de El caballo dorado, el jurado destacó “su mirada incisiva sobre la historia y los mecanismos del poder”, su lenguaje transparente y su capacidad de narrar la descomposición moral de una sociedad. La novela, escrita en el exilio, parece retomar una constante en su obra: la mezcla entre memoria política y ficción, entre el drama de un país y la dignidad del individuo.
En sus declaraciones, Ramírez insistió en que escribe “para no olvidar, para que las palabras salven lo que la política destruye”. Lo hace con la serenidad de quien ha visto pasar revoluciones y desilusiones, pero aún cree en la inteligencia del relato como forma de justicia.
Nacido en Masatepe en 1942, Sergio Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990, durante el gobierno revolucionario. Después vino el desencanto y la ruptura con Ortega. Su trayectoria literaria —más de veinte libros entre novelas, ensayos y cuentos— ha sido reconocida con los premios Cervantes, Alfaguara, José María Arguedas y ahora el Vargas Llosa.
En Cáceres, Ramírez cerró su discurso con una mezcla de tristeza y fe: “Yo no tengo patria, pero tengo palabras.” En esa afirmación cabe toda su obra, toda su vida., porque su literatura no ha dejado de contar la historia de un país que ama y que le ha sido arrebatado, un país que solo puede habitar en los libros.











