Tamiki Hara

UN TEXTO PARA EL 6 DE AGOSTO: DÍAS DE VERANO

Los días de Hiroshima. A las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945, Tamiki Hara estaba en su casa de Hiroshima. Aquel instante, marcado por la detonación de la bomba atómica, dividiría su vida —y la historia del mundo— en un antes y un después.

Ciudad de México, 8 de julio (MaremotoM).- Un texto de una crudeza sin concesiones, Flores de verano, obra fundacional del género del genbaku bungaku o “literatura de la bomba” nace del epicentro mismo del horror.

Tamiki Hara respiró el aire saturado de ceniza, vio derrumbarse no solo su ciudad, sino la idea misma de humanidad. Y lo narró todo sin anestesia, sin florituras. Ganadora del Premio Takitarō Minakami, esta obra es mucho más que un relato de la destrucción: es una narración que conserva, entre las ruinas, la dignidad de lo que se resiste a desaparecer.

Prohibida durante años por la censura que impedía hablar del trauma atómico, Flores de verano es hoy un testimonio imprescindible del horror nuclear. Poco antes de suicidarse, en 1951, Hara escribió su último poema: “Grabado en piedra hace mucho, / perdido en la arena movediza, / en medio de un mundo que se derrumba, / la visión de una flor”. Esa flor —trémula, obstinada— florece en este libro. Leerlo es no olvidarla.

Tamiki Hara
Editó Impedimenta. Foto: Cortesía

Adelanto de Días de verano, de Tamiki Hara, con autorización de Impedimenta

Preludio a la aniquilación

Nevaba. Delicados copos de nieve en polvo caían desde la mañana. El viajero, que había pasado la noche en la ciudad, fue caminando hasta el río, cautivado por la nieve. El puente de Honkawa se hallaba muy cerca de donde se hospedaba. Hacía mucho tiempo que aquel nombre, Honkawa, no acudía a su mente. Parecía como si los recuerdos de sus años de estudiante de secundaria siguieran impregnando aquel lugar. La nieve en polvo hacía que su vista, ya de por sí fina, se aguzase. Se detuvo en mitad del puente y miró hacia la orilla, en la que avistó un cartel anticuado en el que se podía leer:

«Honkawa Manjū». De repente tuvo la impresión de que volvía a sumergirse en el fascinante y apacible paisaje de antaño. Mas, de pronto, afloró en su interior un escalofrío que fue incapaz de controlar. En aquel momento de paz perfecta, bajo la nieve, una visión del más espeluznante apocalipsis cristalizó en su mente. Lo consignó todo por escrito en una carta y se la envió a un amigo que vivía en la zona. Después abandonó la ciudad y emprendió un viaje que lo llevó a tierras lejanas.

El destinatario de la carta se hallaba sumido en sus ensoñaciones. Miraba a través de la ventana de su cuarto, situada en un primer piso. Frente a él alcanzaba a vislumbrar las blancas paredes de un pequeño almacén hecho de adobe. De la parte superior, cerca de las tejas, se había desprendido un trozo de pintura y la visión de aquel vulgar pedazo de barro rojo le sumió en una profunda melancolía. Pequeños detalles como aquel traían el pasado de vuelta a su memoria. Había estado fuera mucho tiempo y hacía poco que se había instalado de nuevo en la ciudad. Para alguien ausente durante tantos años, todo resultaba ajeno. ¿Qué habría ocurrido con las montañas y los ríos que alimentaban sus sueños de infancia? Día tras día, dejaba que sus pies lo condujeran a su antojo y contemplaba las escenas de la vida cotidiana que su ciudad natal le ofrecía. Coronada por la nieve tardía de la primavera, la cordillera de Chūgoku y los ríos que fluían a sus pies ofrecían una estampa sutil, más aún teniendo en cuenta el ajetreo que reinaba en la ciudad, militarizada en esos tiempos de guerra. La gente con la que se topaba por la calle lo trataba con frialdad pero, incluso en medio de aquella crispación, todavía le era posible encontrar reductos de una vetusta languidez, recuerdos de un mundo que se desvanecía…

Sin darse cuenta, se encontró rememorando la estremecedora descripción contenida en la carta de su amigo: hablaba de un cataclismo infernal, inimaginable, que sobrevendría de improviso. ¿Llegaría a suceder de verdad? ¿Perecería él mismo junto con la ciudad entera? ¿O habría vuelto solamente para contemplar con sus propios ojos las horas finales del lugar que lo vio nacer? Ambas opciones parecían igualmente probables. ¿Lograría sobrevivir de algún modo la ciudad, quedar indemne? Estos eran los pensamientos, vacuos o egoístas, que le rondaban por la cabeza en aquel instante.

Con su elegante chaqueta de lana negra anudada a la cintura con un fajín y el mentón reluciente, recién afeitado, Seiji se plantó en la puerta de la habitación de Shōzō:

—¡Venga, mueve ese trasero!

La mirada amable de Seiji contradecía la dureza de sus palabras. Acuclillándose junto a la mesa, donde Shōzō estaba ensimismado tratando de escribir una carta, hojeó distraídamente las ilustraciones del ejemplar de las Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura de Winckelmann. Shōzō dejó la pluma y miró en silencio a su hermano mayor. Cuando era joven, Seiji había sentido verdadera pasión por la historia del arte. ¿Podía ser que continuara atrayéndole? Pero Seiji cerró el libro de golpe. La brusquedad de aquel gesto fue para Shōzō una continuación del «mueve el trasero» anterior. Aunque ya había transcurrido más de un mes desde que regresara a casa de su hermano, aún no había encontrado trabajo y se dedicaba a acostarse tarde cada noche y a levantarse más tarde aún cada mañana.

Comparado con Shōzō, daba la impresión de que su hermano se pasaba los días encorsetado por una estricta disciplina, gobernado por la tensión. Incluso después de que se echara el cierre a la fábrica cada noche, las luces de su oficina continuaban encendidas a menudo hasta bien entrada la madrugada. En una ocasión, al pasar por la callejuela que lindaba con su ventana, Shōzō se había asomado a su despacho: Seiji escribía a solas, sentado frente a su mesa. La satisfacción y el deleite que sentía a la hora de manipular toda aquella burocracia —estampar su sello en las nóminas mensuales de los empleados, rematar los documentos que debía enviar a la oficina de movilización— se hacía evidente hasta en su letra: por las paredes de la oficina colgaban notas caligrafiadas con tal pulcritud que parecían escritas a máquina… Mientras Shōzō se recreaba observando todos aquellos signos, Seiji giró la silla hacia la estufa de carbón, todavía encendida y preguntó:

—¿Te hace un cigarro?

Sacó un arrugado paquete de tabaco de uno de los cajones de la mesa y encendió la radio que había en una de las baldas. La radio alertaba sobre la situación crítica en Iwo Jima. No pudieron evitar terminar hablando sobre los derroteros que iba tomando la guerra. Seiji se limitó a manifestar sus dudas; Shōzō musitó unas pocas palabras que hicieron pa- tente su desesperación…

Cada vez que la alarma antiaérea suena en plena noche, Seiji se dirige a toda prisa a la oficina. Cinco minutos después, el timbre de alerta de la fábrica aúlla con estrépito. Entonces, con cara somnolienta, Shōzō abre las contraventanas y ve en el exterior a dos chicas jóvenes. Son las trabajadoras de guardia de la fábrica. Una de ellas lo saluda:

—Buenas noches.

Su diligencia le hace sentirse incómodo, y piensa con vergüenza que debería tener un aspecto más despejado. Se dirige a la oficina y busca a tientas en la oscuridad para sintonizar la radio, encendiendo el pequeño piloto del aparato. Para entonces, reaparece Seiji inquieto, con un bōkū-zukin en la cabeza:

—¿Hay alguien ahí? —pregunta Seiji en dirección a la luz, dejándose caer pesadamente sobre una silla. Pero inmediatamente se incorpora y se va a echar un vistazo a la fábrica. Ocurra lo que ocurra durante la noche, a la mañana siguiente, a primera hora, Seiji va al trabajo en bicicleta, despejado y presto. Y es él, precisamente, el que sube a la primera planta, donde Shōzō aún dormita, para reprenderlo:

—¿Todavía estás durmiendo, perezoso?

También ahora fue capaz Shōzō de leer el acostumbrado reproche en el aire atareado que irradiaba Seiji. Tras colocar de nuevo las Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura en su sitio, preguntó de pronto:

—¿Dónde se ha metido Jun’ichi?

—Lo llamaron por teléfono esta mañana. Probablemente se haya ido a Takasu.

Con una sonrisilla bailándole en los ojos, Seiji se tumbó con un suspiro y dijo en un murmullo:

—¿Otra vez se ha ido? ¡Qué pesado!

Parecía esperar que Shōzō tuviera ganas de cotillear sobre los enredos del hermano mayor de ambos, Jun’ichi. Pero en realidad Shōzō aún no había acabado de enterarse siquiera de en qué consistían los problemas que recientemente había tenido con su mujer. Aunque, en cualquier caso, Jun’ichi no soltaba prenda más allá de lo estrictamente indispensable.

Desde el día en que Shōzō volvió a casa, se respiraba en la atmósfera que algo marchaba mal. No tenía nada que ver con las telas negras que tamizaban las luces, ni con las cortinas oscuras que colgaban por doquier para impedir que los aviones americanos divisaran el resplandor de las ventanas. Ni siquiera fue el modo descortés con que recibieron al hermano menor de la familia, cuya esposa había muerto no hacía mucho y que, en aquellos tiempos aciagos, no había tenido más remedio que regresar a casa con su familia. No. Había algo más que acechaba en la casa, algo siniestro. En ocasiones, la expresión de Jun’ichi se tornaba sombría, y en la cara de su cuñada, Takako, se adivinaba una angustia creciente, algo así como una rabia ciega. Incluso sus dos sobrinos, todavía en edad escolar y movilizados para trabajar en la fábrica de Mitsubishi, permanecían extrañamente callados, con expresión lúgubre.

Un día, Takako desapareció sin más de la casa. Fue entonces cuando comenzaron las salidas en solitario de Jun’ichi y cuando se dejó la organización de la casa en manos de Yasuko, la hermana menor de la familia, una mujer joven, en la treintena, viuda reciente, que vivía también en el barrio. Aunque se hubiera hecho ya tarde, Yasuko solía visitar a Shōzō en su habitación y hablaba sin parar acerca de todo tipo de cuestiones. Así se enteró de que no era la primera vez que su cuñada desaparecía y que Yasuko ya había tenido que hacerse cargo de la casa en otras dos ocasiones. Era ella la que se encargaba de describirle la atmósfera de la casa a su hermano, en relatos salpicados de conjeturas y distorsiones. Quizás precisamente por eso parte de las cosas que le decía se terminaban quedando firmemente ancladas en su mente y no había forma de sacárselas…

En el cuarto de estar, cubierto de cortinas negras, junto al kotatsu recubierto con un lujoso y resplandeciente edredón rojo adamascado y bañado por la luz de la habitación, era donde más fácilmente se podía encontrar al descorazonado Jun’ichi. Su aspecto inspiraba a Shōzō un profundo desconsuelo. Pero, sin importar cuál fuera su ánimo, cada mañana Jun’ichi se ponía su ropa de trabajo y, diligente, se disponía a empaquetarlo todo para la evacuación que, indudablemente, había de llegar en algún momento. En su semblante no había sino arrogancia y desdén… De vez en cuando, recibía conferencias de otras ciudades y entonces se marchaba con aire de estar muy ocupado. En Takasu, al parecer, había encontrado a un mediador que quizás le ayudara a arreglar las cosas con su mujer, pero Shōzō no tenía muchas más noticias sobre el tema…

Yasuko atribuía los últimos cambios de humor de su cuñada a ciertas privaciones a las que se había visto sometida como consecuencia del desarrollo de la guerra. Una guerra que, al fin y al cabo, para Yasuko había supuesto muchos padecimientos, más aún si se comparaban con el bienestar que había representado para Takako. Así que hablaba de su cuñada con cierto temor, como si aquella última y desconcertante desaparición fuese el resultado de algún tipo de fenómeno psicológico derivado de la menopausia… En una ocasión, Seiji entró en la habitación mientras ella disertaba sobre Takako y se quedó escuchando en silencio. De pronto, la interrumpió:

—En resumen, según tú, Takako carece de espíritu de sacrificio y ni siquiera se le pasa por la cabeza arrimar el hombro y ponerse a trabajar. Y encima ni siquiera tiene la más mínima consideración hacia los obreros de la fábrica.

Yasuko asintió y añadió:

—No es más que una señoritinga. Eso es lo que es. Shōzō, por su parte, intervino:

—Aun así, me pregunto si no será que todas las falsedades que ha traído esta guerra nos están envenenando lentamente el alma.

Seiji contestó con una sonrisa:

—No. La cosa no es tan complicada como parece. Simplemente está enfadada porque los lujos a los que estaba acostumbrada poco a poco están tocando a su fin.

Más de una semana después de huir de casa, Takako regresó; pero, al parecer, debía de haber algo que aún no se había resuelto, puesto que, pasados cuatro o cinco días, volvió a esfumarse. Jun’ichi reemprendió su búsqueda.

—Esta vez va para largo…

Pero mantuvo la cabeza alta, e incluso les enjaretaba comentarios maliciosos a sus hermanos pequeños:

—Si nos arrastramos, todo el mundo se reirá de nosotros.

¿Tenéis más de cuarenta años y todavía no sabéis cómo tratar con la gente?

Shōzō detectaba en sus dos hermanos mayores rasgos de su propio carácter y, en ocasiones, eso le inquietaba. Yasuko, que se había puesto a trabajar como supervisora en la Factoría Mori, no dejaba pasar la oportunidad de hacer notar la ineptitud de sus hermanos en lo tocante al trato social. Una ineptitud que también formaba parte del temperamento de Shōzō. En cualquier caso, ¡cómo habían cambiado sus hermanos durante el largo tiempo en que el pequeño había estado ausente! ¿Pero acaso él mismo no había cambiado de igual modo? Expuestos a amenazas y peligros casi diarios, todos y cada uno de los hermanos se habían ido transformando, y seguirían haciéndolo, de eso no cabía duda. Shōzō sería testigo de este proceso hasta que la mismísima muerte tocase a su puerta. Pensamientos de esa índole eran los que ocupaban por aquel entonces su mente.

—¡Ha llegado!

Seiji sacó un papelito y se lo pasó a Shōzō. La escueta nota comunicaba el ingreso de este en la reserva. Shōzō se quedó mirando el papel; lo leyó de nuevo. Analizó hasta el más inocente signo de puntuación.

—¿En mayo? —murmuró.

Shōzō ya no estaba tan atemorizado como el año anterior, cuando fue movilizado y lo enviaron a un campamento de la milicia para que se entrenase. A pesar de todo, al ver la expresión de angustia en la cara de su hermano, Seiji dijo:

—¿Cuál es el problema, a ver? A estas alturas ni por asomo te mandarán al extranjero. Yo que tú ni me inquietaría…

Aquellas palabras, aparentemente despreocupadas, ocultaban su verdadero desasosiego. Faltaban dos meses para mayo…

«¿Durará la guerra dos meses más?», se preguntó Shōzō.

Shōzō solía deambular sin rumbo fijo por la ciudad. En una ocasión cogió a Ken’ichi, el hijo de Yasuko, y caminaron juntos hasta Villa Izumi. Había pasado mucho tiempo desde su última visita. De niño también solían llevarlo a él a pasear por allí. Ahora, como entonces, los árboles y el agua susurraban bajo los rayos del cálido sol primaveral. Un pensamiento fulminante lo asaltó de pronto: un lugar ideal a donde escaparse…

Las sesiones matinales de los cines estaban llenas, y los restaurantes del barrio comercial abarrotados. Shōzō caminaba y tomaba los atajos de los que aún guardaba recuerdo, pero era incapaz de encontrar algunos de los escenarios que se habían grabado en su mente siendo niño, lugares desde hacía tanto tiempo añorados. De vez en cuando, en un cruce, aparecía una unidad de soldados entonando una triste tonada heroica; un grupo de estudiantes del cuerpo de trabajadoras, tocadas con sus hachimaki, seguía a corta distancia a los soldados, marcando el paso.

Parado en mitad del puente, Shōzō miraba corriente arriba y contemplaba las montañas que se elevaban tras la ciudad. Desconocía cómo se llamaban. Justo al lado opuesto, en dirección al Mar Interior, las cumbres asomaban por encima de los edificios. Tenía ganas de gritar con todas sus fuerzas a todas aquellas montañas que sitiaban la ciudad. Una tarde se fijó en dos chicas jóvenes que doblaban una esquina. Le picó la curiosidad: ¿sería aquel un nuevo arquetipo de mujer, la mujer que le depararía el mañana, de cuerpo saludable y cabello peinado con permanente? Las siguió sin perder ripio de lo que decían:

—No habrá problema mientras nos queden patatas, ya lo verás… —La voz de aquella chica era horrenda, apagada. Por su aspecto, parecía exhausta.

Se había acordado que unas sesenta chicas de la escuela vendrían a trabajar al taller textil de la Factoría Mori. Seiji había trabajado como una mula para organizar los preparativos de la bienvenida. Según se iba acercando el día, incluso Shōzō, que hasta ese momento se había dedicado básicamente a vaguear, se presentó en la oficina por iniciativa propia y se puso manos a la obra. Vestido con su nueva ropa de trabajo y arrastrando sus geta 6 con gran estrépito, se afanó en acarrear sillas del almacén. Había algo desgarbado en sus movimientos, como si se doblara bajo el peso de un esfuerzo al que no estaba acostumbrado… Por fin, las sillas fueron colocadas, las cortinas colgadas, y el programa del acto elaborado por Seiji fue enviado: la sala estaba lista. Se suponía que la ceremonia debía empezar a las nueve, pero la alarma antiaérea había so- nado temprano aquella mañana, de modo que el programa entero se fue al traste.

—Aviones sobre Okayama, Bingo, Matsuyama…

La radio informaba en tiempo real sobre los ataques de los bombarderos. Cuando Shōzō hubo terminado de prepararse, empezaron a rugir las baterías antiaéreas. Aquella fue la primera alarma por bombardeo que se escuchó en la ciudad. El cielo, del color del plomo, parecía reflejar la tensa atmósfera, pero finalmente se comprobó que no había ni rastro de aviones por ninguna parte. Cuando rebajaron el nivel de la alarma al de simple alerta, la gente, inquieta, salió de los refugios y prosiguió con su vida. Al entrar en la oficina, Shōzō se dio de bruces con Ueda, que se protegía la cabeza con un casco metálico.

—¡Ay, Dios mío, ya están aquí! —dijo Ueda, que acudía al trabajo a diario desde el campo.

Incluso en aquel momento su cuerpo robusto y su cara, que reflejaban su cándido espíritu, eran capaces de transmitir cierta tranquilidad a Shōzō. Seiji, vestido con una chaqueta, asomó también por allí y trató de sonreír con valentía, aunque tras sus ojos se adivinaba un brillo de estremecimiento.

Sucedió cuando Ueda y Seiji salieron a la calle. Shōzō per- manecía sentado en su silla, perdido en sus ensoñaciones. De pronto se escuchó un crujido proveniente del tejado, seguido de un estruendo enorme. Shōzō creyó que algo se desplomaba sobre su cabeza y miró hacia la ventana. Fue apenas un instante. El alero del tejado y la copa del pino del jardín se le quedaron grabados como a fuego en la retina. Los moradores de la casa aparecieron todos en tropel. Miura exclamó con una sonrisa torcida:

—¡Vaya susto! Casi se me sale el corazón por la boca. Cuando la alarma calló, una muchedumbre atestó la calle.

Curiosamente, hasta en medio de aquella algarabía se podía sentir una cierta atmósfera de despreocupación, como una sutil indolencia. Alguien mostró un trozo de metralla y dijo que la había cogido justo de allí arriba, del tejado.

Al día siguiente llegaron las chicas tocadas con sus hachimaki, precedidas por la profesora y el director de la escuela. Fueron conducidas inmediatamente a la sala de reuniones. Cuando todos los trabajadores de la fábrica estuvieron acomodados, Shōzō y Miura se sentaron juntos en la parte de atrás. Shōzō se dedicó a escuchar sin excesivo interés las directrices del encargado de movilización del gobierno de la prefectura, así como las instrucciones del director. Acto seguido subió al estrado Jun’ichi, muy elegante en su uniforme civil. Shōzō se despabiló un poco y atendió a cada una de las palabras del discurso de su hermano. Jun’ichi debía de tener experiencia en ese tipo de ceremonias, pues se expresaba con gran sobriedad de voz y de gestos, aunque hubo también ocasiones en las que parecía que iba a atascarse, como si hubiera contradicciones entre lo que realmente sentía y lo que decía. Shōzō lo observaba con atención. En un determinado momento, Jun’ichi lo miró directamente: Shōzō pudo captar en sus ojos un brillo extraño, como si le estuviera lanzando un desafío. Las chicas entonaron un himno y a partir entonces empezaron a venir todos los días animosamente a trabajar a la fábrica. Aparecían temprano cada mañana, y cada tarde, perfectamente alineadas, salían precedidas por su profesora. Aportaban frescura al trabajo y hasta un cierto encanto. Shōzō se sentía impresionado por su candor.

Shōzō estaba contando botones desparramados sobre el ta blero de la mesa en un rincón de la oficina. Su tarea consistía en agruparlos de cien en cien. Jun’ichi atendía a unos visi¡tantes, pero mientras tanto no le quitaba ojo. Shōzō cumplía lánguida y torpemente con aquella tarea a la que sus dedos no estaban acostumbrados. Jun’ichi vociferó, exasperado:

—¿Qué manera de contar es esa? Esto no es ningún juego, ¿sabes?

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