No hay ninguna mecha encendida que haga explotar la pólvora fría cargada en su corazón. Solo reina el vacío dentro de su boca, como venas en las que ya no circula la sangre, como el hueco de un ascensor que no funciona. Han Kang, La clase de griego
Ciudad de México, 28 de noviembre (MaremotoM).- El género de la Ciencia ficción resulta de especial interés porque nos plantea situaciones posibles en escenarios copados por las IA, vórtex temporales, viajeros a Marte o pandemias que azotan a la humanidad; sin embargo, no soslaya aspectos humanos que nos hacen valorar nuestras emociones; es decir, la experiencia sensorial. No es nuevo, desde luego, por eso nos apasionan las novelas de Julio Verne, George Orwell, Ray Bradbury o Paul Auster, sólo por mencionar algunos de los referentes en la literatura a través de los cuales podemos admirar un mundo que traza muchos futuros posibles para bien, regular o mal. Por afortunados azares caí en las redes de un escritor de Ciencia ficción —y guionista— de nombre Julio Rojas (Santiago de chile, 1965), escuché su Caso 63 —un podcast original de Spotyfi— y leí Retornados (2022): en ese universo descubrí que hay una infinidad de posibilidades en un tiempo que es todos los tiempos, como ocurre con “El Aleph”, de Borges, y que en algunos casos solemos dar por terminado el mundo que conocemos por lo avasallador de la tecnología que nos insensibiliza. En la novela de rojas, una de las personajes le dice al psiquiatra que:
El espacio no tiene respuestas, Román, solo tiene… preguntas. Además las respuestas están aquí, en la Tierra, pero a nadie le interesan. Te doy un ejemplo. Floreció un cerezo cerca de mi casa. De pronto, súbitamente, estaba llenos de flores blancas. Me quedé mirándolo por horas. Y me fijé que nadie lo miraba. ¿Cómo es posible que nadie se dé cuenta de la belleza de los miles de procesos bioquímicos que tienen que suceder para que de pronto florezca un árbol?

Menciono lo anterior porque muchas veces, por la cotidianidad, perdemos el asombro de lo que hay a nuestro alrededor. A pesar de que la personaje dice que nadie mira, nos hace ver, ser conscientes de ese proceso que pasamos desapercibido. Hace unos meses se publicó Chilango blues (La tinta del silencio, 2024), de Evelyn Garfias-Varela (Ciudad de México, 1987) y con sus versos nos invita a recordar lo que creímos olvidado mediante un soundtrack amoroso/doloroso, en la medida en que todos somos fragmentarios y no memoriosos como Ireneo Funes. En el cuento de Borges nos recuerda el narrador que el memorioso “no era muy capaz de pensar”, porque “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Y, de algún modo, el poemario de Garfias-Varela es un catalizador que abstrae, desde las taxonomías hasta las reminiscencias del dolor, para encontrar recovecos universales.
Comenzamos a escuchar el blues desde el lado B, un acto ya de por sí revolucionario que aparta toda convención, pues lo que le interesa es mirar ese dolor, verbalizarlo, exponerlo desde la taxonomía de lo doloroso no sólo del yo poético que ocurre en “Traducción”, “Oración hasta La Perla”, “Novenario”, “Sintomatología”, “Vox populi” o “Sentencia”, sino valiéndose experiencias de distintas mujeres en los archivos intercalados entre cada uno de los tracks (“Mujer de 27 años, Ciudad de México”, Eva; “Mujer de 54 años, Guadalajara, Jalisco”, María; “Mujer de 20 y 50 años, Ciudad de México”, Judith; “Mujer de 63 años, Ciudad de México”, Penélope; “Hombre de eternos 87 años, Ciudad de México”, el Abuelo; “Garabatos hallados en una servilleta, Guadalajara, Jalisco”, la garabatista, una ficticia Evelyn que es parte del archivo luego de taxonomizar su dolor; una fotografía encontrada casualmente; una mujer de pantalón blanco; Ana Josefina y Coatlicue) que ejemplifican lo que el yo lírico va desenmarañando en cada uno de los poemas que acompañan el libro-disco: el dolor, el desamor, la orfandad.

El tema del lenguaje será importante durante todo el poemario, algunas veces textual, otras apenas perceptible, en las que debemos desenmarañar esa traducción del desamor, del abandono, del sufrimiento, no en términos psiquiátricos, sino en lenguaje cotidiano al que cualquiera de nosotros estamos propensos. Por ejemplo en el poema “Traducción” las páginas del diccionario definen el Desamor como:
- m. Falta de amor o amistad.
- m. Falta del sentimiento y afecto que inspiran por lo general ciertas cosas.
- m. Enemistad, aborrecimiento.
Versus la lengua muerta (literal) que debe reaprender el yo lírico con base en su experiencia desamorosa usando su propio diccionario del dolor, así entonces Desamor significa:
- Desarmar, desalmar, deshojar, desojar,
desamparar, desangrar, desaparecer, desgarrar, decapitar
- Infinito al infinito. Crucificar, quemar, enterrar
No pretende perpetuar una lengua en un país que la ha partido, no. Es el poema de los eufemismos tras la partida, la separación, el abandono.
Otro de los temas recurrente será el de Dios, que nos hace pensar en Santa Teresa o en San Juan de la Cruz —ambos poetas místicos—, que no mueren aunque quieren, mas el significado con el yo poético es trocado magistralmente en el Chilango blues, pues intenta morir, pero no lo consigue, de tal suerte que le resulta doloroso darse cuenta de que está viva, lo cual implica un fracaso aún mayor, pues su agonía no tendrá descanso; concretamente en el poema “Novenario”, el yo lírico se asume como una sufriente del corazón roto como lo fueron su bisabuela, su abuelo o su madre y profiere una profanación en nombre de Dios así como Él la profana con el dolor:
Si existes, dios de los heridos, respóndeme esta noche
antes de que mis ojos estallen en arañas de luz
si existes, te reto, dios de los abandonados, ¡destrúyeme!
ahora mismo profano tu nombre
como profanas este cuerpo con dolor
De tal modo que todo rompimiento (o abandono), en términos generales, traerá consigo insomnios, dolores en el pecho, falta de ganas de levantarse de la cama o la repetición de ese nombre otrora amoroso, desde lo sacro: recuerda a Dios tan sólo para darse cuenta de que ha sido olvidada por Él: mujer muerta, mujer crucificada, mujer profanada. El último poema del lado B, “Sentencia”, es la duda agonizante del yo poético que no se sabe ni viva ni muerta y expresa: “O quizá ya he muerto/ mis despojos secados al sol: tu cuerpo sepultura”.
Ahora bien, el lado A, “Reminiscencias”, infiere algo lejano, mas no olvidado del todo, ya habla de lugares concretos/topográficos del yo poético como la calle Prisciliano Sánchez 733 A, sitio donde se pronostica un dolor por la ruptura no-sucedida/sucedida (un tiempo es todos los tiempos); resulta una advertencia tipográfica en cursivas a no continuar con una unión que será dolorosa: Entrar a ese departamento, bailar en la oscuridad, mirar el rostro del amado en los semáforos, escuchar música, recorrer en las madrugadas la Av. Federalismo, el Parque Rojo o el Cineforo en Guadalajara; es decir, ¿para qué entré en ese departamento, para qué bailé en la oscuridad y miré ese rostro en los semáforos de Guadalajara si me llevaría al dolor? Pero, ¿qué hubiera pasado si no lo hubiera hecho, me arrepentiría de no haberlo intentado? Nunca nadie lo sabrá, la única alternativa es arrojarnos a las calles de las madrugadas. Esta unión inevitable de sucesos nos deja una postal que puede ser la de cualquiera ante el adiós:
Hoy esa ciudad es el mal sueño de mi cuerpo destazado,
la calle Prisciliano Sánchez es la tumba de quien fui,
en el cuarto 7 dejo la piel que lastima, el rojo que me ciega.
Te regalo los recuerdos del Japón que nos inventamos,
el libro firmado por Adela, las fotos, las baquetas,
la piedra de Chapultepec
y los vasos de los conciertos junto a mis tenis sucios.
Hoy soy una chilanga rota que volvió a la ciudad de ruinas
sin terminar de volver
que no reconoce la voz sin nave y llora en blues menor.
El cuerpo roto, maltrecho, que se recuerda a sí mismo desde la tumba no tiene otra alternativa que la de volver a la ciudad de ruinas de la que salió sin tener muy claro qué vuelve con ella y qué no, pues está rota, en pedazos, en ruinas.
Finalmente el juego con la doble acepción del “Tako tsubo” que lo mismo es el síndrome del corazón roto que una trampa para pulpos, es usada por Evelyn Garfias para ejemplificar que el corazón del yo poético sufre el aniquilamiento inminente por parte del cazador: lo rompe. Lo que más es de llamar la atención es esa unión que ha sido preparada poco a poco y sin detenerse como ocurre en el rock progresivo de Pink Floyd, al colocar imágenes como pulpo + fotografía + corazón roto + imposibilidad y derramarlos a lo largo de todo el poemario: “Tengo en las manos un pulpo seco de fotografías/que no tomamos”: todo el camino ha sido fraguado para que en este par de versos abstraigamos la importancia del abandono, un corazón-pulpo lamentándose por futuros que no pudieron ser, rehaciéndose en las reminiscencias de lo inevitable, contemplando las fotografías verbales.
La orfandad, entonces, no será propia del yo lírico que puebla cada uno de los poemas, sino de otras y otros de los que se ha valido para darles voz y enmarcarlos en un cotidiano poético del abandono y el sufrimiento del que ninguno escaparemos en tanto humanidad somos.
Al principio de este balbuceo me referí a Ireneo Funes, quien tiene la cualidad de recordarlo todo, la maravilla aquí, quizá, es que esos recuerdos/sentidos son reminiscencias de algo que quizá no sucedió así, pero que el yo poético logro edificar de acuerdo a sus experiencias sensoriales acompasadas con el pensamiento de las palabras que nos transmiten la sensación de abandono y soledad a medida que los leemos y los releemos para encontrar brillo en ese dolor ajeno que alguna vez será experimentado de una u otra manera: nadie se escapa del tako tsubo, pequeño o grande, nos hará partícipes en tanto seamos de carne y hueso. Si el narrador de “Funes, el memorioso”, se hubiera encontrado con Evelyn Garfias, quizá hubiera dicho que ella “era muy capaz de pensar y sentir”, agregando que “Pensar-sentir es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. La diferencia es abismal, por supuesto, asimismo nos causa el enorme placer de saber que las palabras enarbolan sensaciones que podemos sentir-y-pensar/pensar-y-sentir en tanto tengamos la valentía de observarlas detenidamente porque en ellas hay vida y muerte, esperanza o desesperanza; es decir, dualidades irrepetibles que nos aniquilan en soledad, pero vivifican siempre en convites como éste, así que salud por el Chilango blues, por Evelyn Garfias y por ese dolor que ve la luz el día de hoy y nos hace recordar que pese a las IA seguimos siendo una humanidad que se mira en el espejo de la literatura.











