TRES MIRADAS SOBRE EL FIN DEL MUNDO

Mugre rosa no promete salvación, pero sí sugiere que el lenguaje, el recuerdo y el cuidado tienen peso aún en el desastre. Cadáver exquisito no brinda alivio; el horror permanece sin redención. Todos los fines del mundo abre una fisura: el final no es clausura definitiva, hay posibilidad de recomenzar, aunque frágil, incierta.

Ciudad de México, 10 de octubre (MaremotoM).- El fin del mundo ha sido históricamente un terreno fértil para la literatura, una sala de espejos donde lo extraordinario revela las tensiones de lo cotidiano y donde las certezas parecen desmoronarse para dar paso a preguntas radicales.

En el cruce entre la ciencia ficción, la distopía y la narrativa íntima, tres novelas recientes —Mugre rosa de Fernanda Trías, Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica y Todos los fines del mundo de Andrea Chapela— ofrecen tres perspectivas distintas, complementarias y a veces discordantes sobre lo que significa imaginar el fin.

Andrea Chapela
Editó Random House. Foto: Cortesía

A través de ellas podemos asomarnos a las grietas del mundo contemporáneo: las pandemias sufridas, la explotación extrema del cuerpo y la naturaleza, la fragilidad de los vínculos y la urgencia de pensar la solidaridad incluso en el colapso.

La distopía —o la ficción especulativa que imagina mundos dañados o degradados— funciona como espejo invertido: exagera algunos rasgos del presente para que los veamos con más claridad. Desde 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, hasta otras vertientes como Los desposeídos de Ursula K. Le Guin o El cuento de la criada de Margaret Atwood, la distopía ha servido para advertir, para explorar los efectos del poder tecnocrático, del autoritarismo o de la degradación ambiental. Pero no todas las distopías aspiran a soñar futuros oscuros: algunas proponen insurgencias, resiliencias, bifurcaciones de lo posible.

En América Latina existe una tradición híbrida de distopía, especulación y realismo mágico que no concibe el futuro como algo completamente ajeno, sino como proyección de tensiones actuales: el clima, la violencia, el extractivismo, la precariedad, el cuerpo como territorio de conflicto. Frente a lecturas que asumen el fin como única posibilidad, estas novelas muestran el fin del mundo no como clausura absoluta sino como estación de tránsito, de fractura, de recomposición.

Agustina Bazterrica
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

En Mugre rosa, Fernanda Trías articula un mundo que ya está en colapso: una ciudad portuaria asolada por una plaga misteriosa, vientos tóxicos, nieblas letales y lo más inquietante: la transformación de lo comestible en masas incomibles —una “mugre rosa” que deviene sustitutivo de carne, mezcla de vísceras y subproductos carnívoros.

La novela transcurre en un territorio donde los vínculos humanos se resquebrajan: la protagonista debe cuidar a un niño enfermo, convivir con el miedo del contagio, enfrentar la escisión entre los cuerpos y los recuerdos. Hay una pulsión por recomponer la memoria: retener lo que podría perderse, buscar nombres para los muertos, mantener gestos casi mínimos que confirmen que algo humano aún resiste. En ese ambiente desolado, la soledad radical se vuelve paisaje y los silencios cargan tanto como el estruendo de los vientos.Fernanda Trías

Trías no escribe un relato monumental del fin del mundo: su enfoque es íntimo, fragmentario, tranquilo en su tono, pero perturbador en su efecto. Su prosa explora lo viscoso, lo orgánico, lo íntimo y lo ambiental como facetas indisociables. Hay en Mugre rosa ecos de la ficción climática y de la novela de catástrofe, pero también una apuesta literaria por un lenguaje poético y preciso que no se rinde al ruido sino que lo murmura.

La mirada de Fernanda Trías insiste en que el fin no es sólo colapso ecológico, sino fractura de afectos y del cuerpo social: el horror no está en explosiones futuristas, sino en la carcoma lenta que devora desde dentro; y, sin embargo, en medio del hastío, algo de luz tiembla: la pregunta por lo que nos define, por la continuidad de lo humano, por lo que queda por nombrar.

La propuesta de Agustina Bazterrica es más brutal, visceral y provocadora: en Cadáver exquisito se propone una sociedad donde los animales han desaparecido —o son imposibles de consumir por alguna infección— y el canibalismo humano es institucionalizado como sustituto alimentario. Las “plantas humanas” se crían, engordan y sacrifican como ganado y el lenguaje que se impone convierte a los cuerpos humanos en mera “carne especial”.

El matadero —antiguo emblema de la violencia sobre lo animal— se traslada al ámbito humano: Bazterrica invierte la jerarquía ético-biológica. Su protagonista participa en ese sistema aberrante, pero al mismo tiempo se enfrenta al abismo moral que habita esa normalización. El horror se revela en la rutina: cómo la industria macabra se vuelve cotidiana, cómo el lenguaje anestesia lo inaudito, cómo los cuerpos se despojan de humanidad para convertirse en mercancía.

Comparado con Mugre rosa, la apuesta de Bazterrica es menos introspectiva y más de choque: el lector es arrastrado a lo grotesco, al límite de lo tolerable, para preguntarse por el precio de la indiferencia ético-animal, por la capacidad del lenguaje para naturalizar lo impensable. En esa brutalidad está su fuerza: la novela obliga al lector a verse implicado, a recorrer el abismo desde el interior.

A diferencia de Trías, Bazterrica no busca sutileza en el lenguaje poético sino eficacia en el golpe. En ese contraste, Cadáver exquisito funciona como espejo radical de nuestra relación con el cuerpo, la explotación, la violencia simbólica y real, y con la distancia que creemos tener frente a lo monstruoso.

La novela más reciente de Andrea Chapela, Todos los fines del mundo, propone una tercera mirada: ante un mundo dominado por una crisis climática que ha vuelto extremas las estaciones y ha disparado confinamientos, la protagonista Angélica se pregunta con quién pasaría el fin del mundo. Esa pregunta deja de ser hipotética.

La trama se divide en tres partes: Madrid, México y una tercera sección que intenta entrelazar posibilidades narrativas, geográficas y afectivas. En Madrid, Angélica comparte espacio con dos amigos/amores (Manu y Susana), explorando los límites entre amistad y deseo. Al regresar a México, debe confrontar los restos de su pasado y medir su capacidad de reconstrucción. La novela se mueve entre géneros: narrativa, diario, fragmentos ensayísticos, reflexión sobre la escritura misma.

Chapela cuenta en entrevistas que para ella la ciencia ficción permite pensar al mismo tiempo la crisis y los afectos; el fin del mundo no sólo impone catástrofe, sino que tensiona la pregunta de qué quedaría del deseo, de la empatía, del cuidado.

Comparado con las novelas anteriores, Todos los fines del mundo apuesta por la tensión emocional más que por el shock. Aquí el fin del mundo no actúa como espectáculo, sino como escenario intensificador: las relaciones se vuelven más agudas, los silencios pesan más, los gestos adquieren gravedad. La pregunta por el colapso se convierte también en pregunta por el nuevo principio: ¿cómo reconstruir? ¿de qué forma reinventar el vínculo humano cuando los cimientos se quiebran?

En ese sentido, Chapela plantea que los finales del mundo no son únicos, sino múltiples: distintos colapsos posibles, distintas pérdidas que se suman, distintas maneras de reconstruir. El “todos” del título no es retórico sino estratégico. Y el afecto, la amistad, la memoria y la escritura se tornan resistencias.

Trías instala el fin como desmoronamiento ecosistémico y del adentro humano, con una lentitud demoledora. Bazterrica lleva el colapso al extremo ético: si los valores que sostenemos (vida, carne, dignidad) pueden revertirse, estamos en terreno enemigo. Chapela usa el colapso como intensificador emocional: no hay explosión total, pero sí fracturas profundas que tensionan lo mínimo entre los humanos.

En Mugre rosa, el cuerpo enferma, el alimento muta, el cuerpo humano deviene territorio de cuidado, hambre, abandono. En Cadáver exquisito, el cuerpo humano es comido, procesado, mercantilizado: un límite literal de lo ético. En Todos los fines del mundo, el cuerpo es desiderio, proximidad, distancia: la carne no es objeto sino sitio de tensión entre deseo y afecto.

Trías y Chapela comparten la apuesta por lo íntimo como modo de tornar visible lo macro: la narrativa se construye desde lo fragmentario, lo relacional, lo afectivo. Bazterrica es más frontal, más externa: el horror está dado por las estructuras sociales, pero también por lo que esas estructuras revelan de nosotros mismos. En Chapela, lo íntimo no es escape sino pozo de confrontación: las relaciones quiebran, se tensan, se recomponen, se reniegan, se reintentan.

Mugre rosa no promete salvación, pero sí sugiere que el lenguaje, el recuerdo y el cuidado tienen peso aún en el desastre. Cadáver exquisito no brinda alivio; el horror permanece sin redención. Todos los fines del mundo abre una fisura: el final no es clausura definitiva, hay posibilidad de recomenzar, aunque frágil, incierta.

Estas tres novelas —que también podrían pensarse como tres géneros cruzados: distopía poética, bioficción brutal, ficción especulativa emocional— comparten algo esencial: no creen en el fin del mundo como evento único e irrevocable, sino como una serie de finales posibles que ya ocurren en nuestras geografías emocionales y ecológicas. No necesitan fantasmas del mañana para hablarnos: ya lo hacen desde el presente, desde lo que duele, desde lo que se ha perdido o se está perdiendo.

Mugre rosa nos recuerda que el fin del mundo puede ser una catástrofe lenta, una erosion de relaciones, un virus que demuele lo mínimo. Cadáver exquisito —la más radical de las tres— nos interpela con la pregunta límite: ¿a qué somos capaces de reducirnos cuando el sistema decide que todo es comestible? Todos los fines del mundo se arriesga a creer que en el fin puede haber trazo de comienzo, que el afecto, la amistad y la memoria pueden sostener grietas por donde se filtre lo nuevo.

Tres miradas que no se cancelan entre sí, sino que dialogan. Tres maneras de imaginar lo impensable, de confrontar nuestras preguntas más urgentes: ¿qué dignidad sobreviviría al colapso? ¿cómo reconstituir lo humano en un mundo que fracturó los cuerpos y los vínculos? ¿a quién querríamos abrazar cuando todo parezca desmoronarse?

Al lector nos queda no sólo la experiencia de leer esos finales, sino la sospecha de que quizá estamos dentro de un final en curso. Y que imaginar —aunque sea doloroso— también es acto de resistencia.

 

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