Con su voz pausada y su ironía de superviviente, mostraba lo que los grandes medios del mundo decidieron no mirar: los cuerpos sin nombre, las escuelas derruidas, los hospitales atacados, las madres que guardan a sus hijos entre los brazos de la desesperación.
Ciudad de México, 13 de octubre (MaremotoM).- En Gaza nadie duerme. Ni siquiera cuando se anuncia un alto el fuego. En las calles devastadas de Al-Sabra, entre los escombros todavía tibios de una ciudad que ya no existe, cayó asesinado Saleh Aljafarawi, uno de los últimos periodistas que quedaban vivos para contar el horror. Tenía 28 años, una cámara en la mano y una voz que se negaba a callar.

Había nacido en el norte de la Franja, en un barrio que ya fue arrasado varias veces. Como miles de palestinos, fue desplazado junto a su familia hacia el sur, huyendo de los bombardeos israelíes, pero no buscó refugio. Buscó conexión. “Si nosotros no contamos lo que pasa, ¿quién lo hará?”, repetía en sus transmisiones. Su teléfono era su trinchera.
Saleh fue visto por última vez el domingo, mientras documentaba los daños provocados por Israel durante los últimos ataques. En medio de esa tregua débil, que apenas daba un respiro a los sobrevivientes, lo rodearon hombres armados. Pertenecían —según denuncias de periodistas locales y del periodista y filósofo Martín Gak— a milicias financiadas por Israel y afiliadas a la familia Daghmash, responsables de secuestrar y ejecutar a comunicadores palestinos. Saleh intentó grabar hasta el último momento. Lo mataron allí mismo, frente a los muros derrumbados del barrio.
Quienes lo conocieron dicen que cantaba mientras filmaba. Que tenía una sonrisa grande, una manera de mirar el desastre como si aún hubiera lugar para la esperanza. Saleh Aljafarawi se había convertido en un símbolo dentro de Gaza. Con su voz pausada y su ironía de superviviente, mostraba lo que los grandes medios del mundo decidieron no mirar: los cuerpos sin nombre, las escuelas derruidas, los hospitales atacados, las madres que guardan a sus hijos entre los brazos de la desesperación.

Había sobrevivido a varios intentos de asesinato. Le habían advertido que su nombre estaba en listas de “objetivos” del ejército israelí. Había sido difamado por portavoces sionistas que lo acusaban de tener vínculos con Hamás. Él respondía que no era soldado, sino periodista y que su única arma era la verdad.
“Seguiremos aquí. No nos iremos de Gaza. No dejaremos que el mundo olvide”, dijo hace apenas unos días, frente al Hospital Al-Shifa, donde otros colegas suyos, como Anas Al-Sharif, Mohamad Salama y Maryam Abu Daqqa, fueron asesinados por las fuerzas israelíes. Era su despedida sin saberlo. Lo filmaron con su chaleco de prensa y su casco azul. Sonreía, como si nada pudiera alcanzarlo.
La impunidad del ocupante
“Israel y sus sicarios siguen asesinando en toda la Franja de Gaza”, denunció el periodista Martín Gak tras conocerse la noticia. Lo que ocurre, dice, no es una guerra sino un sistema de exterminio. Un genocidio sostenido que busca borrar, además de la vida, la memoria.
Saleh era parte de esa memoria. Documentaba no solo la destrucción sino la resistencia cotidiana: la mujer que hornea pan en un horno improvisado, el niño que juega con una piedra, el joven que canta en una boda sin luz. Todo eso que constituye la persistencia palestina. Por eso lo mataron.

En Gaza los periodistas son objetivos militares. Cada cámara es un testigo incómodo. Cada video, una prueba. Israel no necesita apretar el gatillo directamente: le basta con dejar actuar a sus aliados, las bandas armadas que garantizan el silencio. Así opera la impunidad.
Su último video dura apenas cuarenta segundos. Saleh camina entre ruinas, describe el humo que todavía sale de los edificios, y termina con una frase: “Mientras tengamos voz, Gaza no morirá.”
Horas después, ya estaba muerto. Su cuerpo fue recuperado por vecinos que lo reconocieron por la cámara aún encendida. Su funeral fue breve, como todos en estos días de polvo y miedo. En el cementerio, una niña sostenía su teléfono y reproducía una de sus canciones. La voz de Saleh, temblorosa y clara, parecía atravesar las sirenas.
No hay tregua posible para los muertos de Gaza. Tampoco para la verdad.











