Joaquín Hurtado ha hecho de su vida un arte y está haciendo del arte una vida de intensidad envidiable. Por eso, resulta placentero que por primera vez su obra sea publicada y leída fuera de México, concretamente en Estados Unidos. Allí de seguro encontrará lectores que se verán inmersos en esa vida suya, intensa, y de nuevo, envidiable.
Ciudad de México, 17 de febrero (MaremotoM).- Machos súper maricones, vestidas demacradas, chichifos ordeñables, seropositivos marginados muriendo las mil muertes en lo oscurito debido a un bicho amoroso que hace su nidito en aquellos intersticios que nunca les son ajenos a la mierda. Así se deshilachan, así se van desbaratando, a solas o con los menguados coros plañideros de una ristra de apestados que ya comienza a cobrar la misma herencia: capricho virológico, armonía de caca y leche. Ay, es que esos sí son bien cochinos, oye, dicen Les Regiomontanes Biempensantes, otro coro, pero uno que se cree finolis, compuesto de esos que van a misa los domingos y sólo cogen –aunque nunca de perrito, porque así nomás las putas y manfloros– para procrear, para concederle más bocas al hambre y agujeros al ozono, porque así lo dicta un hombre en drag desde su palco sampetrino y sempiterno. Que se mueran solos, oye, pues en el pecado llevan la penitencia, gorgoritean las comadres copetonas y los sacrosantos mandamases de familia durante sus marchas de odio. Ángeles sin alas.
Ahí queda retratado tan solo un paupérrimo cachito de la variopintísima fauna hurtadiana, tan nocturna y lúbrica que casi se antoja carnaval. Y es que desde el inicio Joaquín entró vociferando en esta mazmorra que solemos llamar Literatura, así, porque la que él escribe lleva “L” mayúscula. Han pasado treinta años desde la publicación de Guerreros y otros marginales, su primer libro, y desde entonces se ha perfilado como una de las voces más radicales, venenosas y estrambóticas de la literatura mexicana actual. Con títulos como –además del ya mencionado– Laredo Song, Crónica Sero, La dama sonámbula, Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, etc., Joaquín Hurtado encuentra acomodo en su propio pedestal, y ahí ha permanecido solo, porque ese registro literario tan cáustico que, sobre todo, ha favorecido el género de la crónica (terreno donde ilimitado se desborda), no tiene paralelo en nuestra literatura o en la de otras latitudes, ni siquiera en la parisina, neoyorquina, santiaguina, angelina y londinense que ha favorecido como tema una plaga ruin que desde hace cuatro décadas tiene al mundo entero mordiéndose las uñas. Es, sin el menor asomo de duda, uno de los escritores mexicanos que más resisten clasificación. A ratos filosófica, a ratos deslenguada, la obra de Joaquín Hurtado se caracteriza por dos pasiones: una honestidad brutal y una idiosincrasia idiomática que le permiten acceso a ese grupo tan reducido donde sólo encuentran cabida los escritores de primer orden.
Desde su primer libro Joaquín era ya un escritor maduro, sin vacilaciones narrativas o experimentaciones estilísticas. No existe en su trabajo una etapa de descubrimiento o la búsqueda de una voz, un libro que podría tildarse de iniciático, porque desde ese primer escupitajo nos ha dicho lo que le da gana, sin tapujo alguno o disfraz amilanado para no ofender la psique colectiva de las buenas conciencias que lo señalaron y siguen señalándolo como una persona non grata.
Vade retro satana le han aullado las burocracias sanitarias, perras igual de licenciosas, pero regentadas por el asco y el temor a Dios. Vade retro satana, le han gruñido esos caciques bigotudos, titiriteros gubernamentales que invariablemente ignoran a las minorías y terminan por chingárselas. Vade retro satana, también le han bramado incontables damas emperifolladas que defienden la supuesta incorruptibilidad de los culos de sus nenes ante los modos peligrosos y el palabrerío filoso de este dragón de dos cabezas, escorpión de cola ponzoñosa.

En La luna es un tiburón (La Pereza Ediciones), el autor reúne apenas quince crónicas que funcionan como una introducción perfecta para quienes no lo han leído y como una síntesis rabiosa para quienes ya conocen sus dotes literarias, porque en las páginas de esta colección quedan apiñadas sus mañas verbales y el tipo de confesiones telúricas que lo sacuden a uno sin previo aviso. En este libro, exento de circunloquios, queda plasmada, y sin filtro, la vida y realidad opresiva de las esquinas, callejuelas y guaridas de una de las ciudades más nefastas del planeta. Gracias a un humor recalcitrante y maldiciente de doble filo, que a veces se presenta como mofa auto-denigratoria y otras veces como denuncia furibunda, podemos ser testigos de la alquimia de Joaquín, de su delirante fábula.
Hay en estos textos una luz negra, una inmediatez que puede incomodar; en conjunto forman un catálogo de estrategias para mantener la testa por encima del nivel del agua, para vivir una existencia plena que desafía estadísticas. Aquí queda encapsulada su poética de trinchera, el jolgorio que lo envuelve día y noche. Su escritura, barroquísima, no cuenta con la trayectoria cíclica y predecible de un satélite, sino con el ímpetu de un meteoro fuera de control que amenaza destruirnos porque exacerba las formas de narrar, las dinamita para reconstruirlas desde un “yo” que no desaparecerá, aunque se le ignore. Así nos enseña el gozo incontenible que puede desprenderse de la vida, sí, pero también aquel que merodea la muerte.
Joaquín Hurtado ha hecho de su vida un arte y está haciendo del arte una vida de intensidad envidiable. Por eso, resulta placentero que por primera vez su obra sea publicada y leída fuera de México, concretamente en Estados Unidos. Allí de seguro encontrará lectores que se verán inmersos en esa vida suya, intensa, y de nuevo, envidiable.











