Magali Velasco

RESEÑA | Cerezas en París, de Magali Velasco

Lo cierto es que Cerezas en París es ante todo un ejemplo de la buena escritura, de ese lenguaje que poco a poco vamos cultivando y podríamos llamar “lenguaje literario” o un lenguaje donde tranquilamente me acomodo para poder decir lo que en lenguaje común no me animo o no me sale.

Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- Hace tiempo que escribí este texto para mi amiga Magali Velasco. La conozco desde hace muchos años, a él y a mi otro amigo César Silva. Si ellos se separaran, yo me quedaría con los dos. Así que no quiero escuchar mucho sobre los problemas que hubiera entre ellos. Para mí son la pareja ideal, porque son mis amigos.

Cuando leí En el ribete de un encaje, en la costura que cedía y en un botón corrido hacia otro ojal, mis manos buscaban la simetría de un amor en medio de la orfandad. Después supe fabricar anillos y aretes, filigranas de corazas, supe que estaba ante una buena novela, porque durante mucho tiempo Magali y yo habíamos hablado acerca de las buenas escrituras, tratando siempre de compartir ese cielo literario donde va muy poca gente y a veces diferimos con ella sobre el que tiene que ir o no.

Lo cierto es que Cerezas en París es ante todo un ejemplo de la buena escritura, de ese lenguaje que poco a poco vamos cultivando y podríamos llamar “lenguaje literario” o un lenguaje donde tranquilamente me acomodo para poder decir lo que en lenguaje común no me animo o no me sale.

Magali Velasco
Editó la UANL. Foto: Cortesía

Luego, está la historia de una mujer. Es probable que en muchas novelas aparezca la historia de una mujer y en cierto modo la pasemos por arriba, como pensando que en realidad Magali no es muy original. ¿Quién ahora no escribe una historia semejante? Con esa moda de un feminismo en las letras que muchas veces hace decir a las jóvenes escritoras que ellas no leen nada escrito por los hombres y que ahora es la mujer la que vale, más bien tendríamos que buscar alguna historia que no sea alguna relacionada con las damas como víctimas o con las chicas maternando.

Sin embargo, pienso mucho en ese ojo que estridente me hacía ver al perro andaluz en la montaña o a ese Ojo Silva que contaba en Bélgica su terrible tragedia: un hombre maternaba y luego sus hijos se morían por un virus. Es decir, ¿estoy metida en un país sin pasaporte y sin permiso llamado Imaginación?

¿Hay en Cerezas en París algo que va más allá y por cierto más acá de las categorizaciones baratas con que se quiere encerrar a la literatura al uso? ¿Es la literatura moderna algo que trata de escapar de esas prisiones que las firma un señor rudo y de cejas pobladas con una cancelación veloz e implacable?

Leo:

“Llegaron a la casa en silencio. Montserrat se quedó afuera, en el breve jardín de la entrada, sentada en una banquita para fumar. Como un milagro, sopló un viento fresco, dudaba irse o quedarse, es más, ni siquiera sabía bien a bien por qué se le ocurrió provocarla. Escuchó a sus sobrinos recibir con alegría a su madre, pensó si ella misma tendría alguna vez niños que la abrazaran y vino a su mente cuando con María tocaron el tema de la maternidad, su amiga fue categórica con el hecho de no tener hijos, sentía incompatible la danza y la idea de una familia. Entonces eran unas muchachas de veintitantos años. Poco después de esa plática, María la ayudó a abortar un bebé de Diego. Desde entonces, la sombra de ese embarazo aún la hacían sentir culpa y profunda tristeza. Un útero vacío como su casa.”

Ah, pero es de chicas con embarazo. No sé qué decir. Lo cierto es que también está la casa. Pienso en Casa Tomada o en las piletas sin agua de Isabel Zapata, unos úteros donde no pueden nadar ni parir ni existir los propios. Sí los ajenos. Los recuerdos, la culpa, el arrepentimiento, el miedo al ridículo, esa amargura que te hace golpear a un perro o a un anciano, como diría Margarita García Robayo, una mujer que si fuera hombre yo también la leería, obviamente.

También es de paisajes. Algo podrido que huele mal en Xalapa, las deliciosas papas bravas en la calle Serrano en Madrid. Ese cóctel absurdo llamado Cerezas en París.

A María le gustaba el Fernet con Coca–Cola y en Xalapa nunca había. Otro trago que era su obsesión era un coctel que decía haber probado en París, en la Closerie des Lilas, antes un burdel famoso. El trago se llamaba “Cerises à Paris” o “Cherries in Paris” o “Cerezas en París”, y, según la argentina, estaba de moda también en Buenos Aires, no ahí, un pequeño bar del centro de Xalapa donde siempre se juntaban, de escasas seis mesas con clientes que bebían caguamas y fumaban Delicados”.

“—No, boluda. Me violaron. ¿Sos ciega? Montserrat intentó reconstruir las imágenes de una violación. A su mente concurrieron fragmentos de películas en las que la víctima corre por un bosque y entonces era María escapando sin nadie que la ayudara. No podía fijar su rostro; María, tan fuerte, tan cabrona, ahora la veía disminuida en medio del comedor silencioso, aniñada, guarecida en la casa como en un bastión.”

Ah, pero también es una historia de mujeres atacadas. Como víctimas, de mujeres que se vuelven niñas. Mmm. No sé qué decir. Porque la verdad es que a toda esta atmósfera Magali le agrega un “Trago de mierda —concluyó María, dejando la copa sobre el escritorio, y se quedó viendo en silencio fijamente las botellas tratando de descifrar el error”.

O sea. Ni el cóctel es perfecto. Ni en Xalapa lo venden. Monserrat imagina a María corriendo por el bosque luego de una violación y hay una casa, con un jardín o con un parque, que no se vende. Eso es la novela. Y hay más. Leánla.

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