Alberto Avendaño

RESEÑA | Catálogo mexicano de cine de horror, un poemario de Alberto Avendaño

Entre la literatura del cine mexicano la experiencia investigativa me ha llevado al hallazgo de estudios generales y detallados: biografías, filmografías, libros de chismes, anecdotarios y estudios serios de la mayoría de los géneros, pero jamás me había encontrado con un poemario  y mucho menos del cine de horror.

Ciudad de México, 1 de abril (MaremotoM).- En su libro El cine de horror en México, el historiador Saúl Rosas Rodríguez escribía que este género existía en México por moda y, por ende, no podía dejar de lado los mitos como el de Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo y demás aberraciones del mal. Sin embargo, aseveraba,  la utilización de estos personajes en el cine nacional había sido poco afortunada y el género se desvanecía sin pena ni gloria al grado de que muchos pensaban que no existía o bien que quedaba reducido a las películas de luchadores o cómicos batallando contra los diezmados mitos del horror.

No obstante, libros como el de Rosas Rodríguez y otros apasionados del género, han demostrado que sí se ha hecho cine de horror de calidad en México y no solamente malos remakes y este catálogo suigéneris de Alberto Avendaño (Zacatecas, 1990) es uno de ellos, porque si bien no es en el sentido más estricto de la palabra un catálogo técnico, la revisión que ha hecho el poeta ha sido exhaustiva para extraer de cada fotograma un poema.

Con el Catálogo mexicano de cine de horror (Espina Dorsal, 2024) de Alberto Avendaño, el horror vuelve a un parte de su origen, a las páginas impresas. El cine se alimentó de la literatura de horror y transformó las pesadillas en imágenes y planos reales. Le dio vida a los sueños y la tortura, y creó un género muy diferente con elementos específicos, que según el teórico de cine francés Gérard Lenne, pudieran condensarse en cinco: la monstruosidad, la anormalidad en la normalidad, la necesidad del miedo, la identificación con el espectador, y las dos vías para provocar el terror en los personajes y el horror en los espectadores, cuando la amenaza viene del exterior, lo extraño, y cuando el espectador se enfrenta a sí mismo, a sus propios valores morales y acciones cotidianas.

Avendaño, en un ejercicio metanarrativo y meta artístico, traslada estos elementos con gran oficio de poeta, a este catálogo, pero no se decanta por el camino conocido de la écfrasis, mucho menos por el del decoupage fílmico tan acartonado, no, construye su propia obra de horror aparte: la complejiza, la abstrae de imágenes que jala apenas de una secuencia, de una escena, de la transición rápida de un plano a otro, o de un diálogo efímero pero poderoso.

 Alberto Avendaño
Editó Espina Dorsal. Foto: Cortesía

No es fácil trasladar un lenguaje visual a uno escrito, porque la pantalla como símbolo de un lenguaje, de un modelo de comunicación, provoca por sí mismo la fascinación e inquietud, pero Avendaño lo logra, porque su poesía es muy visual;  del elemento de la monstruosidad escribe versos como “Un deforme llora por mi muerte/ mientras la multitud escribe una historia sobre/ la eternidad” del poema inspirado en La señora muerte (Jaime Salvador, 1969); mientras que de la anormalidad encontramos algunos versos como los de Espiritismo, inspirado en la película de Benito Alazraki “¿Vendí mi alma? Un visitante inesperado llama a mi puerta” en el que también aparece esa necesidad del miedo y transmitirle al lector el peligro de lo que viene del exterior, de lo extraño.

No falta tampoco el elemento del peligro que viene de uno mismo, cuando nos enfrenta a nuestra carga de valores o las acciones cotidianas. Alberto escribe en el poema inspirado en El infierno de Luis Estrada: “Esta vida y no otra es / hay una orden: cercenar las manos /decapitar /primero cortar la lengua para que se quite lo soplón” porque Avendaño no solamente recoge aquel cine de lo paranormal o la pesadilla, sino también el de los horrores cotidianos como el de la violencia política y criminal representadas en filmes como Canoa, Las Poquianchis, El Bulto, El infierno, La libertad del diablo o Las elegidas: que baste decir, en el caso de esta última, que cumple en este libro un buen periplo, pues el origen es la novela en verso del mismo nombre, de Jorge Volpi, hecha cine y ahora convertida en poema.

El cine de horror explora temas universales que ponen en peligro a los individuos de una comunidad o una sociedad. Sabedor de esto, los poemas de Avendaño juegan también a ser una suerte de cámara subjetiva, en la que el espectador-lector comparte la experiencia visual de los personajes. Hacemos el poema nuestro, bebemos la imagen, nos apropiamos de los sentimientos, del miedo, el cual se sustenta y se acrecienta según la carga de valores morales que cada uno de nosotros posea y que se fortalece hasta donde nuestra propia imaginación lo permita.

Ya desde libros anteriores, como En la habitación a oscuras (Rey Chanate, 2019), noté la fascinación de Alberto por estos temas en los que el horror, como dijera Octavio Paz, es la lucha entre el consciente y el inconsciente. A nuestro poeta le sobra maestría para lograr imágenes que ni el cine ha logrado y que tienen el poder de que el lector conciba lo inconcebible y eso, no es más que otra cosa que el miedo, “el vértigo inevitable de la conciencia al borde del vacío que la limita” como dijera Gerard Lenne. Y ante ese horror, ahora evoco a Villaurrutia, “no nos queda el recurso de la huida ni el combate, sino la adoración o el exorcismo”, pues aquello que nos provoca horror nos repele y nos fascina.

En ese sentido, el valor de este catálogo-poemario es innegable, porque nos confronta como lectores a nosotros mismos, pero también es sumamente valioso porque, si bien no es un catálogo en el sentido más estricto de la palabra, repito, su índice catapulta a quienes no ha visto la filmografía, a descubrirla, y a quienes hemos visto unas cuantas, a revisarlas para darnos cuenta que ahí, en la sonrisa demente de Arturo de Córdova, en el femoral de Amparo Rivelles, en la figura espigada de Claudio Brook o en el viento que hacía ondear las cortinas de un pasillo de un viejo colegio, estaba la poesía.

 

 

 

 

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