RESEÑA | Amelio, mi coronel, de Ignacio Casas

Es el lenguaje el que se sorprende y arma una revolución. El que reelabora el sentido y el doble sentido. El que tartamudea en la lengua chueca de la Tatamú quien, al igual que Nacho Casas, saca una historia de los territorios del sur para desperdigarla entre carrizales, despeñaderos y cañadas de todo el país.

Ciudad de México, 16 de febrero (MaremotoM).- Amelio no es propiamente una novela sobre la revolución. Si bien las peripecias de Amelio en el Ejército Libertador del Sur en Guerrero ocupan el lugar de la acción, la premisa que permea cada letra de esta novela es la identidad:

¿Quién soy? ¿Amelia? ¿Amelio? ¿Soy coronel? ¿Soy coronela?

Y es a través de los labios del personaje Eulalio, compañero de tropa de Amelio, que Ignacio Casas expresa la motivación central de su protagonista:

“Antes que vencer al enemigo uno tiene que vencerse a sí mismo; óyelo bien, güero canijo”. p. 76

Ignacio Casas
Ignacio Casas ha recibido el Premio de la Novela Histórica. Este año se dará pronto a conocer. Foto: Cortesía

Ignacio Casas se encuentra entonces, como escritor, ante un dilema, no sólo de su protagonista Amelio sino de la sociedad actual. El deseo de transformar el cuerpo. ¿Cómo abordar la lucha entre el ser de adentro y el de afuera? El autor encuentra las palabras para plantar en sus lectores una serie de inquietudes: la de preguntar, la de mostrar, la de comprender. Ponerse en el lugar del otro para mostrar el  proceso de trans-formación.

De niña, Amelia desea quitarse de encima un nombre y cambiarlo por otro. Deshacerse del ropón y del nombre que el bautizo le impuso, para gritar el propio, el que mejor combina con su alma: Amelio, así, con ‘o’ al final. Al fin un día, cuando la Edelmira, viuda de uno de los soldados caídos, le pregunta: ¿cómo te llamas? Él lo dice primero quedo y luego muy fuerte:

“–No te oigo.

–Amelio —dije.

–Más fuerte.

–Amelio —grité y mientras el eco de mi nombre se percutía como tambor de guerra, me le cuadré al general (…). Luego de aquel grito, me despertaba antes que la primera luz del día y sobre todo antes que la tropa, pa orinar a gusto y junto con el canto de los gallos mentar mi nombre”.   p. 95

Aunque durante su infancia, vive con su familia en Xochipala, la niña Amelia, va a dar al internado de las Hijas de María en Chilpancingo. La manda su madre hasta allá porque:

“… no aguantaba que se dijera por todo el pueblo que era medio hombrada”.

La verdad era que a Amelia le estorban las trenzas, los moños y las faldas. Por eso cuenta:

“Quise hacerle un pantalón a un muñeco, un muñeco grande de mi misma estatura. Cuando se dieron cuenta las hijas [de María], entre risas una de ellas lo tijereteó todito. Por eso anduve triste y con enojo uno y otro día, aunque con la cabeza en alto seguí yendo al salón de costurar y demostré que sabía usar las tijeras y rematar el punto de cruz”. p. 29

Ignacio Casas
Traté de mirar ese mundo con los ojos de ella y cómo salí, con mucha dificultad, porque es muy gozoso. Foto: MaremotoM

En la fiesta de los tlacololeros, celebración guerrerense, Amelia, sigue un impulso salido de mero dentro y se pone camisa, calzón y máscara para unirse al baile disfrazado de tigre. Ese día bastan esas prendas para transformarse en un fiero tigre. Pero… ¿cómo transformar su cuerpo? ¿Cómo cambiar por otro el cuerpo que traía al nacer? No es tan fácil como ponerse un disfraz. Es Lupe, su compañera en la tropa, quien le ayuda en la transformación; es ella quien le entrega un rebocillo para que esconda los senos:

“Desde ese momento me los enrebocé o me los apreté con telas durante muchos años. Así se acostumbraron a estar callados, silencios. Sin estorbar en las batallas. Ni después”. p. 79

2.

¿Quién narra las hazañas de Amelio? Él mismo va rememorando, en primera persona, su historia muchos años después de la Revolución. Pero no está solo. Lo escucha Ángela. Su amiga de infancia, su compañera de vida, sus oídos. Es la dulce y comprensiva Ángela la que convierte la novela en un diálogo en el que Amelio lleva la voz cantante y ella los susurros.

Ángela conoce las vivencias de Amelio desde que eran niños; guarda en su corazón los días en que perseguían al tren, chiflaban y lamían paletas de coco. También los secretos. Ahora que viven juntos en una casa en Iguala, pueden sentarse tranquilamente a tomar un mezcal y a venerar la nostalgia:

“Ángela, ahora caigo que somos un par de viejos zonzos en la mañana igualteca contándonos cosas que vivimos juntos”.

“¡Viejos los cerros!, y nada de zonzos. Nos gusta sacar la memoria de paseo. Nada más eso. Nada más”.  

¿Cuál es el prodigio del lenguaje del autor de esta novela? Nace de un puñado de asombros. Las palabras pegadas unas con otras, inventadas, juguetonas y pasmadas se van pronunciando una tras otra para construir la trama de esta novela.

Es el lenguaje el que se sorprende y arma una revolución. El que reelabora el sentido y el doble sentido. El que tartamudea en la lengua chueca de la Tatamú quien, al igual que Nacho Casas, saca una historia de los territorios del sur para desperdigarla entre carrizales, despeñaderos y cañadas de todo el país.

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