Porque para mí él era el gran anfitrión, él tenía la llave para abrir la puerta de la FIL y también la cerraba cuando toda esa fiesta de los libros terminaba. Tengo ese ahogo de quien sabe que la vida no será la misma, entre otras muchas cosas, después de su muerte.
Ciudad de México, 3 de abril (MaremotoM).- Raúl Padilla López (1954-2023) era para mí la Feria Internacional de Guadalajara. Hace ya más de 20 años que la cubro y desde el 2000 también he cubierto las muchas actividades que de ella derivan. La institución de la Cátedra Cortázar, cuando vino un muy malhumorado José Saramago (bueno, que no me escuche su viuda, la adorada Pilar del Río, pero el Nobel portugués tenía un carácter de mal llevar), cuando hicimos las Jornadas por el Fútbol, con el mismísimo Roberto Fontanarrosa o cuando venía Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, dividiéndose el reinado a partes iguales.
Cuando vino Israel, que se convirtió la feria en una gran burbuja de seguridad, las Bienales de Mario Vargas Llosa, donde uno puede entrevistar a muchos escritores con la mayor tranquilidad (este último la gocé mucho, porque la novela premiada fue Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vázquez y estaba en el jurado la excelente escritora Rosa Beltrán y eso daba garantía de cualquier veredicto). En todas esas actividades, estaba por supuesto Raúl Padilla López.

Siempre elegante, con unos trajes azules maravillosos, siempre pulcro y a la vez muy distante (sobre todo en la última feria yo lo hallé muy perdido o tal vez era porque por primera vez la FIL en Guadalajara la sentí débil, como para no estarlo, con un gobierno federal en contra y con un mandatario local, Enrique Alfaro, haciendo marchas en la puerta de la Expo), Raúl ponía el certificado de que no estábamos en ningún otro lado: la FIL era su casa y él recibía a propios y extraños con una delicadeza y con un equipo que siempre funcionaba a reloj.
Hablo de Raúl y pienso mucho en Myriam Vidriales, en Nubia Macías, en Mariño González, en Belén Orozco, en Josué Nando, en Laura Niembro, en Mona Rosete, en Marisol Schulz, todos, en diferentes momentos, formaban parte de una maquinaria de la que él tenía la clave y el secreto. Había hecho desde que se fundó la FIL, un ejército de muy pocas personas (claro, hay muchas que no nombro porque no las conozco), capaz de reaccionar con eficiencia ante cualquier obstáculo. Y la verdad, en la FIL hay muy pocos obstáculos que notemos.

Soy, precisamente, del equipo de periodistas que cubre año tras año la Feria Internacional de Guadalajara. Y como tal, he sido siempre muy bien recibida por todo el equipo y por Raúl Padilla López, a quien le hice alguna que otra entrevista, cené o almorcé a su lado en algún acto de entrega de premios, alguna vez lo he topado frente a frente y nos hemos saludado, pero al que evidentemente no lo conocía más allá de su función. No he estado en su casa, no sé quiénes fueron sus novias, no sé si tuvo una enfermedad y ahora había regresado y por eso se suicidó. La verdad, no.

Porque para mí él era el gran anfitrión, él tenía la llave para abrir la puerta de la FIL y también la cerraba cuando toda esa fiesta de los libros terminaba. Tengo ese ahogo de quien sabe que la vida no será la misma, entre otras muchas cosas, después de su muerte. Una falta de respiración que obviamente me pone en contacto con mi propio deceso y con la evidencia de un cambio que tal vez no quiera, porque una de las pocas certezas de la existencia para esquivar un poquito el final, es tratar de que las cosas no cambien, no se transformen.
Adiós, Raúl Padilla López. Te llevas una llave secreta que abre con todo el despliegue las puertas de la FIL. Aquí queda tu equipo, tan eficiente, sin tu guía.











