¿QUÉ HACER CON EL PERIODISMO CULTURAL?

No puede ser que el trabajo de un medio consista en copiar lo que envían las universidades, las secretarías o las editoriales, y subirlo con prisa, sin siquiera una mirada propia. Eso no es periodismo: es administración de contenidos.

Ciudad de México, 12 de noviembre (MaremotoM).- A veces me pregunto si tener un periódico digital cultural, como maremotom.com,  sirve de algo en estos tiempos. Si la función del periodismo cultural es reproducir boletines sin opinión, sin crítica, sin contexto, entonces estamos perdidos. No puede ser que el trabajo de un medio consista en copiar lo que envían las universidades, las secretarías o las editoriales, y subirlo con prisa, sin siquiera una mirada propia. Eso no es periodismo: es administración de contenidos.

Cada semana, por ejemplo, se repite la misma nota sobre Irene Vallejo, el mismo boletín que circula entre decenas de portales. Se la llama “la escritora más chingona del mundo” porque hizo un libro, sí, un libro hermoso, disfrutado por muchos, pero entre 400 más que merecen atención. Mientras tanto, las voces nuevas, los libros que se publican en provincias, los sellos independientes, los proyectos que no tienen departamento de prensa, quedan en el silencio. ¿Quién los va a leer si nadie los menciona? ¿Y qué clase de periodismo cultural es ese que le teme a decir “esto no me gustó”, “esto no es relevante” o simplemente “ya basta de repetir lo mismo”?

Periodismo Cultural
El problema no es solo de visibilidad: es de pensamiento. Foto: Cortesía

El problema no es solo de visibilidad: es de pensamiento. Las noticias culturales se han convertido en ecos de sí mismas, una rueda de hámster donde todos dicen lo mismo. Cuando hay crítica, casi siempre viene desde el resentimiento político, desde la oposición a un director o una institución, no desde el ejercicio serio de leer, de pensar, de contrastar. Se confunde la polémica con la reflexión.

Hace poco hice una entrevista sobre lo que significa ser escritora mexicana hoy. Quise abrir la conversación a las ideas, a los procesos, al modo en que la literatura dialoga con un país que cada vez lee menos, pero el ruido que surgió fue otro: voces masculinas cuestionando si otras autoras —argentinas, uruguayas, españolas— tienen “más potencia” que las mexicanas, si merecen o no los premios.

El debate se redujo a la competencia, no al problema de fondo: cómo hacer que la literatura mexicana crezca, se lea, se respete, se discuta.

No se trata de premios. Se trata de lectores. ¿Quiénes están leyendo a las escritoras mexicanas? ¿Quiénes se atreven a decir que su obra es fundamental? En México hay autoras brillantes, muchas, pero el sistema editorial y mediático sigue prefiriendo las mismas fórmulas. Lo visible no siempre es lo mejor y lo valioso no siempre tiene eco.

Aquí llego a otro punto que incomoda: ¿Gioconda Belli es buena escritora? No lo sé. He leído algunos poemas buenos, pero nada que me haya conmovido a fondo. Su novela sobre la menopausia me pareció fallida, mal escrita. El jurado del Premio Carlos Fuentes dice que la premia “por su fuerza narrativa”. En mi lectura, su literatura tiene muchas cosas, pero precisamente eso —fuerza— no.

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No se trata de premios. Se trata de lectores. Foto: Cortesía

Belli me recuerda, en su tono, a Sandra Cisneros, esa escritora pocha que ahora vive en San Miguel de Allende o a la autora de Como agua para chocolate, textos celebrados por su accesibilidad, pero que no van más allá del molde que el mercado espera de las mujeres: ternura, drama, sensualidad, nostalgia. No digo que esté mal. Digo que hay mucho más. Que hay escritoras mexicanas que escriben con una rabia lúcida, con una inteligencia feroz, con una mirada política que no teme ser contradictoria.

El problema es que muchas veces las propias mujeres mayores en el medio tienden a borrar a las nuevas. A ningunearlas. A diluirlas. A repetir lo que el sistema editorial ya les impuso: esa “mujer aceptable” para la crítica, la que no incomoda, la que sonríe, la que no dice que no le gusta Gioconda Belli.

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A veces me pregunto si tener un periódico digital cultural, como maremotom.com,  sirve de algo en estos tiempos. Foto: Cortesía

Por eso escribo en primera persona. Porque no pretendo representar a nadie ni dictar sentencias, sino ejercer la libertad de tener una opinión. Porque sigo creyendo que el periodismo cultural debe ser eso: un espacio de pensamiento, no de propaganda.

El desafío de un medio digital cultural no está en tener más clics, ni más boletines reproducidos, sino en tener una voz. En leer de verdad. En equivocarse incluso, pero desde una posición honesta. En decir: esto sí, esto no y sobre todo, esto merece ser leído.

No hay otra manera de defender la cultura que haciéndola pensar.

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