¿Qué hace que un libro sea perfecto para el verano? ¿El género, la longitud, el argumento, el tono…? Preguntamos a personas que, por su vinculación con la literatura desde distintas perspectivas, podrían ofrecernos alguna clave.
Ciudad de México, 19 de julio (MaremotoM).- Hace más o menos un año, la página web Literary Hub publicaba un artículo sobre las cincuenta mejores novelas de verano, en el que se cuestionaba qué hace que un libro sea idóneo para esta temporada del año: ¿Necesita estar ambientado en esta estación? ¿Que sea una historia ligera? ¿Un libro pendiente?
Al final concluía diciendo que no hay, obviamente, una respuesta correcta, pero sí algo tan indefinido como reconocible: que el libro “se sienta estival”. Animados por esta idea y por la última newsletter semanal de The New York Times, que preguntaba a sus suscriptores qué entienden por “lectura de verano” (o “beach book”, tal y como ellos lo llaman), hemos querido reflexionar sobre este concepto, antes de despedirnos para lanzarnos a devorar nuestras propias “lecturas de verano”.
Entonces, ¿qué hace que un libro sea perfecto para el verano? ¿El género, la longitud, el argumento, el tono…? Preguntamos a personas que, por su vinculación con la literatura desde distintas perspectivas, podrían ofrecernos alguna clave. Por ejemplo, la escritora Esther García Llovet –que ha publicado recientemente Los guapos– se inclina por una vertiente nostálgica y ambiciosa: “A una lectura de verano le pedimos lo mismo que al verano cuando teníamos quince años: que nos traiga algo extraordinario y nos cambie la vida”.

También a la nostalgia apela Lola Larumbe, de la librería Alberti de Madrid: “Una lectura veraniega es un intento de regreso a un tiempo y un lugar de felicidad que asocio siempre al calor, al mar, al tiempo detenido del zumbido de los insectos, al sueño y al despertar con un libro en las manos en la infancia y adolescencia. Esa lectura tiene que ser capaz de transportarnos a otras realidades, olvidarnos de quiénes somos”.
Por su parte, Marta Martínez, de la librería Mara-Mara de Vitoria, también destaca esta idea de desplazamiento relacionando la lectura de verano con el viaje y apelando a su vez a navegar entre diversos géneros: “Más que catalogar las lecturas por estaciones lo haría por momentos. A veces me apetece intercalar dos libros intensos con algo de poesía o relatos; aunque si viajo a algún lugar lejano (o cercano, da igual) aproximarse también desde la lectura de un autor o autora autóctona es parte fundamental de la aventura”.
Además del viaje, algo que parece fundamental en el periodo de vacaciones es la disponibilidad y el tiempo libre, por eso la periodista de El Periódico, Elena Hevia, relaciona la lectura con este dolce far niente: “La lectura veraniega por excelencia es la que por disponibilidad y tiempo libre solo te permiten las vacaciones. De ahí que, en mi opinión, nada mejor que un clásico del XIX, un tocho extenso y compacto que te lleve a vivir, aunque sea por unos días, en un mundo perfectamente lejano, completo y vívido. Nada mejor que estar con poca ropa en la playa y sumergirte en los azares de los aristócratas rusos o las infancias dickensianas. En fin, es solo una opinión”.

El escritor Patricio Pron, de quien hemos publicado recientemente El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, destaca otra cualidad del verano que condiciona, a su parecer, la lectura escogida: sus altas temperaturas. “A Rodrigo Fresán le gusta que sus libros salgan en invierno. Dice que prefiere que pasen frío. Por mi parte, no tengo preferencias, aunque admito que odio profundamente el verano y soy incapaz de pensar con claridad cuando el termómetro supera los veinticinco grados. Supongo que a las otras personas les pasa lo mismo y que, por lo tanto, sus lecturas veraniegas son livianas y poco exigentes. Libros que tienden a dejarnos fríos: la lectura perfecta para el decimotercer año consecutivo en que el planeta supera las marcas históricas de calor como resultado de la catástrofe climática.”
Finalmente, la periodista de La Vanguardia Lara Gómez nos revela que, para ella, la espera y la expectación son claves fundamentales de las vacaciones: “Una lectura veraniega es aquella que llevas todo el curso esperando. No importa que sea corta o larga, ligera o espesa, un clásico o una novedad; sino que sea verdaderamente esperada por su lector”.











