Hernán Díaz

¿No es el dinero una ficción?

Esta semana publicamos la fascinante novela a la que le hemos dedicado el texto introductorio de la newsletter: Fortuna, el rompecabezas literario de Hernán Díaz (traducido por Javier Calvo) que analiza los entresijos del capitalismo y que le ha valido valoraciones como: “Absolutamente brillante”, Los Angeles Times; “Un elegante e irresistible rompecabezas”, The Washington Post  y “Con ecos de Henry James, Edith Wharton y Thomas Mann… Una novela estimulante e inteligente”, The New York Times.

Ciudad de México, 17 de marzo (MaremotoM).- En Rashōmon, película de Akira Kurosawa de 1950 basada en dos cuentos de Ryūnosuke Akutagawa, un monje, un leñador y un peregrino coinciden bajo las puertas del derruido templo de Rashōmon para resguardarse de la lluvia. Allí compartirán la historia de un samurái acusado de asesinar a un señor feudal y de violar a su mujer. La narración, que es explicada varias veces desde distintos puntos de vista, acaba formando un mosaico poliédrico de voces y flashbacks en el que el espectador acaba perdido y sin saber cuál es la auténtica verdad… si es que existe una sola.

En su estreno, el filme dejó a todo el mundo anonadado, pues no se había visto antes nada similar. Fue tal el impacto que hoy en día este puzle narrativo se conoce como efecto Rashōmon, un recurso que simboliza la relatividad de lo verdadero y la subjetividad de la memoria.

El efecto Rashōmon está directamente emparentado con aquello que el crítico estadounidense Wayne C. Booth definió, en su ensayo La retórica de la ficción, como narrador sospechoso. Según Booth, un narrador es “confiable cuando habla o actúa de acuerdo con las normas de la obra (es decir, las normas implícitas del autor) y poco confiable cuando no lo hace”. En otras palabras, un narrador solo es veraz y fidedigno cuando su versión de los hechos coincide con la intención del autor.

¿Por qué un narrador es poco fiable? Su falta de credibilidad puede deberse a muy distintas causas: puede tratarse de alguien deliberadamente mentiroso, que oculta una acción poco decorosa o criminal; puede ser también un narrador ingenuo, incapaz de entender lo que en realidad está sucediendo en la historia, o puede tratarse incluso de alguien que juega conscientemente con nuestras expectativas. Sea como sea, el narrador no fiable ha sido un personaje fundamental en la literatura contemporánea: desde el neurótico Humbert Humbert (que describe en Lolita su relación con su víctima, la jovencísima Dolores) al inocente Huckleberry Finn, pasando por algunos de los protagonistas de Agatha Christie, el narrador de Los disparos del cazador, de Rafael Chirbes o el psicópata de American Psycho, de Bret Easton Ellis. Aunque encontramos ejemplos de narradores sospechosos en textos antiguos de Platón y Aristóteles, parece que ha sido en el siglo XX cuando la literatura se ha esmerado en romper la credibilidad implícita que sustentaba históricamente la relación entre el que cuenta y el que lee.

Hernán Díaz
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

Este mismo recurso es el que usa Hernán Díaz en su maravilloso libro Fortuna, donde la historia del matrimonio de un magnate de Nueva York (y, con ella, la de la economía del siglo XX y la del capitalismo en sí mismo) es narrada por cuatro voces distintas.

La primera parte, que nos introduce en la historia de la pareja, es una novela corta supuestamente escrita en 1937 y convertida en un éxito de ventas, un texto en clave realista “al modo de la tradición norteamericana de finales del siglo XIX”, como declaraba Díaz en la entrevista de Eduardo Lago publicada en El País.

En la segunda, Andrew Bevel –el protagonista del libro– pretende dar su versión de los hechos y refutar al autor de dicha novela. En la tercera sección, una autora hija de inmigrantes italianos es contratada para escribir las memorias del magnate; el mismo Díaz declara: “Es la parte que más me costó porque está escrita en el tono del nuevo periodismo, al estilo de Joan Didion o Lillian Ross”. El capítulo final es un diario escrito por Mildred Bevel, la mujer del poderoso millonario, durante su estancia en un sanatorio, un escrito que “responde al espíritu modernista de una de las dos mujeres que son las verdaderas protagonistas del libro y en cierto sentido está escrita como una especie de poema en prosa”.

La idea, dice Díaz, es “poner en cuestión la confianza que tenemos implícitamente en los relatos que leemos, la enorme facilidad con que eximimos a ciertas narrativas de tener una relación compleja con la verdad”.

Además de poner en duda nuestra confianza en el relato, la pluralidad de voces da cuenta de la dificultad de narrar una realidad cada vez más fragmentada e inestable y de la que el capitalismo, uno de los verdaderos protagonistas del libro, es en gran parte culpable: “El capitalismo como sistema es responsable de la fragmentación de la realidad (…), una fragmentación que procede de la división social del trabajo. No tenemos una experiencia unificada del mundo porque nuestras vidas están divididas en compartimentos como resultado de la especialización que se dio a partir de la revolución industrial. El estallido de la experiencia y el capitalismo van mano con mano”.

Al fin y al cabo, ¿no es también el dinero una ficción? Y, como plantea Hernán Díaz en la novela, ¿acaso no es el capitalismo en sí mismo un narrador muy poco fiable?

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