Que si se fusilaban las notas, que se plagiaban los boletines, que mil cosas más… primero, no me consta; segundo, visto unos años después, que lograran hacer esas revistas bajo las condiciones en las cuales trabajaban fue casi heroico.
Ciudad de México, 17 de julio (MaremotoM).- Hace muchos años, pero muchos, empecé a comprar revistas de rock, sin saber que luego, con el tiempo, llegaría a escribir en ellas. Entonces, quienes trabajaban en esas publicaciones, lo hacían, creo, por dos motivos: 1) por trabajo y necesidad y 2) por pasión. Estaban allí porque les gustaba, les gusta aún, el rock y cual predicadores, deseaban extender su credo. (Sí, ha habido momentos o siempre, en los cuales esta música es vista y adorada por sus feligreses como si se tratara de una religión.)
Tenía menos de 15 años cuando compré mi primera revista de rock, un Conecte con Peter Gabriel en la portada. Era el número 4.
Muchos años después, en una reunión de colegas pactada para sacar adelante un proyecto que, por cierto, nunca cuajó, hablábamos de cómo nos habían marcado las publicaciones de rock y, obvio, salió a la palestra Conecte.
Un colega hizo un comentario acerca de lo mal que estaba escrita, de sus deficiencias de sintaxis, redacción y vocabulario. Recuerdo que mi comentario fue un categórico “¡No mames! Nunca compré esa revista para ver si estaba bien escrita, la compré porque quería saber de rock”.
Y creo que ellos -cito sólo a algunos a sabiendas de incurrir en omisiones y errores-, me enseñaron lo suficiente. Arturo Castelazo (QEPD), José Luis Pluma, Fabián de los Santos Castro, Víctor Manuel Alatorre (QEPD), Walter Schmidt, Gustavo “Oso” Munguía (mi compadre), Antonio Malacara Palacios, Luis Galicia, entre otros más como Oscar Sarquiz, Federico Rubli, Xavier Velasco, Pepe Navar, fueron nuestros maestros y guías. Ellos nos educaron acerca del rock en un tiempo en donde no había otra forma de aprendizaje.
Que si se fusilaban las notas, que se plagiaban los boletines, que mil cosas más… primero, no me consta; segundo, visto unos años después, que lograran hacer esas revistas bajo las condiciones en las cuales trabajaban fue casi heroico.
No, repito, de ellos no aprendí a escribir (algo de eso me enseñaron en la Universidad, aunque el mejor tutor ha sido la práctica constante); me enseñaron de historia del rock, mundial y nacional. Con esos rudimentos, luego pude seguir mi propio camino.
A todos ellos, mi más profundo reconocimiento por apostar por algo cuando ello no era rentable, por sentar las bases de un periodismo musical que, algunos -disculpen la falta de modestia-, mejoraríamos ya con otras condiciones y que otros, hoy se han encargado de malbaratar y denigrar.
Nadie me preguntó, solo fue un pensamiento en voz alta.











