Descubrí que en Yucatán habita la gente más hermosa de México. Rostros ocres como el atardecer, miradas cautivas que parecieran haber ya visto todo, manos de artistas que tallan y tejen los más bellos sueños en tardes repletas de hablar y reír. En Yucatán, mi amado Yucatán, el tiempo es etéreo y la gente un espejo en el cual uno se puede ver.
Ciudad de México, 5 de marzo (MaremotoM).- Llegué por primera vez a Yucatán hace veinte años sin más equipaje que un hechizo de mar. Venía de la antípoda regiomontana. Usaba aún camiseta interior blanca y botines además que una línea perfecta dividía mi peinado engelatinado. Pronto unas alpargatas y una barba de días invadieron mis ganas de ser. Pasé del “Apúrate que es para ayer” a la soltura de regalarme el momento de sentarme a escuchar el trinar de los pájaros sin sentir que estaba desquehacerado. Parece simple, pero no lo es. Para llegar a ello uno debe acostumbrarse a prestar menos oído al Pennybags que todos llevamos dentro y más al Pedro Páramo de nuestros ancestros. Asimilé, en aquellos días, que las cosas valiosas de la vida no son las que tienen precio, y eso se lo debo al Mayab.
Lo primero fue comprender la concepción del tiempo en Yucatán, donde una hora puede significar muchas cosas. Luego estaba el calor, pero rápido aprendí que éste se cura con una chevita bien helada después del mediodía. Descubrí que en Yucatán habita la gente más hermosa de México. Rostros ocres como el atardecer, miradas cautivas que parecieran haber ya visto todo, manos de artistas que tallan y tejen los más bellos sueños en tardes repletas de hablar y reír. En Yucatán, mi amado Yucatán, el tiempo es etéreo y la gente un espejo en el cual uno se puede ver.
En esa Mérida de ayer las calles eran la plaza pública en la que muchos hacíamos honor a Cortazar: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. De eso ya hace un tiempo. Ya se gastó. No nos dimos cuenta en qué momento los barrios del Centro, de la antigua Mérida, pasaron a ser claustro exclusivo de bastantitos güeros que no saben (ni quieren) decir Hola, Gracias ni mucho menos un Por Favor. Pululan dueños de la calle a base de verdes, bajo el beneplácito de bastantes judas locales, pero sobre todo, aprovechando la indiferencia de nosotros al soslayar a dónde queremos llevar a nuestra amada ciudad de T’Hó.
Pasamos de los bailes comunitarios en Santa Lucía a la privatización del espacio público en aras de atender al turismo. La gentrificación nos alcanzó disfrazada de rescate. Los meridenses perdimos Mérida para darle paso a Meriland. Permitimos sin chistar las pláticas en inglés quejándose de los modos locales, cuando no hay tierra de más trabajo y dignidad que ésta. Nos venden su idea de progreso a lo yanqui. Estamos ya más cercanos a Cancún y más lejanos a Mani.
La ciudad sigue mutando, sin siquiera preguntar hacia dónde queremos ir.
Dentro de esa catarata de cambios hay un hecho que creo refleja las dos visiones sobre nuestra ciudad. El martes 30 de junio de 2010 fue inaugurado por el alcalde Cesar Bojórquez Zapata, en el último día de su gestión administrativa, el monumento a los Montejo. Arrogantes, El Mozo y El Adelantado contemplan el emblemático Paseo Montejo esbozando una sonrisa burlona. Cada 8 de marzo valientes mujeres nos enseñan a respetar. Cada 9 de marzo las buenas conciencias locales se indignan ante el rayoneo de esas estatuas.
Pienso que lo que hay detrás es tan profundo y tiene que ver, además de las demandas del 8-M, con el camino que queremos seguir como sociedad o identificamos como fundadores a los Montejo y lo que ellos significan (sus esculturas en Casa Montejo descansan sobre cabezas mayas, símbolo de que la conquista continúa hasta nuestros días, mientras sigamos poniendo nombres Montejo o Casta Divina a los negocios y avenidas), aunque ahora con otros apellidos, u optamos por andar el sacbé que nos conecte a una comunidad que sea de todos y no de unos cuantos, como nos enseñó la cultura maya yucateca.

Una Mérida donde quepan las mujeres que marcharán este viernes 8 y nos indigne la situación de atropello y no el hecho de pintarrajear a los Montejo. Una Mérida en la que los mayas que deciden dejar sus pueblos para probar la ciudad se sientan bienvenidos, donde la invasión no se vista de inversión, donde quepan los que huyen de la inseguridad en el resto de México. Ergo, una tierra en la que, sin importar de donde vengas, te adaptes a esta península que nos ha abierto sus puertas. Es decir, un lugar donde quepamos todos los que amamos a Yucatán.
Más Canek, menos Montejo.
Más relleno negro, menos McVida.
Más una Mérida de todos, menos una blanca Mérida.











