Mario Mendoza

MARIO MENDOZA: LA DISCAPACIDAD, EL DESEO Y EL TERROR EN LA ERA DEL DESENCANTO

Su acercamiento al tema de la discapacidad no es médico ni piadoso, sino metafísico y político. “Una rampa puede ser un gesto de justicia”, dice el autor. “Nos recuerda que no todos tenemos los mismos cuerpos, y que la sociedad debe respetar la diversidad. Lo pequeño puede ser revolucionario”.

Ciudad de México, 6 de octubre (MaremotoM).- En un mundo cada vez más indiferente, donde las pantallas sustituyen los rostros y el ruido digital se impone sobre las voces humanas, Mario Mendoza regresa con una novela perturbadora, tan lúcida como doliente: Vírgenes y toxicómanos (Planeta). El autor colombiano, uno de los narradores más intensos y visionarios del continente, vuelve a explorar los abismos de la mente, los cuerpos rotos y los márgenes sociales, esta vez desde un territorio poco abordado por la literatura: la discapacidad como espejo de la fragilidad humana.

“Lo real es plástico”, dice Mendoza. “Nosotros fabricamos la realidad con la mente. No existe una realidad real”. A partir de esa premisa, su nueva obra se adentra en una zona donde el dolor físico, la marginación y el deseo se mezclan en una danza inquietante.

En el centro de la novela están Martín y Matías, dos jóvenes discapacitados —uno en silla de ruedas, el otro con muletas— que intentan sobrevivir en una Bogotá desquiciada, entre drogas, precariedad y sueños rotos. Se autodenominan “vírgenes y toxicómanos”, atrapados entre la inocencia y la adicción, entre la imposibilidad del cuerpo y la urgencia del deseo.

El detonante para Mendoza fue un documental producido por Michelle Obama, Crip Camp, sobre el movimiento por los derechos civiles de los discapacitados en los Estados Unidos. “Me reveló algo esencial: que las personas con discapacidad también desean, sueñan, se enamoran. Tienen una vida sexual y afectiva que la sociedad les niega”, explica el autor.

El libro, entonces, no solo describe la exclusión sino que propone una forma de renacer psíquico, una lucha por el reconocimiento. “La novela es la historia de cuatro personajes que deciden nacer de nuevo. Parirse psíquicamente. Salir del letargo de un mundo de zombis”, dice Mendoza, haciendo referencia a la cultura de las pantallas, la pasividad y el consumo que domina la vida contemporánea.Mario Mendoza

Vírgenes y toxicómanos continúa la línea de las novelas más inquietantes de Mendoza —Satanás, Relato asesino, Akelarre—, pero da un paso más allá. El autor se apoya en el pensamiento surrealista y en el psicoanálisis para expandir los límites de la realidad. “El movimiento surrealista fue el que entendió que el cerebro opera en simultáneo: pasado, presente y futuro. Lo real no está fijo. Es maleable, se pliega, se transforma”, reflexiona.

En la novela, los personajes habitan un mundo donde lo tangible y lo mental se confunden, donde los sueños se vuelven experiencia física y la locura es un modo de conocimiento. Mendoza cita a Freud, a Philip K. Dick y a Sábato como sus aliados invisibles: “El arte es un acto de creación de cerebros —dice—, una manera de modificar la mente de quien lee. El escritor tiene ese poder: crear mundos nuevos dentro de los otros”.

Mario Mendoza
La modernidad es el abismo, dice Mario Mendoza. Foto: Cortesía

Desde hace años, Mario Mendoza viene escribiendo contra el desencanto moderno. Akelarre, su anterior novela, fue una radiografía del caos contemporáneo; Vírgenes y toxicómanos, en cambio, es una elegía del cuerpo vulnerable. “La modernidad es el abismo”, ha repetido. Ese abismo se ve en cada página: en la violencia urbana, en la incomunicación, en la crueldad del sistema que olvida a los distintos.

Su acercamiento al tema de la discapacidad no es médico ni piadoso, sino metafísico y político. “Una rampa puede ser un gesto de justicia”, dice el autor. “Nos recuerda que no todos tenemos los mismos cuerpos, y que la sociedad debe respetar la diversidad. Lo pequeño puede ser revolucionario”.

Mario Mendoza
Editó Planeta. Foto: Cortesía

En el libro, los personajes enfrentan esa lucha íntima contra la exclusión. Sus cuerpos, lejos de ser una metáfora de debilidad, se convierten en símbolo de resistencia: la belleza del límite, la poesía de lo roto.

Mario Mendoza (Bogotá, 1964) ha hecho de la oscuridad su casa literaria. Con obras como Satanás —Premio Biblioteca Breve—, Scorpio City o La ciudad de los umbrales, ha construido un universo donde lo místico y lo marginal se cruzan sin pedir permiso. Filósofo, profesor, autor de cómics y novelas gráficas, el escritor se mantiene fiel a una ética del desgarro: narrar lo que nadie quiere ver.

En Vírgenes y toxicómanos, su mirada es más compasiva, más humana, pero no menos feroz. “Uno necesita nacer al mundo, parirse mentalmente”, dice. Esa idea de renacimiento atraviesa toda la novela, como si el propio autor —después de haber bajado al infierno con Akelarre— necesitara también volver a respirar.

 

 

Comments are closed.