cuando me siento
bajo de ánimos
me basta con
observar a mis gatos
y me
vuelve
la valentía. (Charles Bukowski)
¿Qué hace que esta conexión sea tan especial? ¿Es la naturaleza introspectiva de los gatos un espejo de la mente del escritor o hay algo más en esos ojos enigmáticos que los convierte en musas perfectas?
Ciudad de México, 19 de septiembre (MaremotoM).- La relación entre los escritores y los gatos es una de esas alianzas que parecen tejidas por el destino. Estos animales, con su aire de misterio, independencia y elegancia silenciosa, han sido compañeros inseparables de innumerables plumas a lo largo de la historia.
Más allá de ser simples compañeros, los gatos han inspirado, consolado y, en muchos casos, incluso colaborado con el proceso creativo.
¿Qué hace que esta conexión sea tan especial? ¿Es la naturaleza introspectiva de los gatos un espejo de la mente del escritor o hay algo más en esos ojos enigmáticos que los convierte en musas perfectas?
Los gatos, con su capacidad para alternar entre la indiferencia altiva y la ternura inesperada, parecen entender el alma del escritor. La escritura es un acto solitario, a menudo cargado de introspección y lucha interna y los gatos, con su presencia discreta, ofrecen compañía sin exigir demasiado.
No piden paseos como los perros ni interrumpen con demandas ruidosas; simplemente están, ronroneando sobre un manuscrito o durmiendo junto a la lámpara del escritorio. Esta calma los convierte en aliados ideales para quienes pasan horas divagando en el caos de sus propias ideas.
Un ejemplo célebre es el de Ernest Hemingway. Él era un apasionado de los gatos, especialmente de los polidáctilos, aquellos con dedos extra en las patas. Su casa en Key West, sigue siendo hogar de decenas de descendientes de sus felinos originales, incluido su favorito, Snowball. Hemingway decía que los gatos traían buena suerte y su presencia parecía anclar su tumultuosa vida creativa y aligerar sus noches de pesadilla. No es difícil imaginarlo escribiendo bajo la mirada atenta de uno de sus gatos, cuya serenidad contrastaba con las tormentas internas del escritor.

Otro caso es el de Charles Dickens, quien tenía un gato llamado Williamina que se convirtió en una presencia constante en su estudio. Se dice que cuando Williamina tuvo crías, Dickens permitió que los gatitos se quedaran en su escritorio y uno de ellos, conocido como “el Maestro del Silencio”, se convirtió en su favorito. Dickens incluso bromeaba diciendo que sus gatos entendían mejor sus historias que muchos humanos. Esta conexión refleja cómo los gatos, con su capacidad para escuchar sin juzgar —y en muchas otras para juzgar sin escuchar—, se convierten en confidentes silenciosos de los escritores.
En el siglo XX, la poeta y novelista Colette llevó esta relación a otro nivel. Su amor por los gatos era tan profundo que los describía como “una obra maestra de la creación”. Su gata, La Chatte, no sólo era una compañera, sino también una fuente de inspiración para sus escritos, donde exploraba la sensualidad y la independencia felina como metáforas de la condición humana. Colette observaba en los gatos una libertad que resonaba con su propia búsqueda de autenticidad en la escritura.

En la actualidad los gatos siguen siendo musas para escritores. Haruki Murakami, conocido por su prosa onírica, ha hablado de cómo los gatos han influido en sus historias, como en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, donde un gato desaparecido desencadena una búsqueda existencial. Incluso en las redes sociales, autores contemporáneos comparten fotos de sus gatos posando sobre teclados o manuscritos, un recordatorio de que esta relación trasciende el tiempo.
En la literatura hispanoamericana no hay casos más célebres que los de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis.
Julio Cortázar tenía una relación profunda y peculiar con los gatos, que consideraba compañeros espirituales y musas de su creatividad. Entre ellos destacó Adorno, un gato que ocupó un lugar especial en su vida y obra. Cortázar, conocido por su sensibilidad y su mundo literario fantástico, encontraba en los gatos y en Adorno en particular, una conexión con lo misterioso y lo intuitivo. En su correspondencia y textos, describía a los gatos como seres independientes, enigmáticos, casi filosóficos, que le inspiraban reflexiones sobre la libertad y el absurdo.

Adorno, nombrado así por el filósofo Theodor W. Adorno, era un gato de carácter singular, descrito por Cortázar con afecto y humor. En su casa de París, donde vivió con su esposa Aurora Bernárdez, Adorno merodeaba entre libros y manuscritos, convirtiéndose en un símbolo de la cotidianidad creativa del escritor. Cortázar solía contar anécdotas sobre los comportamientos impredecibles de Adorno, que reflejaban su propia fascinación por lo inesperado. Esta relación trasciende lo anecdótico, pues los gatos, incluido Adorno, aparecen en su obra, tanto en Rayuela como en alguno de suscuentos, simbolizando lo esquivo y lo poético, un puente entre lo real y lo fantástico.
Carlos Monsiváis, consideraba a los gatos sus compañeros esenciales de vida y obra. Desde los diez años, cuando rescató a su primer gato, Monsiváis desarrolló una atracción “fatal e irresistible” hacia ellos, llegando a convivir con hasta 20 en su casa de la Ciudad de México.
Sus gatos, a los que bautizaba con nombres milagrosos como Miau Tse Tung, Fray Gatolomé de las Bardas, Miss Antropía y Fetiche de Peluche, reflejaban su humor y visión crítica de la realidad mexicana. Para Monsiváis, los gatos eran más que mascotas; eran “la única posibilidad de acariciar un tigre”. Su favorito, Mito Genial, recibía lecturas nocturnas y regalos y su muerte, dos días antes que la del escritor en 2010, marcó un triste presagio.

Monsiváis fundó la organización Gatos Olvidados A.C. para rescatar felinos, mostrando su compromiso con su bienestar. Tras su fallecimiento, el destino de sus 13 gatos finales sigue siendo un misterio. Para Monsiváis sus gatos eran inseparables de su vida, tan vitales como sus 20,000 libros.
¿Por qué los gatos? Tal vez sea su dualidad: son criaturas domésticas, pero nunca del todo domesticadas. Como los escritores, viven entre dos mundos: el real y el de su imaginación. Los gatos, con su paso sigiloso y su mirada penetrante, parecen entender el peso de las palabras no dichas. Además, su presencia ofrece un consuelo táctil: el ronroneo de un gato reduce el estrés, lo que puede ser un bálsamo para las largas noches de escritura.
En última instancia, los gatos son más que compañeros; son coautores silenciosos. Como dijo Jean Cocteau, “amo a los gatos porque amo mi hogar, y poco a poco, ellos se convierten en su alma visible”. Para los escritores, los gatos no sólo habitan sus casas, sino también sus historias.











