Los 30 años del zapatismo celebran el estallido en Chiapas

En marzo de 2001 llegó a la Ciudad de México la Marcha Zapatista buscando la “paz con dignidad” y fue la última vez que vi —desde lejos— al nuevo héroe guerrillero de quienes éramos los jóvenes rebeldes de entonces: el subcomandante Marcos. Me pareció un ser mítico desde su propia fundación, que para mí fue la portada de la revista Proceso del 10 de enero de 1994 (ejemplar que conservo aún): una nariz prominente y unos ojos decididos asomándose por el pasamontañas, con la “cabeza” periodística “Terminó el mito de la paz social. El estallido en Chiapas”. El salinismo se cimbraba.

Ciudad de México, 8 de enero (MaremotoM).- Para despedir el año y abrazar 2024, Nelly Cabrera y yo (gracias a su amorosa iniciativa) decidimos viajar a Chiapas, para celebrar, junto con ellos, los 30 años (40 de su fundación) de la aparición del EZLN ante el mundo. Y se unieron los grandes Lu, Elliot y Marce, amigos muy queridos que recién conozco, pero son ya parte de mi historia.

En marzo de 2001 llegó a la Ciudad de México la Marcha Zapatista buscando la “paz con dignidad” y fue la última vez que vi —desde lejos— al nuevo héroe guerrillero de quienes éramos los jóvenes rebeldes de entonces: el subcomandante Marcos. Me pareció un ser mítico desde su propia fundación, que para mí fue la portada de la revista Proceso del 10 de enero de 1994 (ejemplar que conservo aún): una nariz prominente y unos ojos decididos asomándose por el pasamontañas, con la “cabeza” periodística “Terminó el mito de la paz social. El estallido en Chiapas”. El salinismo se cimbraba.

El subcomandante Marcos —ahora degradado a capitán, pero nombrado así por todos, quizá a su pesar, como él mismo reconoció en una entrevista— ha sido el referente de un movimiento indígena o de los pueblos originarios del sudeste mexicano. Muchos piensan en él cuando se nombra al “zapatismo” o al EZLN. Así mismo lo asociaba yo en 2001. Pero eso no me ocurrió esta vez. Ni eso ni muchas ideas que me había formado del ejército que parece todo, menos eso.

30 años del zapatismo
30 años del zapatismo. Foto: Erick García Cruz / Cortesía

Después de 40 horas de viaje en camión, no pudimos llegar al recién estrenado caracol VIII Dolores Hidalgo, por razones de seguridad. Por eso nos acogió el caracol Morelia más o menos a las 10 de la noche. Allí llegué casi tullido y, gracias a la hermosa y refrescante acción de la lluvia, caí de nalgas dos veces en el barro antes de pasar al baño. La primera llamada de atención de la Selva Lacandona y el espíritu zapatista para que despertara y para que pusiera a raya el ego.

Caí como tabla —ahora sí de manera consciente— en mi bolsa de dormir. Y tuve muchos sueños raros.

A la mañana siguiente, luego de varias horas de camino en autobús, un epicentro empezó a sentirse en el pecho y el estómago: varios carteles condenando la guerra en cualquier parte del mundo y “las destrucciones de gobiernos capitalistas”, y luego los milicianos zapatistas. Los ojos se nos abrían y las sonrisas —sin contar los clic en los celulares— brotaron.

Podría contarles—siendo fiel a mi vena periodística, aunque seguro ya lo leyeron en notas, reportajes y crónicas publicadas en medios— que lo más sobresaliente fue el concepto “lo común” —no como ordinario, aunque puede ser que también; sino una forma de comunidad, de espacio de trabajo compartido que va más allá de sus propios límites—; que el subcomandante Moisés, la noche del 31 de diciembre, recordó a los ausentes —con una fila de sillas vacías en el templete principal, donde detrás se sentó la Comandancia General—: mujeres, hombres, niñas, niños y jóvenes asesinados y desaparecidos después y casi 500 años antes de enero de 1994; que debajo del templete había fotos de esos ausentes y pude conocer la identidad de la comandanta Ramona; Moisés diciendo: “No necesitamos matar a soldados ni a los malos gobiernos; pero si vienen, nos vamos a defender”; que las primeras palabras de Moisés el 31 de diciembre, con voz grave, después de unos segundos de silencio total, que parecieron horas, y yo creyendo que escucharía una verdad fundamental condensada: “Les pedimos… que se quiten, para que pasen los milicianos”, dirigiéndose a los cientos de personas que nos agolpábamos frente al templete; que me maravilló escuchar las notas en trompeta de la cumbia “17 años”, de Los Ángeles Azules, que dieron paso a los acordes de las botas de las milicianas; que luego entraron los milicianos con la cumbia “Cómo te voy a olvidar”, también de LAZ; que el campo central de festejos estaba repleto de milicianas y milicianos y luego ellas, con un salto hermoso, hicieron un slam (o pogo) con la rola “La Carencia”, de Panteón Rococó.

30 años del zapatismo
Marcos ya subió de peso y que sigue esfumándose como Batman. Foto: Erick García Cruz / Cortesía

Marcos ya subió de peso y que sigue esfumándose como Batman cuando los tiempos lo requieren; que el 1 de enero, como a las 15:00, se presentó de nuevo el desfile de la noche anterior, con cumbia incluida, quizá por la llegada de Marcos —aunque no lo mencionaron; lo que explicó Moisés fue que “muchos, con su equipo de muy alta tecnología, no pudieron tomar buenas imágenes ni videos de la noche anterior”—, pero de cualquier forma, me acerqué como pude al templete porque vi movimiento, junto a mis compañeros periodistas, quienes empuñaban supercámaras y superzooms.

Luego de asomarme con una camarita entre todos, el sup hace un ademán y me regaló una fotaza; que las Juntas de Buen Gobierno dieron paso a una nueva forma de gobierno civil autónomo: los Gobiernos Autónomos Locales (GAL)…; que personalidades como Marichuy, Ofelia Medina, Juan Villoro, Daniel Giménez Cacho, Diego Enrique Osorno —y quienes no vi— accedían gustosos a platicar, bailar y organizar algo de manera gustosa y amable…

Pero prefiero hablarles de mi experiencia: que había cocinas con enormes peroles donde pedías arroz, frijoles o caldo de res completamente gratis —la medida era tu hambre—, aunque podías caminar unos pasos al restaurante para solicitar a la carta un menú generoso con un costo de solo 50 pesos; que podías dejar tu cel cargando en un enchufe de la pared de la tienda, a la vista de todos, irte a caminar dos horas, regresar y encontrarlo intacto; que nada se perdía y todo se encontraba, porque la maestra de ceremonias recibía y voceaba los objetos perdidos —una moneda de 5 pesos, un micrófono de un reportero, la peluca de una muñequita…— y todo regresaba a sus dueños; que hombres y mujeres de —según los medios— 22 nacionalidades bailaban, platicaban —y quizá romanceaban— con milicianos y civiles del EZLN, sin ninguna distinción tonta de nada; que podías iniciar amistad con cualquiera de ellos, como Zahat, un kurdo experto en historia y movimientos sociales que fue un bailarín entrañable, un chavo sencillísimo y con la mejor buena onda del mundo —que derrumba cualquier idea preconcebida sobre los habitantes del Kurdistán—.

Nunca me sentí observado, limitado o cuestionado por un ejército; que las miradas que más recuerdo no son las de Marcos ni Moisés, sino la de los milicianos que parecían de adolescentes; que el suelo donde dormí, como mencionó Moisés, es duro, pero muy nutritivo; que hace mucho que no veía sonrisas tan profundas y francas que me recordaron mis días felices de infancia; que hace mucho no sentía la buena onda y el talento desbordado de todos los que acudimos a ese festejo zapatista —perdón, pero si hablamos de éxito.

30 años del zapatismo
La gente que vive como piensa. Foto: Erick García Cruz / Cortesía

En el caracol Dolores Hidalgo conocí a la gente más exitosa, no la de grandes negocios ni promisoria fama, sino la que vive como piensa, la que piensa en el otro, la que se da al otro, la que recibe del otro de manera honesta y agradecida, la que ríe contigo y no de ti, la que es amable porque le nace…; que los niños del caracol, de las comunidades originarias, tienen las risas tan grandes y palpables como las de cualquier niño del mundo, pese a que detrás de los cerros (Jaguares dixit) están los paramilitares, el narco, el Ejército federal al acecho y con el dedo en el gatillo…; pese a eso, nunca vi un arma de fuego, porque los milicianos portaban machetes o topetes y su palabra limpia.

Y todo esto que por fin pude escribir, ha sido luego de varios intentos. Mis compañeros de viaje, Nelly, Lu, Marce, Elliot coincidieron conmigo en que no es posible encontrar el sentido de todo lo vivido con el EZLN, en unos días. Ya toda la experiencia se asentará en las semanas siguientes. Eso espero de corazón. ¡Ah!, por cierto: la segunda llamada de atención de la Selva Lacandona y del espíritu zapatista fue el cierre del viaje: de regreso a la CDMX, en el camión padecí el embate de un resfrío y una sensación que ni cuando me contagié de COVID: casi las 32 horas me la pasé recostado, con estornudos, tos, dolor de cabeza, cuerpo cortado… que se terminó casi mágicamente al tercer día.

Dicen por ahí que las grandes iniciaciones son acompañadas de resfrío o diarrea —depuración orgánica y de otra índole— y a la llegada a la CDMX Nelly también se resfrió… Por supuesto, es una experiencia subjetiva, pero nació de condiciones objetivas muy, pero muy mágicas.

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