Beatriz Rivas

LECTURAS | Voces en la sombra, de Beatriz Rivas

¿Cómo se puede adorar tanto a alguien sin perder la cordura? ¿Es posible salir inmune de este tipo de pasiones? Beatriz Rivas engarza las dos historias para poner sobre la mesa las posibles consecuencias de una incondicional entrega al amor.

Ciudad de México, 31 de octubre (MaremotoM).-Anne Pingeot descubre a Juliette Drouet, amante durante cincuenta años de Victor Hugo, en un retrato al óleo que cuelga de uno de sus museos favoritos: la casa del gran escritor. A partir de ese momento, se obsesiona con su historia de amor y la convierte en una cómplice del pasado, pues ella misma está viviendo una situación similar. De familia conservadora, Pingeot se enamora profundamente de un hombre inteligente, ambicioso y… casado: François Mitterrand, quien fue presidente de Francia durante catorce años.

Construida con maestría en dos planos narrativos, Anne y Juliette cuentan su pasado, en las sombras, como las eternas amantes imprescindibles de dos hombres poderosos que nunca quisieron divorciarse de sus esposas.

¿Cómo se puede adorar tanto a alguien sin perder la cordura? ¿Es posible salir inmune de este tipo de pasiones? Beatriz Rivas engarza las dos historias para poner sobre la mesa las posibles consecuencias de una incondicional entrega al amor.

Beatriz Rivas
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de Voces en la sombra, de Beatriz Rivas, con autorización de Alfaguara

La alquimia de su amor: Todas las grandes pasiones son desesperadas. SÁNDOR MÁRAI

Los separan no sólo las fechas de nacimiento (veintisiete años de diferencia), sino su estado civil: él está casado, muy casado desde 1944, con una mujer que fue miembro de la Resistencia francesa, y a pesar de todo el amor escrito y confesado, jamás se atreverá a pedir el divorcio. Danielle es la madre de sus hijos; es la esposa “oficial”. Un lazo irrompible los unió con el temprano fallecimiento de su primer bebé: Pascal (el escritor Victor Hugo y Adèle, su cónyuge, también perdieron a Leopoldo, su primer hijo, a los tres meses de nacido). Le conviene políticamente, pues es una mujer inteligente, sensible, volcada en causas humanitarias. Interesada en política, informada. Sale en las fotos, a su lado, elegante y digna.

Anne (su amante) en cambio es y permanecerá soltera. Siempre. Hasta el final, que fue el final de un hombre quien, al acceder a la presidencia de su país, ya estaba tocado por el cáncer. El doctor habla de metástasis y me da entre tres meses y dos años de vida, le confiesa a Anne el 9 de noviembre de 1981. Una información esencial de la que ni su esposa está enterada. Secreto de amor convirtiéndose en secreto de Estado. ¿O viceversa?

A mí, de ellos me separa el océano Atlántico (9,196 kilómetros si me piden exactitud), la fecha en la que llegué al mundo y una geografía muy distinta. Sin embargo, hay algo que nos une. Lo primero: Anne estudió un año en la Academia Charpentier, el mismo lugar elegido por Camille Claudel. Yo también lo hice en 1982, aunque sólo durante dos meses; después se me acabó el dinero. Mi ilusión era estudiar dibujo y fotografía. Lo segundo, precisamente durante mi estancia de un año en París, como joven estudiante de francés, François Mitterrand ya era mandatario: el hombre que abolió la guillotina, suprimió la homosexualidad como delito, respetó la independencia de los medios de comunicación, fue pieza clave para la construcción de la Unión Europea y la consolidación de una economía liberalizada, estable y competitiva.

Una tarde lo vi saliendo de la brasserie Lipp, en el boulevard Saint Germain, portando un sombrero color gris alforja. Un coche blindado y de un negro recién pulido, lo esperaba, pero él, con una discreta señal de la mano, indicó que prefería caminar. ¿Hacia dónde? Una niña de entre ocho y diez años lo acompañaba. ¿Mazarine, tal vez? No lo sé. La pequeña jalaba del manubrio, feliz, una bicicleta roja. Se me perdieron de vista cuando doblaron hacia la derecha, en la rue de Rennes. En ese momento nada se sabía de su relación escondida. Menos todavía de que el exalcalde de Château-Chinon era el padre de una chiquilla que no podía llevar su apellido, pero a quien arrullaba con cuentos casi todas las noches. Que se sabía muy querida y, al mismo tiempo, portadora de un secreto. Alguna vez la directora de su escuela, madame Dubost, preocupada, mandó llamar a su mamá. “Su hija está inventando historias; es una mitómana. Incluso afirma que es la hija del presidente de la República. ¡Imagínese!”, le dijo la maestra. “Mazarine nunca miente”, respondió Anne, impasible, mientras se levantaba del asiento sin dar otra explicación ni mirar hacia atrás al cerrar la puerta.

Haber visto a Mitterrand una sola vez en mi vida, aunque fuese desde la misma acera, no me da el derecho de apropiarme de su historia, de la mágica alquimia de su amor. ¿Ser novelista y creer en el poder de la ficción sí? Hay que decirlo ahora mismo (para que no se sientan engañados) y advertirlo en voz alta: no pueden ni deben creer nada de lo que aquí se afirme. O, bueno, tal vez sólo un poco.

Lo complicado es encontrar la voz narrativa. Sé que Anne es absolutamente discreta y celosa de su historia de amor. Le ha cerrado la puerta en la nariz a reconocidos periodistas. A David Le Bailly, incluso, lo amenazó: “Llegaré hasta donde sea necesario si no deja sus investigaciones. Será perseguido por la justicia”, pronunció con su voz tímida, casi dulce, pero inflexible.

Por lo tanto, me es imperativo elegir a otra protagonista. Muerta, de preferencia. Por ejemplo, a la mujer con quien Anne se identifica debido a las muchas coincidencias: compartieron sueños, tristezas, esperanza y desencantos. Tuvieron que acostumbrarse a vivir en las sombras. Discretas, amorosas, siempre solidarias, decidieron acallar sus voces. Mimetizarse para sobrevivir.

Anne Pingeot y Juliette Drouet se conocieron en un museo. La amante de François ama los museos. Y el retrato de Juliette cuelga de un museo situado en la antigua casa de su gran amor, en la Place des Vosges, a donde, en este mismo instante, nos dirigimos.

Nuestra historia es tan difícil, que tiene el derecho de ser única (1968)

Tiene un amigo. Tiene un mejor amigo a quien puede contarle todo. O casi todo. Aquello que, incluso, no se atreve a decirle a Martine, su hermana mayor. Su nombre: Alexis Clavel. De silueta francesa y alma rusa. De insondables ojos verdes, casi azules, que siempre cuestionan. Sobrino del filósofo Maurice Clavel, de quien habla con frecuencia, orgulloso. Camarada de estudios de Anne desde los dieciocho años, cuando compartieron aula en École Nationale Supérieure des Arts et des Métiers d’Art y, ahora, en L’École du Louvre.

Es 1968 y monsieur François Mitterrand ocupa, entre otros, el puesto de alcalde de la ciudad de Château-Chinon. Mientras muchos estudiantes se rebelan y ponen barricadas como protesta contra el régimen de De Gaulle, la joven Pingeot se concentra en su vida privada, en sus estudios: quiere pasar el concurso para convertirse en conservadora de museos. Con su tradicional falda escocesa de lana, mascada Hermès, ballerinas al piso, Anne no se parece al revolucionario movimiento hippie y pop que inunda las calles. A quienes gritan rechazando la sociedad de consumo o lanzan piedras contra el autoritarismo. Ella habita una isla que nada tiene que ver con las huelgas generales que repudian al presidente, apoyadas por nueve millones de trabajadores.

La joven historiadora del arte, de familia católica de provincia, conservadora, se la pasa sumida en sus libros y, también, tratando de entender la trampa que su amor vedado le ha tendido. La educación recibida en casa, las costumbres con las que vivió hasta antes de llegar a la vibrante capital del país, choca con lo que sus entrañas le dictan: dejarse tentar, soltar sus miedos y seguir viviendo la pasión que la consume. Convencerse de que Dios no pudo haber puesto en su camino un amor tan pleno, sólo para castigarla o tentarla. ¿Acaso se dejará guiar por la culpa? Lo cierto es que ya es esclava de sus palabras: de las cartas y notas que le hace llegar casi a diario. De sus poderosas frases, de sus contundentes declaraciones de idolatría. “Si un día usted toma el camino que va hacia mí, sólo la muerte me liberará de usted. Si toma otro camino, mi orgullo y mi felicidad, en medio de mi dolor, serán por haber preservado la integridad de aquélla a quien amo. Usted es la mujer de una vida y de un amor, y no de un momento ni de una pasión”. Pero regresemos a Alexis: es él quien escolta a Anne, como tantas veces lo ha hecho, pues sabe que, aun amando la soledad, hay días en los que a ella no le gusta sentirse sola. Hoy es una de esas mañanas.

Hace frío: menos tres grados. El clima no ha sabido ser generoso con los parisinos; los ha obligado a abrigarse más de la cuenta durante más tiempo de lo normal. Ya casi tocan los últimos días de abril y, sin embargo, Anne todavía usa su eterno abrigo invernal, largo, beige casi blanco.

No es la primera vez que visita el museo… ni será la última. La joven ama recorrer las habitaciones que otrora fueron ocupadas por personas que no están más en este mundo. Juega a imaginar cómo eran cuando sus dueños estaban vivos y respiraban y cantaban y amaban y compartían alimentos y se besaban o, al menos, discutían sobre las ideas de Michelet y Comte. Sentir el fuego encendido, el crepitar de los leños, presos de las llamas, oler el aroma del rodaballo a la muselina o de la ternera a la mostaza ancienne que alguien prepara en la cocina. Escuchar las risas de los hijos de Hugo correteando o jugando quille y bilboquet. Ser testigo del enojo de Adèle mientras los amenaza: ¡Bajen la voz, su padre está escribiendo!

Alexis le ofrece su brazo para seguir recorriendo la casa que ocupó el autor de Los miserables, de 1832 a 1848. Se apoya en él, más por sentir el sostén de su cercanía que por necesidad de fortaleza física. Van de la antecámara al salón rojo. La duela cruje bajo sus pasos, doliéndose: el tiempo no pasa en balde. Las ventanas los invitan a observar los castaños de las Indias que presiden el cuadrado perfecto de la plaza contigua. Una plaza que Anne adora. Se detienen un momento frente a la ventana. En silencio. Enseguida, continúan el recorrido.

El joven se acerca a la mesa de los cuatro tinteros, la observa desde todos los ángulos. Se inclina para verla con otra perspectiva: se distinguen los nombres realzados de Lamartine, George Sand, Alexandre Dumas y el propio Hugo, cada uno al lado de su tintero y su pluma. La escritora, además, donó una pipa y un encendedor.

A Alexis le encantaría tocarla; su afición son los muebles de época. De hecho, los fines de semana recorre los mer­cados de pulgas y las tiendas de anticuarios buscando alguna pieza olvidada. Paga pocos francos y, en la sala de su casa, se convierte en ebanista y restaurador: resana, lija, taladra, pega, calibra, pule, barniza. Sobre todo, acaricia. Una vez que la silla, por ejemplo, está terminada, elige un lugar privilegiado en su apartamento y ahí la coloca durante un mes; ni menos ni más. En treinta días cobra nueva vida, explica a quien está dispuesto a escucharlo hablar de ese pasatiempo que tanto le apasiona. Absorbe la energía de mi vivienda, las experiencias de los otros muebles. Es el tiempo ideal para que se dé cuenta de que ya no está rota ni arrumbada y, entonces, se llena de personalidad. Después, me despido de ella y la vendo. A muy buen precio, por cierto. Algún día seré el dueño de una tienda de antigüedades, sueña.

De pronto, Anne la ve. Sobre un tapiz de pared, verde aterciopelado, con figuras de una flora aristocrática, está Ella. Un marco irregular de madera dorada resalta su rostro. El rostro de una anciana delicada, bella, tristísima. Vestida de negro-duelo, con el cabello gris casi blanco, nariz cincelada con sutileza y labios delgados. Manos entrelazadas, exhaustas, enmarcadas por los puños de su blusa, hechos de tantos en­cajes, que parecen haber explotado. Mirada cansada. Rendida, en realidad. Es un retrato de 1883, pintado por Jules Bastien-Lepage, poco antes del deceso de Juliette. Sí, se llama Juliette Drouet y hasta antes de este instante, Anne no sabía de su existencia.

Juliette conoció a Victor Hugo en el teatro. Era actriz. Su último papel, antes de dejarlo todo para dedicarse por completo a su amante, fue el de Lady Jane Gray en la obra María Tudor, escrita por el propio Hugo. El 16 de febrero de 1833 pasaron su primera noche juntos y celebraron ese aniversario con una cena, cada año, hasta el día de la muerte de ella, el 11 de mayo de 1883. ¡11 de mayo! Dos días antes del cumpleaños de Anne. De hecho, en Los miserables, la noche de bodas entre Cosette y Marius sucede en esa misma fecha; un travieso guiño literario de un escritor enamorado. Y, por cierto, ubica la ceremonia en la iglesia Saint-Paul Saint-Louis, rue de Saint Antoine, la misma donde Hugo casó a su hija Léopoldine. Seis años y medio después, el 17 de noviembre de 1839, Hugo le ofreció a su amada una boda simbólica, una “boda de amor”: era la única posibilidad de un compromiso.

Julienne-Joséphine Gauvin era su verdadero nombre. ¿Por qué habrá elegido Juliette como seudónimo artístico? Su padre fue sastre y su madre, Marie, a veces costurera; otras, sirvienta. Se quedó huérfana muy pequeña y creció de manera algo salvaje jugando junto al mar y observando ola tras ola, hasta que su tío, René-Henri Drouet, de quien después adopta el apellido, la llevó de Fougères a París y la ingresó al convento de las Damas de la Santa Magdalena para que la protegieran y educaran.

A pesar de su origen humilde, ella demostró ser una niña inquieta, curiosa y muy inteligente. Aprendió a leer y a escribir a los cinco años y, para cuando llegó a la adolescencia, ya sabía mucho de literatura. Se presumía experta. Consumía un libro tras otro. Se apasionaba por las novelas bien escritas; sí, es cierto que se dejaba llevar por la trama, pero también sabía detenerse en algún pasaje para darse cuenta de las técnicas narrativas. Observaba el lenguaje, la manera de ubicar cada palabra. Cómo el autor iba armando la historia. Cómo le inyectaba existencia al protagonista.

Así que no sólo se convirtió en amante, secretaria y com­pañera de los viajes de Hugo, también fue consejera, confidente y editora casera. Ordenaba su vida al archivar y clasificar sus papeles. ¡Hasta reparaba y cosía botones, medias y camisas! Por si fuera poco, a veces le sugería cambios en cierto párrafo o acomodaba una frase de otra forma. Darle más peso a aquel personaje y ambientar mejor una escena. Le sugirió, por ejemplo, escribir sus poemas con más sencillez, de forma menos metafórica, para que un mayor número de lectores no sólo los entendieran, sino que lograran sentir emociones profundas y sinceras. A diferencia de la esposa del poeta, a quien la literatura la dejaba indiferente, Juliette sabía juzgar los libretos de teatro y era una adoradora de la poesía.

—¿Ahora vas a dejar los vitrales y los vas a sustituir por tu nueva obsesión? —le pregunta Alexis a Anne. Están sentados frente a su mesa favorita de Ma Bourgogne, con vista a la Place des Vosges.

El mesero toma la orden. Al menos, lo intenta. Hay que repetirle el nombre de cada platillo dos o tres veces. Está bastante sordo, por lo visto.

—Una ensalada Sarladaise para compartir. Después, mademoiselle desea la escalopa de salmón y para mí, el steak tartare con doble ración de frites. ¡Ah! Y media garrafa de vino tinto de la casa.

—Siempre pides lo mismo: carne tártara. ¿No te aburres? —le reclama Anne, en broma—. Y no, no dejaré mis vitrales, pero sí quiero saber más sobre esa mujer. ¿Sabes lo que llegó a decirle en una de sus primeras cartas? ¡Le escribió más de veinte mil durante su vida! Le puso algo así como: “Si usted no hubiera aceptado mi amistad, de rodillas le pediría ser su perro, su esclava”. Qué manera de ser indigna. ¿Cómo pudo quedarse en las sombras durante tantos años? ¡Cincuenta! —pronuncia en voz alta y, enseguida, se arrepiente. Abrió el tema, por lo tanto, Alexis se siente con el permiso para darle esa opinión que lleva tanto tiempo callándose.

—Y tú, ¿cuánto llevas escondiéndote? A mí me lo contaste, pero si crees que los demás, incluso tus vecinos, no notan que el señor diputado ronda y lo hace cada vez con menos discreción… —le dice, tomando su mano con ternura. Su mirada franca y afable la convencen. Necesita abrirse, explayarse con alguien. ¿Quién mejor que el leal Alexis, celoso guardián de secretos?

—¿Quieres más detalles? Conocí “al diputado” hace varios años. Yo era adolescente… pero quita esa mirada de horror: no pasaba nada. Tiene una casa en Hossegor, Villa Oika, se llama, cerca de la Villa Lohia, de mis padres, así que convivíamos en familia desde mis trece años… o tal vez catorce. De hecho, de vez en cuando sigue jugando golf con papá. Creo que eso ya te lo había contado, ¿no?

—¡Si tus padres se enteraran! Ellos… tan conservadores, tan burgueses, tan de valores tradicionales. ¿No son casi casi los mejores amigos de los Michelin? Esos estirados…

—Los Michelin son primos —acepta, recordando el humo constante que emana de sus fábricas de llantas y las enormes sumas de francos que han acumulado.

—Y además de la emoción de transgredir, ¿qué te ata a él? Por cierto, ¿cuántos años te lleva el “vejete”? —pregunta, burlándose, mientras le pone más vinagreta a la ensalada.

—Veintisiete. Sí, veintisiete años. No hagas esos gestos. ¡Uy, mon cher ami, hay tantas cosas que compartimos! Nos gusta el té más que el café, por ejemplo. Amamos leer, siempre nos recomendamos libros; cada que podemos, vamos juntos a la ópera, a conciertos de música clásica. La Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonín Dvorák, es nuestra favorita. François tiene una inteligencia privilegiada. Y ama mi gusto por el arte pues dice que le recuerdo a su madre, que pintaba acuarelas, y que leía todo el santo día.

—Mmm… Un señor diputado con complejo de Edipo. ¡Salud!

—No te burles —responde la joven, antes de tomar un largo trago de tinto—. Es diputado y ya fue senador.

—¿No te aburre? La política nunca te ha atraído.

—Pero él me atrae. Mucho. A veces es demasiado solemne, cierto. Pero tiene una conversación muy interesante y sabe sobre tantos temas… Música, pintura, filosofía. Conoce mucho de historia, de flores, ¡hasta de árboles! Posee una mente virtuosa, te lo aseguro. Ojalá pudieras conversar con él un día de estos… aunque seguramente discutirían sobre gustos artísticos: él se inclina por los venecianos: Tiziano, Veronese, Tintoretto.

—Yo prefiero el expresionismo alemán, sobre todo, la escuela de Viena.

—Lo sé. El otro día te quedaste demasiado tiempo frente a ese brutal cuadro de Schiele.

—¡Jamás le niego un rato a dos mujeres desnudas!

—Salud por eso —le dice sonriendo, al tiempo que levanta su copa. Alexis siempre la pone de buen humor—. Creo que necesitamos más vino.

—¿O sea que Mitterrand es tu hombre “perfecto”?

—Sí. ¡Es tan perfecto que también escribe! Una carta es mejor que la otra. Si no sintiera traicionarlo, te leería cada renglón. En lugar de político, tendría que ser escritor…

—¡Como Victor Hugo!

—Exactamente: como Hugo. Y su Juliette.

—Amantes escondidas ha habido muchas en la historia. No te sientas tan especial, ¿eh?

—Camille Claudel, por ejemplo. Rodin tenía más de cuarenta años y ella, dieciocho o diecinueve. Pero el escultor fue un verdadero cabrón; no se cansó de humillarla. François, en cambio, es de una ternura y una delicadeza exquisitas.

—Creo que la admiración te tiene cegada. No olvides abrir los ojos de vez en cuando o el día que te estrelles, te dolerá demasiado. Y trata de escuchar a Elvis y a Johnny más que a Chopin y a Mozart. No dejes que te robe toda tu juventud, tu energía. Él tiene mucho que ganar, tú, en cambio… Por cierto, ¿ya oíste la nueva canción de los Beatles? Mira qué conveniente: se llama All You Need Is Love.

—¿A poco se te olvidó? Me regalaste el disco en las navidades. La del lado B, Baby, You Are a Rich Man, no me gustó tanto. ¿Sabes? —le confiesa—, lo único que me duele es que esté casado.

Merde! Désolé. ¿Tiene hijos?

—Dos hombres —responde, al probar el salmón que acaba de servir el mesero. La salsa es una delicia—. Eran tres, pero el mayor murió a los dos meses de nacido. ¡Otra coin­cidencia! De hecho, Victor Hugo y Juliette también perdieron a…

—Pues entonces que te quede claro, ma chère —interrumpe Alexis—: diga lo que diga y prometa lo que prometa, no se va a divorciar nunca. Así de crueles somos los hombres. No va a tirar a su familia ni sus ambiciones políticas a la basu­ra. Disfrútalo, pero vete despidiendo de él o te va a suceder lo que a tu nueva heroína.

—Creo que no la pasó tan mal: Hugo compartía su vida mucho más con ella que con su esposa. Lo acompañó a cada viaje, disimulados tras el nombre de monsieur y madame Georget, y le ayudó a transcribir sus libros. No lo dejó solo ni durante sus largos años de exilio. Fue más cercana y querida que Adèle quien, por cierto, era feúcha —afirma riendo—. ¿Está buena tu carne?

—Buenísima. Monsieur, otra garrafa de vino y un poco más de pan, por favor. Pain. Sí, ¡más pan! —le grita a ese mesero que apenas escucha.

Ambos guardan silencio mientras devoran el segundo plato. Anne acaba de cumplir veinticinco años. La mayoría de sus amigas y antiguas compañeras de departamento se han casado. Incluso Alexis lleva ya un año con la misma novia. ¡Todo un milagro para un hombre siempre dispuesto a seducir a cada bella mujer que se le acerca! Y la estudiante de doctorado no sabe cuánto tiempo más estará dispuesta a quedarse en las sombras, usando la máscara de clandestinidad a la que no quisiera acostumbrarse, esperando a quien, en su calidad de alcalde de Château-Chinon, congresista por el departamento de Nièvre y excandidato único de las izquierdas a la presidencia, recorre el país constantemente. Sin agotarse, pero siempre al límite de sus fuerzas. Planeando cada hora de su agenda.

Alexis la observa. ¿Conmovido, empático? Mete la mano a la bolsa de su saco de cuadros pequeñitos, en tonos beige, y con su pañuelo de algodón seca dos discretas lágrimas que coronan las esquinas de los abisales ojos azules de Anne. Sin preguntarle, pide dos cafés serrés y la cuenta.

Cuando Anne regresa a su departamento, recargado sobre su puerta, encuentra un enorme ramo de flores y una tarjeta dirigida a una simple A en tinta negra. Reconoce la letra. No ha terminado de franquear la entrada y ya ha abierto el sobre, ansiosa: “Nuestra historia es tan difícil, que tiene el derecho de ser única. Qué felicidad estar cerca de ti, mi muy querida, por el pensamiento que me ocupa todo entero y que me cuenta incansablemente la más bella historia del mundo. La historia de Anne y de François, habitados por el amor”.

Un hombre y una mujer recorren… (1963)

Un hombre y una mujer recorren la orilla del mar justo donde las olas palpan la arena. En realidad, más que mujer es una joven que acaba de cumplir veinte años. Como es difícil caminar en línea recta sobre las conchas y piedras a las que el constante golpeteo del agua ha convertido en arenillas, a veces los cuerpos se acercan y sus manos llegan a tocarse en un roce muy sutil. Ella retira la suya. La de él se queda sola, balanceándose y extrañando la promesa de una caricia. El hombre se detiene un momento y la mira desde atrás: una figura delgada, graciosa, y el cabello castaño que el viento apenas mueve. La alcanza de dos zancadas antes de que se sienta examinada.

Siguen su paseo. Los silencios y las voces se alternan con el graznido de algunas gaviotas. Él porta unas sandalias parecidas a las alpargatas españolas. Ella va descalza. Adivinan la presencia de un avión lejano no por el sonido de los motores, sino por la línea blanca que ha trazado en el cielo. Un cielo, hoy, sin nubes. Whisky, el perro de la familia Mitterrand, los acompaña.

—Huele a erizo —dice Anne, sin quitar la vista de las huellas que los cuatro pies van dejando.

—¿Cómo sabe a qué huelen los erizos? Nunca he visto erizos en esta región.

—No están aquí mismo, sino en las rocas. Y sé a qué huelen porque la semana pasada una compañera japonesa nos invitó a comerlos. Me aseguró que en su país son un manjar muy preciado.

—¿Y? ¿A qué saben?

—No tengo idea. Me excusé; no quise probarlos. Pero los olí. Y huelen exactamente a lo que huele ahora. Así olía la cocina de Akiko.

—No es un aroma desagradable. Yo diría, incluso, que raya en lo suculento. ¿Me podría decir, mademoiselle, por qué no los probó?

—¿La verdad? Le plat avait l’air dégueulasse! ¡Y los comen crudos! —expresa, con extraños gestos de asco que le arrugan la nariz y le enchuecan la boca.

—Ah… —responde François, divertido. Enseguida, se restablece el silencio.

Para nosotros, que nunca hemos venido, la playa de Hossegor podría parecer interminable: siete kilómetros sin interrupciones. Varias casas de tres plantas, techos de dos aguas y balcones pintados en azul o rojo quemado observan el océano Atlántico. Las separa del mar una calle estrecha y, en otras zonas, pastizales acostumbrados a recibir la brisa constante.

—Usted prefiere la playa al lago, ¿cierto? —pregunta él.

—Y usted el lago y el golf, ¿cierto? —lo imita. Sin dejarlo hablar, responde—: Me encanta caminar descalza sobre la arena, alrededor del lago hay demasiados guijarros. Pero mi lugar favorito es donde agua dulce y mar se unen.

—¿El estuario? Me parece más atractiva la zona boscosa. ¡Amo las coníferas! Y sí, disfruto jugar golf. Su padre es un gran compañero en el campo.

—Ah…

Vuelve a llegar el silencio y, sin embargo, ambos tienen tantas cosas que decirse. Mitterrand quisiera hablar sinceramente: insinuar, proponer, seducir, tentarla con alguna promesa. Hay algo en esa jovencita que le atrae; no sólo la hermosura, sino su manera de moverse y un temperamento vigoroso que esconde bajo una exquisita delicadeza. Pero no debe asustarla. Ella lo que tiene, son muchas preguntas calladas. La sabiduría del hombre y la manera de expresarse le fascinan. Es un gran conversador. Sus padres lo invitan a comer con frecuencia durante las temporadas que pasan en este pueblo de la costa landesa, y no puede dejar de observarlo desde el otro lado de la mesa, sobre todo cuando llega sin su esposa. Cada vez que Anne quiere saber más de algún tema y está a punto de plantear un cuestionamiento, permanece en silencio; es de mala educación interrumpir a los adultos, y aunque ya no es una chiquilla, sus papás ni siquiera imaginan que desee participar de la plática sobre ese polémico pasaje de la historia europea o la actualidad política en Francia.

—¿Llegamos hasta el faro y regresamos? ¿O está cansado? —propone en tono retador.

—Seguro para usted soy un viejo decrépito, pero apenas tengo cuarenta y siete años y estoy lleno de energía. Vayamos hasta el faro y todavía más lejos, si mademoiselle gusta.

¡Cuarenta y siete!, piensa Anne; casi la edad de papá. Demasiados años, considera. Sin avisar, se echa a correr. Ahora las huellas que persigue François son más profundas e irregulares. Un minuto después no sólo la alcanza, sino hasta la rebasa, así que el hombre llega primero al horrible muelle de horrible cemento que conduce al horrible faro. En ese lugar el viento siempre es más fuerte y ligeramente fresco, a pesar del verano. Mitterrand se quita el saco de lino y lo coloca sobre los hombros de la joven, acomodándolo para que cubra bien su espalda. Si pudiera besarla… Si se atreviera a escribirle lo que pasa por su mente y por sus deseos cada vez que la ve.

Presiente que sólo a esta joven podría contarle sus proyectos, metas, secretos. Que sería la única dispuesta a escuchar errores y miedos. Pronto le expresará: “Si usted supiera cómo he aprendido a guardar para mí mis sueños, mis ambiciones, mis pensamientos… Es la primera vez que salgo de mí mismo. Con usted cambio, comunico, comulgo; me siento liberado. Usted es mi punto de referencia”.

¡Cuánto quisiera acunarla, protegerla, convertirla en la destinataria de su ternura! Esos ojos azules y profundos, de párpados redondeados, lo conmueven.

Siguen en silencio, oyendo el romper del oleaje en las piedras. Diminutas gotas de sal flotan; algunas se posan en la amplia frente de él, en el cabello de ella.

De pronto, se miran. Bajo las cejas, sus ojos la desean. Ella se da cuenta. Un soplo húmedo la hace retroceder. Él también da dos pasos hacia atrás. Ella tiembla. Un callado clamor se ha instalado entre ambos. Un ansia que crepita. Un confuso miedo.

—Regresemos chez vos parents; se está haciendo tarde.

Ahora un hombre y una joven caminan en sentido contrario, seguidos por un juguetón bóxer color miel. Anne, nerviosa, no deja de hablar: le cuenta sobre sus estudios, sus planes en París, sus ganas de dedicarse al arte. Lo mucho que le gusta ir a museos; observar de cerca los cuadros, las esculturas. Le platica de Aristide Maillol y las piernas cortas de quien era su esposa y modelo; por eso fue un gran innovador de las proporciones. Sí, ama a los impresionistas, a Cézanne sobre todo, ¿qué tal su obsesión con la montaña de la Sainte-­Victoire?, pero le sienta mal que la gente ignore los demás periodos. Al arte también lo vence la moda. Le pregunta sobre el metro, el clima, el tráfico, el precio de las cosas en la capital francesa. ¿En dónde se reúnen los estudiantes? ¿Cuál es su zona favorita? ¿Qué restaurantes me recomienda? No puede quedarse callada. No debe quedarse callada pues sabe que si él decide hablar antes de entrar a Villa Lohia, las palabras que pronuncie lograrán aturdir su futuro. Sigue monologando sin comas ni puntos y seguido ni puntos y aparte… hasta que ve la figura de su madre a la distancia. Anne aumenta el ritmo de la marcha. Pronto estará a salvo.

Un hombre y una mujer recorren los jardines de Luxemburgo. La falda de ella, al arrastrarse, levanta un fino polvo. La blusa estilo pagoda, en satén blanco, resalta su elegancia. Él viste de negro, chaleco y levita, a excepción de la camisa blanca que, de tan almidonada, casi no se mueve. El corbatín no ha sido bien anudado así que, en cierto momento, ella se detiene y, con deferencia, le hace un nudo perfecto. La cercanía de Juliette inquieta a Victor. Durante un instante se quedan viendo a los ojos y cuando él va a decir algo, ella apresura la marcha pues quiere llegar a su lugar favorito: la fuente Médicis. Ahí, entre el verde de árboles y arbustos, se sientan en una banca de piedra, la más alejada, a observar las carpas del estanque rectangular.

—Hubiéramos traído pan para alimentarlas. Hay una enorme, dorada con reflejos verdes, ¿o verde con manchas doradas?, que siempre está hambrienta. La pobre es insaciable.

—Ah… —responde Hugo, con los ojos fijos en los labios de la actriz.

—Me encanta venir a verla. Hasta la bauticé: se llama Émeraude, por el color, obviamente. ¡Mire! Ésa de ahí —señala con entusiasmo—, junto al grupo de peces naranjas.

—Bonito nombre. En España le dirían Esmeralda. Y tiene razón, es del color de esa piedra preciosa.

La mano izquierda de él casi toca la derecha de la mujer. Si tan sólo el dedo meñique se deslizara un poco… Un callado clamor se instala entre ambos. Un ansia que crepita. Un confuso miedo.

—Y ahora, monsieur Hugo, ¿qué está escribiendo? ¿Una nueva obra de teatro? ¡Yo sería perfecta para su Lucrecia Borgia! Mi papel como princesa Negroni es insignificante… —se arrepiente de inmediato y trata de rectificar—: Aunque, claro, no hay papel pequeño en las obras de teatro del gran Victor Hugo.

Mademoiselle Georges ya representará a Lucrecia, usted lo sabe y, en escena, bien lo ha dicho, ningún rol es menor. Tal vez en unos meses podría personificar a María Tudor. Y contestando su pregunta, estoy escribiendo algo que titularé Angelo, tirano de Padua.

—¿María Tudor? —repite, emocionada.

—Reina de Inglaterra y única hija de Enrique VIII con su primera esposa…

—…Catalina de Aragón. He leído su historia. Disfruto las novelas biográficas. Leer es una de mis pasiones.

—Es lamentable que no todas las actrices lean. Algunas ni siquiera se aprenden el libreto ni se adentran en la vida o circunstancias del personaje; sólo buscan la fama y ser admiradas. Confían en que su belleza basta.

—Los aplausos nos alimentan y no está mal volverse conocida si podemos ganar más dinero. ¿No cree usted? —¡si Hugo supiera la enorme cantidad que debe! Pero eviden­temente no es algo que le vaya a contar ahora—. Entonces, ¿me dejará convertirme en esa reina? —insiste, emitiendo una sonrisa encantadora.

—Recuerde, estimada señora, que los dueños de los teatros tienen la decisión final. Prometo hacer lo posible —advierte, demostrando algo de tensión. Todos saben que mademoiselle Juliette es una actriz muy hermosa, pero sin mucho talento; incluso, ha llegado a olvidar sus líneas—. Mejor cuénteme de su pasado, de sus sueños.

—¿De verdad le interesa mi vida?

Ante el gesto de afirmación del poeta, suspira y comienza:

—La verdad, es algo triste: mamá dejó de existir cuando nací. Mi padre murió un año después, pero por fortuna mi querido tío René, que es veterano del Imperio, se hizo cargo de mí y me envió a un convento aquí en París; el de las Madelonnettes.

—Siempre me ha intrigado la vida en esos lugares de encierro —dice, acomodándose el cabello, que acostumbra usar más largo de lo normal pero, eso sí, lo luce bien cuidado; el renombrado Richi es su peluquero.

—No hay mucho qué decir, vraiment… Lo puedo re­sumir en una desabrida sopa de verduras y pan seco en la comida. Dormitorios llenos de chinches. Silencio total. Para la cena: papas o ejotes con aceite. Una vez a la semana llegaba el manjar: un pedazo de queso. Había muchas prohibiciones y castigos. En verano nos despertaban a las cuatro de la mañana; en invierno, a las cinco. ¿Se imagina el trabajo que me costaba levantarme? —dice, burlona—. Pero no todo era malo, había un jardín muy grande, casi un parque. También estaba el refectorio, donde nos dejaban leer; ahí adquirí ese gusto. La imitación de Jesucristo o La vida de los santos eran los libros que ponían a nuestra disposición. ¿Los ha leído?

—Dios me libre de lecturas así. ¿Y a qué se dedicaban, además de leer?

—¡A rezar, obviamente! También nos enseñaban escritura, cálculo, costura, cómo lavar y cuidar la ropa… cosas de ésas. Los castigos eran terribles, el peor, imagínese usted, era lamer el piso en forma de cruz hasta que la lengua nos sangrara.

—Era usted una chiquilla. ¡Qué salvajes! —las venas de su cuello se hinchan, como siempre que se indigna o se enoja.

—La mayor parte del tiempo debíamos guardar silencio. El día que salí, a los quince años, grité de alegría. Quería escuchar mi voz. Me sentía tan libre, que lo primero que hice fue buscar un taller para aprender pintura; tenía ganas de convertirme en una gran artista. Para mantenerme, me vi obligada a trabajar como modelo y, bueno, de ahí a la actuación… en fin. Es una historia aburrida —lo de su pequeña hija, fruto de su relación con Pradier, lo mantendrá escondido por el momento; imposible comenzar una relación confesando que es madre soltera. Además, como la mandó lejos, a una pensión, no les dará problemas.

—Todo lo contrario, señora mía. Continúe.

Bon, el escultor Pradier me contrató y después me animó a ser actriz. Me ayudó a conseguir mi primer papel en el Teatro del Parque, en Bruselas. Fue exactamente en diciembre de 1828; jamás lo voy a olvidar. En ese momento decidí cambiarme el nombre: de Julienne a Julie cuando fui modelo, de Julie a Juliette cuando me convertí en actriz… De verdad estoy incómoda, mejor hablemos de otra cosa. Dígame qué se siente tener fama a los ¿veintiocho años? Desde el estreno de Hernani, se volvió muy conocido.

—En unos días cumpliré treinta y uno —corrige—. Y no soy tan famoso; además, muchos críticos me odian —responde, ajustándose su sombrero Panamá para cubrir mejor su amplia frente.

—Pero es popular y querido por la gente. Y lo de los críticos, le garantizo que es envidia. Usted y Dumas son los reyes del teatro parisino y eso cualquiera lo reconoce —sostiene la actriz, quien ignora la rivalidad entre ambos autores—. Todos hablan de Victor Hugo como el líder de la escuela romántica.

No podemos adivinar si es la belleza de la fuente Médicis o el clima perfecto de esta tarde lo que impulsa a Juliette a pedirle un poema:

—… parecido a Claro de luna, por favor. ¡Lo adoro! Es tan triste y poderoso. Ojalá me dedicara, a mí sola, versos iguales a los de Los Orientales. Se lo ruego…

Hugo quiere responder, sin embargo, tres hombres vestidos con galanura y ropas caras deambulan muy cerca, así que la pareja se recorre; cada uno, al extremo opuesto de la banca. Al reconocer al escritor, los paseantes levantan el sombrero. En cuanto se alejan, sin decir nada y sin hesitación alguna, ella regresa a su lugar y pone la mano sobre la de él. Una mano varonil y larga que sabe escribir, pero también usar otras herramientas; entre sus antepasados hubo carpinteros y ebanistas.

El dramaturgo, de rasgos finos aunque nariz pronunciada, labios delgados, mirada juguetona y firme, observa el cercano perfil de su acompañante. La actriz bretona es verdaderamente bella. La piel, blanca y sin tropiezos, está hecha para ser acariciada. De sus ojos emana una oscuridad profunda, que invita. Sin quererlo, compara la cabellera negra y brillante con la de Adèle, bastante maltratada desde que dio a luz a su quinta hija, hace apenas tres años. Ya quisiera su esposa tener la cintura de Juliette, piensa. Se siente culpable. “¡Pobre Adèle mía, tan cansada todo el tiempo, tan mediocre ama de casa! ¿Cuánto tiempo lleva rechazándome en nuestra elegante cama de baldaquinos?”.

La mano de la actriz sigue sobre la suya, sin moverse, tibia, cálida. Ambas tiemblan un poco y comienzan una conversación silenciosa. Cuando dos pieles se hablan de manera tan directa, las palabras huyen.

Él desplaza un dedo. Otro más. La mano femenina reacciona. Se entrelazan. Hugo y Juliette vuelven la vista al mismo tiempo: ella hacia la derecha, él hacia la izquierda. Victor es más alto así que la mujer levanta la cabeza. Acercan no sólo el cuerpo, también las miradas… las ganas.

Es su primer paseo y sienten conocerse desde siempre. ¿Reconocerse, acaso? Antes de encontrar otra manera para demostrárselo, le susurra ella al oído, de pronto: “el beso es, para mí, la mejor forma de amor”. Pero él no la escucha; está arrancándole un pequeño pedazo al tiempo. Despacio, sigue aproximando su cara; ha dejado de medir el riesgo. Para acortar la breve distancia que todavía los separa, con la mano toma el rostro femenino y lo atrae. Quiere poseer sus labios; también su cuerpo y alma. Pero hoy bastará con un beso. El más largo, el más dulce. El que lo iniciará todo.

Ambos han olvidado que están en un lugar público. Si quieren dejar que sus lenguas se reconozcan, es vital entregarse antes de que alguno se arrepienta. Las bocas ceden, confían, traspasan.

Hugo, el primero en abrir los ojos, se separa. Lento. Observa los párpados todavía cerrados, de pestañas rizadas. Mientras acaricia las mejillas de mademoiselle Drouet, que ahora lo mira de otra manera, se da cuenta de que no podrán escapar; es demasiado tarde. No existe lugar alguno donde logren ponerse a salvo.

Comments are closed.