Dahlia de la Cerda

LECTURAS | Medea me cantó un corrido, de Dahlia de la Cerda

Las protagonistas y narradoras son en su mayoría mujeres que dentro de realidades sumamente complicadas y violentas encuentran la forma de labrarse su propio destino, atrapadas entre el fuego cruzado de la violencia del narco y el ejército o de padres o parejas machistas con todos los habituales arquetipos de los celos y demás.

Ciudad de México, 14 de septiembre (MaremotoM).- En Medea me cantó un corrido encontramos seis magistrales relatos interconectados entre sí, al ya muy particular y distintivo estilo de la autora.

Las protagonistas y narradoras son en su mayoría mujeres que dentro de realidades sumamente complicadas y violentas encuentran la forma de labrarse su propio destino, atrapadas entre el fuego cruzado de la violencia del narco y el ejército o de padres o parejas machistas con todos los habituales arquetipos de los celos y demás.

Sin embargo, en esta ocasión contarán con la providencial ayuda del personaje mitológico de Medea, quien acude en su auxilio para hacerles compañía, aconsejarlas o incluso ayudarlas a abortar. Se trata de una obra de gran calado, que sin duda continuará encontrando el favor de miles de lectoras y lectores, que en muy poco tiempo han encumbrado a De la Cerda como una autora de referencia en las letras mexicanas contemporáneas.

Dahlia de la Cerda
Editado por Sexto Piso. Foto: Cortesía

Adelanto de Medea me cantó un corrido, de Dahlia de la Cerda, con autorización de Sexto Piso

Hoy le canto a los míos para mi barrio, para mi gente un día todo va a cambiar va a llegar el día de nuestra suerte. Eme MalaFe

MEDEA ME AYUDÓ A ABORTAR

Era sábado. Miraba por la ventana de mi departamento, en el piso seis, en la colonia San Judas Tadeo, mejor conocida como La Judas. Limpiaba con un cotonete y alcohol la máscara de payasito de Jordán. Antes había limpiado una de conejo aterrador, blanca, de peluche, con las orejitas rosas, los ojos verdes y unos colmillos todos chuecos como de piraña. Era su máscara favorita (¿o todavía puedo decir «es»?). No sé, chica, todavía tengo la esperanza de que regrese, de que un día me llegue una llamada de un número desconocido y sea él, que me diga que está bien, que me extraña y que viene pronto.

Pero ya son cuatro meses.

La última vez que lo vi me trajo todas sus máscaras y tres uniformes de trabajo, me pidió que los uniformes los tirara a la basura y que las máscaras las limpiara en una chancecita que tuviera. No tuve chance. El embarazo me tuvo frita el primer mes. Luego no vino en su fin de semana de descanso, chica, una ansiedad. No sé si era un mal presentimiento o qué. Él tenía que llegar un viernes por la noche, pero no llegó. Desde el jueves al mediodía dejó de responder mis mensajes. Pensé que andaba de cabrón con alguna de sus compañeras de trabajo, chica, no, no, no. Un estrés, una angustia, una desesperación. Llegó el sábado, el domingo y nada. Ni sus luces. Le llamaba y me mandaba a buzón, cosa rara, chica, porque Jordán era adicto a su celular. El último mensaje del WhatsApp le llegó el jueves a la una de la tarde. Le mandé cien mensajes, fácil trescientas llamadas y nada. El domingo le marqué al Sardis, su mejor amigo y compañero de trabajo, y, chica, tampoco me respondió. Eso me trajo la certeza de que no andaba de cabrón. Un frío recorrió mi cuerpo, me solté a llorar.

Le mandé un mensaje al Teniente de Chocolate, mi papá, ese man es subteniente del Ejército Mexicano, chica, pero le digo el Teniente de Chocolate porque ser sub de algo es como no serlo, es de chocolate, ¿sí ubicas cómo? Le mandé un mensaje y le pregunté si tenía noticias de Jordán, le dije que desde el jueves no sabía de él y estaba muy preocupada. Me respondió mamón, ojete, mierda de perro como es él: Ya se chingaron a tu pollito de colores, te dije que tres meses y era abono para la tierra, comida para los gusanos, pinche muchacho cagón. Ruégale a Eleguá, la Santita, san Judas o a Satanás que esté en el Consejo Tutelar o refundido en el cerro tragando Maruchans y no sepultado en una fosa clandestina. Avísale a su familia para que levanten el boletín de búsqueda. Te puedo conseguir información para saber si está detenido, pero si está muerto les va a tocar a ustedes buscar su cadáver.

El papá del año, si me lo preguntas.

Era sábado y miraba por la ventana esperando el operativo policial de cada fin de semana: «Tu Barrio Seguro». Era, como los policías, pura mamada. Básicamente, levantar a punta de putazos a morritos cricosos de las esquinas.

Limpiaba la máscara de calavera de Jordán con un cotonete: tenía sangre y tierra. Limpié diez máscaras en total y todas tenían sangre y tierra. No me daba asco y tampoco me gustaba pensar en el origen de la sangre, chica, no, como para qué. De repente vi algo raro en el cielo, un objeto volador no identificado, una bola de fuego, la envidia de Jaime Maussan, di. Pensé que me habían visto la cara de estúpida y que las gomitas de CBD que consumía sí tenían THC; dejé la máscara de calavera sobre el sillón y me asomé con ganas, como una garza estirando la cabeza por la ventana. Sí, era una bola de fuego. Vete a la verga, chica, una bruja. La bola de fuego se transformó poco a poco en un Jetta, de esos generación cuatro, color verde militar. Ya quedé en el avión de tanta mariguana, pensé. Yo, la más trastornada. El embarazo me dio un brote psicótico. No, de verdad que sí, sí, lo vi clarito, era un Jetta con dos serpientes con alas aerografiadas en los laterales, surcando el cielo del barrio de La Judas. Tocó tierra, se estacionó enfrente del mural de la virgen de Guadalupe, se levantó una puerta hacia arriba, como Lamborghini, chica, sí, chica, bien tuneado el Jetta, y de ahí se bajó una mujer. Venía toda vestida de negro, con unas trenzas africanas muy perritas. Ella icónica, la reina del barrio. La vi entrar a mi edificio y luego de cinco minutos estaba tocando a mi puerta. Un sacón de onda. Abrí la puerta y ahí estaba. Era una doña joven de treinta y tantos años, pero muy bien conservada. Tenía unas serpientes tatuadas en los brazos y los ojos color gris. Me dijo: Me llamo Medea y estoy aquí para ayudarte. La dejé pasar y se sentó en la sala.

No te voy a decir que mi embarazo fue planeado porque fue totalmente inesperado, chica. Yo la más sorprendida, pero cuando vi la prueba positiva sí se convirtió en deseado. El primer mes lo pasé terrible. Un vomitar, un desmayarme, un dormir todo el día, pero mucha ilusión. Yo estaba feliz. Pero conforme fue pasando el tiempo y no había noticias de Jordán empecé a dudar. Una parte de mí se aferraba a la idea de un bebecito, pero la realidad me superó. Hace dos meses, cuando yo tenía tres meses de embarazo y Jordán dos meses desaparecido, su mamá lo dio por muerto. No había datos de que estuviera detenido ni lesionado y era un hecho que no estaba en operativo en el cerro. Entonces su mamá empezó a buscar un cuerpo, un cadáver. En estado de negación, seguía aferrada a marcarle todos los días. Le mandaba mensajes con los ultrasonidos de nuestro bebé, un niño; le mandaba fotos de la ropita que le compraba, pura ropita bellaka. Yo, la más maternal, chica. Pero un día, mi papá llegó de visita sin avisar, quería hablar conmigo, según era tan grave que no podía hacerlo por teléfono. Me abrazó y luego me la soltó: había recibido información de varias ejecuciones a civiles desarmados por parte del Ejército. Todas habían sido «extrajudiciales», fuera de operativo, por eso no había certezas. Una de ellas fue en San Miguelito, donde Jordán estaba trabajando. No tenía más información. Me quedé en shock como diez minutos, mi papá me sacó del trance con dos cachetadas y me dijo: Entiende, verga, entiende, tu mugroso está muerto. Tienes que avisarle a su mamá para que sepa dónde buscarlo. Me advirtió que ni una palabra, que lo estaba haciendo porque, después de todo, soy su hija. ¿Cómo buscar un cadáver con un bebé creciendo en mi vientre? ¿Cómo escarbar en la tierra mientras mi útero era la tierra fértil de una nueva vida? No me sentí capaz, chica. Entonces decidí abortar.

El Teniente de Chocolate nunca ha sido ejemplo de paternidad, pero desde que empecé a salir con Jordán, se atacó. Verdaderamente no soportó. Me dio tremendo discurso de que por culpa de gente como «mi mugroso» el país estaba como estaba. Cada que tenía oportunidad me enviaba videos que jóvenes reclutados por el crimen organizado subían a TikTok, burlándose con comentarios mamones como: «Los guaraches tácticos, operativos para dar risa, carne de cañón, mano de obra barata, pollitos de colores, tres meses y están muertos. Se creyeron el corrido y los tienen tragando sopas instantáneas en el cerro, les quedan las máscaras de payaso, risa es lo que dan». A veces se ponía amable y me decía: Dile que se ponga a estudiar para que ande armado de a de veras, para que mate, pero con charola. La audacia. A veces también me terroreaba bien feo y me mandaba TikToks de grupos de sicarios cometiendo crímenes. Yo no le respondía, pero contraatacaba con videos de elementos del Ejército pasándose de verga con civiles, presumiendo armas de alto poder, la cara tapada con máscaras de calaveras y rap malandro de fondo, videos de militares grabando cómo acribillaban pollitos de colores.

Un día se pasó de verga y me mandó un video fuertísimo y me preguntó: ¿No te da asco cogerte a una lacra de ese calibre? A pesar de que Jordán no aparecía en ese video se me calentó el hocico, chica, y le escribí: Si me diera asco cogerme al Jordán, me daría también asco ser su hija. Los dos matan, los dos traen sus pinches máscaras ridículas de calaveras, los dos traen armas y pecheras. Él lo hace por su organización y usted «por la nación». Usted lo hace con charola y él por criminal, pero son la misma mierda, así que cállese a la verga.

Devoré. Y nunca me volvió a decir nada.

Y es que mentiras no le dije y evidencia hay mucha. Si te metes al submundo del TikTok de los integrantes del Ejército y al de los malandros, es difícil distinguir quién es quién si no les ves los logos. Ambos traen armas exclusivas, ropa negra, camuflajeada o verde olivo y máscaras de calaveras o pasamontañas; presumen de su buen adiestramiento y lo chingones que son para matar. Sí, ambos dicen estar orgullosos de ser aztlanteanos, de venir de abajo. Cuentan estar bien entrenados y preparados, hablan de matar enemigos, traer tostones, cincuentones, granadas y arsenales. Presumen ser los más bravos para los topones. Artillería. Terror. Armas cortas. Armas largas. Operación cumplida. Tenerlos bien puestos, los huevos. Listos para los putazos. Adrenalina. Son amigos de la muerte. Son los más jefes, los más leones, los más duros. Defienden la bandera, defienden la organización. Patrullan el territorio. Se la rifan. Se la fletan. Cuidan territorios. Llenan de plomo a los contrarios. Bien empecherados. Son guerreros. Mente de ganadores.

Medea me pidió que me acostara en un sillón, empezó a tocar mi vientre y me dijo: Esto ya no es un aborto, es un parto prematuro. Tienes unas veintidós semanas de gestación. Me explicó que habría dolor de parto, sangrado abundante y que el feto nacería vivo pero no sobreviviría, que sería un proceso duro y doloroso tanto física como emocionalmente, pero que ella estaría conmigo. Le dije que sí, que estaba segura de mi decisión. Un día antes había donado todas las cosas de Eliot, mi bebé no nacido, en un grupo de futuras mamitas.

Medea abrió su bolsa de Carnicería La Bonita y sacó un montón de hierbas, frascos y medicamentos; caminó hacia la cocina, la seguí y me senté en un banco de la barra desayunadora. Tomó un cazo de peltre, sirvió un poco de agua, empezó a vaciar bigotes de dragón, hierba de ruda, aliento de Hades. Todo lo decía en voz alta, muy performática, muy teatral. Ella, vedette 360 grados, chica. Cantaba y bailaba mientras vaciaba no sé qué tanta cosa en el cazo. Finalmente lo puso en el fuego…

Dahlia de la Cerda
Dahlia de la Cerda

Dahlia de la Cerda (Aguascalientes, 1985) nació, creció y vive actualmente en la Ciudad de Aguascalientes. Estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido empleada de un call-center, un bar y una fábrica de dulces. Ha trabajado como editora de noticias internacionales y como vendedora de Avon, rosas en la calle y de ropa de segunda en un tianguis. En 2009 ganó el certamen literario Letras de la Memoria, convocado por el Centro Cultural Los Arquitos. En 2015 fue becaria del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Aguascalientes (PECDA). Fue beneficiaria del Programa Jóvenes Creadores del Fonca en las emisiones 2016 y 2018. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2019. Ha participado en las antologías Mexicanas. Trece narrativas contemporáneas (Fondo Blanco, 2021), Los cuerpos que habitamos, ficción y no ficción sobre el derecho a decidir (AN-ALFA-BETA, 2021), Tsunami 2 (Sexto Piso, 2020) y Ecstasy (Astra Magazine, 2022). En Sexto Piso ha publicado su libro de cuentos Perras de reserva (2022) y su libro de autoficción, crónica y pensamiento feminista Desde los zulos (2023). Es cofundadora y codirectora de la colectiva feminista Morras Help Morras. Habla sin parar en dos podcasts: Escribe como morra y Morras vs fundamentalismos.

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