Algo de la esencia de esta novela es explicada por el propio Márai en su autobiográfica Confesiones de un burgués: “Quizá sea éste mi destino y mi deber como escritor: retratar la desintegración de esa burguesía en la que nací y a la que llegué a comprender a través del escrutinio de sus raíces más hondas y hoy cada vez menos visibles”.
Ciudad de México, 17 de abril (MaremotoM).-Siempre es una buena noticia la publicación de una novela de Sándor Márai, especialmente cuando se trata de una de las más ambiciosas pero menos conocidas aquí del célebre escritor húngaro: Los celosos. (cuya primera edición en español es de 1949 y acaba de ser reeditada por el sello Salamandra).
Suerte de fresco de época y portadora de una fabulosa galería de personajes que desfilan por sus más de 400 páginas, la novela disecciona la complejidad de las relaciones familiares en el escenario político y social de la Europa de entreguerras, atravesada por la desintegración del imperio austrohúngaro, que dejó al país sin parte de su territorio y a una clase social, la burguesía (de la que Márai era uno de sus más distinguidos y cosmopolitas representantes), condenada a la extinción.
En la trama urdida por el autor de El último encuentro, el patriarca de la dinastía Garren está en el lecho de muerte. Para los hermanos de la familia ha llegado la hora de volver a su ciudad natal y reunirse en el hogar de su infancia. Pronto descubren que su único nexo de unión es la figura del padre y se preguntan entonces si su muerte significará el final de la familia. Los celosos fue considerada por parte de la crítica como Los Buddenbrook (Thomas Mann) de la literatura húngara.
Algo de la esencia de esta novela es explicada por el propio Márai en su autobiográfica Confesiones de un burgués: “Quizá sea éste mi destino y mi deber como escritor: retratar la desintegración de esa burguesía en la que nací y a la que llegué a comprender a través del escrutinio de sus raíces más hondas y hoy cada vez menos visibles”.

Fragmento de Los celosos (Ciclo de los Garren 2), de Sándor Márai, con autorización de Salamandra.
Carta y viajeLa carta estaba encima del escritorio, entre un impreso y un periódico. Péter llegó a casa un poco después de las cinco, el sol brillaba todavía. Era ese sol de principios de abril, extraño y desconcertante, que allí, entre las montañas, embadurna los fenómenos de la primavera con una luz fría, como de escenario. Desde hacía dos semanas se sentía igual que un personaje de opereta patriótica. Cruzó la habitación vacía y miró la carta de lejos; al reconocer la letra, redonda e insegura, lo supo de inmediato. Anna todavía usaba papel color hueso y tinta morada. Se acercó a la puerta del comedor y llamó: «¡Edit!» Pero a aquellas horas Edit estaba paseando a los perros a la orilla del río. Péter se detuvo al pie de la escalera y aguzó el oído; le llegaba el sonido de la máquina de escribir de la baronesa. Tecleaba con velocidad, casi como hablaba. De pronto el ruido cesó; algo había ocurrido allí arriba, en la habitación, en su cerebro. La baronesa vacilaba; quizá no encontraba una palabra, o se había asustado al calibrar las consecuencias de una imprudencia fatal y se había quedado absorta, como un asesino en pleno cometido sangriento. Sin embargo, pasados unos segundos, volvió a escuchar su teclear triste y delicado. No, la baronesa no se había asustado; seguía escribiendo. «No escribe mal», pensó Péter Garren. La baronesa tecleaba como quien se acuerda confusamente de algo y, alentado por la urgencia de contarlo, se esfuerza por dar con la palabra exacta pero sólo halla palabras evocadoras, palabras que lo recuerdan vagamente. Lo que ella quisiera contar ya ha desaparecido; se ha perdido en la corriente de la vida, o en el caos generalizado del mundo, o tal vez ha sido devorado por una catástrofe natural y ahora yace en el interior de la tierra, bajo capas de granito, en un lecho de ámbar, como los mosquitos de la Edad de Piedra. Y es ese mosquito de tiempos inmemoriales lo que la baronesa querría sacar a la superficie, salvar del caos, de la catástrofe, arrancar del interior de la tierra, del granito y el ámbar. «Es muy difícil», pensó Péter, con indulgencia. Luego reflexionó: «Es posible que ellos, los simples aficionados, sean los verdaderos. A veces la baronesa demuestra una grandeza casi auténtica; a veces parece rozar lo sublime. Los personajes de sus novelas son de carne y hueso para ella; sólo tiene que “enfocarlos bien”, contarlo todo sobre ellos, y luego ellos se reirán o llorarán, según le dicte la imaginación. Es impasible, y no podría ser de otro modo; es de esas mujeres que “creen” en el recuerdo, la caracterización, los detalles de la época… Ella tiene que creer en algo, por fuerza. Con todo, hasta sufre, la pobre. ¡Con cuánta disciplina escribe, con cuánto pudor!» Y entonces pensó: «Edit no está en casa, pero, en cierto modo, su ausencia me parece natural. Edit nunca se encuentra donde debería estar. Las dos vocales de su nombre, azul cielo la una, blanca y casi gris la otra, son como la insignia gastada y sucia de un club de fútbol. ¡Qué cobarde soy! Debo leer la carta». Se acercó a la mesa y abrió el sobre, con dedos fríos y temblorosos; primero miró la carta con gesto distraído y rutinario, pero luego se lanzó a leer con avidez.
La carta era de su hermana mayor, Anna Garren, la maestra: «Querido Péter, cumplo con un deber muy triste». Y: «Nuestro Padre guarda cama desde hace ya tres meses y los médicos han abandonado toda esperanza». Siempre le escribía cartas de este tipo. En realidad le decía: «Tengo el gusto de comunicarte que nuestro Padre está agonizando». Péter gimió. Desconocía los detalles de lo sucedido, pero la redacción de Anna lo había herido; como si le hubiera llegado la mano de un ser querido envuelta en papel de embalar. Hacía doce años que su hermana le escribía una carta parecida cada trimestre, el último domingo de cada tercer mes, en el mismo papel color hueso y con la misma tinta morada: «Con suma alegría hemos recibido la noticia, gracias a tu amable carta, de que progresas en tu trabajo». Hacía doce años que el último domingo de cada tercer mes, Anna recibía con gran alegría la noticia de que Péter avanzaba en su trabajo (o de que su trabajo avanzaba, pues a veces las palabras se sublevaban contra ella, confabulaban, turbaban irónicamente sus hilvanes mecánicos). Hacía doce años que su hermana se alegraba de que él y su trabajo progresaran, y se había establecido entre ellos una relación vacilante, púdicamente enlazada. Hacía doce años que, con férrea persistencia, Anna se olvidaba de preguntarle de qué trabajaba: le daba igual si era compositor, traficaba con esclavos, o si había montado un negocio de exportación e importación, a ella nunca parecían interesarle los pormenores. En sus cartas se mezclaban de forma extraña imágenes oníricas y hechos cotidianos, que también expresaba con giros comerciales. «Te informo con especial satisfacción…», empezaba, para acabar diciendo: «que ayer por la tarde vi un pájaro». O bien: «Me es grato hacerte saber el profundo pesar…», pero al llegar a esta palabra había olvidado lo que pensaba hacerle saber con profundo pesar y mencionaba de pronto que por la mañana había llovido. En sus misivas empleaba las palabras como un artesano decorador se vale de sus herramientas, o como se maneja un aspirador, como meros utensilios para la vida. Ciertamente, las frases hechas también son necesarias para vivir, pero en alguna parte, detrás del aspirador y el «te abraza con cariño fraternal», vivía ella, Anna, que soñaba y había visto un pájaro por la tarde, como si exhalara un suspiro al terminar cada frase. No era posible de otra manera: lo establecido obliga.
Y del mismo modo le había escrito ahora para decirle que Padre estaba muriéndose. «Los médicos más famosos de la ciudad rodean impotentes el lecho de nuestro pobre y bondadoso Padre. Estamos absolutamente seguros de que tan pronto como recibas esta carta cogerás el primer tren para acudir sin dilación a la cabecera de nuestro querido Padre. Edgar vendrá también. Albert ha telegrafiado diciendo que tomará el buque correo. ¿Te acuerdas? Aquel barco de tres mil toneladas en el que Tamás partió rumbo a las islas». Péter no se acordaba. Ahora veía el barco y a Tamás con un salacot blanco en la cubierta. Tamás, que tras la estela de su última mentira había desaparecido en la inmensidad del universo, donde ya no lo podían alcanzar ni la policía ni los recuerdos ni sus pensamientos. Nadie conoce su paradero, ni en qué piensa, ni qué quiere conseguir; sólo se sabía que se había ido con el buque correo. ¡Qué fácil parece todo! De todas formas, no cabe duda de que Anna, al escribir «buque correo» e «islas», había dejado volar la imaginación y soñado un poco. Luego, como quien vuelve en sí, como quien no soporta la realidad —la casa, la dolencia de Padre, los astros del programa de radio del domingo por la tarde, los cálculos del riñón, y que a veces no queda otro remedio que entrar en la habitación donde murió madre—, Anna se había puesto a gritar: «¡Ven enseguida!» Así gritaba en su carta, antes de acabarla humildemente, pidiendo perdón al destino y a las palabras: «Si aún deseas verlo con vida».
Era una carta impaciente, llena de faltas de puntuación y con exclamaciones e interrogantes superfluos. Péter miró el sobre: le había enviado la carta por avión. Para la mentalidad de Anna, usar el correo aéreo debía de ser una especie de aventura, tanto como para otro dar la vuelta al mundo en un zepelín de última generación. Se imaginó a Anna yendo apresuradamente a la estafeta, abrochándose el abrigo para no coger frío durante el vuelo. ¡Por lo menos había volado un pedazo de su alma! «¡Al fin!», pensó Péter, y sonrió con tristeza. Anna había viajado por primera vez en su vida: unas cuantas frases escritas con tinta morada, impregnadas de algunas partículas de su alma, habían sobrevolado países y montañas. La vio esperando delante de la taquilla de la oficina de Correos, entregando la carta con una sonrisa nerviosa, como pidiendo mil perdones, seguramente con su sombrero de plumas en la cabeza. Anna se disponía a lanzar algo al mundo: el avión emprendería el vuelo con la carta —al fondo, se moverían los macizos montañosos y los bosques, como si un terremoto hiciera temblar la faz de la tierra— y la noticia de Anna, esa noticia terrible que estremecería a la humanidad, la noticia de que Padre iba a morir, seguiría su trayecto en medio de explosiones y zumbidos estridentes. Anna había asentido con la cabeza y luego había entregado el dinero al funcionario de Correos con un ademán solemne y las mejillas ruborizadas.
Péter salió a la galería y abrió una hoja de la ventana. El lago emergía envuelto por la niebla, como si hubiera hervido y despidiera vaho. La niebla se adhería suavemente al agua. En las fotografías de espiritismo aparece en la penumbra una niebla similar para representar la materia que se desprende del médium; esa obsesión que algunos cerebros enfermos y temerarios procuran condensar en materia. A lo mejor en el fondo del lago se revolvía un suicida arrepentido pidiendo auxilio… Sobre la niebla se levantaba un paisaje sereno y claro, de contornos perfilados con esmero, como esbozado por un alumno para su examen final. Las casitas de madera estaban pintadas de verde y los marcos de las ventanas de minio rojo; la catarata, como un nervio desnudo, vibraba sobre el tejido pardo y pétreo del monte. Por delante de la ventana pasó un cura viejo en bicicleta, seguido de un monaguillo joven que llevaba a la espalda la cartera con los ornamentos sagrados. Probablemente salían de visitar y administrar los sacramentos a un moribundo que, agonizante, con ojos vidriosos, aterrorizados, mas sin perder las formas, había mirado de frente al cura y las tinieblas. El paisaje trascendía la muerte con contundencia, como al formular una frase en voz alta. Péter no sabía nada de la muerte; cuando pensaba en los muertos, sólo imaginaba flores pestilentes, muchos gastos y rencillas. No comprendía el sentido de la muerte. «Morir por algo», se dice, pero Péter negaba con la cabeza, ningún hombre «muere por algo». A veces la muerte le rondaba de cerca; tenía labios, barba y dientes atrofiados. Su aspecto era horrible e inverosímil, pero, con todo, resultaba muy terrenal, muy humana y un poco infantil; podía defenderse de ella perfectamente. Luego existía la otra muerte, contra la cual no había defensa posible, la muerte que todos llevamos dentro, nuestra muerte. Cuando una forma empieza a desdibujarse, no resiste ya mucho más, entonces una impotencia terrible paraliza el ritmo de la vida y el trabajo, y el sentimiento de culpabilidad ruge y nos dice que nosotros somos la muerte, que la hemos inventado nosotros y la divulgamos nosotros. Hace muchísimo tiempo, tal vez veinte años, un chico vestido con un traje claro se suicidó el mismo día en que había aprobado el bachillerato. En el restaurante de abajo sonaba la música; y nadie podía sospechar lo que estaba ocurriendo. Se llamaba Géza. ¿O era Ervin? ¿Ernő? Péter ya no se acordaba.
La noticia había salido volando e irrumpido en el mundo y los animales en los bosques habían mirado inquietos al cielo. «El sueño ha terminado; ahora será preciso soñar con otra cosa», pensó Péter. En aquel momento era incapaz de evocar el aspecto de Padre. La enfermedad, la agonía, aquella forma de vida nueva y desconocida, lo escondían por completo, como si se hubiera ido de viaje y ahora viviera en un entorno insólito donde había adoptado costumbres nuevas: de pie, en medio de una plantación, vestido de blanco y rodeado de sus esclavos, o enfundado en un uniforme militar, dando órdenes en voz alta en el patio de un cuartel. Con Padre le ocurría algo imposible de entender racionalmente; tal vez lo pudiera explicar a través de la música, o quizá sin sonidos, como cuando una estación termina y entrega sus trebejos a la siguiente; pero ahora no sentía el más mínimo dolor. En su mano todavía olía el perfume de Karo; minutos antes, hacía una eternidad, en el pasado, se había tumbado en el diván de la habitación de Karo, frente a la ventana. Por las rendijas de la persiana a medio bajar, las siluetas de las personas y los objetos que pasaban por la calle se descomponían en los fragmentos constitutivos del tiempo y la materia: sólo se podía ver un segundo de paraguas, o un segundo de sombrero, pasando entre dos puntos geométricos. En la estancia reinaba el silencio; Karo se estaba bañando. Péter amaba con pureza y melancolía aquella media hora de su vida, cuando los sonidos y movimientos del amor aún estaban presentes y se percibían en todos los rincones de la habitación, lo mismo que las palabras o el perfume de una persona. Pero él ya no tenía nada que ver con todo aquello; algo lo arrastraba lejos de Karo, acaso hacia Edit, entre dos orillas, con una irresponsabilidad flotante e ingrávida. La vivencia amorosa había gastado en aquella media hora sus últimas fuerzas. Algo lo había llevado allí y algo se lo llevaba de allí, lentamente, con indiferencia y crueldad. Más tarde, Karo le había pedido dinero.
Péter decidió volver al piso de Karo, si salía ahora a las siete podría estar de vuelta. Karo dirá: «¡Oh!» y «¡Pobrecito mío!» y «¿Quieres un té?», o algo por el estilo; dirá exactamente lo que se debe decir, y entonces cobrará vida el contenido de la carta, rodeado de hechos, maletas, recuerdos y dolores, y habrá que mandar a alguien a por los billetes, imaginarse el rostro de Padre enfermo, procurarse medicamentos contra el mareo, guantes y corbata negros. Karo dirá: «No te preocupes, los médicos de hoy día saben mucho». Aunque seguramente, al despedirse, añadirá: «¡Quién sabe! Tal vez sea lo mejor para el pobre». Péter olió su mano e inhaló hondamente el perfume barato e impúdico de Karo, como un cocainómano aspirando su veneno. No podía vivir sin ella. Luego, una ola cruel y profunda lo separará de ella y de nuevo lo arrastrará hacia Edit, y Edit se llevará la mano a la frente, se acercará a la ventana, tocará con la punta de los dedos el hombro de Péter y dirá en voz baja, muy baja: «Pobrecito, pobrecito». No dirá nada más y lo ayudará a hacer las maletas. ¿Debía coger ya un traje negro? ¿No será una suerte de asesinato presentarse en casa de un hombre a punto de morir con un traje de luto en la maleta? Quizá sea así como nos asesinamos unos a otros. Tal vez si metiera trajes de verano, un esmoquin blanco, como los que se llevan en el sur, una raqueta de tenis y novelas policíacas, contribuiría a la cura del enfermo. En este momento le deben de estar dando la medicina a Padre; Anna, junto a la cabecera del enfermo, estará contando escrupulosamente las gotas. Todavía vive. Péter sabía a ciencia cierta que aún vivía. Podía ver sus manos grandes y venosas, muy blancas, aquellas manos femeninas y crueles que Padre solía tender después del almuerzo y la cena para que se las besaran como si fuese el sumo sacerdote de un rito misterioso. Un día Péter rompió a llorar e incluso se hincó de rodillas; abrazado a sus piernas, sólo le veía el chaleco y la cadena del reloj, pues su cabeza se perdía en las alturas, amenazante y terrible, envuelta en una ligera neblina. Aquel brusco cambio de perspectiva lo distrajo y sorprendió tanto que, tercamente arrodillado, se olvidó de llorar. Padre soportaba que Péter se arrodillara ante él; con ademán vacilante, tocaba los rizos del niño murmurando palabras extranjeras. Nunca llegó a saber si en aquella ocasión Padre lo había absuelto.
Péter tuvo el presentimiento de que debía darse prisa. Miró el reloj; la baronesa estaba a punto de bajar. Con su batín rojo como la sangre, se pararía en medio de la escalera y le diría: «Querido, ¡qué desgracia! ¡Cuánto lo siento! ¿Cómo llaman los ingleses al azúcar de uva?» Sí, debía darse prisa, porque primero quería pasar por casa de Karo y por la noche tenían invitados, Emmanuel y dos músicos, y además tenía que consultarle algo a Edit. Luego se iría a casa, a casa de Padre, para contemplar cómo se moría y ponerse el traje de luto, que siempre, cada mañana, había mirado con desconfianza. «Un día tendré que ponérmelo, en el entierro de Padre», pensaba todas las mañanas; así se va acercando uno a la muerte. Hasta entonces sólo había llevado el traje negro en recepciones, una vez para ir a la embajada y otra en un hotel de lujo, cuando quedó con ese pariente de Sumatra que se encontraba de paso en la ciudad. Siempre había utilizado aquel traje como un cuchillo agudo y afilado con el que se corta pan sabiendo que también sirve para matar. Debía darse prisa. De pronto tuvo una sensación extraña, como si alguien, en un lugar muy lejano, acabara de dar cuerda a una máquina infernal. Así pues, enterrarán a Padre y él se encontrará con sus hermanos; luego volverá aquí, a esta habitación, entre el armario tirolés de estilo rústico y la mesa de campesino, y ya no será posible aplazar lo suyo por más tiempo. Era una cuestión personal. Péter Garren tenía treinta y siete años. Su padre estaba muriéndose.
La oscuridad inundaba la habitación. En la mesa había un tarro de mermelada con flores; acacias amarillas y bastones de emperador verdes y rojos. Las zapatillas de Edit estaban al lado del sofá, y sobre el diván, el tarot que ella siempre consultaba después de la siesta. La estancia era espaciosa y parecía flotar sobre el lago; un ventanal enorme miraba de hito en hito la montaña y la espesura, como si un señor elegante contemplase con su monóculo la masa humana. Sin embargo, se respiraba cierta afectación y faltaba comodidad; Péter siempre tenía la sensación de que en cualquier momento sonaría el timbre y entrarían unos hombres con algo, una lámpara o una silla. Entonces la decoración del cuarto sería perfecta; él estaría tranquilo y, por fin, se sentiría en casa. Pero aquella lámpara o aquella silla no llegaban nunca, tal vez porque, en realidad, tales muebles no existían en el mundo. Edit había comprado las cartas de tarot en la feria, pero ya parecían viejas; había dibujado «orejas de burro» en las más importantes y unos bigotes a la novia con lápiz rojo. Péter buscó la carta, el viaje y la muerte. Karo carta tenía la apariencia de una misiva como Dios manda, de un escrito oficial sellado con lacre rojo; el viaje mostraba a un chico con levita verde mirando tristemente una diligencia que se alejaba, y la muerte yacía en un ataúd pequeñísimo, como de niño, cargado de cruces y lirios. Metió la carta en medio de la baraja y se fue a casa de Karo. Así empezó todo.
Karo y el dolorKaro era amante de Péter Garren desde hacía año y medio. Péter le daba dinero cada primero de mes; y también en otras fechas, siempre que ella se lo pedía. El padre de Karo era carpintero de armar en Wurzburgo. Oficialmente se llamaba Karola Thinne. A los dieciséis años, la sedujo y la raptó un contratista de obras de Núremberg; era un hombre de cierta edad, tacaño y respetadísimo, que al final le regaló trescientos francos y una cruz de oro. Karo hizo fundir una cadena muy fina y se la colgó al cuello; cuando estaba desnuda, la cruz se deslizaba entre sus pechos opulentos, donde brillaba como un estigma incandescente y doloroso. Porque Karola era religiosa, profunda y serenamente religiosa. A veces, estando así, desnuda en la cama, el deseo la arrastraba y precisaba asirse a algo; entonces agarraba con ambas manos aquella crucecita, y el lecho, recipiente de su pasión, la engullía hacia el fondo; luego echaba los brazos hacia atrás, cerraba los ojos y dejaba caer la cabeza entre las almohadas. En aquellos instantes era un ser humano que se abandona de verdad, que se deja llevar por la corriente; ya no le preocupaba lo que pudiera ocurrirle, no le importaba que la atasen a un potro de tortura o la mataran. En esos momentos su cara, tosca e infantil, se volvía hermosa y seria.
Karo iba a misa todas las mañanas al despuntar el alba; directamente desde el café concierto, o entre un devaneo y otro, tras soltarse de los torpes y ebrios brazos de alguno de sus amantes ocasionales. Péter sabía muy bien que era inútil tratar de retenerla con imposiciones. Se habían conocido en la biblioteca; Karola Thinne había ido en busca de modelos, pues quería confeccionarse un disfraz para el baile del gobernador. Nada más entrar, intimidada por los libros, había mirado a su alrededor en busca de amparo. Con Péter, que acudió en su ayuda, había hablado durante la primera hora con voz asustada y reverente; como si una doncella descubierta in fraganti en pleno robo repitiera sin cesar: «Sí, señorito; no, señorito…». Sin embargo, cuando por fin encontraron el disfraz, Karola se rio satisfecha y confiada; cualquiera diría que en ese lapso de tiempo se había enterado de un suceso de la vida de Péter, como si él le hubiera confesado una intimidad y desde ese momento pudiera manejarlo a su antojo. Al salir, Karola quiso comer un helado y Péter obedeció a toda prisa. En el camino de vuelta le compró un par de zapatos, y una hora después de conocerse, en una plaza muy concurrida, ya habían discutido como si estuvieran casados. Karola caminaba deprisa, persignándose cada vez que pasaba por delante de una iglesia, y de vez en cuando desviaba el ojo y sonreía complacida. Su mirada estrábica le daba un aire infantil que encandilaba; los hombres caían hechizados. Tenía veintiséis años y era tan divertida, tan inconscientemente bizca, que cualquiera diría que colocaba los ojos de esa forma por puro aburrimiento, para divertir a los adultos.
Los adultos eran siempre varones para Karola, que vivía en hostilidad perpetua con las mujeres, sólo le gustaban las religiosas. Todos los sábados llevaba un regalo al convento de las ursulinas locales, donde abrumaba con sus confesiones a la madre superiora, que solía escucharla con paciencia y escepticismo. Los hombres, decía, eran incapaces de vivir sin ella, pero ella no tenía la culpa, no deseaba que las cosas fueran de ese modo; los hombres, todos los hombres, daba igual cuál fuese su trabajo, construir una torre o dictar condenas a muerte, siempre tenían un asunto pendiente con ella, por la simple razón de que ella también habitaba este planeta y casualmente vivía cerca de ellos. Cuando la madre superiora la instaba a comportarse con más humildad, Karola le soltaba una perorata de las suyas. Ella, en realidad, era feliz con una taza de té y un trozo de pan duro; si fuera por ella, se pasaría el día desnuda y acurrucada en su habitación, hojeando revistas y jugueteando con alhajas pasadas de moda. La superiora suspiraba con desespero. Karola hablaba de los hombres como si se tratara de una durísima prueba impuesta por Dios para expiar sus pecados, como de una de las siete plagas egipcias, como si fueran langostas o las tinieblas. Los hombres irrumpían en su vida, igual que una desgracia, decía, y gritaba y gesticulaba arremetiendo contra ellos. Cuando vociferaba se ponía bizca, como una loca, en éxtasis, con el cuerpo retorcido y desfigurada. «Tú eres una chica buena y sencilla; tu padre fue un carpintero de armar. ¿Por qué haces estas locuras? El padre putativo de nuestro amado Señor Jesucristo también era carpintero. Eres una hija del pueblo; tú también naciste cerca del pesebre. Tranquilízate, hija mía. Todos los seres humanos tenemos una parte animal, pero también una parte dulce e infantil. Es Dios quien infunde la pasión a los hombres. Sopórtala, es tu destino…», le decía la superiora. Karola rompía a llorar y besaba la mano de la madre superiora, a cuyos pies se había sentado gimoteando, de un modo infantil, haciendo un teatro insoportable. Sin embargo, la religiosa la toleraba, convencida de que, en el fondo, Karola era pura, y su pureza seguiría intacta incluso si aparecía magullada en un antro de mala muerte, pues no se había adentrado en los peligros de la vida motu proprio, sino por voluntad de servicio. Karola había venido al mundo con la misión de servir.
También Péter creía en su pureza. A veces Karola desaparecía y regresaba al cabo de unos días en plena tormenta, empapada, maltrecha, como salida de una lucha nefanda y primitiva, con sombras negras alrededor de los ojos y cardenales verdes por el cuerpo. Se acostaba en la cama, como si estuviera gravemente enferma, mientras apretaba la mano de Péter, y él luego tenía que prepararle una infusión de manzanilla, ponerle compresas y curar sus heridas. En cierta ocasión se la llevaron a la comisaría, por haberse resistido a las fuerzas del orden y haber maldecido al gobernador y al arzobispo; allí le habían pegado, como si hablara un lenguaje salvaje y primitivo, monosilábico, que sólo entendían ya un par de exploradores, como si hablara la lengua de una tribu salvaje olvidada. En alguna parte del mundo, en una tribu, vivían mujeres, las mujeres verdaderas, las salvajes; tenían el cuerpo tibio y moreno, adornaban sus pechos con coronas de flores, se sentaban día tras día a la orilla del mar y esperaban la llegada de los hombres, la tempestad y el sol, entonando cánticos monótonos y quejumbrosos, parecidos a los salmos, como monjes orientales. Karola hablaba la lengua de una tribu así. Para el amor, en ella no sólo existían las caricias y el deseo, la melancolía y esa coquetería bizca, sino también una entrega ceremoniosa y constante, la misma que tenían las mujeres consagradas a los dioses en los templos del Antiguo Oriente.
Emmanuel despreciaba a Karola, la llamaba «prostituta» y ni siquiera le daba la mano. Ella se compadecía de él y le tenía miedo. «Un día vendrá a suplicarme. Se arrodillará aquí, en medio de la habitación; sus barbas se empaparán de lágrimas, lágrimas y barro. Pero es muy posible que entonces sea tarde y ya no pueda ayudarlo», le decía a Péter. Karola hablaba su idioma salvaje y tribal con acento bávaro. Los hombres chasqueaban la lengua cuando la veían; ella, la bizca, era la «buena chica», la aventurera del amor. Pero Péter ya sabía que era peligroso calentar con las brasas de la pasión la sustancia de aquella «mera aventura»; si lo hacía, le explotaría en las manos. No obstante, ahora había vuelto junto a Karo porque «había ocurrido algo» —había leído una carta donde se le daba una noticia que le había producido el mismo efecto que una pesadilla de la infancia, como si hubiese leído en el periódico que un terremoto había causado la muerte de trescientas mil personas en Japón— y tenía la sensación de que ella era el único habitante de la tierra capaz de transformar mágicamente la noticia en un dolor íntimo. Era imposible concebir o sentir la muerte del padre. Karo era la única persona que podía brindarle alegría y dolor, pues ella siempre extraía de la materia indiferente de la vida un jugo personal. Sin ella todo resultaba anodino y tan ajeno como una película de cine o las noticias de la prensa; las leemos y nos lamentamos de la muerte de los japoneses, pero al pasar página ya le estamos pidiendo al camarero nata para el té. Karo era el único ser humano en cuya compañía Péter se atrevía a pronunciar frases como «Mañana iré a hacerme la pedicura y me cortarán las uñas», «No me gusta Debussy, me aburre», «Quédate en ropa interior». Ella pasaba revista a todo lo que incumbía a Péter; una sensación, una frase, un deseo o un dolor, y al calor de su mano y de su aliento todo se fundía milagrosamente y se convertía en algo íntimo y delicioso. Péter desconocía el dolor. Con la noticia de la muerte de su padre, iba a verla como quien lleva un bulbo de flores de Ceilán de regalo; un bulbo exótico que hubiera recibido por correo y fuese preciso colocar en agua fresca para que al poco rato se abriera y desplegase toda su pompa y aroma. Únicamente Karo era capaz de esa magia; sólo ella comprendía la alegría y el aburrimiento. Péter se aburría en compañía de Karo tanto como se aburriría un dibujante mal pagado con su novia, una joven peluquera, todas las noches de la semana, después de haberse amado, sentados y despeinados en el sofá, al darse cuenta de que no tienen dinero para ir al cine. Hasta el aburrimiento cobraba vida, se hacía palpable, alrededor de Karo; en casa o en la tienda, Péter vivía con otra clase de aburrimiento, más ligero e ideal, uno que no tenía sabor ni aroma; de hecho, todas las mañanas las encargadas de la limpieza barrían y quitaban con lejía ese aburrimiento, pobre y descolorido. En compañía de Karo, incluso el aburrimiento se volvía incandescente, como en la jaula de un león.
A aquella hora la calle estaba desierta. Los hombres se atusaban el pelo con un cepillo mojado delante del espejo del gabinete de su despacho y las mujeres se perfumaban presurosas por acudir a sus citas. No así las madres: éstas se quedaban en casa cosiendo, o repasando con sus hijitos una lección de latín, incomprensible para ellas, y conjugaban con desgana los verbos sentadas a una mesa de fórmica con los tazones de la merienda delante. Péter cruzaba aquella calle, que le era tan familiar, llevando el dolor a casa de Karo como si éste fuera un jeroglífico que acabase de descubrir y sólo supiera descifrar un experto en toda la ciudad, como si Anna hubiese redactado su carta con escritura cuneiforme o con ideogramas. La noticia llegaba desde tan lejos que parecía un descubrimiento histórico, la carta de relación de una batalla de la Antigüedad ocurrida varios milenios atrás, especialmente sangrienta, llena de heridos, heroísmos, estratagemas y desfiles triunfales. Posiblemente alguno de nuestros antepasados había tomado parte en aquel combate ocurrido en tiempos terriblemente remotos, y quizá incluso había desfilado, triunfante, orgulloso y hierático, luciendo perilla, túnica azul y una cinta de oro en la frente. Y ahora acababa de llegar la noticia de ese antepasado. Mientras tanto, la humanidad había alcanzado la edad adulta; Voltaire había escrito sus obras, el hombre había aprendido a volar, se fabricaban suaves camisas de seda y Péter había conocido a Edit. Pero él sólo ahora se daba cuenta de todo esto; tenía que llevar luto por algo que había perecido hacía mucho tiempo pero que para él, de forma increíble, cobraba carácter de dolor vivo y real en ese momento. Péter pasó por delante de un palacio en cuya puerta se leía el nombre de EMMANUEL en un rótulo de vidrio negro y letras doradas. El portero se llevó la mano a la gorra de plato y lo saludó al estilo militar. «Sería inútil contárselo al portero», pensó Péter. Por primera vez, frente a aquel individuo que le era tan familiar, se dio cuenta de que no era posible explicar a nadie la dimensión y verdadero significado de la noticia, pues había ocurrido algo que sólo se podía comunicar al mundo en forma de esquela y ceremonias; luego la gente asentiría con la cabeza y enviaría telegramas y coronas. Nadie sabría traducir la noticia a su significado verdadero; nadie se atrevería siquiera a intentarlo. Hasta ahora Péter, al pronunciar la palabra «dolor», sólo había visto campos de batalla, heridos gimiendo y dando alaridos tirados de bruces en el suelo, algún animal solitario perdido por las calles de una ciudad, una mujer vestida de negro y asomada a una ventana, o un niño que no se atreve a gritar y espera en vano a que el alba despunte en la habitación sumida en tinieblas. En este preciso instante, como si acabase de encontrar en un diccionario el significado exacto de aquella palabra extranjera, Péter miró maravillado a su alrededor.
El piso de Karo estaba vacío. En el fondo de la bañera había aún algunas gotas de agua y alveolos verdegrises y perfumados de la loción de baño. Péter cerró la puerta con llave, se paró en medio de la habitación, vacía y a oscuras, y aguzó el oído. En el dormitorio sonaba el teléfono, como una señal de alarma. Las aves de rapiña dan gritos parecidos cuando están en peligro. Péter entró en el cuarto y con dos dedos, como si tocara un objeto sucio, descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja. «¿Oiga? ¿Eres tú, Karo? ¡Oiga! ¡Por favor!», exclamaba una voz masculina. Y continuaba con una impaciencia infantil e irritada: «¡Oiga, oiga!… ¿Quién habla? Oiga, por favor…». Péter contuvo el aliento. ¿Era posible identificar a alguien por el ritmo de su respiración? Aunque no lo conocía, a Péter le daba lástima el hombre que pataleaba al otro extremo del hilo, en algún rincón del mundo, en una habitación, en la calle o en la cabina de un teléfono público, inundada de bacterias y octavillas, en una atmósfera que olía a agrio. Por un instante, estuvo tentado de contestar. «Karo ha salido. Por favor, tranquilícese. Ya volverá. Lo mejor es llamarla por la noche, cuando yo no estoy aquí», hubiese podido decir. El hombre hablaba con un tono imperioso, como quien cree con terquedad que está reclamando un derecho. Era una voz desesperada, de poseso, la voz de un tipo solitario que se ofende de manera tremenda en cuanto no se responde de forma inmediata y servicial a su llamada. Péter, como para excusar a su amiga, se decía que Karo no iba a estar aguardando toda la eternidad esa llamada. «Hace un rato aún estaba conmigo; luego ha salido». Por lo visto había otros que también acudían a ella como quien visita a un excelente médico especialista. A todos les llegaría su turno. Péter respiró lo más silenciosamente que pudo. El desconocido debió de darse cuenta entonces de que había alguien a la escucha. Unidos por el finísimo hilo telefónico, como dos delincuentes detenidos y esposados en una batida nocturna de la policía, se percibían en la oscuridad y oían el uno el aliento del otro desde la distancia. Esta comunidad física con un desconocido que quizá llamaba a Karo con un miedo parecido al suyo, esta intimidad y la voz extranjera, conmovían a Péter. Le habría gustado ayudarlo. En las tinieblas, en lo desconocido, había un hombre que invocaba a Karo pateando con obstinación, como un niño enfermo que llama a su madre. La voz era cálida y profunda. El aliento despedía sin duda un aroma suave a tabaco oriental. «Es una voz de hombre culto. Sabe hablar en voz muy baja y no mira a su vecino al espetarle algo sumamente cruel, al pronunciar la palabra que lo hiere de muerte», pensó él, con tristeza. Pero no podía decirle que colgase el teléfono porque Karo había salido para ver a otro hombre que debía de haberla llamado con la misma urgencia imperiosa aduciendo toda clase de mentiras, como que estaba en peligro de muerte. No podía decirle que Karo iba por el mundo como una hermana de la caridad por el campo de batalla, caminando entre los heridos. No podía decirle que era él, Péter, quien tenía en la mano el auricular y estaba escuchando la respiración de un extraño, los rumores y sibilancias emitidos por los pulmones de un hombre desconocido, como el enfermo que por casualidad está solo en la consulta del médico y se pone a jugar de manera distraída con el estetoscopio y las recetas. No podía revelarle que también él estaba buscando a Karo, a aquella Karo cuyo número en el listín telefónico era tal y cual y que no hacía mucho había estado allí, a su lado, en la cama. Tampoco podía contarle que acababa de recibir una carta que Anna había enviado por correo aéreo, ni darle la noticia, ni mostrarle el dolor que deseaba entregar a Karo para descifrarlo y ponerlo en limpio entre los dos, como si fuera un hallazgo arqueológico de la Antigüedad. No podía decirle nada a aquel hombre. Por esta razón permaneció en silencio.
El desconocido ya se había dado cuenta de que al otro extremo del hilo lo escuchaba otro hombre que se encontraba en la habitación de Karo. Asustado y ofendido, se calló. Se quedó aguardando con un silencio impúdico, cobarde y vacilante, como hacen ciertos animales cuando se sienten en peligro, que se paralizan y fingen estar muertos hasta que el cazador o la amenaza pasan de largo. Karo fingía mucho cuando hablaba por teléfono; podía estar besando los ojos de Péter, con esos besos frescos que olían a camomila, y si el teléfono empezaba a sonar, alargaba la mano hacia el auricular con un ademán laxo y mentía sin más, de manera mecánica. «¡Se ha equivocado!», decía, y colgaba el auricular, o a veces improvisaba una conversación alegre con una amiga inexistente, hablaba de vestidos o de cosas sin importancia. Péter sabía que al otro extremo del hilo no había tal amiga, sino un hombre que llamaba en un momento poco oportuno. A veces era Péter quien descolgaba el teléfono y hablaba esperando una respuesta, pero no le contestaba nadie; el hombre, asustado, se quedaba callado y esperaba a que Péter se cansara de gritar «¡Diga!» de un modo ridículo y colgase el aparato. Pasados unos segundos, el auricular dejaba oír, fina e irónicamente, un sonido de timbre leve y en tono menor, la señal de que el otro acababa de escaparse de la trampa; se había quedado escuchando más tiempo que Péter y luego, como de puntillas, había salido de la habitación y se retiraba de esa aventura estúpida. En ese momento los dos escuchaban satisfechos aquel toque de timbre brevísimo que significaba la despedida y los traicionaba a ambos. Karo reía entre dientes y se paseaba cabizbaja por la habitación, como quien no tiene la culpa de que se haya inventado el teléfono y los hombres. Karo no era culpable de todo aquello; miraba a su alrededor desconcertada y sonriendo. No había más remedio que perdonarla. El desconocido se aburrió de su fracaso y del silencio, colgó el aparato y echó a andar con pasos vacilantes por el mundo. Péter se quedó a solas en la habitación de Karo y miró en torno a él.
El lugar de autosAquella habitación formaba parte de su vida, pero Péter nunca se había quedado solo allí. Le sorprendía el desorden. Karo se había ido como quien huye del lugar de autos. La cama estaba sin hacer y una impresión cóncava en la almohada mostraba la forma de unos hombros humanos, como las escayolas que los médicos separan de un miembro cuando el hueso fracturado ya se ha soldado. Aquella impresión cóncava en la almohada eran los hombros de Karo. Péter, con cuidado, como quien teme romper la armonía sensible de una obra de arte muy delicada, recorrió con la yema de los dedos las líneas de la espalda y los hombros de Karo. La almohada y el edredón de seda, como bloques y fragmentos de una estatua de mármol blanco rota, se amontonaban en la cama con la arbitrariedad temible de los objetos en desorden, como vestigios de la obra de arte con la que antaño habían formado un todo. Aquella obra se había deshecho en pedazos por culpa de una catástrofe bárbara y ruidosa. Péter contemplaba las almohadas, el edredón, el cojín de blondas delicadas que Karo había lanzado al pie de la cama con un ademán inconsciente y caprichoso. Por un instante Péter sintió que estaba en la excavación de una ciudad en medio del desierto africano, a sesenta grados y bajo un sol ardiente color crema, donde un arqueólogo y sus ayudantes se esforzaban en reunir los fragmentos de una estatua antigua, una estatua pagana e inmoral. En su época debió de titularse Deseo, Afrodita o Placer; era una estatua solemne y vulgar, intimidante e impúdica. La cama emanaba aún el perfume del cuerpo de Karo, conservaba huellas de sus movimientos y se veían por doquier las cosas que solía lanzar al suelo en un arrebato de pasión. Péter dedujo que Karo había salido corriendo, como si hubiera cometido un crimen y allí ya no fuera posible «poner orden». Sólo las mujeres malas de verdad arreglan la cama antes de salir, ponen en su sitio la colcha, abren la ventana para airear la habitación y, en un alarde de hipocresía, cambian el agua del jarrón de las flores. Y hacen todo esto como si después de la intensidad de la aventura del amor fuera posible volver al orden burgués; como quien, después de haber matado hombres y rinocerontes en el Congo, vuelve a Europa y nada más llegar a casa se pone a hacer limpieza a fondo, o a cocer frutas para preparar mermelada con una sonrisa inocente en la cara. Karo se había ido de allí dejándolo todo tal como debía dejarlo, tal como había quedado, porque no podía ser de otro modo. Péter comprendió que Karo aún tardaría un rato en volver. Tal vez había acudido a la llamada de un hombre en la otra punta de la ciudad, o estaba en el cine, soportando la música mecánica en la oscuridad, o quizá estuviese paseando sola a orillas del lago, gozando de la noche y el viento, esperando que muriese algo en su interior; el deseo, o el recuerdo, como si éste fuera un grito lejano, el alarido de un animal o de un desconocido que nos cuenta una noticia inexplicablemente excitante y dolorosa que horas después todavía resuena en nuestra cabeza, cada vez más débil y de una forma menos íntima, pero que aun así se adhiere a los tejidos del alma, y que seguimos oyendo aunque sólo como percibimos las voces en los sueños. Para Karo no terminaba la vivencia en el instante en que se liberaba del abrazo de su enamorado y se ponía a calentar las tenacillas para rizarse el cabello, ella arrastraba el amor consigo durante bastante tiempo, y salía a la calle, en medio de la gente, en pleno mundo, como si guardase un secreto que le acabaran de contar, un secreto terrible y pueril como los misterios de los hechiceros. Tal vez su única razón de ser consistiera precisamente en el hecho de continuar siendo un misterio que estaba prohibido descifrar. Ella necesitaba tiempo para el amor; cuando estaba en la cama, no se apresuraba, todos sus movimientos eran lentos, como los de un soñador inconsciente. Tendía la mano al amor de la misma manera que las plantas se vuelven hacia el sol, con un gesto infalible, muy seguro, anhelante y grávido. Péter había contemplado muchas veces la cara de Karo en la cama. En esos momentos el semblante de la hija del carpintero era severo, como si acostada pensara con detenimiento en algo grave; miraba a lo lejos, inquieta, como un niño que se ha perdido en la selva y sólo quiere jugar y escucha el rugido de la tempestad mirando con cierto horror feliz las nubes negras del cielo entre las copas de los árboles. Entonces también acostumbraba a cambiar la atmósfera de la habitación, como si la voluntad de Karo sugiriera una zona ecuatorial en la estancia: un iceberg flotaba en algún punto del océano, entre el armario y el piano; en el otro rincón, las aves del paraíso, con su solemne estupidez y sus galas burdas y lujuriosamente policromas, se posaban en las ramas de las palmeras, donde unos monos daban alaridos. Igual que el embrión recorre todas las etapas de la evolución de la especie en el seno materno, Karo experimentaba en la cama todos los estadios del amor; entre dos besos o dos caricias, era capaz de emigrar lejísimos, a los decorados prístinos del deseo, donde el amor no es más que luz y sombra, y poco a poco el deseo iba condensándose en los movimientos de su cuerpo. Péter nunca había conocido a una mujer con semejante curiosidad. Las habitaciones en las que había amado a otras mujeres olían sencillamente a perfume, y eran idénticas a las de los sanatorios de lujo, donde se disimula con cierta gracia doméstica un hecho asombroso, digno de Registro Civil, el hecho temible de que un cuerpo, a medio camino entre la vida y la muerte, esté buscando su equilibrio perecedero en el mundo. Las mujeres buscaban en el amor la ternura, la paz, el olvido o la pasión; Karo sólo buscaba el amor. Como si alguna vez hubiese oído hablar de él, como si su nodriza le hubiera contado que, en alguna parte, allende los océanos insondables, existía también algo llamado «amor». Péter había creído durante mucho tiempo que ya lo sabía todo acerca del amor, pero la primera vez que fue a casa de Karo se dio cuenta, asombrado, de que no se acordaba de nada. Allí estaba Karo, la enamorada, que cobraba dinero cada primero de mes y lo más probable era que lo engañara con otros hombres curiosos y anhelantes. Allí estaba su casa, la de Karo, que misteriosamente nunca dejaba de ser un cuarto de campesino. Daba igual que colgara cortinas de seda en las ventanas y llenara la cómoda de animales de vidrio con patas torcidas, o que inundara el tocador con cepillos de plata y frasquitos; en las paredes había «bendiciones caseras» invisibles y relieves de cera de colores sobre cristal. Péter no se habría sorprendido si en el armario de Karo, entre la ropa interior provocativa y los pantaloncitos de delicadeza teatral, hubiese descubierto tarros de compota o pepinillos en vinagre. Karo solía empezar mirando el céntimo para luego, con alegre desenfado, acabar tirando a manos llenas las monedas y los billetes por la ventana. A Péter tampoco le hubiera extrañado si un buen día, al llegar a casa de Karo, hubiese encontrado un par de jamones o un lomo enorme ahumándose encima de la chimenea, en cuya repisa de mármol había apoyados varios cuadros de paisajistas franceses. Karo dedicaba todo su tiempo a su carrera de mujer. A veces, cuando dormía, daba la impresión de ser media tonelada de tierra muy antigua y cargada de historia, y que en sus estratos podían encontrarse vestigios del pasado. Nada se perdía en la materia primigenia del cuerpo y la conciencia de Karo, sólo se transformaba en algo diferente que se metamorfoseaba sin cesar: en sus profundidades podían encontrarse jinetes francos o gépidas, esqueletos de corceles con sillas de montar extraordinarias, alhajas históricas, e incluso el viejo sonajero con el que Karo había jugado de niña y el recuerdo de un golpe que para ella estaba ya fuera del tiempo y el espacio, igual que esos cráneos antediluvianos en los que se descubre una trepanación, como señal de un duelo o un accidente de caza. En Karo se reflejaban todavía los fulgores de fenómenos climáticos, desvaneciéndose, y vegetaciones rarísimas, como restos marchitos de helechos gigantescos. «Todos arrastramos el pasado con nosotros, pero ella parece embalsamarlo», pensaba Péter. Nunca tiraba nada, todos los recuerdos seguían latiendo un poco en Karo; en ella vivían tanto los recuerdos de esa existencia misteriosa y atemporal llena de objetos superfluos, como las leyendas y los pensamientos hermosos que se gestan en las grandes épocas de la humanidad. Aquella habitación, en la que Péter acababa de encontrar algo que antes había buscado en balde, era, en efecto, «el lugar de autos»; como si el delito fuese la vida misma: cierta monstruosidad, determinado olvido de sí mismo, con el único sentido de no sentirse culpable después. Karo era inocente en el amor, y sus cómplices, que eran a la vez autores y víctimas del atentado, se comunicaban con ella en una especie de jerga de delincuentes. En aquella estancia, en la que Péter siempre entraba con una sonrisa curiosa y reservada, un poco ceremoniosamente, como un Sherlock Holmes mundano que, por si acaso, se da una vuelta por allí y habla con la dueña del piso, con el sombrero y los guantes en la mano, haciendo cumplidos, sonriendo y sin sospechar aún de nadie, aunque no se le escape el más mínimo detalle… En aquella estancia Péter había conocido algo real, algo que ninguna mujer le había brindado hasta entonces, más real que el amor de Edit; tenía buen sabor y un halo de aventura, pero no se podía contar con ello con seguridad. Este proceso de conocer tenía su aroma particular y la estancia era incapaz de contenerlo por completo; se esfumaba, se escapaba, como los perfumes extremadamente nobles, que se evaporan de sus frasquitos de cristal de roca. Estos perfumes orientales llegan a las metrópolis de Occidente en caravanas de camellos y barcos, pero un buen día se volatilizan, incluso a través del tapón de cristal, para volver a Oriente, igual que un sentimiento o un cuento de hadas. Este lugar era el «de autos», sí, y Péter lo examinó esta vez con todo el cuidado. En la pared había grabados franceses de temas sensuales, y tampoco faltaba en el cuarto la máquina de coser que Karo había comprado a plazos. Al abrir el armario, entre la cascada de telas perfumadas y de colores, emergió la figura de Karo, como si una actriz se perfilase sobre el montón de disfraces, pelucas y batines de su camerino aun sin estar presente. Pero esa actriz no actuaba ante ningún público, y no obstante las ropas policromas rebosaban el armario como chorros de agua multicolor del surtidor de una fuente en una fiesta popular. Ese rumor y ese susurro, esa sucesión de disfraces nunca puestos, arrugados y descartados, la exuberancia con que Karo pretendía expresarse, aunque acabara siempre por dejarla de lado, impotente, poniéndose al fin un traje de sastre liso; aquellos rizos y cintas que parecían esperar una celebración, una fiesta monumental en la que Karo se lo pondría todo a la vez y luego bajaría la escalinata poco a poco mientras en la sala sonaba la música y los burgueses bailaban bajo luces de colores… toda esa teatralidad cotidiana y secreta era el misterio de Karo. Todo aquello solía encerrarlo con celo, bajo llave en el fondo de su armario, como también lo escondía en lo más hondo de su alma, igual que una novia oculta el deseo que siente no por su novio sino por aquel caballero barbudo, envuelto en un impermeable de reflejos irisados, que un día cruzó con su automóvil a toda velocidad su pequeña ciudad de provincias. Péter pensó, con compasión, que los niños suelen jugar a teatro de la misma forma, en secreto, con la lipityanka de mamá y la levita del tío. Sin embargo, ese teatro, ese deseo, esos objetos de escenografía a lo mejor eran la realidad para Karo. Llega un momento en la vida en que uno, por fin, se atreve a lucir todas las pelucas y disfraces que ha ido coleccionando con sigilo y se lanza a recitar un poema de algún autor altisonante, convencido de que con su patetismo huero se expresa mejor que con la prosa, cuyas palabras vulgares le han servido para expresarse hasta entonces. Mucha gente rompe a llorar en tales situaciones, pero otra parte del público se queda atónito y, incómodo, rompe a reír. Péter había pensado más de una vez que un buen día, un poco pálido y vestido solemnemente de negro, se presentaría ante Emmanuel «para decírselo todo». Ese deseo era tan pueril y no obstante tan violento, tosco y excitante como la ilusión juvenil de aportar felicidad al mundo. Péter se avergonzaba de ese deseo pero no podía renunciar a él. Cada vez que hablaba con Emmanuel, el deseo, la fantasía infantil de que llega un momento en que es posible decirlo «todo» —a Emmanuel y al mundo— temblaba tras las palabras de Péter, y era preciso vigilarlo, como se vigila a una fiera domesticada que cualquier día, entre juegos y caricias, se revuelve y con un solo zarpazo mata a su desgraciado domador. Aquélla era la guarida de Karo, con el armario, los trapos y el secreto, y él se encontraba ahora frente a frente con el misterio. De pronto se dio cuenta de que se acercaba el momento en que el deseo encontraría las palabras y él podría decir aquel «todo» a Emmanuel y a Edit, a Karo y a su universo. Comprendía ahora que aquel discurso no sería muy extenso, tal vez dijera: «Basta ya…», o «Me voy…», porque una sola palabra podía contener lo que él había pretendido decir toda su vida. Sin embargo, sería incapaz de pronunciar esa única palabra siquiera con un instante de antelación, sólo podría decirla cuando llegase el momento apropiado. Ahora les estaba ocurriendo algo a él y a su entorno; quizá por primera vez desde que había nacido «estaba ocurriendo algo» de verdad. Se arrodilló delante del armario, hundió las manos entre los muelles de vestidos y tiró los disfraces secretos de Karo sobre la alfombra, cogiendo una prenda tras otra, arrugando y olfateando el tejido. Pero incluso aquellas ropas misteriosas fluían hacia él con aromas sencillos —olores caseros de ropa bien lavada y planchada—, como si todo aquello perteneciera al armario ropero de un ama de casa de pueblo, como si Karo se dedicase en secreto a lavar, blanquear con añil y almidonar. En Karo había cierto materialismo desesperante. «Karola Thinne», pensó Péter, levantando con ambas manos una capa de brocado bordado en oro y estampado de flores, como debían hacer los pajes en las cortes de los emperadores romanos de una nación germánica. Era una tela antigua y solemne. Karola Thinne anhelaba en secreto esos disfraces, pero en aquel momento debía de estar paseando por la ciudad con un sencillo traje gris de corte inglés y zapatos de tacón bajo. Péter contempló emocionado aquel brocado. Karo lo había adquirido en secreto y lo escondía esperando el día en que necesitara ese disfraz para transformar la vida, el amor, los hombres y la sustancia del mundo en una fiesta. Pero ese día tardaba en llegar y ahora él sabía que jamás se presentaría una ocasión así en la vida de Karola. Los colgadores y disfraces se quedarían para siempre en el armario de Karo, y los hombres desfilarían, uno tras otro. Con suma atención, Péter observó la cama. Los hombres habían destruido a puñetazos esa obra de arte titulada Deseo o Placer, y tras esos invasores vandálicos sólo habían quedado aquellos fragmentos blancos y blandos. Con bastón, guantes y el sombrero en la mano, Péter se paseó, rodeando la cama y midiendo la habitación de punta a punta, como si fuera un visitante de una sala de exposiciones. Fuera casi era noche cerrada. Péter sabía que jamás volvería, y por esta razón procuraba mirarlo todo, cada uno de los objetos a la vista, como si se estuviera allí por primera vez. Algo se acababa, algo tocaba a su fin. Antes había vivido allí, entre los brazos de Karo, y ahora estaba plantado delante del armario como un aburrido tasador del juzgado que en sus horas de solaz intenta calcular el valor de la corona de Carlomagno. Fuera llueve y cae la noche, pronto terminará la visita a la colección privada. Péter se inclinaba con suma delicadeza sobre algún objeto, con la cortesía complaciente del perito y coleccionista. Cogió un peine y vio entre sus púas un pelo de Karo; olía a su perfume de cabello y a su brillantina. Apoyado en el bastón, miró la ropa que había encima de la cama y admiró, asintiendo distraídamente con la cabeza, como apreciando su auténtico valor, los zapatos de seda negra de la chica. «En Pompeya se paseaba así…», pensó. En otro tiempo vivió allí una joven que una noche murió sepultada por las cenizas de una erupción febril; su cuerpo y los objetos que la rodeaban se conservaron para siempre… En aquella habitación reinaba una inmovilidad espeluznante, fuera del tiempo y los sonidos, como en el fondo del mar.
«En otra época yo había vivido aquí», pensó Péter. Al día siguiente iba a estar muy lejos de allí, en una lejanía absoluta, ni siquiera podía expresarse en kilómetros y horas aquella distancia a la que lo llevaría la aventura de la noche. Se acercó al tocador, admiró los pintalabios y los pequeños botes de colores, las borlas para el colorete, las tijeras y las pinzas diminutas; alguien había librado allí una lucha sin tregua, como un médico, por la vida y la belleza. Péter sentía una profunda compasión por Karo y por todo lo que iba a abandonar para siempre al salir de aquella habitación. ¿Cómo sería la vida? ¿Qué experiencias le aguardaban? ¿El amor? ¿La muerte? «Es como una novela. Siempre, siempre esa analogía con una novela barata: la vivencia del amor o de la muerte, con sutiles variaciones», pensó con hartazgo. Alargó la mano y tocó las pertenencias de Karo; volvió al pelo de la chica y siguió con la mirada la línea de su espalda entre las almohadas. Ahora que lo habían llamado y empezaba algo que no tenía nombre —y él no podía negarse a partir, como quien recibe una orden terminante de una organización misteriosa, al margen de la sociedad—, buscaba una palabra con la que pudiera entregar todo aquello a Karo; una palabra que lo explicase todo de tal manera que Karo pudiera entender al instante el sentido de todo lo que le había ocurrido a Péter. Hay palabras así. Iba a dejar atrás una etapa de su vida, como si saliera del sueño con los primeros sonidos del día; se sentía curioso y embriagado. Karo tampoco conocía el amor, sólo creía en él como el feligrés cree en el milagro y la redención. Entonces, de repente, la frase acudió a su cabeza, la palabra que Karo comprendería a la perfección. Se quedó asombrado ante la sencillez de aquella frase; había en ella algo inapelable. Aunque no podría contestarle, al leer aquel mensaje, Karo lo entendería todo de forma inmediata. Quizá lloraría un rato, pero luego daría cuerda a la gramola, se cambiaría de traje y bajaría al café. Péter tomó del tocador el lápiz con el que Karo solía retocarse las cejas y escribió con letra torpe en el reverso de la factura de un corsé que encontró en la cómoda:
Padre se está muriendo.
Dejó la factura sobre la cama, se puso los guantes poco a poco, miró a su alrededor y salió de puntillas de la habitación, como si fuera el último visitante de un museo de provincias y hubiera roto un objeto sin querer.
«El sueño»En el camino de vuelta, entre las habitaciones de Karo y Edit, ocurrió algo que Péter más adelante acabó por denominar: «el sueño». Hablaba de ello como de una ensoñación especialmente peculiar que era incapaz de olvidar. Lo contó sólo en dos ocasiones: primero, pocos años después, a la esposa de Edgar, Judit; y luego, diez años más tarde, al obispo János, admirado y moribundo. Nunca más lo mencionó. En realidad quiso contarlo una vez más, a Edit, pero en ese entonces ella ya estaba agonizando y no le prestaba atención. En las dos ocasiones lo contó con palabras idénticas, como si recitara un poema aprendido de memoria, como un actor declamando su papel; como si el sueño se hubiera grabado a fuego en su memoria de una forma determinada, invariable, como un fragmento donde cada palabra está fijada con rigidez, incluso con sus puntos y comas. Lo contó en estos términos: «Entonces, nada más salir del piso de una joven, me fui a casa. Aquella mujer era mi amante. Todos mis miedos y afanes, que en cierto modo habían dejado de tener carácter personal, los vivía con ella en una habitación con teléfono, luz eléctrica y revistas baratas en los cajones, rodeado de todo cuanto se necesita para una existencia civilizada, pero vivíamos en aquella habitación como salvajes. No la había encontrado en el piso, y me fui sabiendo que no volvería a verla más, aunque no podía sospechar que Karola —así se llamaba— moriría poco después. Más adelante me dijeron que se había suicidado; es posible, en realidad, pero según las noticias de los periódicos murió como mueren las mujeres incultas: una chispa de la estufa del cuarto de baño prendió fuego a su batín y Karola se precipitó a la calle lanzando alaridos, como una columna de fuego humeante, para luego consumirse ante los ojos de los transeúntes. La gente decía que el humo de su batín, su pelo y su cuerpo ascendía verticalmente hacia el cielo, como en los sacrificios de purificación de la Antigüedad, pero eso sólo son explicaciones supersticiosas. De todas formas, no deja de resultar sorprendente, porque en aquella ciudad suele soplar viento. Aquel accidente triste y gratuito me perturbó durante mucho tiempo, pero no me dolió; pensaba en ello con la vergüenza del hombre culto; me hacía sonrojar que la mujer que había amado hubiera muerto de un modo digno de una «sección de sucesos». Pensé que ciertas formas de morir comprometen; una mujer a la que amamos puede morir de melancolía o matarse con sustancias químicas, pero no puede humear en la plaza pública como las viudas de la India. Aquella tarde había querido verla porque había recibido una noticia triste y amedrentadora de mi familia, una noticia cuyo sentido y significado no era capaz de sospechar en aquellos momentos. De pronto mi cuerpo se había llenado de malestar, como si notara los primeros efectos de un veneno lento y silencioso. Aún no experimentaba nada, sólo me sentía un poco torpe y embriagado. Había ido con aquella noticia a casa de Karola como quien lleva la nueva de un descubrimiento extraordinario, pero en un idioma desconocido; esperaba que ella me descifrase su significado, me explicara el dolor, o acaso, murmurando unas palabras cabalísticas, me administrase un antídoto, y entonces yo sanaría y la infección dejaría de extenderse por mi cuerpo. Un día en que sufrí una intoxicación de nicotina, ella me preparó rápidamente un batido de leche. También esa vez esperaba algo semejante. Pero Karola no estaba en su piso; nada más entrar en su habitación me puse a curiosear entre sus cosas. Mientras miraba su ropa y los objetos de su tocador, me percaté de que me hallaba en medio de un accidente. Ya no dependía de mí lo que fuese a pasar con Edit, con Karola o conmigo mismo: los tres viajaríamos dentro del marco de esta historia en dirección a alguna parte, como en un autobús precipitándose por un barranco, y no podríamos hacer nada más que contemplarnos los unos a los otros, algo pálidos, y esperar el fin de ese viaje. Me daba cuenta de que una fuerza incomprensible me separaba de Karola y me separaría de Edit, que toda mi vida anterior se quedaría atrás, que en algún punto de la lejanía se hundiría también el negocio, con Emmanuel y todo. Era un proceso lento, fluía pausadamente, como las representaciones del sueño que se desparraman por nuestra conciencia un poco antes de despertar y que, en los primeros instantes de la vigilia, quedan fijadas entre las dos orillas de la realidad y el sueño. Un momento antes, todo es niebla y ensueño, y luego, como por arte de magia, los fragmentos del sueño son palabras y fragmentos de situaciones reales, y hasta podría dictárselas con todos los pormenores al taquígrafo de la comisaría como si se tratara de algo que hubiera ocurrido en verdad. En aquel lapso tan breve que pasé en casa de Karo fue como si todos los deseos y recuerdos que habían llenado hasta entonces mi vida se disolvieran poco a poco en aquel nuevo estado. Me sentía completamente poseído. Las capas de recuerdos del alma se reorganizaron en un orden nuevo. Si hubiera dependido de mí, tal vez me habría quedado eternamente entre Karo y Edit, yendo todas las mañanas al despacho, escuchando a Emmanuel, leyendo la correspondencia y los pedidos que nunca acertaba a comprender del todo, aceptando que nuestros barcos recorriesen el Pacífico cargados con nuestras mercancías y que la instalación que habíamos vendido a la fábrica de hielo de Shanghái se hubiese estropeado. Todo esto, en aquellos momentos, no era más real para mí que si lo hubiera leído en un libro. Yo nunca había estado ni en Shanghái ni en el Pacífico. Y como un elemento de la naturaleza sacudido por un terremoto lejano, como si fueran tierra o agua, aquellas capas comenzaron a moverse de una forma brusca en mí, a ordenarse en variaciones nuevas; lo que había sido superficie y realidad se precipitaba a las profundidades y de éstas surgían corrientes nuevas, tibias o heladas. De todo eso en ese momento sólo era capaz de comprender que Karo, la habitación en que nos habíamos estado viendo y ella misma, dejaban de existir físicamente para mí. En las barracas de feria a veces se ven cosas parecidas: un cuerpo —por regla general de mujer— deja de existir ante los ojos de los espectadores y se hace invisible, convertido en cierta materia nebulosa. Uno oye todavía la voz de la mujer, pero la sustancia del cuerpo ya se ha volatilizado. Así dejó de existir Karo para mí, aunque escucharía su voz aún durante mucho tiempo. Cuando dejamos a una mujer a la que amamos, los ingredientes de ese amor van muriendo en nuestro interior poco a poco hasta que creemos haberlo olvidado por completo, pero de pronto, años después incluso, al pisar el umbral de una iglesia que visitamos por primera vez, en medio del tañido de las campanas y el zumbido del órgano, oímos con claridad, destacándose por encima de todo, la voz de la mujer olvidada. O a veces, mientras estamos comiendo, vemos su mano desaparecida y muerta ofreciéndonos un objeto, un cepillo o una flor. Primero muere el recuerdo de su cuerpo, los rasgos de su rostro; luego su voz, su perfume y todo cuanto haya significado para nosotros. Pero aún entonces sigue subsistiendo algo —no su olor, ni su risa, ni su voz, ni siquiera un ademán—, sigue viviendo en nosotros eternamente ese algo indecible que fue ella, sólo ella. Ese recuerdo inanalizable es sólido y no se disuelve con el amor catalizador de otras mujeres. ¡Eso era ella!, pensamos al final de nuestra vida, cuando nos despedimos de todo. Los cuerpos que se han mezclado alguna vez en la aleación de la pasión se acuerdan uno de otro para siempre. Así salí yo por la puerta de la casa de Karo. “¡Se acabó!”, pensé. Se había acabado en un sentido criticísimo e inapelable. Mas al mismo tiempo sabía también que nada “se acaba” nunca por completo y que tales determinaciones son ridículas. Qué vendría ahora y por qué se había acabado, me preguntaba, y no me sentía ni triste ni alegre. “Ahora tengo que tomar el tren; luego ocurrirá algo. ¡Dios mío, es muy triste todo esto! Padre aún está enfermo… Por eso no hay que pensar inmediatamente en ello pero… Volveré a ver a mis hermanos, la ciudad donde me crie, donde fui niño… Este ver de nuevo las cosas es algo molesto; tal vez, incluso, temible, porque hace latir más el corazón con mayor intensidad, pero no es difícil de soportar. Y si es preciso hay que prepararse para lo peor… Será muy triste, como es natural, pero ya pasará”. Reflexionaba de esta forma, con palabras como las que Anna había puesto en su carta, palabras preparadas y defensivas. Caminaba por esa calle, bajo esos arcos por los que había pasado casi cada día durante más o menos diez años, por esa calle del casco antiguo, flanqueada por casas familiares, con sus tejados puntiagudos, donde, tras los visillos, vivían hombres y mujeres fantasmalmente íntimos —conocidos, desde luego, pero no más que los difuntos—, hasta pasar frente al palacio de Emmanuel. En la primera planta del edificio, en la puerta de un despacho, brillaba mi nombre y en ese mismo pasillo se encontraba también la oficina de mi secretario. En un libro con broche y encuadernado en cuero del Registro Comercial podía leerse mi firma; otra de tantas realidades, prueba tajante de que soy comerciante: Péter Garren, socio del negocio de Emmanuel, un ciudadano honrado y estimado. En el piso, en un cajón, había mucho dinero que era mío y podía hacer con él lo que se me antojase, y tenía dinero también en otros sitios, en el banco e invertido en empresas industriales. Entonces, ¿por qué iba a separarme de forma tan irrevocable de Karola?, me preguntaba en la calle, al pasar por delante del palacio de Emmanuel. “¿Qué es lo que me lleva lejos de ella? ¿Y por qué justo ahora, cuando Padre está muy enfermo y es preciso prepararse para lo peor? ¡Por Dios! ¿Qué es lo que me está ocurriendo…?” Me detuve y miré a mi alrededor. Yo amaba la vida, todo lo que nos brindaba la tierra, el aire y el agua. Amaba el cuerpo de las mujeres e incluso su carácter, amaba la música, procuraba empatizar con los problemas y las tristezas de otros seres humanos —no era culpa mía si en los últimos tiempos Emmanuel tampoco desdeñaba el comercio con armamento; eso era asunto de la casa y no mío—, me consideraba del todo inocente respecto a lo que la gente hacía a mi alrededor. Entonces, ¿por qué todo cuanto me rodeaba me resultaba en aquel instante tan nefasto, tan fatal, tan grave y peligroso? En aquellos momentos me dirigía hacia una nueva etapa, hacia personas nuevas, y abandonaba todo lo que había constituido el escenario y sentido de mi vida. Hubiera querido volver atrás: hacia Karo, o hacia la juventud. De pronto sentí que algo estaba pasando en mi cuerpo; quizá estaba cambiando la composición de mi sangre, a lo mejor estaban aumentando o disminuyendo mis glóbulos rojos, y en un futuro me alegraría de otra forma, sentiría miedo de otro modo y me enfrentaría a mis semejantes con otra clase de valor. El mundo daba vueltas a mi alrededor. Tuve que pararme. Ante mí se levantaban las torres truncadas de la catedral y una columna publicitaria con grandes carteles en rojo y azul que ensalzaban la programación de un circo. Estudié aquel cartel: había leones, un domador vestido con librea, una dama con un traje de tul ejecutando un ejercicio arriesgado sobre el lomo de unos caballos, y unos payasos con la cara enjalbegada. Esas pocas figuras, sobre todo los leones y los payasos, se grabaron hondamente en mi memoria. Allí, frente a ese cartel, empezó mi sueño. Me encontraba delante de la catedral, no muy lejos de Edit y de Karola, a poca distancia de la casa de Emmanuel y del palacio arzobispal. A pesar de todo, parecía impensable que, en una ciudad civilizada, dotada de los adelantos más modernos en sistemas de seguridad, pudiera ocurrirle a una persona algo parecido. ¿Dónde estaban los bomberos, las ambulancias, el ejército…? El que se ahoga puede tener tales sensaciones en el preciso instante en que sus miembros empiezan a anquilosarse: en ambas orillas hay gente charlando y en las terrazas de los restaurantes corren los vasos de cerveza con jovialidad veraniega; nadie oye sus gritos de socorro y el balsero está sentado tranquilamente en su barca, encendiendo su pipa… En medio de todo ese orden, los leones, el cartel publicitario, Edit y Karola, ¡mi mundo se hundía! En aquel momento, ese Péter Garren, al que hasta entonces había creído conocer bastante bien, dejó de existir, y otro Péter Garren, al que contemplaba con suspicacia y cautela, se puso en camino para salir de todo ese mundo que se hundía, de aquella extranjería condensada y ordenada que iba oscureciéndose, y se dirigía hacia un paisaje que se perfilaba poco a poco en el horizonte y al que tenía que volver. En efecto, como quien está caminando y oye de pronto una voz y cambia de rumbo mientras sus compañeros de viaje pegan alaridos incapaces de seguirlo, también yo volví hacia atrás en el tiempo y el espacio. Dejaba de ser el Péter Garren conocido por todos, el comerciante honorable, y abandonaba un mundo que, en aquellos momentos, con simplicidad pasiva, se caía en pedazos y sus elementos se descomponían a mi alrededor. Me di la vuelta y vi una ciudad que me parecía misteriosamente familiar y espantosa a la vez, como si acabase de sufrir una catástrofe terrible, un incendio voraz o un terremoto; no, una desgracia todavía más atroz, pues la vergüenza de los hombres se pegaba a las paredes como en las ciudades de los cuadros medievales después de una nueva noche de san Bartolomé, cuando los mercenarios destrozaban la cabeza a los bebés golpeándolos contra las puertas. Tenía que volver allí. No podía hacer nada; ya había dado media vuelta, ya me había puesto en camino hacia la ciudad. Bien sabía que esa ciudad se parecía mucho a mi ciudad natal, adonde debía regresar por la mañana y donde mi padre estaba muriéndose, rodeado de mis hermanos, cabizbajos y carraspeando, en una estancia oscura que olía a humo de habano y agua de colonia. Pero la ciudad sólo se parecía a la mía en su contorno físico, como si la hubiesen fotografiado a vista de pájaro, desde un aeroplano; sólo su configuración recordaba la ciudad verdadera. Esa vez la miré con atención. Vi la antigua fuente y el roble que desde hacía siglos se erigía en medio de la plaza del mercado. Vi el gran campanario informe, de cinco pisos, el café y su mesa de billar, la cabeza de un actor calvo inclinándose, preocupado, sobre las bolas de marfil, con el taco en la mano y los ojos fijos y crueles. Sí, aquello era la ciudad, allí habían vivido mis antepasados. Y en el desván, en el arcón pintado de azul para guardar la leña, hubiera podido encontrar la linterna mágica con la que solíamos proyectar hermosos cuadros sobre la pared, y las obras de Boccaccio, con sus ilustraciones frívolas. Pero en el mercado se erguía ahora un obelisco que nunca había estado; la última vez que había visto aquel obelisco había sido en París, en el centro de la plaza de la Concordia. Y más allá vi un puente de hierro que reconocí de inmediato: era el que está suspendido sobre la estación de Basilea. Delante del teatro daban vueltas las alas de un molino de viento parecido a los de las pinturas flamencas antiguas de la habitación de Emmanuel. Y sobre todo el conjunto se cerraba el manto de la noche de una manera tan inquietante como esa vez en Lyon en que una desconocida me dirigió la palabra en un café para contarme que odiaba a su marido y todas las noches se levantaba de la cama, se iba de puntillas a la cocina y planeaba su asesinato hasta que despuntaba el alba. Y vi la calle donde había vivido veinte años atrás, cuando era un estudiante en Heidelberg; estaba maravillado de que también formara parte de mi ciudad natal. Y el río, bordeado de álamos, desembocaba en el mar al final de la calle, y en la orilla vi a Edit, de pie, con su capa blanca, sonriendo con ojos miopes mientras me decía: “¿Usted no suele montar en bicicleta, señor Garren?” Entonces comprendí que todo aquello no era más que un sueño; una pesadilla, desde luego, y que no podía precipitar su fin. Mi ciudad había crecido de un modo inconcebible en los últimos veinte años; ahora tenía mar, obelisco e incluso a Edit… Nada de eso estaba allí antes. Al mirarla así, a vista de pájaro, su perímetro apenas parecía haberse extendido, pero si te acercabas se notaba enseguida que en los últimos veinte años se habían construido allí mil cosas nuevas. Y las montañas que enmarcaban la ciudad habían crecido de manera casi milagrosa; sus picos estaban cubiertos de nieve, igual que el Mont Blanc por encima de Chamonix. Hacía un año que había estado allí con Karola: se había dejado caer sobre la nieve diciendo que lo sentía mucho, pero era el Polo Sur y ella tenía una cita con sir Ernest Henry Shackleton. Miré angustiado a mi alrededor. Sabía que estaba soñando. A mi lado pasaban ciclistas; saludé al presidente de los Amigos de la Música, y el anciano caballero correspondió muy amablemente a mi saludo con una mirada interrogadora. Caminé un poco, di la vuelta a la columna publicitaria, y me detuve ante el escaparate de una tienda de instrumentos musicales y admiré los violonchelos ventrudos y las trompetas con doble barbilla. Y fue como si todos aquellos instrumentos se pusieran a tocar; recuerdo incluso la música, una melodía popular. El sueño me acompañaba por dondequiera que fuera y se llenaba con los sonidos de aquella música. Entonces, muy lentamente, el sueño se desvanecía, pero al segundo se activaba. Era como entrar en un templo donde sonaba música sacra mientras el coro cantaba canciones populares. La iglesia estaba repleta de gente endomingada; los feligreses conversaban y reían con frivolidad, se comportaban de un modo indebido en un lugar tan solemne. El sol, como en una inundación, se derramaba a través del portal abierto sobre las losas de la iglesia; los ventanales brillaban con tonos vivos, como las ventanas de papel de color en los belenes de los niños cuando las ilumina la luz de una vela. ¡Qué ciudad más extraña!, pensé con inquietud. ¿Y allí debía volver yo ahora? ¿Qué tenía que hacer allí? ¿No había manera de aplazar este viaje? La vida hasta ese momento había sido bastante agradable en aquella casa que miraba al lago. Por las noches, la baronesa nos solía leer lo que había escrito durante el día, y hacia las once me iba a buscar a Edit, procurando que no se resfriara al salir del teatro, acalorada por el canto, en la noche fría y húmeda. A veces cenábamos en casa de Emmanuel y regresábamos a casa en barca cruzando el lago… Y en mi cuarto me esperaban libros que me había propuesto leer. Tal vez Karola hubiera vuelto por fin de su paseo misterioso. Algo me retenía y me encerraba allí como en una fortaleza de murallas gruesas y sólidas; raras veces bajamos el puente levadizo ante las vivencias del mundo. Y ahora era preciso abandonarlo todo y volver a aquella ciudad extraña y amedrentadora, donde las campanas tocaban a difuntos y la iglesia estaba llena de gente que charlaba y reía en espera de algo. ¿Qué iba a ser de mí en aquella ciudad? ¿Por qué debía salir de los círculos seguros de mi vida actual y volver a aquella familiaridad nebulosa y temible de la que había renegado para siempre veinte años atrás?… ¿Quién me esperaba allí? ¿Mi padre? Pero no distinguía su rostro entre aquella muchedumbre; quizá ya había muerto y las campanas doblaban por él, proclamando su recuerdo con aquel tañido huero y de graznido. El gentío se disgregaba poco a poco; en la escalinata de la iglesia se veían señoras ataviadas con bonitos trajes de fiesta y caballeros elegantemente vestidos, con condecoraciones en el pecho y chisteras en la mano, como si salieran de una boda y la catedral hubiera sido escenario de un espectáculo agradable y alegre. Dos corazones se habían unido, el sacerdote les había hablado del amor eterno y un coche adornado con flores blancas los esperaba en la puerta; la novia repartía besos entre los familiares y el novio bajaba los peldaños alfombrados de rojo de la escalinata con ceremoniosa severidad, como quien ya se ha arrepentido pero aún no quiere confesarlo. ¿Qué buscaba yo en medio de aquella muchedumbre? ¿Qué clase de dolor o de felicidad ya olvidados? ¿Por qué tenía que regresar y abandonar todo aquello que atrofiaba el deseo que al menos yo creía atrofiado, aunque ya no me dolía… abandonar a Edit, a Karola, el dinero, el negocio de Emmanuel y mis grabados franceses? Tenía que hablar con alguien, tenía que volver allí y saldar un asunto pendiente; era imposible eludir más aquel encuentro. En ese instante salió del gentío un joven que se acercó a mí con lentitud y me puso la mano en el hombro. Tendría mi edad y parecía triste.
»—¿No me conoces? —me preguntó.
»Lo conocía, desde luego. Palidecí y murmuré algo.
»—¿Eres Ábel? —pregunté con la cabeza gacha.
»—Sí —dijo él en voz baja, y me cogió por el brazo—. Ven aquí… ¿Creías que podrías marcharte para siempre? —me preguntó entre taciturno e irónico—. No estaría mal… Pero las cosas no se consiguen pagando un precio tan bajo.
»Atravesamos la plaza del mercado en dirección al viejo caserón. Bajo el portal reconocí el rótulo de médico del padre de Ábel.
»—¿Qué es lo que no nos dan a un precio tan bajo? —le pregunté nervioso, y desasí mi brazo del suyo—. ¿Por qué me has llamado para que volviera? ¿Verdad que fuiste tú quien le dijo a Anna que me escribiese? ¿Qué queréis de mí?
»Estaba pálido como la cera y me temblaba la voz. Me daba cuenta de que acababa de ocurrir lo inaplazable: a lo mejor había caído en una emboscada y ahora tenía que prestar mucha atención, tener sumo cuidado con cada palabra, cada gesto.
»—¿De ti? —me preguntó a su vez Ábel, asombrado, y con esa voz cantarina con que solía hablar cuando éramos niños.
»Y luego miró a su alrededor como si se despertase de un sueño. Su cabello aún era sedoso y rubio; su traje azul marino se veía usado y le iba pequeño, como la ropa de los caballeros venidos a menos que se avergüenzan de su pobreza; sobre sus hombros había caído la nieve de la caspa. Tenía un aspecto extrañamente descuidado, como un aristócrata fugitivo que hubiera dejado atrás un castillo destartalado y llevase un tiempo durmiendo en desvanes o entre montones de paja. Entonces Ábel me miró orgulloso y malhumorado.
»—No quiero absolutamente nada de ti —dijo con lentitud, como si meditara cada palabra—. Te fugaste hace veinte años y ahora has vuelto: llega un día en que todos vuelven y entonces tienen que dar explicaciones. En aquella época nosotros jugábamos —añadió con voz todavía más baja, en un tono tan triste y acusador que me hizo llorar—. Pero tú huiste ante el juego. Los disfraces nos van pequeños. ¡Ven! —añadió con decisión, y me cogió de la mano.
»La puerta se abrió y entramos en el patio del viejo caserón. En aquel momento todo volvió a oscurecerse a nuestro alrededor. Atravesamos un corredor húmedo y sombrío. Notaba el apretón de la mano de Ábel, pero no podía ver nada de nada.
»—¡Ábel, tengo miedo! —grité en las tinieblas.
»Pero nadie me contestó. Luego salió de la nada una voz femenina; al principio creí que me llamaba mi madre, más adelante me enteré de que aquella voz cálida y serena era de Judit. Así se inició la segunda etapa de mi vida, la madurez viril. Con el tiempo comprendí que esa noche, frente al cartel, había descendido en sueños a una especie de mundo subterráneo; me había sumergido otra vez en los callejones de esa ciudad tan familiar como amedrentadora porque allí había olvidado algo y no había contestado cuando tocaba a una pregunta. Entonces volví en mí. Rompí a llorar en medio de la calle y me metí rápidamente bajo un portal, donde me sequé las lágrimas. Ya era capaz de llorar e incluso de sentir dolor. Me puse a andar y el viento que azotaba las calles me secaba las mejillas. Desde el umbral de la puerta del jardín vi a Emmanuel y a los dos músicos dirigiéndose a mi casa por el sendero del jardín. Ya no les tenía miedo. Sentía el contacto de la mano de Ábel, ya estaba de camino a casa». Éste era el sueño que Péter explicó dos veces: una a Judit y otra al obispo János.
EmmanuelPéter llegó a la puerta de su casa, se detuvo en el umbral y entonces vio a Emmanuel y a los músicos. El más joven, el violinista, sostenía con desgana su instrumento, como si lo arrastrase tras de sí, agarrando el delgado mástil del violín y meciéndolo como el cazador mece el ánade abatido en el aire. El otro llevaba ceremoniosamente su flauta bajo el brazo y cada vez que daba un paso miraba en torno a él, como quien teme una conspiración. El flautista ya tenía cierta edad. Emmanuel lo había rescatado de la orquesta de un circo ambulante, donde no sabían apreciar su talento, tan sólo lo tenían por caridad y debía dormir en los establos, cerca de la jaula del oso, sobre las mantas de los caballos. A veces se olvidaba de su papel en plena función y soltaba de repente unos trinos alegres que imitaban a los pájaros, o una melodía inesperada, dulzona y nostálgica a cuyo son los caballos bailadores perdían el paso y los mapaches se ponían a dar gritos quejumbrosos. Emmanuel pagó doscientos francos al director del circo por el flautista. Se lo llevó e hizo que le arreglaran una vivienda bonita y cómoda en el pabellón del jardín, una especie de piso de soltera. También le compró ropa, una respetable levita negra con pantalón rayado, pero Josua —así se llamaba el músico— prefería ponerse la túnica de seda verde, bordada en oro, que era el uniforme de la orquesta del circo. Siempre que debía salir a la calle en compañía de Emmanuel llevaba la túnica verde bajo la levita negra, como un conspirador que llevase oculta la insignia que deberá mostrar cuando todo el mundo se ponga a dar gritos y los invitados se retuerzan las manos desesperados corriendo en dirección al teléfono. El viejo músico tenía modales distinguidos y hablaba con giros corteses y rebuscados. Emmanuel lo llamaba «maestro». En el cuarteto cometía las mismas faltas que lo hacían tan difícil de seguir en la orquesta del circo: se olvidaba de la pieza que estaban tocando, interrumpía groseramente, hacía un sonido estridente con la flauta, o se ponía a refunfuñar malhumorado, como si en ese preciso instante hubiera recordado una ofensa insoportable y necesitara explicarla de inmediato, aunque el mundo se estuviera derrumbando, en pleno movimiento de una sonata de Mozart. En esas ocasiones los otros tres músicos dejaban de tocar educadamente y esperaban a que recobrase el conocimiento. Emmanuel daba ejemplo de paciencia y condescendencia. Los desquiciamientos de Josua duraban poco. Él mismo acababa por darse cuenta de que pronunciaba un discurso en el vacío; los otros miembros del cuarteto miraban cabizbajos las partituras, como si estuvieran turbados, y acariciaban sus instrumentos. Entonces, enseguida, como pidiendo perdón, tocaba tres o cuatro notas muy suaves y muy púdicas con su flauta, siempre las mismas, la peculiar música de su carácter y su ser, y que en su idioma particular significaba: «Estoy avergonzado, no puedo evitarlo, perdonadme». Cuando terminaba aquella melodía breve, «el perdón de Josua», todos respiraban aliviados; los músicos sonreían y, sin mirarse, seguían tocando la pieza por donde la habían interrumpido en el momento del desquiciamiento de Josua. Luego Emmanuel solía llamar al músico rebelde a un rincón del salón y lo reprendía amigablemente. Siempre le soltaba la misma monserga:
—Debe calmarse, Josua —le decía en voz baja y amable—. Ahora está usted en un puerto seguro. En mi casa tiene usted un hogar. Ya nadie va a obligarlo a interpretar marchas de caballería. Podrá usted consagrar el resto de su vida a la música pura.
—Es poco —contestaba Josua con humildad y rechinando los dientes. Movía la cabeza, pero nunca decía lo que era ese «más» que anhelaba y cuya falta lo torturaba de manera tan insoportable que en medio de un movimiento se sublevaba y comenzaba a tocar trinos.
Emmanuel lo trataba con ternura, como a un ciervo domesticado que si bien acepta el pan salado que se le ofrece en la palma de la mano no puede evitar de vez en cuando precipitarse contra la valla y romperse la cornamenta. Era inconcebible soltar a Josua, el ciervo prisionero, otra vez. En su mirada había algo melancólico e inquisitivo, como en la de los animales salvajes que están en cautividad. En ese preciso instante Emmanuel, que lo acompañaba a casa, le estaba poniendo delicadamente la mano encima del hombro. No hablaban, pero la actitud con que Josua sometía su hombro a la caricia de Emmanuel era tan humilde, tan emocionante e impotente, que Péter se paró delante de la puerta y los siguió con la mirada. Al ver esa escena, Péter volvía a sentir con intensidad el secreto de Emmanuel. Ese hombre habría querido ser bueno. Sus barcos surcaban los mares; en sus fábricas, bajo una tenue luz verde, trabajaban día y noche turnos de obreros; producía gases para la guerra y vendía agua de colonia; en la capital se publicaban libros y periódicos que popularizaban sus ideas. Mantenía a mujeres jóvenes, a escritores viejos y a organizaciones benéficas; pagaba a investigadores que se inclinaban sobre planos y probetas en los laboratorios de ciudades extranjeras y hasta el fin de sus días soñaban y hacían experimentos sólo para Emmanuel. Compraba cerebros, facultades extrañas que a lo mejor no eran más que el resultado de alguna función glandular extraordinaria o morbosa; compraba cuerpos hermosos, a un tanto alzado, y se reservaba para ciertos momentos la voz o la mirada de una persona. Sobre su mesa de trabajo siempre había un libro, un verdadero mamotreto, que daba cuenta y enumeraba las «obras» de Emmanuel; en aquel libro, especie de guía de nombres y direcciones, figuraban todos los talleres y conservatorios de música que Emmanuel había fundado a lo largo de su vida. Allí había de todo: un café concierto en Veracruz que un día casualmente había pasado a ser propiedad de Emmanuel después de la subasta de una mina de cobre; el hospital de Hamburgo, donde los enfermos gemían y morían en las camas de Emmanuel, soñando bajo el efecto de sus inyecciones de morfina, y que, ante el temblor de la muerte, o cuando era preciso cerrar sus párpados, eran asistidos por uno de los sacerdotes que él mismo les enviaba. Emmanuel, fundador de empresas siderúrgicas que fabricaban acero y fundían cañones, era a su vez presidente de esa asociación de pacifistas que existe en toda ciudad que se precie con el objetivo de unir en la resistencia a las personas inteligentes, pacíficas y concienzudas. Y al mismo tiempo entregaba cantidades ingentes de dinero al poderoso partido político que propugnaba la guerra y quería reparar, con las armas en la mano, lo que según los dirigentes de dicho partido había sido consecuencia de la dejadez criminal de la generación anterior. Emmanuel poseía grandes almacenes y teatros. Contrató a un príncipe de una dinastía meridional destronada y le compró el que había sido el palacio real de la antigua capital. No obstante, él prefería dormir en las oficinas de su sede central, en el sofá —que la mayoría de las veces ni siquiera le preparaban como cama— o en una habitación de hotel. En este segundo caso, lo decidía en el último momento, de forma repentina, y obligaba a su ayuda de cámara a buscarlo, a veces durante varios días, llamando por teléfono a todas partes, hasta que descubría dónde se hospedaba y podía llevarle la muda.
Con respecto a la fortuna de Emmanuel, circulaban las noticias más curiosas y contradictorias. De vez en cuando corría el rumor de que estaba arruinado, y entonces las acciones de las empresas detrás de las cuales se sospechaba que estaba la mano de Emmanuel sufrían una caída vertical en la Bolsa. Él estaba enterado de todo lo relativo a sus «obras», y de manera constante daba instrucciones y tomaba notas, a veces en los márgenes del periódico; sabía cuándo el gerente de una de sus compañías navieras había sido ascendido; daba personalmente las directrices a su banquero, cuando la dirección de una de sus empresas acordaba indemnizar a un empleado despedido; y al mismo tiempo, como de paso, daba órdenes para que se donasen cinco u ocho millones al partido belicista con fines organizativos. No era liberal ni tacaño. Durante mucho tiempo, Péter lo había creído varonil y calmoso. Miraba al dinero de frente, pestañeando, como si mirase una luz fuerte y cegadora. Aunque habían caído gobiernos por oponerse a Emmanuel y sus aliados, él era capaz de abandonar grandes proyectos nacionales o internacionales por la sencilla razón de que algún favorito suyo, un filósofo o una amante, no estaba conforme con la empresa en cuestión. La expresión de su rostro era tranquila; su mirada, atenta y siempre adecuada a la conversación. Acostumbraba a llevar americanas largas cruzadas y en tonos oscuros, como si tuviera la intención de ir a la iglesia o a alguna fiesta oficial. Y sus complementos mezclaban detalles de la indumentaria eclesiástica y la mundana: llevaba el cuello alto y almidonado y pajarita negra y ya anudada. Su modo de vestir producía al mismo tiempo un efecto de dejadez y solemnidad. Aunque sólo pisaba la calle cuando bajaba de su automóvil, sus zapatos estaban siempre cubiertos de polvo. Era bajo, pero su busto poderoso; el pecho ancho y el rostro barbudo como un chow-chow creaban, cuando se paraba de golpe en medio de la habitación, con las piernas abiertas y las manos en la cintura, el espejismo de cierta grandeza física intencionadamente disimulada. Hablaba con acento provinciano, pronunciando mucho las vocales, alargándolas, como sus antepasados artesanos de Franconia. Caminaba cojeando, como si tuviera que reunir fuerzas para dar cada paso, porque su perro favorito lo había mordido hacía tiempo en el tobillo. Era un perro lobo al que siempre dio de comer él mismo y que solía dormir con él en la misma cama. El perro no soportaba la bondad de Emmanuel y por eso lo había mordido. Emmanuel ahogó al perro con sus propias manos y, acto seguido, salió de viaje y durante meses no dio señales de vida. Al regresar se compró otro perro lobo, contrató más personal, fundó hospitales, academias de pintura y fundiciones de cobre y subió el sueldo a sus colaboradores más cercanos. Fue entonces cuando le regaló a Péter la casa que ocupaba ahora con Edit. Desde la mordedura del perro, Emmanuel caminaba cojeando, pero se negaba, por orgullo, a usar bastón.
Edit fue la primera en decir que aquel perro había mordido a Emmanuel porque no podía soportar más su bondad. Péter, más adelante, llegó a convencerse de la justeza absoluta de su afirmación. La bondad de Emmanuel era insoportable; en esa tendencia suya a ser bueno había algo de «diletante», desesperado, insensato y enloquecedor. Emmanuel procuraba ser bueno como un señor inmensamente rico que quiere escribir o cantar por afición. No es que le faltase talento para la bondad, sino que ésta carecía de ese algo especial que hace que el perito exclame: «¡Éste es un artista auténtico, genuino!» A veces Emmanuel lograba ser bueno como una persona bondadosa de verdad. Regalaba flores y dinero a todo el mundo. Tanto en invierno como en verano, sobre su mesa de la sede central había rosas y lirios en jarrones enormes de cristal de roca, y la caja pequeña de caudales estaba siempre abierta cerca de su mano, llena de billetes grandes. Nunca dejaba que sus visitas o sus empleados se marcharan con las manos vacías: daba rosas o lirios a los hombres y dinero a las mujeres. Siempre sonreía con melancolía y un tanto turbado. Anhelaba la bondad como una persona de mucho talento, culta e instruida anhelaría el éxtasis de la creación. A veces Péter bromeaba y lo acusaba de recibir clases de bondad a escondidas, impartidas por unos maestros excelentes que él mismo había contratado, unos pensadores diletantes, o por algún san Francisco de Asís que vagara de incógnito por esos mundos de Dios. En su actitud había visos del misionero que ha perdido la fe en secreto y teme constantemente que los feligreses salvajes adivinen su traición y lo lapiden. Péter conversaba a menudo con Edit acerca de la «bondad» de Emmanuel. No era verdad, le decía, que Emmanuel careciera de talento para la bondad; ansiaba ser bueno con la ambición desmedida de los diletantes, una ambición capaz de pulverizar rocas. Como el cantante dotado de una garganta excelente que ha estudiado mucho y tomado clases con los mejores maestros, practicando a diario durante horas, que conoce el estilo y hasta el más mínimo truco de los artistas más excepcionales y que en general lo sabe todo, pues ha aprendido todo cuanto pueda necesitar —respira según las reglas clásicas, hace gorgoritos en los pasajes adecuados, e incluso sus ademanes son seguros y teatrales—, pero que en el momento de la verdad, delante del público, nota la garganta seca y, desesperado, se da cuenta de que el talento no basta y el saber es superfluo y de que le hace falta un algo especial que no se puede comprar ni aprender, ese duende que convierte al simple aficionado en un artista profesional de igual valor que los demás. Ese algo es lo que le faltaba a Emmanuel. «A veces ejerce bastante bien la bondad, pero nunca llegará a ser un verdadero profesional», decía Péter, meditabundo.
Emmanuel cruzaba en ese momento el jardín a paso lento, tocando con su mano floja y cansada el hombro del viejo flautista. «Un día Josua o el fraile franciscano lo despedazarán. Lo despedazarán, como si se hubiera puesto a jugar con pumas domesticados», pensó Péter. Hacía años que Emmanuel vivía rodeado de músicos. Él mismo tocaba varios instrumentos, y aunque no lo hacía mal, a los músicos no les gustaba que se mezclara con ellos. En un alarde de franqueza le habían dicho que cuando él participaba perdían espontaneidad, que tocaba con actitud de estudiante de matrícula de honor: siempre atento a no soslayar ni un punto ni una coma del texto que se había aprendido. Emmanuel tocaba muy bien, pero nadie sabía en qué estaba pensando mientras lo hacía. Los músicos solían pensar en su familia, o en el plazo de un crédito que tenían que pagar, pero, mientras tanto, como quien respira, pensaban también en la música. Emmanuel, en cambio, siempre parecía estar pensando en otra cosa. Su mano sostenía con total seguridad el arco, sus manos arrancaban con precisión los sonidos del instrumento, con el pie marcaba…











