Jorge Carrión

LECTURAS | Las huellas de Jorge Carrión

Premio TodosTusLibros al Mejor Proyecto Editorial, 2023, otorgado por CEGAL (Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros). Publicado por Galaxia Gutenberg.

Ciudad de México, 2 de agosto (MaremotoM).- Las huellas es una tetralogía compuesta por las novelas Los muertos, Los huérfanos, Los turistas y Los difuntos, que hasta ahora se habían leído por separado. La publicación en un solo volumen de las cuatro ficciones revela que se trata de un único proyecto literario de alto nivel conceptual y estético.

Una novela en cuatro partes que se plantea preguntas importantes: ¿Cuál es nuestra relación, intelectual y emocional, con los no humanos? ¿Y con las pantallas que nos envuelven? ¿Cuáles son los mecanismos de la amistad, el deseo y el duelo? ¿Las políticas de la memoria llevan a la ultraderecha cuando eclipsan las narrativas de futuro?

¿Cómo se relacionan la utopía con la distopía? ¿Por qué el turismo de masas se ha convertido en la energía que mueve el mundo? ¿Cómo pueden la literatura y el arte más ambiciosos representar las contradicciones de nuestra época? Jorge Carrión ensaya algunas respuestas a esas cuestiones y, sobre todo, insinúa muchas otras preguntas en 700 páginas desafiantes, de una rabiosa originalidad.

Jorge Carrión
Editó Galaxia Gutenberg. Foto: Cortesía

Adelanto de Las huellas, de Jorge Carrión, con autorización de Galaxia Gutenberg

Quedan en nuestras biografías las mismas manchas blancas, olorosas, las mismas huellas de plata perdidas de los pies de los ángeles descalzos, esparcidas en pasos gigantescos sobre nuestros días y nuestras noches. Bruno Schulz, Las tiendas de color canela

El recuerdo perdurable de los muertos por la base de la suposición de otras existencias dio al hombre la idea de la supervivencia después de la muerte. Sigmund Freud, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte.

La imitación (mímesis, en griego) es el término que utiliza Aristóteles para designar los errores auténticos de la poesía. Lo que me gusta de este término es la facilidad con la que admite que aquello con lo que nos las vemos cuando hacemos poesía es el error, la obstinada creación del error, el rompimiento deliberado y la complicación de los errores de los cuales puede emerger lo inesperado. Anne Carson, Ensayo sobre las cosas en que más pienso

Nota del autor

La primera huella se encuentra en un cuaderno: a principios de 2008, durante un viaje a Israel y a Jordania, justo después de visitar Petra y de leer Véase: amor, la obra maestra de David Grossman, escribí con tinta negra las primeras líneas de una novela que ya entonces se titulaba Los muertos. Imaginaba un mundo dividido en dos castas sociales, los nuevos y los viejos, personajes desorientados en una realidad rota, que trataban de recordar quiénes habían sido en una vida anterior. Aquel mismo día, en el transcurso de una caminata entre rocas muy antiguas, la idea y el estilo de aquella novela habían nacido de un cortocircuito: entre la literatura sobre el exterminio nazi y las series de televisión estadounidenses. Durante los meses siguientes fui añadiendo pasajes, en el mismo cuaderno de tapas también negras, mientras la novela crecía en mi ordenador. Antes de que se publicara, ya había decidido que era el inicio de una trilogía y, al mismo tiempo, su eje de rotación o agujero negro.

Los huérfanos, que ocurre en el futuro de Los muertos, surgió mientras me subía en un avión de una primera frase, de una voz, de un inesperado narrador en primera persona: “He tardado trece años en acostumbrarme a la luz amarilla”. Creo que empecé a escribir Los turistas mentalmente, mientras sufría bajo el mar Rojo durante los ejercicios de un curso de submarinismo que no sé por qué hice pero que me permitió ver el paisaje más alucinante de mi vida. Está ambientada en el pasado de Los muertos, en el estricto cambio del siglo XX al XXI; reescribe un cuento que me fascina de Edgar Alan Poe, “El hombre de la multitud” y sus versos centrales son el texto que más me ha costado escribir.

Los difuntos no es sólo el epílogo del proyecto y un spin off de Los muertos, también es el epílogo de una obsesión. Durante casi cinco años estuve atrapado en un multiverso de ficciones entrelazadas, persiguiendo las sombras de Mario Alvares y George Carrington por el espacio y el tiempo y esa novela corta fue el plan que tramé para escaparme del laberinto.

Las primeras líneas que escribí hace más de quince años se parecen muchísimo a las que luego se publicarían, pero mi caligrafía ya no es la misma. De hecho, me cuesta reconocer mi propia letra en esos diarios o bitácoras. Supongo que he pasado de ser un nuevo a ser un viejo en este mundo de los vivos y de la literatura. Y que ha llegado el momento de que esos cuatro libros, que se publicaron por separado entre 2010 y 2015, se lean como un único volumen, como un mapa de varios mundos que durante cinco años se entrecruzaron en un único cerebro. Me cuesta creer que fuera el mío.

–Jorge Carrión, Barcelona, junio de 2024

Los muertos

Para Eloy, Jaime, Juan, Mathias y Robert

Primera

–… «no pasarán».

–Madrid.

–También a ellos les dieron. Primero disparan y después averiguan.

–Puedo verte.

–Te estoy observando.

–No te escaparás.

–Guzmán… Erikson 43.

–Transportarán un cadáver por…

Malcolm Lowry,

Bajo el volcán 

1

El Nuevo y el Viejo

Nueva York, hyy5. Un barrio en las estribaciones de la parte alta de Manhattan; ocho manzanas de edificios; cuatro; dos; una; en su lateral izquierdo: un callejón sin salida y, en él, un charco.

El Nuevo abre los ojos y siente el agua. En posición fetal, el perfil del cuerpo incrustado en el charco. Desnudo. Por la bocacalle pasa gente. Está solo, tirita. Sus retinas vibran, como si estuvieran en fase REM todavía. Tres figuras se detienen, al fondo. Una lo señala, pero el Nuevo no se da cuenta. Las tres figuras se convierten en sendos jóvenes: la cabeza rapada, cazadoras color caqui con las cremalleras abiertas, botas negras. Uno sonríe. Otro aprieta un puño americano. El tercero enciende la videocámara y dirige el objetivo hacia la víctima. La patada inicial le arranca al Nuevo un diente y detiene el parpadeo veloz de las retinas. Convergen golpes en sus carnes. «Bienvenido», le dicen; «bienvenido», repiten al ritmo de los puñetazos, de los puntapiés, de los pisotones.

«Bienvenido, cabronazo, bienvenido.» Le escupen, a modo de despedida. El Nuevo es ahora un cuerpo amoratado, cuya sangre mancha el asfalto y se mezcla con el agua sucia. Pasan cuatro segundos y dos convulsiones. Se abre una puerta, en el extremo del callejón opuesto a la bocacalle. Sale el Viejo y se lleva al Nuevo a rastras. Éste no opone resistencia.

El Nuevo abre los ojos y siente el calor de una manta. Una venda le cubre la frente. Bajo una luz frutal, la almohada esponjosa, las sábanas limpias, la manta a cuadros.

«Ah, ¿ya te has despertado?», le dice el Viejo desde el quicio de la puerta, con un fardo de ropa en los brazos, «te dieron una buena bienvenida aquellos hijos de puta.» Deja el fardo sobre una silla. «El cuarto de baño está aquí al lado, saliendo a la izquierda, y aquí tienes ropa limpia.» El Viejo abandona la habitación y, a través del pasillo, se dirige hacia la cocina office, donde prepara un desayuno copioso. Llega el Nuevo vestido de negro y dice: «Gracias». «Me llamo Roy», le dice Roy, ofreciéndole la mano derecha. Las arrugas de la frente y del cuello, junto a las canas, indican que se acerca a los sesenta años. «Yo no sé cómo me llamo», responde el Nuevo. «Me lo imagino, no te preocupes, es normal, necesitas tiempo… Te puedes quedar aquí un par de días, pero después tendrás que largarte.» El Nuevo asiente, tal vez porque no es capaz de realizar otro gesto.

Una mujer cabalga sobre un hombre. Es negra, tiene un bello cuerpo, sinuoso, con el volumen proporcionado, exacto. Una cicatriz le recorre la columna vertebral. Cuesta distinguirla a causa de la penumbra y del movimiento sexual, acompasado, que le sacude las nalgas y la espalda. Parece un tatuaje en forma de columna vertebral. Bajo la mujer está Roy, que la agarra por los muslos mientras la penetra. En algún momento sube las manos hasta la cadera, hasta la cintura, hasta los pechos, que amasa; después intenta alcanzar la espalda, rozar la cicatriz con las yemas. Ella se detiene. Lo mira: cortocircuito. Él baja las manos y sonríe apenas. Al cabo de tres segundos, el ritmo continúa. Empiezan a gemir, cada vez más fuerte; él tensa los brazos, de músculos duros y redondeados bajo el cuero viejo; ella se yergue y su silueta petrifica la marea de la carne, los pechos sobre la respiración agitada, los pezones magníficos, la cicatriz que no obstante se impone.

En la pantalla, un cuerpo desnudo recibe agresiones conocidas, inscrito en el aura vibrátil de un charco. La ventana se cierra. Se abre otra: en medio de un solar, a lo lejos, aparece de la nada el cuerpo desnudo de un adolescente: la cámara se acerca unos pasos hacia el Nuevo que acaba de materializarse, pero enseguida surgen dos hombres de gran envergadura que se interponen, con sus bates de béisbol, entre ambos objetivos (el de la cámara y el de quienes la están utilizando); se oye «mierda», se corta la filmación.

«¿Está seguro de que desea eliminar este archivo?» «Sí.» Se abre otra ventana: plano fijo de un callejón sin puertas (contenedores de basura, dos escaleras de incendios). Se materializa, de pronto, un cuerpo de mujer. Desnuda y trémula. Fuera de campo, una voz dice «está muy buena» y otras dos muestran su acuerdo. Entran en el plano tres cabezas rapadas, que se aproximan al cuerpo en posición fetal, lo sujetan y lo violan. Dieciséis minutos de plano fijo. Tres violaciones en la misma postura (ella boca abajo, dos sujetan los brazos, el tercero penetra). El espectador se encuentra en una butaca de cuero negro, abierto de piernas, desnudo. Sólo los hombres gimen y los gemidos del vídeo se superponen a los del espectador. Tres arrugas, escalonadas, en la nuca y en la parte inferior del cráneo, se encogen y se dilatan al ritmo en que la mano derecha acelera o desacelera su vaivén.

Ha amanecido. Él se da una ducha; ella se queda en la cama. Mientras Roy se está vistiendo, le dice: «Si hacemos muy a menudo estas sesiones de gimnasia, podré dejar la bicicleta». Ella sonríe, seductora. «El Nuevo se va hoy mismo, así que mañana por la noche, si te apetece, puedes venir tú a mi casa y cenamos juntos.» Se despiden sin un beso. Él baja las escaleras –paredes tiznadas, botellas vacías, folletos publicitarios tirados por el suelo–, mira el buzón (vacío); abre su puerta y camina hasta el salón, en cuyo sofá está sentado el Nuevo, con la cabeza vendada y la mirada abstracta. «Muchas gracias por todo, le agradezco lo que ha hecho por mí, pero déjeme quedarme unos días más, no entiendo nada, no estoy preparado para salir ahí fuera», el tono de voz es lastimoso, pero no parece afectarle a Roy. «Eso es imposible, en ese callejón aparecen nuevos cada dos por tres, si a cada uno que recojo lo dejara quedarse más de dos días, esto parecería un jodido albergue», la respuesta es firme, «tienes que irte: ahora». Acompaña las palabras con un movimiento de la mano: le da un billete. El Nuevo lo coge; baja la cabeza; pone la mano en el pomo, sin fuerza. Se vuelve hacia Roy. Lo mira. Se miran. La mirada de Roy no cambia de opinión. El Nuevo gira el pomo. Se va. Roy se relaja; destensa la mirada y los hombros; se desploma en una silla. La lamparita que hay sobre la mesa del recibidor pincela su rostro en claroscuro. Se golpea suavemente, con el puño cerrado, tres veces, el muslo.

El callejón está idéntico. El charco permanece en el mismo lugar: el Nuevo se agacha y resigue con el dedo índice la mancha de su sangre; rojo que ha empezado a desintegrarse en el gris asfalto. Dirige la vista hacia la bocacalle. Se queda quieto, en cuclillas, temblando levemente, sin moverse. Siluetas a paso ligero. Tres figuras que se detienen. El Nuevo se levanta y hace ademán de retroceder hacia la puerta del edificio que queda unos diez metros a sus espaldas. Pero las figuras prosiguen con su camino y el Nuevo no retrocede, sino que finalmente se dirige hacia el extremo de la calle y lo alcanza y ante él se abre una avenida inmensa, colapsada de movimiento: tres autobuses larguísimos y articulados, coches que –acompañados de bocinazos y gritos e insultos– se adelantan por la izquierda y por la derecha, bicicletas, carros de comida rápida, motos, motos con sidecar, peatones, jóvenes en monopatín y en aeropatín, quioscos móviles y quietos, un tren monorraíl, muchedumbre de hombres y máquinas de algún modo en simbiosis, en un sentido o en el otro, a ras de suelo o a pocos metros del pavimento, manada o enjambre, híbridos. El Nuevo, apoyándose en la esquina, con la boca abierta y la retina acelerada, trata de normalizar su ritmo respiratorio.

«Anoche soñé que Nueva York era destruida», dice un viejo trajeado, de raya al medio, el nudo de la corbata perfectamente ejecutado, gemelos, reloj de oro, que está tumbado en un diván de terciopelo verde. «Es un sueño recurrente en muchos de mis pacientes», le responde una voz femenina, «casi siempre tiene que ver con el más allá… ¿Es usted religioso? Nunca hemos hablado de religión…» «No me considero una persona religiosa, tengo mis principios, siento algo que podría llamarse fe, fe en los seres humanos, fe en mí, en los míos, en mi familia, en mi ciudad, en mi país, por eso me ha inquietado tanto ver esta noche cómo esta ciudad era bombardeada, cómo ardía.» «Se lo pregunto», es una voz dulce pero no empalagosa, atractiva, ligeramente ronca, con fisuras, «porque algunas iglesias han utilizado ese sueño, habitual en tantos de los habitantes de esta ciudad, para defender que procedemos del Apocalipsis, incluso hay reuniones de personas que dicen recordar escenas de una misma destrucción… ¿Qué veía exactamente en su sueño?» En la pa- red hay un cuadro abstracto, en tinta negra, que podría ser una mancha de Rorschach. «Había una sombra, una som- bra gigantesca, que de pronto eclipsaba un rascacielos, y la calle, y a mí; yo me resguardaba del impacto de una roca o de un meteorito tras un taxi, a gatas.» «Puede ser un recuer- do, o mejor dicho: un falso recuerdo; puede ser una reacción psíquica a un miedo real: ¿usted le teme a alguien? ¿Hay algo más que quiera contarme?»

Roy ordena los libros de su biblioteca. En este momento coge A sangre fría, de Truman Capote, según se lee en el lateral del tomo  y lo coloca en un pilón sobre el sofá. Historia de Australia, Alejandro Magno, Las mejores crónicas de hyy0, h.00h documentales que ver antes de morir, Las mejores recetas texanas, Mapas y poder: va cogiendo, hojeando y desplazando cada uno de esos volúmenes. De repente, el Viejo cae sobre el sofá, de medio lado, la cara tapada por las manos. Durante algunos segundos, agitado, pronuncia «¿cómo? ¿Amor?», y ve lo invisible y no percibe los libros, el salón ni su casa; hasta que se descubre el rostro y, con los ojos muy abiertos, se dice a sí mismo «ya pasó, ya pasó». Va al cuarto de baño a lavarse la cara. La vivienda está llena de estanterías superpuestas, de enciclopedias antiguas, de legajos, de revistas desparramadas por el suelo, de archivos. La televisión permanece encendida: «Nuevas noticias sobre el Braingate, la implicación de la CIA ha quedado al descubierto». Hay planos anacrónicos, fotografías en blanco y negro y cuadros abstractos colgados en los resquicios de pared que no ocupan los anaqueles y sus volúmenes alineados. Se mira en el espejo durante algunos segundos. De regreso a la sala de estar, asoma la cabeza por el umbral de la habitación que ha estado ocupada durante algunos días. Un detalle llama su atención. Se acerca a la cama. Sobre la manta a cuadros hay algo. Lo coge, lo mira, dice «mierda».

Entre vagabundos arrodillados o tumbados, repartidores de publicidad, ciclistas con prisa y transeúntes anónimos, el Nuevo avanza cabizbajo, rechazando los flyers, apartándose cuando le gritan. «Tú eres nuevo, ¿verdad?», le pregunta un mendigo cargado de crucifijos, en un tono que quiere ser amable pero suena amenazador, «dame un billete y rezaré por tu identidad.» El Nuevo reacciona metiéndose las manos en los bolsillos de la cazadora y acelerando el paso. Un zepelín sobrevuela la avenida y la atmósfera se llena de objetos ligeros y dorados, lluvia de publicidad. El Nuevo se detiene en un puesto de hot dogs y pide uno. Su único billete se convierte en un puñado de monedas. Devora. «Eres nuevo, ¿no es cierto?», le dice el vendedor. El Nuevo no responde y sigue caminando. Atardece. El paso de otro zepelín hace que levante la mirada: se fija en un cartel: «¿No sabes quién eres? Yo te ayudaré. Adivina Samantha. Leo tu pasado». El Nuevo entra en el edificio, sube las escaleras y llama a la puerta, ostensiblemente nervioso. Le abre un chico joven, la melena recogida por un pañuelo: «¿Usted? ¿En qué puedo ayudarle?». El Nuevo no responde. «¿Desea ver a Samantha? ¿Le digo que ha venido?», pregunta con voz calma. El Nuevo titubea y, al fin, alcanza a preguntar: «¿Cien dólares?»; pero no aguarda la respuesta. Retrocede dos pasos y sale corriendo. Regresa a la avenida, que continúa con su agitación híbrida, por donde camina hasta que tuerce a mano derecha por una calle sin nadie. Se hace de noche; busca un portal desierto; se sienta en el primer escalón; apoya la espalda en la pared «He dejado que se fuera», dice Roy por teléfono, mientras da puntapiés suaves a una bicicleta estática. «No puedo creer que haya sido tan tonto, pero he dejado que se marchara.» Asiente varias veces. «Sí, te digo que ha dejado sobre la cama una señal», dice. Después escucha durante unos minutos, con el rostro claramente compungido, mientras al otro lado de la línea alguien le da instrucciones. En la mano sostiene un pequeño gato de papel de aluminio. Ejecución perfecta del arte del origami. Cuelga. Va al estudio. Con el ceño fruncido, Roy amplía en la pantalla de su ordenador imágenes del callejón registradas por una cámara de seguridad, hasta encontrar un buen plano de la cara del Nuevo; imprime; sale a la calle. El Nuevo duerme. Roy se cruza (no hay detención, no hay reconocimiento) con el hombre que le contaba su sueño de destrucción a su psicoanalista. El Nuevo duerme. Roy camina e interroga periódicamente «¿ha visto a este hombre?». El Nuevo duerme. Roy insiste. El Nuevo duerme. Roy pregunta entre el énfasis y la derrota. La oscuridad oculta al durmiente; a su lado, diminuta, una pequeña oveja hecha de papel.

 

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