Ciudad de México, 22 de febrero (MaremotoM).- La sombra de los planetas es una novela a dos voces que nos habla de la cotidianidad de la vida en pareja y del amor millennial en tiempos de la inmediatez a través de dos personajes complejos y cambiantes: Damiana y Santiago. A ella la acaban de despedir de su empleo como maestra de primaria y él, en cambio, debe esperar sentado en su silla ejecutiva hasta que acabe la jornada y simular que trabaja.
¿Qué pasa cuando las carencias y problemas individuales nos aquejan? ¿Cómo dos personas que se aman pueden llegar a olvidarse el uno del otro repentinamente? Una historia que se desarrolla en una agitada Ciudad de México entre anécdotas llenas de humor y dolor.
Fragmento de La sombra de los planetas, de Gabriel Rodríguez Liceaga, con autorización de Penguin
PRIMERA PARTE: SANTIAGOLANDIA
Me corrieron de mi empleo como maestra de primero de primaria porque les dejé de tarea a mis alumnos que investigaran por qué no habían sido abortados.
Llenar el refri, comprar mota y pagar la renta será responsabilidad mensual de Santiago hasta nuevo aviso. Lo alcancé en su chamba para darle la noticia y aprovechamos para desayunar algo. En general le encanta mostrarse estoico ante los problemas que sí lo son. Como siempre: me da apoyo, dice que me enfoque en mis dibujos, propone medidas y ahorros. Santiago siempre quiere tener en las manos la solución rotunda e instantánea de cosas que en el fondo no entiende. O que le da hueva entender. Si le digo que tengo cólicos, responde: “Tómate algo”, por poner un ejemplo. Es muy doloroso haberme quedado sin empleo una vez más. Como si no fuera apta para la vida.
Aunque realmente es la sala de un hogar customizada para recibir a oficinistas y albañiles hambrientos, esto es una fonda. Una vecindad de cocinas económicas gloriosamente incrustada en una grieta del nuevo Polanco y que insiste en no perder la batalla contra la asquerosa comida rápida. Estamos sentados en el comedor familiar, nos rodean paredes con los diplomas escolares de todos los integrantes de la familia y sus fotos en Tequisquiapan, en Acapulco y, creo, en Ixtapan de la Sal. También hay una curiosa reproducción de La última cena hecha con cuentas de colores y chaquiras. Cuando la mesera se descuida, la cabeza de un perro rastudo aparece babeando tus rodillas y olfateando las sobras del plato. Las mesas son mixtas. Mejor dicho: te sientas conforme vas llegando y compartes mesa con completos desconocidos. Es como pasar una mañana familiar con otra familia, una que tampoco elegiste. Aunque es un sitio sin sazón ni higiene, a Santiago le encanta. La atención de los comensales está cen trada en una enorme pantalla empotrada a la pared. Regular mente ponen algún canal de videos musicales retro, pero esta vez está encendida en uno de esos programas de espantos. Es el segmento en el que la gente llama para relatar testimonios de apariciones fantasmagóricas y supersticiones. De chica me encantaba ver tan primorosos shows para provocarme un saludable y placentero miedo al más allá. Hombres lobo, bru jas escaldufas, trabajitos y amarres, pitufos satánicos que matan niños a mordiscos, santos que lloran sangre. Me quedo corta, el desfile de supercherías en dicho show es un delirio.

De las bocinas sale la voz lenta de un viejito sin arrugas.
Cuenta anécdotas del fantasma de un niño que se aparece en los pasillos de una casa de su propiedad que ahora es museo. Un museo dedicado, precisamente, a aquel mocito fantasma. El hombre habla de las actividades del espectro como se narra el crecimiento de un sobrino muy amado.“Es travieso, el moco so; mueve mis cosas de lugar”,“ya ninguno de sus dientes es de leche”,“le dejaron de gustar los dinosaurios de un día para otro”, “es bien inteligente, cuando escucha una canción… baila”. Santiago, sin apartar la mirada de lo que sucede en el programa, se muerde las uñas. El fulgor de la pantallota ilumina su rostro de frente, creando una máscara tiesa y azul de sí mismo. Qué lúgubre es esta fondita.
Le doy la mano a Santiago y pone toda su atención en mis ojos. Ésa no era mi intención, quería acariciarle la mano mientras seguía viendo la tele. Él supone que tengo los ojos rojos de llorar. Tengo los ojos rojos porque estoy bastante pacheca desde temprano.
—Tranquila, mi amor. Lo solucionaremos —me dice Santiago.
Las relaciones emocionales tarde o temprano se vuelven un rollo de cinta canela al que no se le encuentra el inicio.Y, ansiosa, una rasca todo el rollo buscándole un relieve. El entrevistador del programa de miedo le pregunta al ancianito chimuelo sobre la frecuencia con que se hace presente el niño fantasma. Si hay algún patrón de apariciones. Si han llamado a un exorcista. Si el niño está pidiendo algo que por fin lo libere de penar en este mundo. El entrevistado sólo responde a la primera pregunta.
—A mis hijos y a mi mujer a cada rato se les apersona.
—¿Y no se espantan, oiga?
—Nombre. Cómo va a ser. Si le digo que el espíritu es a todo dar. Aquí todos queremos mucho a Carmencho. Ade más ha salido bien milagroso. Ayuda a las mujeres infértiles a quedar encinta.
—¿Algo que quiera agregar antes de despedirse, don Rafa?
—Quiero invitar respetuosamente a todos los que ven este programa a que visiten nuestro museo. Ésta es su casa. Tenemos una exposición permanente de dibujos que han hecho todas las personas a quienes se les ha aparecido el niñito Carmencho. Hay cientos de dibujos. Los lunes no abrimos y los miércoles el boleto está a mitad de precio.
—Explíqueme eso, don Rafa: ¿las ilustraciones son re tratos del fantasma?
—Sí, señor. Hay unos bien bonitos, como podrán usted y sus televidentes ver. Vengan a visitarnos. Vale la pena ve nir nada más para ver el chulo dibujo que hizo la nieta de la vecina Maru… es muy talentosa.
En la pantalla aparecen fotos mal tomadas de los dibujos hechos a respecto del fantasma. Ilustraciones de diferentes trazos, técnicas y tamaños distintos.
—Vamos al museo del niño fantasma —digo emocionada—. ¿Te acuerdas de que tenemos una boda en Torreón dentro de un par de meses?
Alguien decide, así nomás, cambiarle de canal. Franca mente, me quedo en ascuas.
—Lo que tú digas, mi amor —me responde Santiago masticando un pedacito de uña.
Corrieron a Damiana de su chamba porque les dejó de tarea a sus alumnos que investigaran por qué no habían sido abortados. Cuando me lo contó me costó mucho trabajo no soltar una carcajada. Me contuve porque eso hubiera implicado escupir el buche de agua de melón sabor fresa que traía en la boca en ese momento. Además aún no lograba descifrar si para Damiana haber hecho aquello era llano cotorreo o una cosa seria, ideológica. Los alumnos a su cargo tenían que registrar el producto de sus pesquisas en un ensayo de media cuartilla. Estamos hablando de un alumnado conformado por hijos de familias dispuestas a pagar trescientos mil pesos al semestre a cambio de un plan de estudios diseñado para volverlos unos patrones empleadores pedantes y con un natural repelús a la creación artística.

No es la primera vez que Damiana se mete en ese tipo de problemas. Hace apenas un par de meses a un alumno del cual estaba encariñada, y al que de plano no le entraban ni las tablas de multiplicar ni las capitales del mundo, le recomendó que en el examen final respondiera a todo: Dios Nuestro Señor.
¿Quién descubrió América? Dios Nuestro Señor.
¿Quién acomodó los elementos en la Tabla Periódica actual? Dios Nuestro Señor.
¿Quién fue el primer presidente de México? Dios Nuestro Señor.
Para la institución fue imposible reprobar al niño. En cambio lo mandaron a unos retiros espirituales sabatinos al lado de otros compañeros que de igual manera habían demostrado vocación por la vida espiritual. Leyeron las escrituras, hicieron recogimiento y, debido al don de la ubicuidad de Dios, jugaron a las escondidas más aburridas de la historia. Aquel escuincle, conmovido y presionado durante el sacramento de la confesión, señaló a Miss Damiana como la autora intelectual de su súbita exaltación religiosa para evitar tener que repetir año. Strike uno, le dijo el rector a mi mujer. No hubo chance de un tercer turno al bate. Un porcentaje grande de los padres de familia se quejaron amargamente de Miss Proaborto. Incluso recibió varios memes muy ingenio sos amenazándola con una madriza y le echaron vísceras de pollo en su locker. Eran niños de, máximo, 8 años.
Llenar la alacena, pagar la renta y los tres servicios de streaming será enteramente mi responsabilidad mensual hasta nuevo aviso.
—Tú sabes que yo te apoyo —le digo luego de tragarme aquel apretado puño de agua de ambiguo sabor—. Deberías aprovechar y dedicarte de lleno a tus ilustraciones y dibujos.
Pero, en lo que son peras o son manzanas, pido mi arroz sin aguacate ni huevo estrellado encima. Estamos en una fonda en la que no cabe un solo comensal más. No hay agua en la ciudad desde hace tres días. Anunciaron un megarrecorte que nos puso a todos a sudar más de la cuenta nada más de imaginar lo sucios que estaríamos. Esa semana hubo agua corriente sin inconvenientes. México. El problema es que la semana en la que, según el comunicado gubernamental ya se habría regularizado el servicio, no hubo agua. Ni una pinche gota. Es decir que el recorte de agua era una cortina de humo para el verdadero recorte de agua. En este actual entorno las metáforas involuntarias abundan como taquerías. Alzo la mano para pedir más tortillas. Damiana guarda silencio, se muerde las paredes internas de la mejilla. Juega con un salero en forma de tomate incrustándole mondadientes en cada uno de sus agujeros. Ya sólo quedan un par de crayolazos de mole en mi plato de unicel. Plato de unicel, tenedor de unicel, cuchara de unicel, vaso de unicel. Utensilios desechables para no tener que lavarlos. No hay agua en la ciudad. Literalmente, el fin de los tiempos nos pasó de largo. Se acabó el mundo, pero seguimos pagando un dineral por tener internet, actualizando los teléfonos y haciendo filas para sacar dinero del cajero. Esta ciudad se despierta a diario ante la mirada temible de un duende en cuclillas y un caballo que se asoma entre telones. En la enor me televisión que tenemos enfrente acontece un frenético zapping que encuentra calmo puerto en un programa de sucesos paranormales. Damiana me mira con ambos ojos enrojecidos. Seguro ha estado llorando. La corrieron apenas hace unas horas.
—Lo que tú digas, mi amor. ¡Ánimo! Unos tres meses sin chambear suenan bien, ¿no? Sirve que dibujas tus cosas. A mí en unas semanas me dan un bono —le digo cariñosamente—. Podemos invertirlo en material, ¿qué necesitas, dime?
¿Cómo puedo ayudarte a estar tranquila, mi amor?
Mi aguinaldo del Banco de la Imaginación, pienso; es tamos amenamente endeudados. Ay, Damiana, eres hermosa con todo y tu incapacidad de mantener un empleo por más de cuatro meses. Del colegio anterior la corrieron por otra de sus tareas mafufas: que los niños durmieran desnudos y realizaran un dibujo acerca de la experiencia. Aquella institución era del Opus Dei. Además, aquí entre nos, no estoy convencido de que dormir sin ropa fomente despertar artístico alguno.
—Enfócate en tus ilustraciones, cariño. Ahorita vas a ir a enmarcar, ¿no?
—A recoger la última tanda de mis dibujos nalgones.
—¿Necesitas efectivo? ¿No estabas vendiendo mejor?
—Hay mil que lo hacen mejor que yo.
—Pero no son carreritas.
—Millones mejor que yo.
—Eres buena, Damiana. No manches.
—Debemos el gas, lo de mi computadora nueva. Nos van a subir la renta en febrero.
Compartimos mesa con dos oficinistas. Hasta ese mo mento nos damos cuenta de que están atentísimos a nuestra charla. Acontece un silencio incómodo que uno de ellos des truye con un eructo quizá demasiado libre. Aparece un trapo con tortillas tibias en su interior, tomo una y la embarro en los rincones del plato poroso en los que aún hay rastros de mole. Qué mal se come aquí. No tengo hambre ya. Me ali mento por ansiedad. Hablo por ansiedad. Trabajo para evitar la ansiedad. ¡Ponte a dibujar, Damiana, con una chingada!
—¿Sabes qué me encanta de este lugar? —digo, tratando de cambiar de tema—. Que el agua sabe a todas las aguas de la semana. Toman lo que les sobró de ayer y la mezclan con la de hoy. Los lunes uno se lleva sorpresas agradables, pero el viernes el agua sabe a algo sin nombre. Es como beber una fruta que no existe.
Damiana, clavada en su pedo, me ignora olímpicamente. Lo único que le importa es no dejar ningún agujero del salero sin palillo. Veo su rostro lleno de mínimas heridas provocadas por tanto estarse exprimiendo la grasa, percibo su aliento de fumadora que desea dejarlo. Lo que me aterra en Damiana son sus ojeras, hamacas dramáticas colgando de sus ojos, por lo demás hermosos. Alzando la mano pido la cuenta.
—¿Y por qué les dejaste eso de tarea? ¿Qué querías de mostrarle a quién?
—Nada.
—No. En serio. Me gustaría saber, no sé, cuáles son tus móviles pedagógicos. Acepta que es una tarea un tanto oscura.
—No todo tiene que ver contigo.
—¿Eso qué, Damiana? No vamos a pelear. Estoy de tu lado. ¿Te van a dar finiquito?
—¿Y cómo ve a esa muchacha de la tele, compañero?
—le dice un oficinista al otro.
—Ah, está sabrosa.
—No puedes dejarles algo así de tarea sin esperar una respuesta negativa por parte de los padres de familia. ¿Cuan do firmaste tu contrato no leíste que decía “Lasallistas”?
—Se la chupo hasta quedarme dormido, compañero.
—Son maristas. Ves. Estás en tu mundo. Te vale todo lo que no tiene que ver directamente contigo. Vives en Santiagolandia. ¿Población de Santiagolandia? Una persona.
—Se la mamo hasta que le salgan canas.
—Yo hasta que quede embarazada.
—Qué pinches cerdos —les dice Damiana, encarándolos—. ¡Qué pinches cerdos!
Pago. Abandonamos la fonda sin aguardar a que me regresen mis quince pesos de cambio. Debí pedir el huevo pochado. A los cuantos pasos nos reincorporamos al mundo de las quincenas, las juntas de estatus y el jefe que se enoja si te vas a desayunar en horarios laborales. De hecho, tengo que volver a la oficina relativamente pronto. Hoy tengo que formar parte de la junta más estúpida de todos los tiempos.
Damiana se detiene de golpe y hace el amago de que encenderá un cigarro. Antes de que prenda el Camel la tomo de la cintura y la acerco a mí. Nos besamos para una foto que nadie recauda. Escucho el canto de los pajaritos de ciudad, algo mágico que aletea al fondo de mi cráneo, el pulso de mi novia me arropa. El contacto de ambos labios dura poco, quizá menos que poco. Se separan nuestras bocas y suenan cláxones, los feos sonidos de las altísimas construcciones, una mujer trajeada le habla cariñosamente a su perro, una marchanta nos pide para un taco. Damiana coloca el cigarro entre sus labios, lo enciende con una llama que parece brotar de su dedo. Fusssh. Yo respiro el humo que sale de su boca.
—Y a ti, cabrón; ¿por qué no te abortaron tus padres?
—me pregunta viéndome a los ojos.
Cómo me gustaría vivir en un cuadro de Remedios Varo. Pero en cambio vivo en un mundo donde estás comiendo y los tipos de junto piropean como bestias a la morra de la tele.
Pero en cambio vivo en un mundo donde no hay agua en una colonia, pero cruzas la calle y están los niños jugando a arrojarse chorros de agua con sus sofisticadas pistolas de juguete.
Vivo en un mundo con platos de unicel, trinches de unicel, cucharas de unicel, vasos de unicel.
Alguna vez leí, estando chiquita, que el unicel es el material que más va a durar en el planeta. No indagué mucho, carecíamos de internet en mi infancia, ocurrida por cierto en el siglo pasado. La imaginación estaba al mando y en mi cabeza yo ideaba ciudades enteras hechas con los ladrillos que venían protegiendo a la televisión nueva o la licuadora nueva. Torres, puentes y canales hechos de un material blanco que se desintegra en diminutos granos al ser refregado con las uñas. Imaginaba esas ciudades de unicel dominadas por civilizaciones de cucarachas. Supongo que esto tiene relación con otra cosa que leí por ahí, acerca de que ante una explosión nuclear los únicos seres que saldrían con vida serían esos insectos. En mi imaginario infantil, creé un mundo posthumanidad lleno de construcciones de unicel donde viven las cucarachas.
¿Cómo me documentaba yo acerca de estas cosas? Ni
idea. El programa ese de espantos que estaba en la fonda me trajo un recuerdo: cuando yo era niña, las revistas de chismes que compraba mi madre casi siempre tenían un par de páginas de datos curiosos sobre temas fantásticos. El terrón de azúcar más grande del mundo, la mujer sin piernas pero con tres brazos, un perro muy muy muy diminuto, el hijo del Hombre Lobo. Yo leía, asombrada y con miedo, lucubrando quimeras a la hora de dormir. Sin duda aquellos semanarios de lo insólito me presentaban un mundo menos aburrido del que realmente existe. En casa de mis padres deben de estar las ilustraciones infantiles que realicé de esa ciudad blanca poblada por apresurados insectos con coraza, muchas patas, corbata y sombrero.
Hablando de cucarachas. Veo a Santiago alejarse rumbo al edificio de oficinas donde diario se le va la vida. Ya no hace home office. Ante la amenaza de un recorte de perso nal, tuvo que regresar a cumplir con los horarios esclavos prepandémicos. Lo miro convertirse en un punto a la dis tancia. Realmente en Santiagolandia somos dos los habitan tes. ¿Cuál es la capital de Santiagolandia? Ahí empiezan los problemas.
Fumo de malas. Otra vez a mendigar empleo, Damiana; otra vez a mandar el currículum a todos lados. Apago el ciga rro a la mitad, pero lo guardo para al rato.
Cómo me gustaría vivir en un cuadro de Remedios Varo. En cambio vivo en un mundo donde a mi novio le parece sensual besarme con la boca sabor a mole.
Me despido de Damiana y regreso a mi estación de trabajo. Solo, dentro de un elevador que reproduce infinitamente mi calva nuca, siento que la extraño, que no puedo vivir sin ella, que sólo hay un abismo en el eterno fluir de los tiempos. En la editorial donde trabajo se publica el afamado libro Las 100 películas que tienes que ver antes de morir. Un listado más bien informativo con una centena de filmes internacionales y sus fichas, pósters, repartos, premios y sinopsis. A mi pa recer, una mamarrachada que responde a la moda actual de enlistar todo. Los diez pozoles que tienes que probar en la colonia Roma. O los diez tatuadores con mejor pulso o las cinco iglesias con jesucristos chuscos, las cinco mejores piz zas con queso que no es queso, los diez lo que sea. Mientras más quepa la realidad en cómodos balazos, más inteligente se siente la gente. El vértigo de las listas. Tan soso como pedirle a una fila de ecos que pasen lista de asistencia.
Mi propuesta es que hagamos versiones del tomo dirigidas a lectores más específicos. Algo así como Las 100 películas que tienes que ver antes de morir. Edición especial para enfermos de cáncer o Las 100 películas que tienes que ver antes de morir. Edición especial covid-19. Mi broma no ha sido bien vista por mis patrones. En el fondo es una crítica a nuestra carencia total de seguro de gastos médicos. Quizá estoy haciendo una oda a los métodos propedéuticos de Damiana.
La cosa es que cada año por estas fechas tenemos que actualizar el tomo de Las 100 películas que tienes que ver antes de morir. Me explico: para que el libro se venda más, en cada nueva edición se incluye un par de películas regionalmente exitosas. En la nueva versión mexicana hay que incluir Roma y La forma del agua. Incluso en la portada del tomo ahora aparecerá Yalitza en esa linda escena en que observa, desde la cama, a Fermín desnudo y practicando katas. Se pre vé que esto supere el éxito de ventas con Birdman en la tapa de hace un par de años. El problema es que para agregar un filme nuevo hay que eliminar uno viejo. Básica ley de física. Ésta es la parte grotesca de mi chamba. En trece minutos tenemos que reunirnos todos los redactores y el consejo edi torial en una sala de juntas en el piso 9 de un bobo edificio inteligente. Se nos pidió que eligiéramos un par de cintas que pensamos pueden ser eliminadas y expongamos, en un breve párrafo, por qué. Lo dicho: la junta más estúpida de todos los tiempos.
Si fuera por mis coworkers, eliminarían títulos del listado con un preclaro dedazo y se irían con toda prisa a pasear de la mano de sus familias en los pasillos de un centro comercial. Son gente que no ha visto ni Amélie, pues. Su conocimiento cinematográfico está basado en parodias de Los Simpson del día de brujas. Tampoco se trata de eliminar películas al azar, ya que nuestra prestigiosa publicación está en la lupa de cuanta página electrónica de cine existe. La matriz española nos trae entre ceja y ceja porque The Revenant suplió tontamente a Ciudadano Kane en la edición de 2017. Fue un escándalo lleno de medios culturales jactándose. Se me ocurre otro: Las 100 películas que tienes que ver…Edición especial para gente con ceguera parcial.
A Santiago le gusta que el agua de sabor en esa fonda sepa a una fruta que no existe, pero que es el resultado de la mezcla de varias frutas. Esto ejemplifica perfecto unas de las cosas que menos me laten de él: jamás ha hecho nada para amaestrar su imaginación. Decidió no educarla. Está feliz bebiendo una rica agua de rescoldos, muégano de sobras.
Camino sobre las vías del tren en dirección a una estación del metro. En esta parte de la ciudad hay más edificios en construcción que ciudad. Parece que una vive en una realidad alterna habitada sólo por albañiles. Las calles son suyas. Ahí están, dormidos usando como almohada las des usadas vías del tren, pellizcando con una tortilla el pollo rostizado que pasa de mano en mano, juegan futbol delimitando las porterías con ladrillos en pila. La suela de mis tenis acaba llena de una plasta cementosa y gris. Y los piropos y silbidos vuelan más que cualquier falda. Huele a sudor, a muro seco, a frijoles refritos. También están los que chambean inagotablemente entre los esqueletos de los edificios por ser, allá arriba.
Un vidrio enorme me reproduce de cuerpo completo, es un perfecto rectángulo áureo estacionado en medio de la banqueta. ¿De a cómo las cañitas? Qué flacas están mis piernas. Subí de peso. Además me urge una asoleada. ¡Qué ojeras! De golpe mi reflejo desaparece hacia arriba, sin prisas. Me pongo de puntitas para rascarle un último vistazo a mi pei nado de coleta. Ahora el vidrio devuelve temblorosos detalles de la ciudad, copas de árboles mugrientos, los cables de luz hechos nudo y nido, siguen varillas, andamios, huecos. El espejo refleja todo el tinglado del edificio que lo contendrá. Una grúa lo pasea lentamente hacia arriba. Subirá y lo empotrarán en lo alto, su destino será reflejar para siempre el cielo demacrado y anémico de esta capital. Ya no bajará nunca, pienso. Jamás. Lo montarán parchando un pedazo de edificio y detrás de él habrá un pasillo de mamparas o el único horno de microondas para cincuenta empleados. Qué bonito que hace rato dije que tiene forma de rectángulo áureo porque ahora sí, precisamente, se va a empachar de sol todos los días. Adiós, espejote, aunque definitivamente no estoy en el mejor de mis días, gracias por recordarme lo que soy.
“Qué hay más, ¿películas o estrellas en el firmamento?”, me preguntó Damiana cuando le conté sobre el dilema laboral en que estoy metido. Necesitamos liberar dos espacios.
Uno de mis coworkers propone eliminar las dos pelis de Woody Allen que figuran en el tomo, esto debido a los es cándalos sexuales del neoyorquino. Otro de mis compañeros, envalentonado, propone sacar Vaquero de medianoche. No la ha visto, pero al parecer es de un chichifo y esto lo escandaliza. Alguien sugiere quitar Pather Panchali porque es una cinta en blanco y negro. A la gente ese cine ya le da mucha flojera, dice entre bostezos. Les comento que es fundamental entender que existen más películas que cine. Así como existen más libros que literatura o pinturas que Arte. No soy siquiera atendido. Quitemos algo en blanco y negro, insisten mis colegas. Lo que el viento se llevó, grita uno. Al centro de la mesa hay dos hondos platos con dos diferentes tipos de papas. Hay enchiladas y de las normales. El editor de libros de autoayuda propone eliminar una película comercial. Jurassic Park, por ejemplo. Alguien propone sacar una película que jamás haya estado en Netflix. Alguien propone eliminar la que menos Óscares haya ganado. Todas estas propuestas me sacan ronchas. En el fondo lo que quieren es jamás tener que volver a publicar el afamado libro. No cuesta trabajo imaginarlos cabeceando de sueño enfrente de Vértigo. Estos caballeros son editores, pero se comportan como conserjes del panteón.
Soy de la idea de que así como las cajetillas de cigarros traen advertencias visuales acerca de los riesgos del consumo de tabaco (dientes podridos, fetos verdes, gente con agujeros en el cogote), nuestro libro debería tener un recuadro con ilustraciones similares que alerten al comprador acerca del lío en que se está metiendo al ver cine: un joven que cuelga de un árbol con una soga alrededor del cuello, una mujer que se destruye el riñón bebiendo rones, un documentalista con ansiedad encerrado en su casa. Esto obligaría a cambiarle el nombre al libro: Las 100 películas que tienes que ver antes de suicidarte. Bestseller descomunal. Sería incluso una publicación más humilde, más humana.
Soy patético y exagerado. Esto es chamba. Desleal y sucia, pero chamba.
Alguien dice que hay muchas películas mexicanas seleccionadas, propone eliminar Los caifanes. Hay quien propone eliminar Apocalypse Now. Cómo quisiera decirles que no están eligiendo entre papas Sabritas adobadas o Ruffles verdes. Están seleccionando a qué gajo de la epopeya linchar cruelmente. Es casi casi un magnicidio: están eliminando de golpe a todos los seres humanos cuyos nombres descienden verticalmente en los créditos finales de películas de invaluable honra. Actores, utileros, animadores, guionistas, el continuista. “A mí Goodfellas no me gusta”, comenta un ruco a mi lado. “A mí Trainspotting me parece moralina”, comenta otro. No entienden que en cine es irrelevante si una cinta te gusta o no. Es lo de menos. Estamos hablando de luz proyectada a tal velocidad que provoca la ilusión de movimiento. Montaje, composición, tiempo, la eternidad en un charco, pestañeos veloces de un dios ubicuo. Cine.
La junta se extiende más de lo debido, sin que se decida nada de nada. Tenemos que elegir las dos cintas que se eliminarán a más tardar el viernes. Hay ya una especie de shortlist. Me pregunto qué filme será el sacrificado en, por ejemplo, la versión brasileña o la alemana del tomo. Vaya siglo tan tarugo. Nos despedimos presurosamente y abandonamos aquel cubil infernal.
Es curioso, también hacemos en la editorial el ejemplar de Los 100 libros que tienes que leer antes de morir. Por suerte no hubo un solo libro en la literatura mexicana publicada el año pasado que pueda desplazar, digamos, a Las uvas de la ira o a El Aleph.
Cuando yo era una niña, a mi padre no le pedía muñecas ni carritos, le pedía casetes vhs vírgenes y grababa en ellos mis caricaturas y películas favoritas. Presionaba pausa durante los comerciales para que el capítulo quedara de corrido y sin interrupciones. Si era una caricatura que se solía quedar en dramático continuará, yo me aseguraba de estar atenta a que apareciera el siguiente episodio para así preservar el registro sucesivo de una aletargada batalla en Sailor Moon o de los enre dos amorosos de Candy Candy. Grabé Terminator 2 al menos tres veces. Grabé la de Indiana Jones en la que le arrancan el corazón al menos dos veces. Me latían las de acción y aventura.
Etiquetaba las cintas y las iba acumulando en pilas. Es decir: si no conservaba yo aquello bajo mi tutela, nadie más lo haría. Era mi trabajo preservarlo. No sabía yo que en una decena de años se inventarían YouTube o Netflix, bóvedas tan sólidas como impalpables de cuanto contenido audio visual le venga a uno a la mente. No lo pensaba con estas palabras, pero me asumía la protectora de la Memoria de la Tribu. Hoy en día no tengo tan claro cuál es mi papel en el mundo. ¿Dibujar? Es lo que mejor hago sin esforzarme. Algunos de mis dibujos se han vuelto virales. Los usan para hacer memes, aunque en esos casos jamás se me da el crédito por más que les ponga marca de agua. Según entiendo, la palabra vocación significa algo así como la voz que te habla desde el cielo. Suena atronador. Desde hace bastante tiempo, las únicas voces que escucho son las que ofrecen descuentos en las carnes frías del pasillo tres cuando estoy en el supermercado. La compra de jamón y humus con chipotle será enteramente la responsabilidad mensual de Santiago hasta nuevo aviso.
Bueno, todo parece indicar que amanecí evocativa.
Algo está muy raro con la tarde. El sol anda de ma las. O más bien: el desprecio que nos tiene es más evidente que otras veces. Por las mañanas hace frío en la sombra, pero ya a esta hora los rayos coléricos abochornan a la especie como si todos hubiéramos nacido apenas ayer y no enten diéramos de dónde nace tal sofoco.
Ya estoy en la colonia Pensil, barrio peligrosón. Por suerte traigo mi fiel martillo en la bolsa. Aquí de noche hay me trallazos dividiendo la noche en dos. De día es una colonia de ancianitas que venden chicharrones preparados en sus zaguanes y oficiales de policía comiendo pozole. En las facha das hay botellas de vidrio hechas trizas e incrustadas en las bardas. Como acaba de pasar un periodo electoral, las quesadilleras están estrenando las lonas que les proporcionan sombra y clientes. Si tuviera apetito, pediría una de papa y una de tinga debajo de la carota de ese político rancio que afortunadamente perdió sus quincenas. Al éxodo diario y cons tante de oficinistas rumbo al metro San Joaquín lo acompaña una estela de olor a mariguana. Pongo mi granito de arena y me recargo en un árbol para sacar, sordeada, mi vaporizador. Todavía me quedan cartuchos, pero será horrible cuan8do dependa de Santiago para abastecerme. Enfrente de mí hay un muro en el que está rotulado el enorme logotipo de Neuróticos Anónimos: un pellejo de ser humano cargando un globo lleno de gajos. En cada segmento se lee la palabra desesperación y sus sinónimos. Me recuerda a esas tazas con la palabra café en muchos idiomas. Vaya Atlas de pacotilla. Veo entrar a cada uno de los participantes de la sesión del día. Manga de alegres pecadores con evidentes temblorinas en las manos y las horas de sueño enrevesadas. Cada determinado tiempo se escuchan aplausos. Esto me da mucha gracia. Allá dentro la gente cuenta sus dramas, anhelos y obstáculos, la forma chafa e inconsecuente como se entregaron a la bús queda ciega de la felicidad. La rabia obcecada que les provoca no acceder a ella deviene en aplausos por parte de sus iguales. Me llamo tal. Aplausos. Yo en cambio me llamo tal. Aplau sos. Desprecio a mis hijos, reconocerme en ellos me causa repulsión. Aplausos. Tengo miedo de embarazarme y que la panza no me deje cortar mis uñas de los pies. Aplausos. Mi marido dice que no sé elegir frutas y verduras en el mercado, que siempre me llevo a casa puras peras estresadas y orejas de lechuga tensas. Aplausos.
—Hola, me llamo Damiana y soy infértil.
Nadie aplaude.
Todo parece indicar que amanecí evocativa, irónica y au todestructiva.
“Neuróticos Anónimos”, dice el letrero bajo el que estoy parada. Santiago y yo no estamos en nuestra mejor fase. Llevamos cuatro años juntos. Una Copa del Mundo, dice él. A veces siento como si nuestras presencias estuvieran hartas la una de la otra. ¿Caducan los imanes? Tampoco es que llevemos tantísimo tiempo juntos. Ya no sabemos qué grito originó el eco que somos.
Soy incapaz de traer una vida al mundo, pero además ya estoy en una edad en la que sería un embarazo de alto riesgo. Entender esto me tiene sombría, desatenta, sin ganas de ser feliz. Tengo un disgusto pasajero con la vida. Sola, avanzo sobre plataformas frágiles. Busqué compasión en la tarea que les dejé a mis alumnos. Que meditaran acerca del milagro azaroso que es su vida aquí y ahora. Quería que me recordaran para siempre como una maestra que los hizo pensar. A la vez siento que no poder ser madre es sólo otro problema técnico. Las mujeres inteligentes no queremos traer más hijos a este mundo enfermito. Pero yo sí quería ver crecer milimétricamente a una niñita con mis características aunadas a las del varón que amo. Soy infértil, no puedo tener hijos, jamás seré mamá. No puedo huir ni un segundo de esta pena. La llevo en mí, pudriéndose a sus anchas. Ahora sí aplauden en el local de los Neuróticos Anónimos. Suelto el humo con una sonrisa entre los labios.
Prefiero ser historiadora que profeta: dos niños juegan con sus sofisticadas pistolas de agua. Sigo mi camino. Ya cerca de la estación, entre los puestos itinerantes, hay uno atendido por un señor en pijama. Sobre una jerga pálida está a la venta toda su colección de películas en dvd. Leo los títulos escritos sobre el disco, trazados con letras chuecas y tiernas faltas de ortografía. Vende aquellos bloques de memoria in finita, a cinco pesos cada uno, como basura. Mi madre se deshizo de mis casetes vhs cuando me salí de la casa. Mi intento por preservar la memoria de la especie cabía en una vieja caja de zapatos. De todas maneras, mi hermana ya había grabado sobre mis caricaturas sus simpáticas telenovelas colombianas. Mi mirada viaja entre las corcholatas aplanadas alrededor de un negocio de tortas, trazo líneas entre redondel de metal y redondel de metal, armando constelaciones inéditas. Estoy segura de que ya hay formas incluso ecológicas de destruir el unicel. Necesito investigarlo. Lo que es un hecho es que el pasado ya no sirve ni como basura.
Abandono la junta unos segundos y, a la par que meo, reviso mi celular en un baño que apesta a limpio. Lo primero que me aparece es un tuit de Damiana. Lo leo y releo. No lo descifro. La verdad es que cada vez se ha vuelto más difícil entenderla. Sus intervenciones en redes sociales me la vuelven una completa desconocida. Le mando un mensaje contándole cómo se está desarrollando la junta más mensa de todos los tiempos.
¿O sólo era la junta más estúpida de esta semana? Vivir en el reino de la hipérbole llega a ser muy confuso. Al final refrendo el amor que le tengo quedándome sin otras palabras que la redundancia de un “te amo” en diferentes tonos e intencio nes. Desde lo exageradamente pasional hasta lo hardsellero y, en medio, una gama de versiones neutrales. Este trabajo me está taladrando el seso. El orinal se jala a sí mismo antes de que me retire y quedo todo salpicado. Son tiempos convulsos: los sanitarios se vengan de uno.
“Hola, Santi; me encanta tu voz. Yo también te amo. Estoy recargada enfrente de una pared que no forma parte de edificación alguna, es un muro inútil aunado a nada. No se codea con otro muro… sólo está. Pareciera que pululan estas paredes sin logros, huérfanas de ciudad, pero la verdad es que cada vez son menos. Ésta, en la que me recargo, exhibe su abdomen de ladrillos muy orgullosa y quitada de la pena. La mandaron pintar y tiene una chueca inscripción de un sonidero que ocurrió antes de la pandemia. Ojalá termine pronto tu junta horrible. Yo me quedé pendejeando en la Pensil. Me gusta esta colonia, se mantiene viva siendo barrio.
Ya mero me meto al metro. Voy a recoger mis dibujos enmarcados y luego los repartiré, como te conté. Te voy avisando cómo voy. Ojalá no salgas tan tarde. Me latiría ir hoy en la noche al cine. Fumé un chirris. Estoy bien, no te preocupes de más. ¿Cómo va la chamba? ¿Ya saben qué película han decidido sacar del libro? Pobrecito que tienes que aguantar esas mugres. ¿Sabes qué estaba pensando? Al libro ese estúpido de Las mil películas que debes ver antes de morir deberían quitarle no una película para meter otra, sino volverlo a empezar de cero. Todas las películas tienen momentos en los que un hombre le dice a una mujer que se calle. En todas hay escenas en las que las mujeres son cosificadas sexualmente. En todas hay diálogos abiertamente machistas, personajes femeninos que son tratados como objetos. Y no recuerdo ninguna película donde las protagonistas confronten a los batos por coger siempre en la misma posición o porque no encuentran el clítoris o porque…”
Suelto voluntariamente el botón que graba mi voz en ese mensaje de audio. Todo el monólogo anterior se extravía para siempre. ¡Para siempre! Observo las nubes, estacionadas arriba de mí.Inicio un nuevo mensaje de audio.
“Hola, Santi; me encanta tu voz. Yo también te amo. ¿Cómo te fue en la junta, qué pedo? ¿Van a quitar Ciudadano Kane esos puñetas? Voy camino a recoger mis dibujos en marcados y estaré todo el día repartiéndolos. Bueno, eso ya te lo dije hace rato. Ya mero me meto al metro, por si la señal me falla. Te mando muchos besos, que te sea leve, ojalá no salgas tan tarde y nos dé tiempo de ir al cine.”
Éste sí lo envío.
Le respondo que tenga cuidado, le recuerdo que esa colonia no es tan chida. Le suplico que me avise cómo va. No es que apeste a limpio, más bien en el baño impera un triste y ácido olor a desuso.
Cuando regreso a la sala de juntas, la junta ha terminado. Todo mundo huyó. La oficina está semivacía. Sobra dónde sentarse. Algún compañero a la distancia está oyendo, a un volumen muy alto, canciones pegajosas del siglo pasado. Suena un teléfono que nadie responderá. Los encargados de limpieza toman una siesta sentados en las escaleras de emergencia. Pienso en mi cama, fantaseo que estoy acostado en ella. Qué anhelos tan bobalicones nos propicia vivir en este siglo. La silla hipotéticamente ortopédica rechina conforme muevo todo mi peso en ella, cumpliendo con mi ración diaria de Horas Nalga. Yo no puedo huir. Hoy ya no tengo juntas ni revisiones, pero por una desopilante maldición administrativa debo permanecer aquí hasta las siete de la noche. Sueños guajiros: muchos pensábamos que, después de los dos años y medio de home office pandémico, ya nunca habría que volver a malbaratar la vida en un piso 9.
Voy a raspar la olla.
Mi terapeuta, una mujer poco ortodoxa pero a la que veo religiosamente una vez por semana, me sugirió que hiciera algo. Nos dimos cuenta de que el origen de mis in satisfacciones diarias está en el hecho de que a mi edad no me he reproducido. Tener por pareja a una mujer incapaz de embarazarse es, según ella, un síntoma claro de que necesito explorar el tema. Me pidió que escribiera un texto acerca de esto. Manifestar de manera escrita al hijo que jamás tendré con Damiana. Me pidió que no pensara en este escrito como si fuera un diario o una carta, más bien como un gesto de amor. El problema es que empecé a redactar y no he podido parar.
Abro el documento en la computadora. Son ya muchas páginas. A grandes rasgos: “Las 30 mujeres importantes en la vida de Santiago”. Un recorrido mnemónico por las chicas que he amado, las que me han dejado honda huella, las que están presentes en cada una de mis sonrisas. Aquí no me pedirán que elimine a una para la nueva edición.
Mi texto empieza así: “Si hubiera sido tarea mía formular la creación, si en mis manos hubiera estado determinar cómo se reproduciría la especie, lo hubiera hecho todo muy distinto”. Entiendo que es una primera línea muy fatua.
Sigo leyendo lo escrito hasta ahora: “Estoy convencido de que la raza humana está mal planteada. Esta maldición milenaria de ser producto de dos seres de géneros distintos no nos ha dado buenos frutos. Ser entes con las características aunadas de nuestro padre y nuestra madre; propagar sus tics, enfermedades, personalidades y tendencia a ciertos pecados no nos ha llevado a buen puerto. Somos una bola de desdichados, atrapados en una vida que es tan corta y emocionante como lenta y aburrida. Si mi papel hubiera sido el de un dios, ésta sería mi principal modificación al orden actual de las cosas: un hijo sería el producto de todas las personas que tanto la mujer como el hombre amaron. Piensen esto: todos tendríamos características de todos. Mi color de ojos, mi forma de protegerme del sol, el cáncer ocultamente anidado en mis pulmones más bien sería un muégano de voluntades y anhelos. Seríamos seres más completos, más integrales, con una herencia vastísima. La familia es una estructura probadamente fallida que no nos hace felices, los lazos de sangre son una superstición milenaria”. Después de ese párrafo que he revisado, reescrito y soñado despierto una cantidad innumerable de veces, viene una gavilla de apuntes sin sentido; párrafos inconexos, estampas, recuerdos y retratos sonsamente narrados. “Santiagolandia” es, a partir de ahora y por sugerencia de Damiana, el título que corona este documento de Word cuyo destino final será el iconito de la basura en la esquina derecha de la pantalla apenas lo termine. No recuerdo si es el Tercer o el Cuarto paso de Alcohólicos Anónimos el que consiste en que escribas tu historia sólo para después destruirla. Estas líneas no las leerá Damiana. Ni siquiera sé si las tendré que leer en voz alta con mi terapeuta. Son un atajo al olvido.
En eso ocuparé el resto de mi tarde. Leer y releer. Borrar oraciones completas letra por letra para resucitarlas, idénticas, también letra por letra a los cuantos segundos.
Falso. No eran vhs vírgenes los que me facilitaba mi padre para grabar series animadas. Eran vhs promiscuos, casetes de reúso sobre los que ya se habían grabado incontables pelícu las, muchas de las cuales probablemente no pasaron la aduana de un formato al otro. Cintas literalmente inconseguibles que se quedaron atascadas en el olvido cinematográfico del siglo pasado, todo un panteón en el estricto sentido de la palabra. La piratería regrabable dotaba a mi familia de una colección de cine en constante cambio y modificación. Era muy turbador. Comprabas tal título y ya que lo veías te grababan encima otra cosa por unos cuantos pesos. Era una ciencia exacta. Incluso cabían dos películas por cartucho. Tres de hora y media, bastantes capítulos de una caricatura japonesa. A veces en pleno filme brotaba a rasguños la imagen que estaba debajo, como si la cinta tuviera un déjà vu. Yo recuerdo que la primera jaqueca de mi vida me la provocó Robin Hood de Disney con el sonido encima de quién sabe qué otra película violenta y con explosiones.
Cierro los ojos y recuerdo los sonidos tiesos de la videocasetera tragándose aquellos bloques negros. Con un clac inerme se cierra la compuerta, desciende la plataforma toscamente, se tensan ambos carretes prestos para girar con monotonía pero a buen paso. Pones play y le dan calambres a todo el aparato, picas stop y sientes su alivio. Estas tecnologías del pasado reciente actuaban como si las estuviéramos torturando. Vibra el calor por las rendijas debido a que ya se sobrecalentó el armatoste por culpa de un maratón de Volver al futuro. Mi sonido favorito era el guaguagua del fast forward mientras la película se desarrollaba con caricaturesca prisa.
Y ya que estamos en eso, fue gracias al fast forward que descubrí lo que le hace la primavera a las flores. Si yo adelantaba, no sé, un capítulo de Las chicas superpoderosas, después de la derrota de Mojo Jojo venían los últimos veinte minutos de alguna película gringa, luego los créditos finales de dicha película, nombres de personas, nombres de personas, un fondo negro repleto de nombres de personas ascendiendo a toda velocidad, guaguagua, agradecimientos finales, en la memoria de quién fue realizada, el logo de Technicolor. Y de repente, de golpe, una mujer metiéndole el puño entero a otra chava entre las piernas.
A una de las mil veces que vi Blade Runner le sobrevino la dulce rubia con los senos pecosos que tocaba un tambor con cierta habilidad para después masturbarse con las baquetas. Vi orgías de mostachudos con señoras que podrían ser mis tías. Vi una cosa rarísima de japoneses y una máquina que era como un rodillo giratorio con muchas lenguas. A la pornografía que llegó a mí por esta inicial vía la caracterizaban enormes cantidades de pelo púbico y diamantina en los peinados. Vi ombligos, axilas, piel erizada, decenas de desconocidos haciendo el amor, vi a una pelirroja con el sexo café, la espalda de una mujer negrísima salpicada de semen. Vi cinturones con pene y condones hartos de serlo y a un SheMale despuesito de la película de HeMan. Todos estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Fue una experiencia tremendamente noventera. No se imaginen esos coitos pornográficos de hoy en día en hd y en los que una puede ver a detalle hasta el grano de grasa en las nalgas de la actriz. No. Era una cosa fuera de foco, mal ensayada, casi casi real. Podría ocurrir en la casa de junto. No se despertó en mí curiosidad alguna acerca del mundo físico de los adultos. No me exaltaban ni daban asco aquellas imágenes, tampoco me traumé ni asusté. Sentí que obtuve una ventaja que en ese momento de poco me servía. Una comprensión nueva que en su momento me alejaría de las mentiras de los de mi edad.
Augaugaug era el sonido del back forward.
Bajo las escaleras y el metro me engulle con su cambio de temperatura, su habitual peste, su tapete invisible que dice: “No eres bienvenida”.
Wendy Marín de do pingüe
A cierta indeterminada edad mis padres me entregaron un cuerpo sano y joven, preparado para que yo hiciera de él y con él lo que me viniera en gana. Me enfoqué en corromperlo entregándome a la búsqueda de las cosas más vulgares que ofrece la vida: el amor, el dinero y el paraíso. Dejé de temerle a Dios, medí el mundo en quincenas y perdí la virginidad.
Fue a los dieciocho años un miércoles, lo recuerdo por que había dos por uno en el cine y todavía nos dio tiempo de ir a alguna última función en los cines que están junto a los Estudios Churubusco. En aquel entonces no se elegía asiento en la sala de cine, te formabas desde temprano y así apañabas los mejores asientos. Abrazados, aún frenéticos, con el olor del condón noventero en nuestras respectivas entrepiernas y la invisible candileja de Dios juzgándonos desde las alturas, hacíamos fila. Estábamos enamorados e inventándolo. No recuerdo a qué película nos metimos, pero estoy seguro de que la he vuelto a ver en otras etapas de mi vida. Fui un jovencito enjuto y poco agraciado, tenía unas pesadillas eróticas tremendas. Es todo. Nuestro pasado se vuelve ponerle pies de página a un bonche de fotografías fuerísima de foco.

Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980). Ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 con Perros sin nombre, del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015 con ¡Canta, herida! y del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017 con la novela Aquí había una frontera. Fue finalista del concurso de relato Cosecha Eñe 2012 en España y seleccionado en el programa “Al ruedo: ocho narradores emergentes” en la FIL Guadalajara 2018.











