Ray Loriga, que ha sido operado de un tumor cerebral y ha perdido un ojo y un oído, narra los abismos de estos personajes y compone una sinfonía sobre la amistad, el amor y el final de la juventud. Una novela en la que se habla de la muerte brindando por la vida. Una novela sobre el verano que aún queda por disfrutar antes de que llegue el invierno.
Ciudad de México, 24 de diciembre (MaremotoM).- Alguien quiere morir. Ya no es joven y se pregunta para qué otro día más, por muy privilegiada, divertida y amable que aún sea su vida. Alguien quiere amar. No sabe con certeza si le corresponden, si sus sentimientos serán entendidos, si tiene siquiera derecho a expresarlos. Alguien viaja. Visita ciudades, playas, bares, fiestas exóticas, cabañas al borde del agua donde pasar la noche bebiendo y riendo. Alguien ilustra unos libros preciosos y alguien se ocupa de editarlos. Trabajan sin prisas, con admiración mutua, con cierta sensación decadente de existir en un mundo que desaparece. Alguien ha tenido un grave problema de salud, se levanta despacio, se tienta la ropa y decide aprovechar la segunda oportunidad. Alguien gusta, despierta deseo, está siempre de paso en la vida de los demás, sonríe, paga la cena. Alguien es el mejor amigo y la persona favorita de otro. Alguien quiere morir.
Ray Loriga narra los abismos de estos personajes y compone una sinfonía sobre la amistad, el amor y el final de la juventud. Una novela en la que se habla de la muerte brindando por la vida. Una novela sobre el verano que aún queda por disfrutar antes de que llegue el invierno.

Adelanto de Cualquier verano es un final, de Ray Loriga, con autorización de Alfaguara.
Fragmento
I
Les contaré lo peor que me ha pasado: confundir, en un sueño, una oca con un alce después de haberme obsesionado durante muchos días y sus correspondientes noches con un poema de Elizabeth Bishop. Según parece, hay que fijarse en los detalles. La realidad tiene engranajes y piezas muy pequeñas.
Las orlas, por lo visto, son esenciales, y los pespuntes, los flecos, las cenefas, las golas, los tocados, los chapines, todos los principios y todos los finales importan. Afilado o romo. ¿Detrás de qué? ¿Escondido dónde? ¿A qué hora exacta se fue?
El azul, el verde y el marrón de los mapas delimitan y mientras tanto la vida se comprime hasta caber entera en una bolsa de canicas, pero a nadie parece inquietarle. Y eso que no he mencionado mi ridícula colección de sellos (tres) o las suelas de los zapatos, que cuando se despegan parece que van a hablar.
Pero vayamos con lo que he venido a contar. Aún no saben siquiera quién es Luiz, cuánto mide, cuánto pesa, cómo se dobla el puño de las camisas, cuánto pelo le queda en la cabeza, cuántas muelas, con qué frecuencia revisa el aire de las llantas de su bicicleta o las pilas de su linterna.
Malditos detalles…
Cuando de niños mirábamos las cosas, ¿no estaba el valor y hasta la inteligencia en nuestros ojos? En las banderas dibujadas había un sable cruzado por una pluma, una corona de laurel, un gallo, una rosa, una daga, un cazamariposas, dos tibias, un roble, un bastón, una guadaña… Detalles. Pero, a pesar de éstos, veíamos (o creíamos ver) lo esencial. ¿Cuál es la diferencia entre una oca y un ganso? O entre un alce y un ciervo.
Vista cansada… Ja. ¿Por qué no decir la verdad? Me están arrancando la vida de los ojos.
Mienten y saben que mienten. Aunque sean médicos cualificados.
Se imponen algunas puntualizaciones.
Nunca animé a Luiz a empeñarse en morir, ni, en contra de los muy extendidos rumores, maté a mi tía Aurora. Ni siquiera maté al capataz de la finca de Pago de San Clemente. Ni caminé por las calles de Praga, ni crucé el puente de Carlos en dirección a Krizovnicke mirando con envidia a otros hombres que paseaban a jovencitas en calesas, ni deambulé junto a los llamados (entre sí mismos) poetas en los falsamente bohemios círculos literarios de Madrid, ni me colé de polizón en los ferrocarriles de carga entre verdaderos miserables, ni crucé miradas lascivas con la prima ballerina del Bolshói, ni bailé con las tristísimamente alegres tiqueteras en la costa de Chile, cerca de Horcón, ni disparé con armas de fuego, ni peleé con los puños, ni monté a caballo, ni toqué el violín, ni negocié con desertores en la puerta de Brandeburgo, ni jugué con peces escorpión y tortugas gigantes a cuarenta metros de profundidad en una isla remota de la costa malaya, ni comí peyote con los huicholes en el valle sagrado bajo la mina de Real de Catorce, ni fui blanco ni fui negro, ni sé dibujar, ni clavé sombrillas en la playa, ni te dije adiós.
No, ni hablar, nada de eso. Habladurías, inexactitudes, maledicencias. Una sarta de mentiras, un oscuro enredo, un formidable embrollo. Nada que ver con la realidad. Yo nunca hice eso, nunca «asesiné y creé», que dirían el bueno de T. S. Eliot o el loco de Blaise Cendrars. En realidad, apenas hice nada. Cursi por dentro y podrido por fuera (y viceversa), vago, digno de ninguna confianza, bueno para poco.
Ni siquiera sé si tengo un amigo o sólo lo he construido minuciosamente en mi imaginación. Pero el caso es que, para mí, existe. Me lo repito con frecuencia insana en la ducha, tratando de convencerme: Luiz existe.
¿Cómo iba a desear perderle precisamente a él?
Pero he empezado con mal pie.
Primero, supongo, son de rigor las presentaciones y ajustarse bien el nudo de la corbata.
Yo soy más del previsible cuatro en mano que del Windsor, más que nada por vagancia, pero da lo mismo, hay un nudo para cada cuello.
Cuestión de gustos.
Me llamo Yorick (bueno, en realidad no, pero en realidad sí) y casi todo lo que vengo a contarles es cierto y espero que aclare de una vez por todas este triste asunto, al menos en lo que a mí concierne. Tengo ya tantos remordimientos que me niego a cargar con culpas que no sean mías.
Mi padre, un señor muy serio con un macabro sentido del humor, me rebautizó Yorick (enterrando mi nombre verdadero) por un bufoncillo muerto prematuramente en Hamlet, sí, el mismo cuyo cráneo sujeta el joven príncipe cuando pronuncia la dichosa perorata. También porque al parecer, según me contó mi madre, de bebé lloraba muchísimo, pero eso es más bochornoso aún y menos literario. Mi padre adoraba a Shakespeare como otra gente adora las patatas fritas, el sexo o la mentira. Murió también prematuramente, mi pobre padre, atropellado por un camión, aplastado sería más preciso, bajo un camión de dos ejes y casi dieciocho toneladas, perteneciente a la flota de su propia empresa, aquella en la que había trabajado toda su vida como contable. Así son las cosas algunas veces, por mucho Shakespeare que leas. Yo era muy pequeño y apenas guardo recuerdos de mi padre. Según he visto en las fotografías, llevaba bigote. Mi madre lloró un poco y enseguida se rehízo y encontró, por medio de una prima soltera, un empleo como azafata mostradora de galletas en una cadena de supermercados. Se convirtió de la noche a la mañana en una de esas señoritas encantadoras que ofrecían galletitas gratis en los setenta, supongo que eso ya no se lleva y sonreían a todo el mundo y entablaban conversaciones intrascendentes con desconocidos mientras trataban de promocionar delicias de nata. Mi madre no había trabajado nunca, fuera del deprimente trabajo del hogar y descubrió que le encantaba. Se acicalaba todas las mañanas para ir a ofrecer esas galletas, malísimas por cierto, junto a su alegre prima y volvía a casa al anochecer con los pies molidos pero satisfecha. Sospecho que tanto ella como su prima coqueteaban dentro o fuera del trabajo con algunos caballeros, pero en casa jamás entró ninguno y así, frente al resto de la familia y ante el mundo en general (la parte del mundo que nos mira), mi pobre madre fue siempre una viuda irreprochable. No ganaba mucho dinero, pero con su sueldito y la pensión de viudedad nos daba para vivir holgadamente. Mientras iba y venía, me dejaba al cuidado de mi tía Aurora, una señora requetefina, viuda a su vez del hermano de mi padre, dueña de un temperamento insoportable, dotada de una habilidad especial para hacer mal hasta los huevos duros y a la que le encantaba que su pequeño caniche le chupara los pies y sólo Dios sabe qué otras cosas. Una nota más sobre mi padre: mi madre decía que tengo su voz y mi tía Aurora asentía convencida con la cabeza, pero es difícil saberlo a ciencia cierta. Dicen que cuando me escuchan, si cierran los ojos, creen estar delante de mi padre. Supongo que de nostalgias imprecisas como ésa están hechos los fantasmas. Y los sobrinos favoritos.
Y más o menos hasta ahí mi infancia. Pasemos a otro tema.
Estaba yo sentado en un espolón frente al mar, en Arroyo de la Miel, Málaga, pensando a qué iba a dedicar mi existencia, pensando de veras, con verdadero ahínco (al fin y al cabo, rondaba ya los treinta años y era hora de pensar), cuando escuché a dos niños malagueños de no más de diez la siguiente conversación:
—Dime, Curro, si pudieses convertirte para siempre en un animal, ¿cuál sería?
—¿No puede ser sólo durante un rato y después volver a mi estado natural?
—No.
—¿Para siempre?
—Eso es.
—Déjame pensarlo…
Tardó mucho tiempo en pensarlo y el otro chico se impacientó. Y dijo de pronto:
—Un cerdo.
—¡No vale, aún no he elegido!
—Pues has tenido tiempo de sobra. Lo siento, ya no se puede elegir.
Me lo tomé como una señal y sentí la urgencia de decidir en serio y deprisa, qué hacer con mi vida. Había ido a la universidad y hasta había hecho un posgrado en Edición y Gestión Editorial en el extranjero, en Cardiff concretamente, no con el dinero de las galletas, sino con algo más que nos prestó la tía Aurora, rica y sin hijos, a la que había sabido camelarme con más habilidad que mis no menos ávidos pero más torpes primos, de modo que no tenía excusa para no tener futuro y puede que ni derecho. Y mucho menos después de dos años de prácticas en Nueva York, cortesía, una vez más, de la dichosa tía Aurora (gracias y mil malditas gracias), durante los cuales ni aprendí ni edité nada, ni conseguí avanzar un paso. Así que ese mismo día, frente al mar de mi desconsuelo, sintiéndome un perfecto inútil prematuramente derrotado por la vida, decidí dar un giro a mi existencia, me puse en serio con ello y, algo más de veinte años después, aquí estoy, dirigiendo mi propia editorial de clásicos atípicos ilustrados para jóvenes eruditos. No es por presumir, pero la idea fue mía. «Jóvenes eruditos» y no a la inversa, como queriendo hacer hincapié en la condición primordial de la primera palabra y la mera condición de añadido de la segunda. Quién no cambiaría, sin dudarlo, la engorrosa condición de erudito por la hermosa condición de joven. No es que fuera nada tan original, hay mucha gente que se dedica a esto, lo llamen como lo llamen. Se trataba, sencillamente, de no ilustrar los mismos clásicos que se han llenado de dibujitos mil veces, la Biblia, Tom Sawyer, el Quijote, Moby Dick, el Romancero gitano, Gulliver, La isla del tesoro, el Cid, Drácula, Alicia en el país de las maravillas, etcétera. Hacer algo, por así decirlo, menos obvio (de ahí lo de atípicos). Nos fue sorprendentemente bien, hasta el punto de convertirnos en líderes en nuestro humilde sector de literatura infantil (o juvenil), aunque he de confesar que sospecho que la mayoría de nuestros títulos los compran adultos que desean tener una conversación ligera sobre, pongamos por caso, Felisberto Hernández, Sándor Márai o George Eliot sin tener que leerse ningún maldito libro. Por descontado que apenas hacemos, por así decirlo, un acercamiento a textos y autores, reduciendo la trama a mero esqueleto y dejando que páginas escogidas de los libros originales proporcionen, con suerte, un aroma de estilo, un pálido reflejo de lo que son en realidad. Algo más raquítico aún que lo que en el oficio se conoce tradicionalmente como un abridged. La aportación esencial la constituyen o eso intentamos, unas hermosas ilustraciones. Ese mérito no es mío, sino de Alma, nuestra dibujante.
De no ser por su talento, nuestra editorial carecería de valor, de sentido y desde luego de éxito. Me gustaría pensar que nuestra pequeña colección sirve, como los tráileres de las películas, para que alguien se acerque después al libro real, tal como fue concebido. Y en caso de no ser así, creo que no hacemos daño a nadie ofreciendo elegantes objetos para regalo. Apacibles y coquetos libritos para la mesa del café. Sea como fuere, las cuentas cuadran y después de unos comienzos duros, como suelen ser los comienzos, he conseguido vender la editorial a un gran grupo holandés, ya saben cuál y apenas tengo que asistir a algunas reuniones en calidad de asesor y, claro está, socio fundador, y al reparto anual de dividendos, cuando los hay. Siendo sincero, no hay mucho de lo que sentirse orgulloso; si mi pequeña editorial ha logrado salir adelante, se debe más a la generosa ayuda de (otra vez) mi tía Aurora (quién si no) que a mi propio mérito. También he de confesar que, a pesar de que siempre he tratado de no resultarle excesivamente gravoso, llevando los números lo mejor que he sabido, su repentina muerte, qué duda cabe, constituyó a la postre una ayuda insustituible. Un golpe de suerte. Aunque sería feo decirlo así, porque se cayó de lo alto de una escalera en mi presencia, pero no, como dijeron algunos, por mi culpa. No me considero un moralista y tampoco soy supersticioso, bastante tengo con dedicarme a la necrofilia literaria como para matar también a mi amable mecenas.
En fin, todo este desagradable y trágico asunto quedó aclarado en el juicio, así que para qué volver a revisar tan siniestro capítulo. Además, quiénes son mis primos para andar levantando sospechas infundadas sobre si le puse o no la zancadilla en lo alto de aquella escalera de mármol del cine Capitol. Afortunadamente el cine estaba lleno y no faltaron testigos para corroborar mi versión; se tropezó ella sola y si no pude hacer más por sujetarla fue por mera torpeza y distracción, desde luego no por alevosía. Cayó rodando con estruendo delante de todos cuantos abandonaban la sala por el gran hall principal.
Trastabilló grácilmente para caer después a plomo, como una guayaba pocha, entre un centenar de espantados espectadores. Debí avisarla de que para ir a un cine en Madrid, y además entre semana, no hacía falta vestirse de largo ni subirse en unos tacones altos y hasta ahí mi culpa, pero la tía Aurora era así de coqueta. Cada vez que salía se imaginaba la pobre que iba a la ópera.
La película, si no recuerdo mal, era Chocolat, una cursilada insoportable con la que mi pobre tía había llorado y todo.
En fin, que Dios la tenga en su gloria.
No tenía tanto dinero mi tía, pero, como nos lo repartimos a partes iguales el caniche y yo (que se jodan mis primos), me tocó un buen pico, lo suficiente en cualquier caso para mantener el pequeño negocio a flote. No me he hecho rico, claro está, no se hace uno rico con los libros, aunque tengan dibujitos; sin embargo, siendo un hombre soltero (y austero) que sólo sueña con la jubilación, me llega y me sobra para pasar el día evitando jugar al golf, reduciendo a Baltasar Gracián a unas cuantas viñetas y más que entretenido viendo cómo el mundo se va al garete. Carezco de grandes ambiciones y no me duele lo que no tengo. Desde un principio, mi propósito sólo fue vivir la vida como unas discretas y largas vacaciones (a costa de mi tía Aurora, lo reconozco), y a eso, paradójicamente, he dedicado todos mis esfuerzos. En cuanto al amor, no hay gran cosa que contar. Defraudé a un buen número de mujeres, que se esmeraron en reprochármelo, y ahora estoy solo. Quiero imaginar que en el fondo nunca me enamoré, en caso contrario tendría el corazón roto y no es eso lo que siento, sino una persistente parálisis facial y una enorme molestia en el párpado derecho y el ojo que éste debería cubrir, todo por culpa de un tumor cerebral que me extirparon hace algo más de un año y cuyas secuelas perseveran.
Por cierto, estuve muerto durante un par de minutos largos en la mesa de operaciones y ni vi a Dios ni nada parecido. Ni luz al final del túnel, ni túnel siquiera y de hecho no me enteré de nada, ni hubiese tenido la más mínima noción de tan trascendente experiencia en el umbral si el cirujano no me hubiese contado el episodio de paro cardiorrespiratorio y la subsiguiente reanimación un par de días después de la intervención quirúrgica, pasado ya el sopor de la anestesia. Para entonces ya estaba yo más preocupado por la incómoda sonda entre mis piernas que por la vida futura, preguntando a cuantos entraban en la habitación cuándo iba a poder hacer pis de nuevo como es debido. Preguntando es quizá mucho decir, porque apenas se me entendía por culpa de la parálisis facial. Ahora ya hablo mejor, gracias. También me quedé sordo de un oído, pero esto, que puede parecer una molestia, ha acabado por convertirse en una ventaja. Cuando en el piso adyacente están de obras, no tengo más que tumbarme sobre el oído sano para dormir la siesta tan plácidamente y si alguien en una reunión o en una cena me resulta muy tedioso, me basta con sentarme a su izquierda, ofreciéndole mi oído sordo y evitándome así soporíferas conversaciones. En resumen, que no tengo gran cosa de la que quejarme en lo que a salud respecta. Hasta he conseguido andar solo, lo cual no es poca cosa. Me explicaron los médicos que esta clase de tumores cerebrales, schwannomas vestibulares se llaman, que crecen tras el oído y muy cerca del tronco del cerebro y sobre todo cuando superan los cuatro centímetros, como era el caso, aparte de resultar potencialmente mortales consiguen que se vaya el equilibrio a hacer puñetas y cuesta un poco volver a cogerle el truco a eso tan bobo de poner un pie delante del otro. En fin, tampoco hay que extenderse mucho en el maldito asunto de estar enfermo; si algo aprendí en el hospital es que no existe nada más aburrido que la enfermedad. Todos somos más o menos lo mismo en esas circunstancias y la unidad de cuidados intensivos es una especie de factoría de ponte mejor y sigue o ponte peor y muere. Un hotel muy mal iluminado donde el check out puede ser a cualquier hora y, en el peor de los casos, definitivo.
También puede pasar que bajes a planta, vuelvas a tu cama y sigas con lo que fuera que fuese tu vida, como finalmente ocurrió. Luego llegan las visitas, pocas, no tengo muchos amigos, Alma no me quiere, Luiz vive en Portugal y Giorgio, en Venecia (aunque es sardo), y, a decir verdad, tampoco los avisé (no avisé a nadie, para qué vamos a engañarnos). Ah, también está Terry, pero hace siglos que no le veo y además Terry es bombero y, por lo tanto, está más interesado en las desgracias colectivas que en las individuales. En resumen, que en realidad sólo llega el siempre puntual ejército de fisioterapeutas, logopedas, neurólogos, oftalmólogos (y sus colegas de oculoplastia y orbital), los alegres muchachos de maxilofacial, los circunspectos neurocirujanos (claro está) y un sinfín de despreocupados y encantadores estudiantes de Medicina en prácticas, apenas adolescentes, que aún miran la muerte y la enfermedad con ojos soñadores. Total, que estás la mar de entretenido. Tanto que no tienes casi tiempo de pensar en nada.
Cuando por fin te pones en pie, después de un par de semanas de tambaleos y consigues fumarte un cigarrillo en mitad de la noche, al final del largo pasillo donde se esconden las viejas ventanas no vigiladas del ala sur del antiguo edificio anexo al hospital renovado, claro que ves y sientes cosas, entre los agónicos gruñidos nocturnos y el distraído duermevela de los celadores, pero son los pájaros de plumaje exótico del vulgar reino de no estoy muerto todavía, no las aves del paraíso.
Durante esos escasos escarceos nocturnos te cruzas de vez en cuando con algún que otro penitente, agarrado igual que tú con una mano a la percha con ruedecitas de la sonda y con la otra a la baranda que recorre todas las paredes a ambos lados, pero sabes que lo que menos apetece en tales encuentros es entablar conversación. A un casi muerto, cuando se cruza con otro, le basta y le sobra con un ligero movimiento de cabeza, un saludo de reconocimiento entre fantasmas, un nod, un chapeau, un «váyase usted por donde ha venido».
A los reyes y a la muerte se los saluda con el mismo indefinido respeto.
Pero no venía a hablar de eso, sino de mi amigo Luiz y de este formidable verano.
Estamos en Carvalhal, un pueblecito de la costa de Portugal. Apenas dos chiringuitos (tirando a pretenciosos), sólo un buen restaurante local, O Granhão (invencible el arroz con caldo de pescado), ninguna farmacia, un par de pequeños ultramarinos y unas playas infinitas. Luiz se crio allí, antes de que el mundo entero se pusiera de moda y este lugar también. Por eso, porque se ha puesto muy de moda, apenas salimos de casa.
Luiz está sentado junto a la ventana de su cabaña cerca del mar, una de las escasas cabañas de pescadores que quedan en la zona, ahora plagada de suntuosas pesadillas de arquitecto o de diseño o comoquiera que se denomine a las arbitrarias construcciones del monstruo de la prosperidad y me dice:
—¿No es extraño cómo algunas personas se empeñan en enredar su vida con la de otras hasta que es imposible saber si son culpables de algo o víctimas de algo o cómplices de algo y así hasta que este alambicado entrelazarse con los demás nos lleva a no saber lo que somos ni lo que hacemos, ni tan siquiera lo que pensamos, sin que ello nos acerque a clarificar ni a comprender las causas de los otros?
—Se llama sociedad, Luiz.
—¿Y tú y yo?
—Es distinto. Tú y yo somos amigos.
Nos quedamos callados y así pasamos mucho rato hasta que Luiz se levanta, dice ¡hala! y se pone con la cena.
Todos los actores franceses saben cantar, ¿y qué? Luiz también, pero este detalle tampoco es importante. A menudo cantamos canciones de Lio (que es, como Luiz, portuguesa) y yo le hago los coros. No nos queda mal, nuestras voces empastan y ninguno de los dos desafina y en cualquier caso nadie más nos escucha.
Voy a hablar de Luiz un millón de veces antes de que esto termine. Y me perderé un millón de veces en detalles intrascendentes. Y mira que lo odio, perderme en detalles digo, no a él ni desde luego la intrascendencia. Cuando se levanta y se va, desconsuela; cuando regresa, alegray ni siquiera estoy seguro de que se dé cuenta. A veces se gira, a veces no. Le sigo con la mirada, pero ¿lo sabe?
Me gustaría hablar sobre todo de los buenos ratos que pasamos juntos, en los que, como decían antes al otro lado del Atlántico, «hablamos a través de los sombreros», que no quiere decir otra cosa que hablar muy seriamente sobre algo de lo que no se sabe nada en absoluto, aunque me temo que antes tendré que referirme al pasado invierno, cuando fui a visitarlo a Suiza, al lago Constanza, a aquella adorable residencia. Al lugar exacto que había elegido para morir.
No lo había escogido por capricho, claro está, sino porque era una de las pocas instituciones en el mundo que ofrecía la eutanasia legal, sin otro requisito que la propia voluntad de morir. Sin que hiciese falta ningún condicionamiento médico de por medio. La voluntad de morir, un complicado proceso legal, mucho tiempo por delante y el dinero para pagarlo era todo lo que se necesitaba en esa moderna institución, rodeada de cabañitas individuales junto al lago, para estirar la pata a gusto. No se pensaba morir en serio, por supuesto. Según me aclaró al llegar, sólo estaba husmeando para hacerse una idea, medio en broma, una mera toma de contacto. Todo lo medio en broma que puede uno andar buscando un lugar para matarse.
Un sitio precioso, la residencia, todo hay que decirlo, un enclave soberbio, en el mismo corazón de Europa, a pocas horas de Lisboa o Madrid, cerca de casa, pero lejos, muy lejos del mundo de los vivos. Muy conveniente.
Ahora, es decir, en el antes de después que les estoy contando ahora, estamos precisamente en la residencia de la muerte.
Como era de esperar, resulta imposible sacar nada en claro de su atolondrada conducta. Se esconde detrás de su disfraz, igual que hacía en los dichosos carnavales. Por debajo de sus zarandajas escucho el estruendo machacón de la batucada.
—¿No es fantástico cómo algunos piensan que todo se puede arreglar pensándolo mucho? —dice Luiz—. Mira, tal como lo veo, si metes un tucán en una jaula, es muy difícil que se pinte las uñas, por mucho tiempo libre que tenga.
—¿Qué coño quiere decir eso?
—Que a veces no hace falta terminar los planos para saber que una torre se va a caer.
—¿No tienes intención, aunque sea muy remota, de hablar en serio? Lo digo por mantener viva una llama de esperanza.
—¡Oh, Dios! Parecemos una pareja que lleva lustros sin sexo y empieza de pronto, un jueves, a hacerse reproches.
—Cuando quieres resultas muy pero que muyyy insoportable.
—¿Por qué no te limitas a disfrutar del viaje? Con mirar por la ventanilla es más que suficiente. Hazme caso.
—No te me pongas Yoda, te lo pido de rodillas. No he venido hasta Suiza para escuchar a un enano imaginario hablar al revés.
—Y pensar que pensé que con el tiempo llegaríamos a ser grandes amigos… Por cierto, ¿cómo va el amor o, ya que estamos, el sexo?
—Empate a cero.
—¿Siempre has sido tan reacio a contestar preguntas personales? ¿Algún trauma quizá?
—De niño pedí a los Reyes un microscopio y me trajeron una lupa.
—Oh, si es por eso, de niño le pedí a Santa Claus una hermana y me trajo un hámster.
—¿Cómo se llamaba?
—¿El hámster? Salgao, como todos los hámsteres.
—Yo tuve uno que se llamaba Flint.
—Flint. Vaya nombre más absurdo para un roedor. En cualquier caso, me imagino que, visto con la lupa, parecería un monstruo.
—Hasta una R mayúscula parece un monstruo mirada con lupa.
—Supongo que no te falta razón.
De pronto abandona la payasada (sabía que sólo era cuestión de tiempo) y hace como que habla en serio.
—¿Cómo estás?
—Bien, mucho mejor. Ya hasta me pongo los calcetines solo. Y ahora vayamos con lo tuyo. ¿Qué es esa absurda idea de morirse?
—No es nada, no te vuelvas loco. ¿Me crees capaz de matarme en serio?
—¿De qué otra manera puede uno matarse?
—Tú estuviste una vez en Bangkok, ¿no? O en el parque de atracciones. Te subes a la noria, te bajas…
—No veo la relación.
—No pensabas quedarte ahí arriba, ¿no es así?
—No, claro que no, sólo estaba de visita.
—Pues esto es algo parecido. Sólo que en vez de camisas de flores llevamos albornoces. Y en lugar de algodón dulce comemos queso appenzeller.
Y así todo. Si lo llego a saber no vengo. Pero me estoy adelantando; eso en realidad me lo dijo luego, mucho después del comienzo de mi zozobra.
Así que, en ese inquieto y lejano ahora, sentado en el taxi que había tomado en el aeropuerto de Zúrich y que me conducía en suizo silencio por suizos parajes, no podía dejar de pensar en qué habría llevado a mi buen amigo Luiz a emprender un viaje tan macabro.
Ya había visto morir de cerca a un buen montón de gente, mi madre sin ir más lejos, que murió de un infarto mientras pelaba gambas de Huelva para la cena de Navidad; mi padre, bajo un camión (de acuerdo, eso no lo vi, pero lo había recreado una y otra vez con morbosa exactitud); mi tía Aurora, con ese clavado sin agua en la bahía del hall de un cine; incluso yo mismo me había muerto un ratito, pero no aposta. Ninguno de esos decesos o sombras de guadaña, incluía el elemento del libre albedrío o la voluntad, así que esto de Luiz me pillaba de nuevas y por sorpresa.
Mientras miraba pasar montañas y valles monótonamente hermosos, las ideas se agitaban sin sentido, como los bailarines de mil colores saltaban alrededor del pájaro de fuego de Diáguilev y aunque la música me sonaba mucho, no acababa de descifrar la coreografía. También danzaban alegres los numeritos en el taxímetro, acumulándose en la cuenta de taxi más cara que recuerdo haber pagado en mi vida. De Zúrich al lago Constanza. Casi dos horas a precio de taxi suizo. En cuanto al conductor, si no me hubiese dicho buenos días al entrar y adiós al llegar a mi destino, habría pensado que era mudo. No sé si ese hombre intuía en mi rostro lo siniestro del motivo de mi viaje o sólo me ignoraba, atendiendo a la tradicional naturaleza neutral del país. En cualquier caso, su silencio me daba la oportunidad perfecta para sumergirme en mis pensamientos, que es lo peor que te puede pasar cuando no sabes en qué demonios andas pensando.
El paisaje, sería injusto negarlo, era digno de prestarle más atención. Ni más ni menos que el paraíso a la entrada y la salida de cada curva (y había muchas). Las altas pero no demasiado escarpadas o amenazantes montañas, los lagos perfectos, los tupidos bosques, las vaquitas rubias y atléticas, las sólidas, hermosas pero sensatas construcciones, hierba y más hierba, recién cortada y cuidadosamente peinada, un infinito verde y amable… Y, como en el paraíso (o en el infinito), no podías evitar sentirte a cada paso un poco más fuera de lugar. Como si todo el campo y los nada pintorescos lugareños te estuvieran susurrando sin malicia alguna: «Tú aquí no. No te atrevas a pisar esta hierba». Ojalá supiera o me interesase describir tanta belleza y el formidable rencor que me produce, pero, en fin, uno ha venido a lo que ha venido y no hay postal que le distraiga. No quería entonces, ni quiero ahora, embelesarme. Estaba allí, o eso creía, para salvar la vida de un amigo. Un alma gemela que parecía decidida a irse sin despedirse.
He de decir que mientras nos aproximábamos a la residencia Omega, cerca de Rorschach, al sur del gran lago Constanza, también se me pasó por la cabeza que mi buen amigo estuviera en realidad tomándome el pelo, gastándome una broma siniestra que sólo en su absurdo y retorcido universo paralelo podría tener alguna gracia.
Con frecuencia Luiz se reía mucho de cosas que yo no entendía y ésta bien pudiera ser otra de esas ocasiones. Siempre sospeché que encontraba cierto placer en verme desconcertado, como si le resultara más encantador con cara de bobo.
En el centro Omega de Rorschach, donde, según rezaba la publicidad, «la voluntad se respeta», las visitas estaban, como era de suponer, restringidas. La gente va allí a morirse, no a que la importunen. Aun así, antes de irme de esa en absoluto lúgubre residencia principal, desde la que apenas se vislumbran las suicidas cabañitas individuales, dejé pertinente notificación de mi presencia, que, según me fue asegurado, llegaría a su destinatario.
También me recomendaron el café más popular de la pequeña aldea de Rorschach, la población más cercana, a menos de veinticinco minutos andando, como posible punto de encuentro, y me advirtieron (no dejaba de ser un centro médico) de que, si me daba por pasear un poco al aire libre y llevaba en mi bolsa de viaje una bufanda, me la pusiese. Qué gente tan encantadora. Por un lado matan y por el otro abrigan.
—Puede que su amigo vaya y puede que no, eso según él lo desee. Pero sin duda le transmitiremos su recado.
—Se lo agradezco encarecidamente.
—Faltaría más.
—Café Mozart. Lo he apuntado bien, ¿no?
—Así es. Es el sitio más conocido de por aquí, no se preocupe.
—Allí estaré.
—Pues tenga usted muy buen día. Y no olvide la bufanda.
Despedida suiza, fría y cálida al tiempo.
Desconcertante.
Dejé la residencia y me encaminé hacia Rorschach, colina abajo. No tenía pérdida, era la única población iluminada.
Entré por lo que parecían las arcadas de una villa feudal en una placita arrancada de un cuento de Navidad, con ese aspecto irreal que tienen las cosas en Suiza, como si de pronto te encontraras ocupando tu lugar, previamente decidido, en el paisaje a escala de una maqueta de tren. En consonancia me sentía diminuto, consciente de mi proporción reducida, de insignificante miniatura, en un mundo magnífico e inmóvil. Quitando el traqueteo del tren de mi imaginación, claro está.
Y no, no llevaba bufanda…
Ray Loriga (Madrid, 1967), novelista, guionista y director de cine, es autor de las novelas Lo peor de todo, Héroes, Caídos del cielo, Tokio ya no nos quiere, Trífero, El hombre que inventó Manhattan, Ya sólo habla de amor, Sombrero y Mississippi, El bebedor de lágrimas, Za Za, emperador de Ibiza, Rendición (Premio Alfaguara de novela), Sábado, domingo y Cualquier verano es un final. También de los libros de relatos Días extraños, Días aún más extraños y Los oficiales y el destino de Cordelia. Su obra literaria, traducida a dieciocho idiomas, es una de las mejor valoradas por la crítica nacional e internacional. Como guionista de cine ha trabajado, entre otros, con Pedro Almodóvar y Carlos Saura. Ha dirigido las películas La pistola de mi hermano, adaptación de su novela Caídos del cielo y Teresa, el cuerpo de Cristo.











