La historia de cómo se construye una identidad formada por un mosaico de infinitos fragmentos de culturas diversas y relatos divergentes.
Ciudad de México, 5 de octubre (MaremotoM).- Casi nada que ponerte parte de una historia real: la de dos personas que crecieron en pueblos polvorientos y ambientes cerrados, pero decidieron largarse a la conquista de la gran ciudad. Ellos, Jorge y Simón, sedujeron a la Buenos Aires de principios de la década de 1970 y se hicieron de oro creando un mundo de moda y lujo a base de picaresca. Su ascensión y caída es el retrato en miniatura de un país siempre en crisis, siempre víctima de la fascinación que siente por sí mismo.
Pero este libro cuenta también la historia de la propia narradora, Lucía Lijtmaer, barcelonesa de apellido polaco y nacida en Argentina. Una investigación sobre cómo se construye una identidad a partir de fragmentos de culturas diversas y relatos divergentes.
A lo largo de estas páginas, escritas a modo de crónica, un heterogéneo grupo formado por modistos, comerciantes, modelos, decoradoras, actrices de serie B y clientas millonarias conversa con la autora. Se diría que, de algún modo, reviven o representan para ella un pasado glorioso que quizá fue o pudo haber sido.
Publicado por primera vez en 2016, este libro supuso la revelación de Lucía Lijtmaer como una escritora singular que ya ocupa una posición destacada entre las narradoras más brillantes de España y América Latina.
Fragmento de Casi nada que ponerte, de Lucía Lijtmaer, con autorización de Anagrama.
El primer libro es una explosión en el espacio. Para ti es la más bella, con todos esos destellos de helio y carbono. Sus fragmentos son poliédricos y brillan como joyas, no dejas de admirarte de haberlo logrado. Pero como una explosión en el espacio exterior, no hay aire que transmita su sonido, es una explosión muda y para ti hermosa. Tienes ego, claro, eres escritora. Solo existes tú y el libro, tú consciente de que has dado vida a algo que solo existe allí para ti y que anhela ser visto, mírame mamá, mírame de lo que soy capaz.

Casi nada que ponerte es un libro que me costó mucho escribir, no tanto investigar. Entrevisté durante meses a sus protagonistas y a su entorno. Estudié la fundación de Buenos Aires y la historia de la moda argentina. Me empapé de los distintos y muy variados cambios económicos que sufrió Argentina desde los años cincuenta del siglo pasado para poder comprender qué había hecho del negocio de Jorge y Simón un modelo de éxito. Encontré datos fascinantes, como que las casas de moda de lujo a principios del siglo XX mandaban a copistas a París para asegurarse de que los modelos de alta costura que vendían eran copias exactas de los de allí. Entendí los flujos de las primeras migraciones en relación con el negocio de la moda: planchadoras y bordadoras francesas, como la madre de Carlos Gardel. Me empapé todo lo que pude de esos datos para dar credibilidad a lo que iba a ser una crónica-reportaje sobre una pareja genial y extraña.

Y después, todo mutó. Comprendí que la voz narrativa no podía estar exenta de algo importante, de una verdad evidente: ¿quién era yo en esta historia y por qué la estaba contando? Me resistí durante mucho tiempo a incluirme como narradora. Comencé a tener insomnio. No quería hablar de mí, de mi familia, de nuestras vidas. Aun así, algo brotaba: una crónica sincera y real sobre el porqué de narrar ese palacio en ruinas, esa pareja que se cuida y se ama hasta el final. Porque era mi propia fascinación con su vida, con su lenguaje, con su cariño la que me hacía partícipe. Yo no era cualquier narradora, yo era para ellos la niña que habían conocido, años atrás, a quien contaban esa historia. Y, por eso, debía honrarla. Si ellos me habían abierto su mundo, era justo que al menos yo ofreciera una pequeña ventana del mío. Ahí nació esa otra parte personal: el relato de las fotos viradas al naranja, de cómo un exilio fue narrado en mi propia esfera doméstica, el homenaje a todas mis amigas de la infancia, esa familia adquirida, esos afectos que son fotocopias de una misma historia repetida en cada casa, con sus propias particularidades.
Casi nada que ponerte tardó muchísimo en ser vista, en ser leída. Siguió uno de esos tortuosos procesos del mundo editorial que tiene que vivir un escritor novel. Comenzó como un encargo vendido a una multinacional que el editor después decidió no publicar. “Es demasiado raro, demasiado literario”, decía. “Hay homosexuales, pero ¿dónde está el sexo? No hay suficiente sexo”, recalcó. Era el año 2010.
Guardé el libro en un cajón. Seguí escribiendo otras cosas, novelas, artículos. Los artículos se publicaban, las novelas no. Seguían pareciendo raras a agentes, editores. Años después, Enrique Murillo, el lince de los libros, me preguntó si tenía algo largo escrito. Le enseñé Casi nada que ponerte y le entusiasmó. Lo publicamos finalmente en 2015, justo cuando me mudé de Barcelona a Madrid. La explosión en el vacío había sido vista, finalmente. Alguien la veía, alguien la oía. No hay palabras de agradecimiento suficientes para Enrique: él me vio y se atrevió.
Le tengo mucho afecto a Casi nada que ponerte y, aun así, el pudor sigue apareciendo. Veo en él un intento serio de escritura con voz propia, una pasión por narrar y una voluntad de experimentar con la forma. También, por qué no, mis primeros tonteos con el humor.
Esta edición revisada con la paciente y quirúrgica Isabel Obiols ha respetado el texto y la estructura prácticamente en su totalidad. Hemos corregido algún error fáctico y estilístico, salvaguardado la intimidad de algunos testimonios con seudónimo y mantenido todo lo demás. Hemos desempolvado el vestido del baúl para ver si aún funciona. Espero que el lector lo disfrute.
Aunque al final del libro están los agradecimientos a todos aquellos que me ayudaron a desarrollar esta historia, ya sea con consejos o con los más básicos cuidados, quiero mencionar aquí a mis amigas, que creyeron que esa explosión en el vacío debía ser oída y me alentaron sin parar a que así lo fuera, con sus ánimos y sus recomendaciones a editores y conocidos. Ellas saben quiénes son. Mi deuda con vosotras es infinita.
Y ahora, que se alce el telón.











