Ana Clavel

LECTURAS | Autobiografía de la piel, de Ana Clavel

Ana Clavel nos regala una fascinante historia contada no por un individuo en particular, si no por uno de los órganos que nos definen, no sólo hacia adentro, sino sobre todo al exterior. En Autobiografía de la piel (Alfaguara), descubriremos la función que tiene este elemento que nos delimita y que nos arropa de placer , ya que es un instrumento receptivo de todo lo que nos sucede y rodea.

Ciudad de México, 12 de febrero (MaremotoM).- Pensamos que el verbo es territorio exclusivo de la voz, pero los sentidos reclaman también su sitio en el lenguaje. La piel, por ejemplo, siempre receptiva y presente, suele narrar sus historias en forma de cicatriz, estremecimiento, comezón o goce. Es capaz de percibir con la misma intensidad la llamarada de una quemadura o el soplo de un beso, y en este libro decide no quedarse callada.

Ana Clavel la acompaña en un “nosotras” íntimo y revelador, en un itinerario que devela los hilos de vida que se entraman detrás de la ficción. La escritora se diferencia de su piel solo a ratos, para hacer un comentario o traer a escena algunas obsesiones: los libros, los cuerpos enamorados, la escritura, la relación con el Padre (así, con mayúsculas de arquetipo), la transgresión y el deseo.

Esta autobiografía sensorial y lúcida ofrece un horizonte donde el placer reivindica su lugar fundacional, e indaga las posibilidades narrativas y poéticas de la piel como un personaje por derecho propio.

Ana Clavel
Editó Alfaguara. Foto: Cortesía

Autobiografía de la piel, de Ana Clavel, adelanto autorizado por Alfaguara

I

Mi memoria es oceánica. Todo lo abarca, todo lo envuelve. Me recuerdo inventándome: primero un pliegue, un surco, un nudo. No en balde soy el horizonte por el que el cerebro percibe al mundo. El hecho de que nos constituya a ambos la misma capa embrionaria nos hermana de tal manera que podría decirse que yo soy un cerebro extendido y él una piel pensante. En realidad, la contundencia física de mi ser ha derivado en que los volátiles pensamientos necesiten siempre anclarse en lo concreto para ser verdaderamente entendidos. Sé que sonará vanidoso, pero gracias a mí el mundo está lleno de metáforas, esas formas sutiles con que pensamos con nuestros cuerpos.

Volveré a esto más adelante porque de lo que quiero hablar ahora es de mi caso específico, del momento en que supe que ella y yo éramos personas diferentes. Al principio, cuando gorjeábamos al contacto de la barba de papá que nos prodigaba besos, o disfrutábamos el néctar del pecho de mamá, no sabía de grietas ni de fisuras. Solo de la fuerza de nuestras piernas para demostrarle a papá que podíamos sostenernos solas, o la sonrisa de mamá cuando le decíamos que la preferíamos a ella, mientras, cómplices, murmurábamos al oído de papá cuando la veíamos alejarse: «No es cierto, a ti te quiero más».

Ni siquiera la devastación que vino tras la muerte repentina de papá pudo separarnos. Estábamos por cumplir cuatro años: nos habían prometido un pastel con rosas de merengue y un vestido de hada del bosque que nunca llegaron. Entonces nos refugiamos en un rincón en sombra de la vida. Creo que solo así pudimos sobrevivir, dejando que el polvo se acumulara, que el musgo y la hiedra nos cubriesen como en un sueño invernal. Claro, a veces nos asomábamos al mundo. La respiración contenida, el latido silencioso, que la vida no se enterara de que persistíamos. Si simulábamos estar muertas, quizás nos perdonaría y pasaría de largo. O tal vez, si simulábamos estar muertas, conseguiríamos lograrlo. Adentro, muy adentro del capullo de tejido vegetal que nos rodeaba, esa madriguera en penumbra donde dormíamos abrazadas como dos gemelas complementarias, el torrente de sangre se movía apenas. Y era recóndito y avasallador el letargo.

Hasta que nos despertaron. Sucedió un par de años más tarde. Creo que llegué del jardín de niños con la muchacha de servicio que nos cuidaba. Mi hermano mayor —que a veces no existía— y él —mi primo, nueve años mayor que yo— miraban en la televisión un partido de futbol. Ignoro si antes lo había visto porque esa fue la primera vez que lo descubrí: un adolescente de quince, dieciséis años, con un rostro de facciones delicadas y una mirada como adormecida que tocaba con suavidad cuanto veía a su alrededor. Me miró llegar y el tacto de sus ojos hurgó en nosotras con dedos delicados. No sé cuánto tiempo estuvimos quietas dejándonos hacer. Un hechizo que duró días. No fue extraño que una tarde me tomara de la mano para escondernos y tocarnos en la recámara de mamá que, como trabajaba para sostenernos, casi no estaba en casa.

De esos encuentros conservo la suavidad innombrada de las caricias. Los especialistas dicen que el tacto es el sentido del cuerpo, que la piel es el órgano de mayor tamaño, que soy barrera, contención, protección, contacto, zona liminal. Se les olvida mencionar que la piel es nuestra memoria del paraíso.

¿Y cómo no iba a serlo si me tocaba con la piel más tierna de su cuerpo? Y yo sonreía. Gorjeaba de placer, regresaba a mi esencia de pájaro troglodita, helecho gluglú, gazapo de ojos hacia dentro. Ella lo escribió en algún otro lugar. Dijo: «Yo era mi paraíso» —en realidad se refería a nosotras, a mí—.

II

Pero saltó la culpa de manos agazapadas. Nosotras no la conocíamos aunque los sábados hubiéramos empezado a acudir a las clases de catecismo de la parroquia de San Cosme y Damián, acompañando al hermano mayor que habría de hacer pronto su primera comunión. Esas imágenes del Jardín del Edén debieron de calar hondo en la piel febril y nueva que éramos. Una arcilla fresca y maleable en las manos de un orfebre de mitos y religiones. Recuerdo tanto un cervatillo que hundía el hocico tierno en el cabello ensortijado, con olor a heno y musgo, de Adán. Una araña que tejía un capullo de seda para guarecer la risa de Eva que se rendía de placer.

Ana Clavel
Presentación en la CASUL. Foto: Cortesía

En algún momento en que nos buscaron, mi primo propuso escondernos y nos metimos bajo la cama. Parecía una travesura, un jugar a las «escondidas» que se repitió varias veces mientras mi hermano o la muchacha entraban y salían sin hallarnos. Me excitaba la emoción de que nos encontraran, ver sus pies caminar extrañados antes de retirarse, pero también, de a poco, se sumó un rumor sudoroso, una baba extraña y confusa. Recuerdo el goce total de la piel más tierna y el temor a ser descubiertos en una misma espiral que se columpiaba en el vacío, un golpe de sangre que se suspendía como ola antes de romperse en un acantilado.

Seguramente mi hermano o la muchacha nos acusaron, pero también recuerdo —a partir de que pude recordar— haberle dicho a mi madre de nuestro placer, de lo que sucedía con la piel de mi primo. Tal vez mi gozo era tal que quise compartirlo con ella, mi otro amor perdido desde la muerte de papá. No hubo recelo de mi parte al confiárselo: ¿cómo podía ser maligno algo que me hacía tan feliz? Y entonces sobrevino el castigo y el mundo se borró. Olvidé esa estancia de mi paraíso —y su expulsión—: olvidé a mi primo, lo que pasaba cuando estábamos solos, el escondite bajo la cama. Siete años duró el limbo.

No se trataba de que hubiéramos dejado de ver a mi primo. De hecho, sus hermanas me invitaban cada tanto a quedarme en su casa de la colonia Condesa. Me trataban como muñeca y me consentían. Y a mí me encantaba visitarlas también porque su casa era propia, con techos altos y escaleras, habitaciones y armarios donde uno podía perderse, pero igualmente porque estaba situada en una colonia arbolada con camellones floridos, y todo aquello me parecía un mundo mejor que el departamento pequeñito donde vivíamos de la colonia San Rafael. Además, en la casa del hermano de mi madre había libreros con esos extraños objetos con superficies de tacto suave que de pronto acariciaron mis ojos y la fantasía galopante que se me desató por dentro. Según las historias que descubría, subimos a globos aerostáticos y nos golpeó el viento en la cara, me trepé en elefantes de piel rugosa y cosquilleante, abordamos trenes trepidantes y barcos de vapor ondulantes, aunque solo estuviera sentada en la salita de lectura. Así pasaron varios años de deambular entre la casa de mi tío y la nuestra.

Desde que mi primo iba a la universidad y tenía sus amigos estudiantes, además de los de la colonia, casi no estaba en casa. Así que su cuarto propio muchas veces fue zona franca para nuestra curiosidad. En sus libreros encontré libros clandestinos y portadas de discos escandalosas. No pocas veces, mientras mis primas estaban ocupadas en sus tareas, leíamos en el cuarto de mi primo historias que me hicieron descubrirme una piel más secreta que la que normalmente me constituía.

Iba y venía a nuestra propia casa y a veces en el pasillo de la entrada o en la cocina me encontraba con mi primo, que nos saludaba de forma cariñosa y me gastaba alguna broma. Un día lo encontré con sus amigos de la cuadra frente a la puerta principal. Un olor penetrante a zacate quemado obligó a mis primas a apurar nuestra salida rumbo al cine Lido. Y entonces, estábamos por cumplir los trece, recordé de golpe la historia de la piel tierna con mi primo. Fue un golpe de ola inusitado: toda la memoria de lo sucedido entre él y yo se me vino encima. Supongo que nos castigaron y que, aun sin saber por qué, debí de sentirme tan culpable que la única manera de salir a flote con aquello fue el olvido. Aún ahora me parece insólito: siete años de desmemoria. La crónica de mi paraíso se había convertido en una historia furtiva.

Así fue el momento de nuestra separación. La grieta, la fractura. Cuando ella y yo dejamos de ser una misma persona. Mi memoria es oceánica, pero muchas veces prefiere la belleza de los acantilados. Se puede vivir de muchas muertes.

III

(Yo, tú, ella, nosotras… Las voces se derraman y descorren en todas direcciones, multitudinarias, personalísimas. A menudo me pregunto quién de nosotras toma cada tanto la palabra. A veces hablamos desde la memoria compartida. A veces desde la fractura que nos aparta. A veces ella con su antifaz y sus dones de escritura. A veces tú con tu perplejidad y tus preguntas. Siempre yo con mi deseo irremediable.)

IV

No hay belleza sin herida. Lo dijo un pintor encarnizado por representar la locura de los cuerpos y sus pasiones. La frase nos ha marcado con una cicatriz invisible pero imborrable. La experimenté en carne propia antes de conocerla y luego no fue más que redescubrirla en palabras que, no obstante su sencillez, nos abismaron. No puedo evitarlo: soy una piel que piensa y se piensa, a solas con mis codos, con mis párpados, con mis rodillas, con mi ombligo. ¿Cómo han sido mis heridas? Pienso en «herida» y lo primero que me viene a la mente es el juego del columpio. Al principio, cuando me subieron a uno de canasta, es decir, de esos especiales para niños muy pequeños con una barra al frente, y mis pies quedaron en el aire y comenzó el vuelo, grité con todos mis poros como bocas aullantes. Mis padres insistieron en balancearme con suavidad hasta entender que, sin asidero en la tierra, la piel se convertía en vértigo disfrutable. Con el tiempo me convertí en la princesa de los columpios, aunque ya no hubiera nadie para impulsarnos, cuando terminaban las clases y la muchacha que nos cuidaba me llevaba un rato al parque, cada vez volando más alto. Cada embestida contra el viento me devolvía la percepción de mi cuerpo como una totalidad irreductible. Mis piernas otra vez poderosas, primero para tomar vuelo, luego para dejarse llevar en el impulso. Cada vez la piel más exultante por esa caricia del desafío del aire incandescente.

Hace poco leímos la novela Blonde, de Joyce Carol Oates. Confieso que mi fascinación por Marilyn Monroe comenzó cuando ya éramos adultas, cuando conocimos el retrato que hace de ella Truman Capote en Música para camaleones. Antes, cuando éramos adolescentes y descubría los afiches que por todos lados la mostraban sexy, la consideré siempre una rubia tonta y superficial, una piel inquietante, pero de algún extraño modo, demasiado explícita. No conocía entonces la palabra «procaz», pero justamente se la hubiera aplicado con su carga mordiente, irritante. Procaz, aunque su cuerpo estuviera totalmente cubierto por un velo. Procaz porque nos provocaba y despertaba una fruición extraña en la piel interior. La verdad es que nunca había visto una película suya completa, solo secuencias famosas que no hacían sino acentuar mi percepción de su frivolidad. Sin embargo, cuando la contemplé en Some Like it Hot, caímos rendidas ante sus encantos, su belleza tentadora y su gracia resplandeciente. De algún modo percibimos que aquello era la construcción de un personaje, una actuación que ponía en el centro de la escena la seducción encarnada, no solo del deseo masculino, como después me enteraría que dice una teórica afamada, sino también de cómo muchas mujeres concebimos el modo de ser deseadas por nuestros amantes, con esa mezcla de adoración y suspensión del juicio que tal vez vimos, o creímos ver, en la mirada acariciante del padre —presente, o incluso más, ausente—.

En el relato «Una adorable criatura», Capote habla de un encuentro con Marilyn en 1955, durante el funeral de Miss Collier, una actriz británica de larga trayectoria que ya de mujer mayor se dedicó a la enseñanza para actores profesionales en Nueva York. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente su protegida, como también Vivian Leigh y una neófita a quien Miss Collier llamaba «mi problema especial»: Marilyn Monroe. Fue Capote quien las presentó e insistió para que la exigente maestra aceptara a la joven «bomba sexual platinada». Después de someterla a una prueba en su estudio, Miss Collier le confesó a Capote: «Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que únicamente la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: solo la lente puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, de eso nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de solo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo… No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero».

Decía yo que había leído la novela Blonde y lo hice con todas mis vísceras, mis uñas y los leopardos de mi mente, que se pusieron en guardia apenas vislumbrar a la pequeña Norma Jeane construirse a partir de la orfandad paterna, hasta convertirse en la esplendorosa Marilyn Monroe. En cierto modo, me reconocí en su falla esencial: todas las muchachas felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera —digo que podría haber dicho el señor Tolstói—. El caso de la pequeña Norma Jeane, a partir de la carencia del padre, derivó en la posterior construcción del príncipe encantado que la salvaría de la soledad y la tristeza, el desamor que la marcaba como una ternera abierta en canal. Después, la fantasía que hizo posible el desplazamiento hacia ese gran ojo masculino del cine y del público que ella buscó seducir con una necesidad hecha piel deslumbrante y belleza perturbadora. Si se miran sus fotos, por ejemplo la secuencia fotográfica del velo rojo, en las que se entrega voluptuosa a la mirada de quien la ve, uno descubre una promesa táctil que despierta la carne de la imaginación. Como si cada una de sus células, ese torrente bioquímico que nos constituye desde lo más básico para fraguar una secreta biología de las pasiones, en el caso de Norma Jeane se hubiera programado para ser una piel radiante, esplendorosa, ávida de agradar… a hombres y mujeres, niños y gatos, pero sobre todo a los hombres, a la figura del príncipe encantado, y fundamental y primordialmente, al padre idealizado. ¿Exagero? ¿Me he puesto demasiado freudiana para ser una piel concreta? Busquen una foto de la Monroe, o mejor aún, contémplenla en una de sus películas. Descubrirán una dimensión edénica y una encarnación del deseo ante la cual les será imposible mantenerse sin dejarse tocar. «Sex appeal», le llaman en inglés. Sí, todo un llamado que nos reclama y nos convierte por entero en genitalidad palpitante.

Dejarse tocar. Traspasar. Penetrar. Ahí la razón por la cual el tacto es tan borrado. Borramos lo que nos pone en peligro, lo que nos coloca al borde de nosotros mismos, capaces de dar el salto hacia dentro o hacia fuera. Porque nos descoloca. Dice Pablo Maurette que soy, yo piel, nuestro sentido olvidado. Olvidado porque siempre está presente.

V

Por las mañanas soy una secretaria perfecta en el sentido en que Coetzee define a los escritores: secretarios de lo invisible. La primera vez que escribimos un texto fue porque nos lo dictaron nuestras sombras. Sé que suena a que me metí algo pero entonces teníamos catorce años y aunque había descubierto el paraíso de los libros poco antes, así fue. Yo dormía y de pronto, en esa franja anfibia de la conciencia y el sueño, una voz nos susurró: «Voy a un encuentro. Eva dice que tiene una sorpresa para mí. El que será no atormenta mi corazón porque tarde o temprano lo sabré. Pero el navegar me fatiga y lo que falta es todavía muy largo. Tan largo como el olvido…».

Fue tan deslumbrante aquello que nos tuvimos que levantar a escribirlo. Un llamado de las sombras, lo definiría después. Pero tampoco se crea que me tomo en serio eso de los rituales y parafernalias del oficio de escritor. Ni uso una pluma Montblanc —la perdería al día siguiente—, ni prefiero las tersas libretas Moleskine, ni tengo afición por las antediluvianas Remington, ni me seduce la laptop más veloz y nueva del oeste. Si acaso, el café expreso por las mañanas que nos ayuda a activarnos un poco y que a la vez me permite seguir en un estado de inconciencia similar al de un pez que aletea en una orilla húmeda. Aunque ni siquiera eso del café alcanza a ser un ritual de escritura, puesto que no siempre escribo por las mañanas, puesto que ni siquiera nos sentamos a escribir todos los días.

No, yo los libros los escribo antes de empezar a escribirlos, antes incluso de saber que tendrán una vida secreta y propia. Por ejemplo, hay libros que comenzamos a escribir antes de los tres años, cuando padre aún vivía. Mi padre era inspector agrario y gustaba de escribir con tinta verde sus reportes, soñaba con comprarse un helicóptero y le encantaba tomar fotografías —como esa en la que estamos como de unos nueve meses, frente a una máquina de escribir y por la cual bromeo que mi destino era ser secretaria o… escritora—. (Pero quien aparece detrás, perdida en el fondo, sosteniéndote, es tu madre, ignorante aún de que la esperaba la viudez a la vuelta de la esquina.)

 

Muy joven, leímos en nuestro primer viaje al mar la novela Las olas de Virginia Woolf, con su fluir de conciencia de un personaje a otro como el oleaje de una piel psíquica que se extiende y se retrae según las pulsiones, las caídas, las iluminaciones interiores. Y los contactos siempre carnales que tenemos con los otros por más que pretendamos negar el cuerpo… Recuerdo que, en uno de esos atardeceres, mientras contemplaba el prodigio —y el movimiento y el romper de las olas se imponían como una meditación profunda—, vi fosforecer las aguas en una señal mágica. Cayó la noche, nos levantamos de la arena, recogimos el ejemplar de Las olas editado por Club Bruguera y comenzamos a andar hacia el hotel. De pronto nos detuvimos, necesitábamos echar un vistazo a nuestras espaldas antes de retirarnos. Descubrí que mis huellas en la arena estaban cuajadas de joyas azules fosforescentes.

VI

Lo prohibido tiene dedos, tacto. Por eso nos «tienta», nos provoca, nos despierta. ¿No es tentar, la tentación, una metáfora en sí misma y perfecta? Es que siempre pensamos con el cuerpo. ¿Por dónde si no nos puede entrar el mundo si desde un principio somos bocas que se beben la constelación del pecho materno? Tal vez por eso, para hablar de lo esencial o de lo profundo, nos sentimos tentados a acercar lo inefable con lo físico. Y ahí, siempre al alcance, el vasto territorio de la piel, con una pequeña boca en cada poro para beberse el mundo. Tal vez por eso también lo prohibido te acaricia por dentro para que te atrevas a tocarlo. Te tienta la piel y los sentidos, te hurga ese órgano de los deseos, esa otra piel hambrienta de tacto y de caricias, sedienta de satisfacerse y llenarse. Colmarse.

Escribimos lo anterior en un libro donde abordaba la historia de una Caperucita contemporánea que va por los bosques de concreto con su canasta de deseos y apetitos. Aunque hay varios hombres y mujeres en su vida, en realidad detrás de todas sus aventuras y peripecias, está el anhelo del amor del padre que perdió de muy niña. De hecho, convertida en chef profesional, una y otra vez fantasea con la idea de devorar el corazón de su amado en un platillo suculento, confeccionado con su imaginación gastronómica. Cuando nos preguntaban si era una historia personal, nos ufanábamos de que se trataba de un personaje de ficción. Una y otra vez, durante esas entrevistas, nos jactábamos de nuestra capacidad de invención. Las experiencias de Artemisa, así era el nombre que habíamos concebido para nuestra Caperucita, no eran las nuestras. Hasta que un día reparamos en que, si bien cada aventura de crecimiento le pertenecía solo a ella, el aliento que la impulsaba era semejante al nuestro: nosotras también habíamos deambulado por el bosque de la vida, alentadas por el deseo del padre perdido.

Una tentación semejante, un cosquilleo interior, un desasosiego placentero fue lo que experimentamos con mi primo cuando lo vi por primera vez. Y verlo mirarme. Una premonición que se concretó en el tacto de su piel tierna y que fue la plenitud de sabernos y sentirnos en un goce absoluto y rotundo que no precisaba nada más. Pero, si soy sincera, el deseo del padre perdido nos había hincado sus dientecillos tiernos y feroces antes. El hombre, a quien en adelante llamaré Desconocido, se parecía a papá sin duda alguna. El mismo cabello ensortijado, el tono apiñonado de piel, el bigote al ras de los labios suculentos. Como él en sus días de oficina, iba con traje y sombrero. Yo compraba mis dulces favoritos —unos corazones de caramelo macizo— en la miscelánea que estaba a unos pasos de mi edificio, cuando lo percibimos detrás de nosotras. Recuerdo que llevábamos puesto un vestido de gasa roja con un pato bordado en la pechera que una de mis tías me había confeccionado unos meses antes para una fiesta, pero que ya usaba del diario porque muy pronto me había quedado «rabón». Me gustaba mucho ese vestido y no estaba dispuesta a dejarlo de lado nada más porque las piernas me hubieran crecido de más sin tomar ninguna poción mágica, y apenas me cubría el nacimiento de los muslos. Tan pronto me volví, nos recibió la calidez de su sonrisa. No era el original, pero se le parecía. El padre que de muy pequeña jugaba a que lo besara diciéndome que ya se había rasurado para luego sorprenderme con su piel de barba naciente, con brotes ásperos que escocían los labios sutiles cuando le plantaba el beso indeciso, y reírse cuando me retiraba en el acto porque otra vez nos había engañado. Y este hombre Desconocido percibió mi fascinación por muy pequeñas que fuéramos entonces. Así que dando saltos lo fui guiando a mi edificio. Yo no sabía que lo guiaba pero el hombre me seguía, y yo verificaba si cada que daba un par de saltos, continuaba tras de mí. Un juego. Hasta que llegamos a las escaleras posteriores del edificio.

Ella escribió el episodio en su primera novela. Claro, adecuó nuestros recuerdos a la historia que entonces urdía. Trabajaba en las sombras pero supo hablar desde entonces de la piel de los secretos.

LECCIÓN DE NUBES # 1

Ignoro cómo se urde la piel de los secretos. Ante mí un hombre con sombrero se vuelve para comprobar mi sometimiento. Lo sigo hasta el cubo de oscuridad de un edificio del conjunto donde vivimos. Antes de entrar en la penumbra me detengo: alguien grita mi nombre con la angustia de un presentimiento. Los ojos del Desconocido brillan entonces en la oscuridad en que se ha internado. Una moneda llamea en una de sus manos, invitándome. Doy un paso y mi nombre vuelve a escucharse más cerca. Él me muestra una moneda más grande y luminosa que lo convierte en un espectro plateado. Descubro lo que ya sabía desde la primera mirada cómplice en la dulcería: la misma sonrisa del padre, capaz de vencerlo todo. No es el original pero se le parece con la imprecisión de una vieja fotografía en sepia. Camino hacia él. Atrás, en la luz, queda mi sombra escuchando el último grito de un nombre que me es lejano ya.

Ambas monedas me son conferidas. En mis manos irradia la luz oscura de un secreto. El Desconocido me mira pero no me ve: solo respira su propio deseo. No se ha quitado el sombrero y su ala firme nos envuelve cuando acerca el rostro para besarme. Los pelillos de su bigote me pican pero las monedas en mis manos son parte de un trato. Me toca por primera vez. En la piel arrasada va quedando la huella de un temblor. Quieta, quietecita mientras el hombre retira la ropa —el vestidito rojo, los calzoncitos de holanes hasta dejarlos en los tobillos— para jugar conmigo. No soy esta que permanece en el cubo de las escaleras, sino otra que mira por una ventana donde todo se ha vuelto recuerdo. La lluvia que cae afuera no logra refrescarme. El sombrero vuela y rueda a mis pies. Otra vez me buscan los labios del Desconocido, su barbilla pilosa sigue mi aliento cortado para hacerlo más cachitos. Ignoro por qué sus manos tienen tantos dedos en forma de alfiler, y por qué el dolor de sentirme traspasada es algo que tiene poco que ver con el dolor. Toda muñeca soy. Inmóvil, esperando en una estación oscura a que el hombre termine de fabricar en mí un túnel. Se aproxima con su sonrisa resplandeciente que rompe la oscuridad, como antes las monedas en mis manos. El tren ya no avanza: una parada forzosa lo ha hecho convertirse en imagen de postal. Otra vez han dicho mi nombre. No es que lo hayan gritado. Sencillamente alguien se asoma desde el pasillo de luz y amenaza con hacerse presente. Entonces corro. Subo escaleras que conducen a cuartos cerrados. Uno de ellos es mi propia habitación. Antes de entrar, algo se me enreda entre los pies. Entonces me visto. Aún el cuerpo es todo un corazón palpitante. Me arrojo a la cama antes de que el dragón huela mi sangre caliente. Las monedas continúan en mis manos. Han perdido su esplendor. Ahora solo irradian la oscuridad llameante de una culpa.

(Quien gritó mi nombre en aquel trance fue mi hermano menor imaginario, a quien a menudo no menciono. Tal vez porque una parte de mí lo percibía como mi meñique, una extensión habitual a quien yo solía guarecer en mi puño: alguien más desprotegido que nosotras. Pero aquella vez fue nuestro salvador. Percibió la turbulencia en que nos hundíamos y agitó nuestro nombre en la superficie del agua. El escudero menor nos rescató de lo innombrable. Solo que, al principio, debo reconocerlo… éramos nosotras las que guiábamos al Desconocido que se parecía a nuestro padre y nos volvíamos para comprobar su sometimiento, aunque después los papeles se invirtieran.)

VII

En ese edificio donde conocimos al Desconocido, sucedían muchas cosas. Mi memoria táctil las guarda como una constelación de lunares, cuyo dibujo sugiere y desgrana historias. La verdad, no se llamaba Rosa, pero me gustó nombrarla así, cuando la inventamos en nuestra primera novela.

LECCIÓN DE NUBES # 2

Jugábamos Rosa y yo en el patio de su edificio cuando llegó el par de ángeles. Hay ángeles de distintos tamaños, sexos y jerarquías pero estas eran casi mayores. Nos invitaron a su casa y no pudimos negarnos: ¿quién puede resistir una proposición semejante? Nos tomaron de la mano, nos sentaron en sus piernas desnudas, nos dieron de comer en la boca papillas de nube y ralladuras de aire, nos dieron golpecitos en la espalda para hacernos eructar. Y entre tanto hacer (peinarnos porque éramos muñecas, frotarse las narices porque eran ángeles esquimales), los roces deliciosos, ese cosquilleo en ausencia que van dejando los dedos o la lengua.

Decidieron bañar a Rosa: sus bocas de ángeles se deslizaron por debajo del vestido, la camiseta, el calzón, sorbiendo la mugre y las manchas de mi cochinísima, marrana, puerca amiga. Sentí hambre. Miré en derredor y descubrí un plato de peras en el centro del mantel de flores. Alargué la mano y me llevé la fruta a la boca. Una de las ángeles se acercó a mí, me observó con mirada cristalina mientras yo succionaba la pulpa y pulverizaba su cáscara resistente. La otra ángel dejó a Rosa para ver cómo la pera empezaba a desaparecer en el interior de mi boca. Pensé que, en su calidad de ángeles, les resultaba imposible un acto de magia tan sencillo. Entonces me acorralaron.

«No debiste comerla. Solo estábamos jugando», dijo una de ellas. «Ajá», dijo la otra, «ahora, ¿qué le diremos a nuestra madre cuando venga?». Yo quise decirles que no era para tanto, se trataba solo de una fruta, pero ellas cernieron sobre mí la espada de los pecados capitales. Me encogí de terror y la pera cayó de mi mano, irremediablemente mordida. Me sacaron de su casa. Yo les pedía perdón, les sugería que acomodáramos la pera de nuevo en el platón con la huella de mis dientes oculta. Pero ellas seguían con vuelo firme atravesando el patio, rozando con sus alas el cubo de la escalera que conducía hacia la casa de Rosa. Iban a acusarnos.

A unos cuantos escalones del abismo, Rosa suplicó por ambas.

—Por favor… por favor…

Los ceños fruncidos de las ángeles no se desarrugaron.

Rosa insistió:

—Voy a decirles algo… un secreto.

Las ángeles alargaron sus cuellos y agitaron levemente sus alas.

El silencio se extendió como una cuerda. Esperaban.

Rosa dijo casi en un susurro:

—Dios castiga a las niñas malas.

Las ángeles se enderezaron cual si un rayo de Dios las hubiera alcanzado.

—¿Eso es todo? —y se rieron con esa carcajada sonora y hueca que me reveló su verdadera esencia.

—Mejor vámonos, son tan… tontas.

Y se marcharon abrazadas. Rosa y yo las vimos desde el balcón del rellano: seguían riendo. Les busqué las colas puntiagudas pero fue inútil: sus alas les cubrían los talones.

Rosa lanzó un suspiro y acomodó su cabeza en mi hombro.

—No volvamos a jugar con ellas —dijo mientras se le desataba el llanto.

Le prometí que no, acaricié la manga de su suéter y permanecimos abrazadas mirando cómo la tarde se entintaba. Cuando nos separamos —mi madre acababa de gritar que era muy noche—, Rosa llevaba mi pubis y una de mis piernas y yo su corazón y su brazo izquierdo. Supe entonces que mi promesa había sido en vano. Rosa iría mañana por nuestra ración de nube.

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