Eugenio Montale

Las trompas de oro del esplendor solar: Los asuntos que traen las traducciones

“Las trompas de oro del esplendor solar” es la traducción de Horacio Armani para ese poema de Eugenio Montale y ese verso es como mi obsesión. Pero hete aquí que no siempre se traduce así y entonces me digo: ¿Qué lugar le damos a los traductores las personas como yo, monolingüistas?

A Paula Abramo

Ciudad de México, 24 de octubre (MaremotoM).- Camino con dificultades, pero si no camino, me muero. Tengo que bajar de peso, tengo que hacer ejercicios, tengo que estar óptima para un destino anti óptimo, un lugar de vacío donde me perderé para siempre. ¿Dónde será? ¿Será en México o en Argentina? ¿Tendré algún lugar para morir o alguien pateará mi cuerpo en alguna calle desconocida y ya no sabré nada de nada?

Tengo que cuidar el colesterol. ¿Hay un colesterol bueno y un colesterol malo? Parece ser que uno fabrica esa materia inorgánica que un día nos llevará a la locura o a olvidarse quién hizo ese poema “Los limones” que me persigue desde la adolescencia.

Hasta que un día, a través de un portón mal cerrado,

entre los árboles de un patio

se nos aparece el amarillo de los limones,

y se deshiela el corazón

y retumban en nuestro pecho

sus canciones

las trompas de oro del esplendor solar.

“Las trompas de oro del esplendor solar” es la traducción de Horacio Armani para ese poema de Eugenio Montale y ese verso es como mi obsesión. Pero hete aquí que no siempre se traduce así y entonces me digo: ¿Qué lugar le damos a los traductores las personas como yo, monolingüistas?

Armando Uribe traduce: “las trompetas de oro de la solidaridad”. Y no es lo mismo. Trompeta se diferencia mucho de trompa, a la que me imagino como un rayo imposible de evitar, como esas luces que entran por la ventana y te tienes que levantar porque ese haz te manda, te domina. Es ese “esplendor solar” que te obliga a vivir. La solidaridad me parece una palabra tan pomposa, tan difícil de adoptar por una poesía hermética y a la vez clarísima de Eugenio Montale. En italiano dice: le trombe d´oro della solarità. Pongo en el traductor de google: las trompetas doradas del sol. Hace un término medio: Traduce trompeta (Uribe) y traduce “doradas del sol” (Armani).

Cada vez que uno declara: He leído poesía, debería decir: He leído poesía traducida. La poesía es imposible de traducir.

Siento como una brisa marina mientras voy a hacer un trámite de identidad. Las cosas tienen que ver más con ese instante que recuerdo que con los formularios que exigen para que digas yo soy / Hay una alegría primordial de vivir. / No tiene sentido morir. / Es increíble como pongo puntos en estas oraciones que me llevan hacia el futuro y no consigo establecer un texto final. / Alguien hará de pronto un texto final. / Ese cantautor chileno que seguro era más joven que tú y hoy se ha muerto por coronavirus ¿en qué gesto, con qué emoción, con qué lucidez habrá hecho el texto final? / Un texto final que diga la vez que visitó París o ese primer sonido de epitaph o aquel beso inicial dueño de todos los padecimientos posibles / No pondré punto pero pienso en jean paul belmondo como cuando recibe un homenaje y tira los ojos para adentro y de pronto llora como alguien que hace el texto final / La vez que le sacaron una foto con los guantes de box puestos / La vez que caminaba –como camina daniel craig- mirando hacia ese futuro que no existe diciendo hay una vida más allá de esta extinción fulminante / ¿por qué digo ful-mi-nan-te? / Quisiera que el fuego se apagara como la llama olímpica y fuera eso solo fuego no una llama artificial que alguien cierra desde su despacho / ¿es mucho pedir? / un plato de paella y un vino rosado a la vuelta de la Barceloneta como esa vez que juré no comer nunca más un plato de paella que no estuviera servido en ese costado por donde fui feliz / ¿cuándo fuiste más feliz? / Tu asiento chiquito al lado de tu padre a las 4 de la mañana para ver la carrera de reutemann las piñas de monzón en el ring esa cara de mosquetero francés que tenía locche tu beso en la mañana tu beso

Ese poema será traducido por mi amiga Olga García, para un libro que saca todos los años en los Estados Unidos. Pero no miraré la traducción, como esos escritores que intentan a cada rato tratar de que se entienda lo que ellos quieren decir. Todo el mundo entenderá otra cosa, porque, acaso, ¿no es la literatura como ese reboso que le hacen a nuestros pensamientos y sentimientos? Imagina un huevo, un pan rallado, condimentos, que harán una película para freír la milanesa. Eso. Somos la milanesa de la literatura.

Como esos vestidos que nos ponemos para las fiestas y que hacen de nuestro ser algo distinto, algo para que los otros vean, la literatura es un adorno que llevamos en la pechera.

Digo esto pensando seriamente en la venganza. Una vez la escritora Guadalupe Nettel me dijo que ella escribía por venganza. Aquella persona que no le gustaba, aquel que le caía mal, los ponía en sus cuentos, en sus novelas.

¿Un adorno? ¿Una venganza?

Me parece también que escribir es como una ruta sin final para permanecer. Algo que me diga que estarán mis palabras cuando yo no esté. Roberto Bolaño era eso, alguien que sabía que todo iba a terminar, probablemente luego de cinco millones de años como me dijo Rosa Montero cuando le pregunté si como especie ya no íbamos a existir. A mí me da miedo. ¿Se terminarán Rey Lear o la música de Red Hot Chili Peppers? Ay. O esa película que se llama Ennio, de Giuseppe Tornatore, donde el maestro revela cómo es que se convirtió en el rey de los filmes: por necesidad y por desprecio.

Red Hot Chili Peppers
Red Hot Chili Peppers

No es que un día Morricone se levantara y dijera que iba a encender las pasiones de Quentin Tarantino, no era que al lado de un joven Clint Eastwood hicieran El bueno, el malo y el feo, un trabajo que a ambos los convirtiera en estrellas y luego no se vieran por 50 años.

No. Ennio Morricone tenía necesidad de alimentar a su familia y a lo largo de su carrera –antes de que se consagrara- vivía el constante desprecio de sus pares y sobre todo de su profesor, que no había triunfado como él en las películas. “La música para cine formaba parte de una cadena alimenticia”, dice un periódico y pienso: ¿en qué momento Ennio se amistó con su trabajo? Llegó a vender 70 millones de discos, pero ni esa cifra le otorgó hasta su muy avanzada edad la satisfacción, ese sacar pecho ante el destino y decir: Lo he logrado.

Tornatore dice que Morricone amaba el ajedrez. Yo prefiero pensarlo como ese hombre apasionado por el futbol, que cuando daba conciertos decía a los productores que él necesitaba una gran televisión que transmitiera los partidos italianos. Lo recuerdo un poco hostil, muy pequeño, que cuando vino a México cortó todos los contratos publicitarios que había con la revista Playboy, porque “no quiero saber nada con ese pasquín”.

¡A Italia, a Italia! Solía decir Marcello Mastroianni en el rodaje. Me lo contó una amiga mía de Argentina. Cuando filmaba De eso no se habla, le estaban haciendo además un video de making off y le dijeron que si se los podía mandar y él decía: Mándamelo a Italia. Era muy divertido. Hablaba mucho por teléfono. Cuando hacía contratos con los productores pedía eso, una línea telefónica libre para poder hablar con su hija, Chiara.

En esa película trabajó con Alejandra Podestá, una actriz enana que murió a los 37 años y que esa fue su única película. Fue asesinada por un taxi boy en su propio departamento y ella siempre remarcaba que había trabajado con Marcello Mastroianni.

 

Comments are closed.