Lagunilla, mi barrio

Lagunilla mi barrio o el pretendido barrio de las élites

Romantizar el barrio, anclado a un pasado del estilo “Nosotros los pobres”, que vende espectáculo es también una posición política, lo quieran reconocer o no. Claro que hay que criticar el presente político, pero con conocimiento de causa porque si no es mejor quedarse con lo que mejor saben hacer: cuerpazos plásticos, cis géneros, blancos, pastelazos y risas grabadas.

Ciudad de México, 27 de febrero (MaremotoM).- Llámame mamón o ‘poser’, pero claramente no pagaría por un espectáculo como Lagunilla, mi barrio. En general es un espectáculo artísticamente “pobre”, con excepciones en su género de comedia; es caro, los boletos oscilan entre 800 y 1,300 pesos y va dirigido a un público formado en la cultura de “Siempre en domingo” y en la pantalla hegemónica de Televisa.

Mi amigo John me invitó este fin de semana a ver esta adaptación de la película homónima dirigida en 1981 por Raúl Araiza y protagonizada por Lucha Villa y Manolo Fábregas.

La adaptación al teatro del filme respeta en esencia la historia y la convierte en un musical. Lagunilla, mi barrio era repetida al hartazgo en el canal 9, el canal de Televicine y brazo mediático de pantalla grande de Televisa. Canal nueve se pretendía de cine mexicano, pero en realidad era cine producido por toda esa industria cultural tan limitada, mientras paralelamente la industría filmica independiente estaba mirando y retratando otras opciones de la cultura mexicana, con estéticas, historias y realidades diversas.

Don Abel, un señor de clase y media llega al barrio de La Lagunilla, en el centro de la ciudad de México, a abrir un negocio de antigüedades y ahí conoce la dinámica del “barrio bravo” y los distintos códigos de interacción en la vida cotidiana de un sector de la población que se retrata popular, “ignorante” y “no educado”, pero noble y de “grandes sentimientos”, incluso aquellos personajes que son “malandros”. En el camino se enamora de “Doña Lancha”, que se dedica a vender tortas; la típica historia explotada de amor romántico de la pobre con alguien de la “alta”. Paralelamente ocurre otra historia de amor entre la hija de Doña Lencha y un joven del barrio.

Como suele suceder en los musicales las y los actores principales y secundarios lucen sus buenas coreografías a la menor provocación, al ritmo de Los Ángeles Negros, Los Ángeles Azules, y versiones adaptadas a ritmo de cumbia de OV7,  Molotov, Control Machete, etcétera. Me pregunto si le pagan ‘copy right’ a estos dos últimos.

Debo reconocer que el guión es bueno, pues recoge con ingenio frases populares adaptados al contexto (“el que nada debe, nunca ha ido a Coppel) , aunque claramente esté plagado de clasismo, racismo, transfobia, homofobia revestido de humor, albur, doble sentido y amplia referencia a la cultura de Televisa.

Me explico, en algunas escenas una mujer trans, crítica el lenguaje inclusivo, otro lo trivializa, lo gay sigue siendo motivo de pastelazo en escena y a unos personajes migrantes “buenones”, uno con sombrero y otra como “María” se les caricaturiza en su condición de “migrantes”.

El personaje Albertano, cliché de lo popular a lo ‘mascabrother’, se gasta un chiste con la cerveza indio, la personaje trans le dice que por qué no lo dice en lenguaje inclusivo y el pide a un mesero: una cerveza de “distinguido caballero de corte agropecuario”. El fascismo colado en pretendido humor.

Mención especial merece que todo el musical es una diatriba contra la llamada cuarta transformación (4T), el eslogan de la presente administración política. No me parece que sea crítica política de teatro de revista más, es en realidad una crítica simplona y gratuita.

Desde luego la crítica es vital, pero en el contexto de la obra se asoma como propaganda descarada y aunque los actores puedan declararse “apolíticos” (sic) o apartidistas, el peso de su imagen y el escenario desde donde la formulan no son una expresión más, pues el posicionamiento político del o los guionistas es inocultable, de esta manera se trivializan programas de política pública como Jóvenes Construyendo Futuro, el Tren Maya, el desabasto de medicamentos contra el cáncer.

Lo más rescatable es el show de Laura León “La tesorito”. Foto: Cortesía

La escenografía es muy buena y es un acierto que le den movilidad, creando distintas perspectivas, el corte de la actuación es claramente la escuela de Televisa y me parece que lo mejor y más rescatable es el show de Laura León “La tesorito”.

Fuera de ello es mejor gastar los cambios en espectáculos teatrales de calidad y no esta basura que equivale a prender tu televisión en los ochenta y/ noventa. Hasta una adaptación naíf de “Los hijos de Sánchez”, le hace más justicia al barrio, que estas miradas condescendientes llena de perspectivas clasistas, racistas, transfóbicas, homofóbicas.

Entender La lagunilla de la década de 1980 a la actual, cruza por enunciar la brutal transformación de varios negocios convertidos hoy en “tienditas” del narco.

David, un estimado amigo de La Lagunilla me contaba que en su calle la mayoría se dedicaba a reparar autos, para finales de los noventa las familias se dedicaban a la obtención de ingresos económicos por la vía del delito.

Romantizar el barrio, anclado a un pasado del estilo “Nosotros los pobres”, que vende espectáculo es también una posición política, lo quieran reconocer o no. Claro que hay que criticar el presente político, pero con conocimiento de causa porque si no es mejor quedarse con lo que mejor saben hacer: cuerpazos plásticos, cis géneros, blancos, pastelazos y risas grabadas.

Para fortuna nuestra, otro humor es posible, otra clase de comedia se está realizando, irónica, inteligente como ‘Back Door’, por citar un ejemplo o cierto tipo de ‘stand up’ que aborda con tino, elocuencia, y harto humor todos estos temas presentes ineludibles en nuestra sociedad: la pobreza, la marginación, la sexualidad, la identidad.

Diría La Maldita Vecindad y Los hijos del quinto patio: allá en el palco de honor, nadie podrá ya reír.

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