LA VIUDA BASQUIAT NOS GUSTABA ANTES QUE A DUA LIPA

La viuda Basquiat : una historia de amor, arte y furia en los márgenes de Nueva York, recomendada por Dua Lipa. La escribió Jennifer Clement, una autora imprescindible.

Ciudad de México, 1 de julio (MaremotoM)La aclamada escritora Jennifer Clement —nacida en EE.UU. UU. y criada en México—nos entrega una de sus obras más personales y poéticas con La viuda Basquiat, un retrato íntimo, crudo y entrañable de la relación entre el artista Jean-Michel Basquiat y su musa, Suzanne Mallouk.

Esta obra es mucho más que una biografía: es una carta de amor a una Nueva York caótica, peligrosa y mítica, donde el arte, la raza, las drogas y el amor se entrelazan hasta volverse inseparables.

La cantante y referente global Dua Lipa ha incluido La viuda Basquiat como título del mes en el conocido Club de Lectura Service95 . La cantante británica ha dicho lo siguiente sobre el título, desde el portal de Service95:

“En cierto modo, La viuda Basquiat es una caótica historia de amor entre el artista Jean-Michel Basquiat y su amante y musa, Suzanne Mallouk. Con tan solo 20 años cuando se conocen, los vemos luchando por el éxito en la Nueva York de los años 80: un lugar donde todo parece posible, pero que también esconde un lado oscuro y siniestro de drogas, violencia y racismo. (…) Más que nada, esta es una carta de amor a una Nueva York casi mítica que ya no existe. Decir que me encantó. La viuda Basquiat es quedarse corto. Estoy segura de que tú también lo harás.”

Jennifer Clement
Uno de los lanzamientos más importantes de Lumen este año. Foto: Cortesía

A este universo íntimo se suma La fiesta prometida, una precuela entrañable en la que Jennifer Clement explora su propia juventud entre la Ciudad de México y la Nueva York de los 70. Un viaje a la memoria cargada de sensibilidad y humor, que nos transporta a un mundo donde la complicidad entre amigos y la improvisación ante lo inesperado son claves revolucionarias para vivir y resistir.

La viuda Basquiat construye una narrativa caleidoscópica a partir de los recuerdos de Suzanne Mallouk, en los que el amor, el arte y la autodestrucción conviven en una danza violenta y magnética. Un libro que dialoga con temas urgentes: el racismo sistémico, la salud mental, la violencia de género y el precio del genio artístico.

Este título se consagra como un libro esencial para entender no solo la figura icónica de Basquiat, sino también el pulso de una época ecléctica.

Adelanto de La viuda Basquiat, de Jennifer Clement, con autorización de Penguin

NO ESTÁ A LA VENTA

Jean-Michel es como el niño que le dice a la gorda del autobús: “Eres gorda”.

Sus cuadros braman: FAMOUS NEGRO ATHLETES10 y ORIGINS OF COTTON.11 Las palabras están escritas al revés, con letra de niño o tachonadas, sobre imágenes provocativas de reyes con coronas negras cubiertas de plumas y brea.

Jennifer Clement
La viuda Basquiat, un libro para leerlo con sumo placer. Foto: Cortesía

Dice:

—Sólo hay cincuenta personas que compran arte. Compran cualquier cosa que yo pinto porque así están lavando la historia, como mandaron desaparecer los saleros que tenían la figura de una nana negra.

Se rehúsa a vender sus cuadros y escribe en algunos de ellos: NOT FOR SALE.12 Está furioso porque la gente se encuentra escribiendo sobre su infancia en el gueto y lo llaman “grafitero” y “primitivo”.

—No inventan la infancia de los pintores blancos —dice.

Para pintar viste trajes Armani que luego tira. Se burla de todos al usar ropa estilo africano para asistir a importantes inauguraciones de arte.

Jean-Michel pinta Liberales odiosos porque dice estar harto de los coleccionistas de arte blancos. Hace que Suzanne lidie con la gente que viene al apartamento a comprar sus cuadros. Él se esconde en el baño.

—Tomen asiento, por favor. ¿Puedo ofrecerles un café? —pregunta Suzanne.

Jean-Michel sale del baño y le dice:

—No creo que eso vaya a tono con tu sofá.

Los compradores se sienten insultados. Jean-Michael vacía, desde la ventana de su estudio, una caja de cereales en sus cabezas y dice:

—Me siento como una mascota del arte.

Nunca le vende sus cuadros a gente que no le simpatiza.

Jean-Michel está lleno de temores, en especial cuando anda hasta arriba de coca. Teme ser una moda pasajera. Tiene miedo de que el Ku Klux Klan lo asesine, pues se está volviendo famoso y es negro. Instala un sofisticado sistema de alarmas en el apartamento. Cree que la CIA lo va a matar.

Un día llega al estudio acompañado de dos cargadores. Ha comprado una televisión a color, un estéreo, una contestadora de teléfono, una grabadora TEAC. Se sienta en el sofá, con aspecto triste y afligido.

—No sabía qué más comprar —le dice a Suzanne—. ¿Querías algo?

Cuando empieza a volverse rico, renta limusinas que lo lleven a todas partes. Se va a Bowery y arroja billetes de cien dólares a los vagabundos.

Le dice a Suzanne:

—Tengo que hacer esto a diario.

Se acuerda de que una vez, junto con unos amigos, acosó a un vagabundo y le vació una botella de licor en la cabeza.

Conocí a Shenge Ka Pharoab (cuyo nombre verdadero era Selwyn O’Brien) antes que Jean, cuando trabajaba de mesera en el club Berlín. Shenge trabajaba en el Reggae Lounge. En aquel entonces Shenge siempre andaba por ahí; le hacía todo a Jean. Limpiaba, era su mandadero, le compraba drogas y era el intermediario en ciertas situaciones y con la gente que Jean no quería tratar. Shenge siempre me quiso y siempre se refirió a mí como “la mujer de Jean-Michel”. Tenía un acento antillano encantador. Creo que Shenge era el amigo más íntimo de Jean, en mi opinión, incluso más que Andy Warhol. En realidad, Andy sólo estuvo en la última parte de la vida de Jean, cuando éste ya era famoso. Andy era la conexión de Jean con otra gente famosa.

Jean le confiaba a Shenge todos sus secretos.

Shenge era muy bajito, delgado, frágil y de apariencia amable. Tenía un rostro hermoso, rasgos delicados y ojos vivarachos. Traía barba cerrada y un peinado rasta. Usaba ropa suelta. Tenía un aire de profunda espiritualidad. Siempre estuvo cerca de Jean, salvo en los últimos meses de la vida de éste. Le preguntaba a Jean dónde estaba Shenge y me decía que ya no se llevaban, que ya no eran amigos. Esto era algo típico. Toda persona cercana a Jean sostendría, en algún momento, una riña con él. Creo que a Jean lo asustaba tener a la gente demasiado cerca.

Shenge era parte de la familia. También a él lo quise. Aún nos encontramos, ocasionalmente, en la calle. A ambos se nos nota en la mirada que compartimos un tipo de experiencia profunda. No tenemos que decirnos nada. Nos abrazamos, simplemente. Shenge sabía, mejor que nadie, cómo sufría yo con Jean. Y yo sabía cómo la pasaba él. Somos las únicas personas que compartimos con Jean experiencias tanto maravillosas como infernales. Jean nunca se mostró por completo ante Andy Warhol. Shenge y yo vivíamos con Jean y sabíamos qué clase de persona era. Sabíamos lo profundamente compasivo y amoroso que podía ser y cómo enseguida se volvía frío, cruel e irascible. Shenge y yo fuimos, básicamente, las personas que vivieron con Jean. Las más de las veces salíamos los tres juntos.

Una noche yo había salido con Rene Ricard, después de vivir en el estudio de la calle Crosby y de que Jean viviera con Shenge en el estudio de la calle Great Jones. Rene y yo estábamos con T. en una fiesta, consumiendo coca. Entonces T. nos invitó a su casa. Rene me dijo que fuera y que nos alcanzaría más tarde. Así que fui, pero T., que era el dueño de una conocida galería en el SoHo, me daba mucho miedo. Fui sólo porque creí que Rene iría. Rene nunca apareció.

De pronto T. empezó a actuar de manera extraña. Me preguntó de qué tamaño tenía Jean el pene y si era cierto que padecía herpes. Yo estaba muy asustada.

Luego T. se quitó los pantalones y me empezó a azuzar con un periódico que traía en la mano. Yo me sentía aterrorizada y corrí hacia la puerta. Me siguió. Él no traía nada puesto, sólo una camiseta blanca y una corbata. Era una situación en verdad ridícula. Yo andaba hasta arriba de coca y con miedo de que T. me fuera a violar.

En la calle me subí a un taxi y me fui a casa. Me puse mi pijama e intenté dormir, pero no pude. Me pasé la noche llorando. Me puse los zapatos, un abrigo encima del pijama y unos lentes oscuros, y me eché a la bolsa del abrigo una botella de Rémy.

Mientras iba rumbo al estudio de la calle Great Jones, me bebí el Rémy para que se me bajara la coca. Cuando llegué estaba realmente borracha. Toqué a la puerta y Shenge abrió.

“No querrás que Jean te vea en ese estado”, dijo.

“¿Por qué no?”, le respondí. “Lo he visto en peores condiciones que ésta. Shenge, me sucedió algo terrible. Por favor, tengo que hablar con él.”

Shenge me dejó entrar. Cuando Jean escuchó mi voz, salió corriendo de su habitación. Desde las escaleras me arrojó el televisor. Shenge dio un salto y lo hizo a un lado. Jean me arrancó los lentes oscuros para verme los ojos. Estaba furioso porque yo estaba borracha y hasta arriba. Nunca antes había sido tan violento conmigo. Le chocaba que me drogara sola. De alguna manera se sentía responsable. Si él me daba las drogas estaba bien, pues sentía que estaba cerca de mí para cuidarme.

“¿Con quién estabas?”, gritó.

Me tiré al suelo y me abracé a sus tobillos. Estaba demasiado asustada como para contarle lo que me acababa de suceder.

Jean dijo: “No quiero saber qué sucedió. No puedo entenderlo en este momento. Estoy hasta arriba. Vete a la cama y duérmete”.

Yo sollozaba y no me podía levantar del suelo, así que Jean me cargó y me llevó a su cama. Dijo que saldría a conseguir más droga y que me traería un poco para que pudiera dormir.

Cuando se fue, Shenge se acercó y me preguntó qué había ocurrido. Cuando se lo conté, dijo: “No se lo digas a Jean. Mataría a T. Se volvería loco. No, mujer, hiciste lo correcto. Ya, ya, ya”. (Shenge decía “ya, ya, ya” muy rápido. Era un hábito en él. De algún modo resultaba reconfortante escucharlo.)

Después dijo, con su hermoso acento antillano: “No te preocupes, mujer, él te traerá algo para que duermas. No te preocupes. Te cuidaremos. Estás donde debes estar. Estás en casa. Ya, ya ya”.

Shenge no era gay, pero tenía un lado femenino muy maternal. Era como nuestra madre, o algo así. Cuidaba de nosotros. Era tan gentil.

10 Atletas negros famosos.

11 Orígenes de algodón.

12 No está a la venta.

LA MADRE LLEGA DE VISITA

A Jean-Michel no le simpatiza la madre de Suzanne. La conoció la primera vez que la chica huyó a Canadá para alejarse de él y él fue a traerla de regreso. Jean-Michel odia el acento inglés de la madre; lo dice de la misma manera que cuando ésta habla dejando ver su altivez y su racismo.

Los amigos de Jean-Michel piensan que la madre de Suzanne es encantadora y maravillosa. La madre conoce a Fab 5 Freddie y a Rammellzee. Dice que comprende a Rammellzee, y que lo que todo el mundo cree que son puros galimatías es un discurso muy preciso.

Jean-Michel se la pasa diciendo una y otra vez:

—Mantente lejos de mis dibujos.

La madre de Suzanne se enoja tanto cuando lo escucha que le roba uno.

Más tarde Jean-Michel hace como si la madre de Suzanne fuera invisible. Pinta Indígena cargando pistolas, biblias y municiones en un safari. Le dice a Suzanne que ese cuadro está inspirado en la visita de su madre.

Unos días después de que la madre de Suzanne se ha marchado, Jean-Michel despierta a Suzanne a me­dia­noche para mostrarle una pintura que acaba de terminar.

—Se titula Autorretrato como un canalla —dice.

CENAR FUERA

A Jean-Michel le gusta llevar a Suzanne a cenar a restaurantes elegantes. Una noche, en un carísimo restau­rante italiano hay una mesa ocupada por veinte hombres de negocios. Jean-Michel dice:

—Son el tipo de personas que tienen jets privados.

Los hombres miran fijamente a Jean-Michel, cuchichean chistes racistas y, ya ebrios, se ríen de él, de quien creen que es un mendigo porque es negro, por sus mechones rasta y porque viste de forma desaliñada. Creen que Suzanne es prostituta. Ella va exageradamente maquillada y su peinado tiene la forma de un panal.

Jean-Michel le dice al mesero que pagará la cena de esos hombres. Le cuesta tres mil dólares. Así es como se desquita. Lo hace para joderlos. Mucho de lo estra­falario en su comportamiento tiene que ver con su deseo de joder el racismo de la gente.

Estaba profundamente dormida en el estudio de la calle Crosby. Jean, de parranda. Eran las cinco de la mañana cuando me desperté porque escuché voces en la sala. Era él, sentado en el sillón con una rubia esbelta y primorosa. Me quedé anonadada (¿cómo se atrevía a pasar fuera toda la noche y regresar con una hermosa mujer?). Lo llamé a la habitación.

“¿Quién es esa chica?”, pregunté.

Se carcajeó y dijo: “No es una chica. Es Melody. Es un travesti. Es bellísimo, ¿no es cierto? Ven y salúdalo”.

Así que salí y esnifé coca con ellos.

Acabé siendo muy amiga de Melody y de su novio de muchos años, quien dirigió una galería durante algún tiempo. Incluso expuse mis pinturas en aquella galería.

Melody era fabulosa, flaquísima y tan elegante. Usaba un peinado con flecos y unos enormes lentes de sol. Usaba vestidos de color negro, cortitos y ajustados, y parecía salida directamente de los años sesenta. Era una modelo de éxito y se volvió famosa como la chica de Stephen Sprouse. Usaba lápiz labial rosa escarchado y tenía los labios delgados y apucherados. Toda ella era brazos y piernas. Parecía más mujer que la mayoría de las mujeres.

Cuando la conocí, Melody aún no cambiaba de sexo. Había salido con ella una noche cuando me dijo que hacía poco había ido a Suiza para operarse. Su madre adoptiva pagó la cirugía y le compró el más fabuloso vestido Yves Saint Laurent. Fuimos al estudio de un amigo. Melody y su novio se estaban quedando allí y me invitaron a meterme heroína.

Melody presumía su vestido Yves Saint Laurent y se jactaba de su cambio de sexo. Se estaba tratando con hormonas y se le empezaban a desarrollar unos senos pequeñísimos y redondeados. Así que le pregunté si podía mirar su cambio de sexo.

De modo que, como amigas, nos metimos a la recámara, se alzó su elegante vestido, se quitó la ropa interior y me lo mostró. ¡Era un trabajo tan hermoso! Me pareció tan real como cualquier mujer. Ella se sentía feliz y orgullosa. Empezamos a platicar. Le pregunté cuándo había empezado a sentirse más mujer que hombre. Me dijo que desde que tenía uso de razón. Luego, Melody y su novio se casaron y se mudaron a lowa. El novio se convirtió en vendedor de calzado.

RAMMELLZEE

Camina o, mejor dicho, se desliza a grandes zancadas, inclinándose hacia atrás como si fuera a ejecutar un paso de baile bebop. Usa pantalones flojos de poliéster y calcetines de seda. Usa la capucha de una sudadera, o un sombrero y, encima, goggles. A veces lleva los goggles sobre los ojos. Habla muy rápido, como el Pato Donald e incluso grazna. Rammellzee se refiere a las chicas como “rarezas” y a los chicos como “crímenes”, por fanfarrones. Usa lustrosos zapatos de piel de marca. A esto lo llama “su apariencia citadina”. En Far Rock­away se viste de traje, pues la policía podría acosarlo. Lleva anillos en cada dedo y collares. Usa también un largo abrigo de cuero blanco. Hay algo de rapero y de moscardón en él. Siempre carga una o dos botellas de cerveza Colt 45 debajo del abrigo.

Cuando se queda a dormir en el estudio de Suzanne y Jean-Michel, nunca se quita el sombrero ni los zapatos. Dice que lo hace por si se presenta el caso de una huida intempestiva.

Rammellzee inventó un lenguaje llamado “panzerismo iconoclasta”. Dice que él fue puesto en la Tierra para darle jaque mate a la palabra escrita. Explica que todas las letras del alfabeto inglés provienen del cambio social, de las sociedades patriarcales, de la economía y de la historia. Se llama a sí mismo “Gángster Prankster”. Explica que su nombre, “Ramm Ell Zee”, significa “comprimir lo trascendental de nuestra forma de leer de izquierda a derecha, desde la ‘a’ hasta la ‘z’”. Cree que la palabra escrita en el alfabeto occidental es la reflexión de una cultura y de una filosofía que no le acomoda a él ni a sus hermanos.

Rammellzee nunca se corta la uña del dedo meñique, pues la utiliza para esnifar cocaína. Pinta cuadros muy geométricos, usando como modelo el alfabeto del que habla. Más tarde realiza esculturas basadas en esas figuras.

Es miembro del cinco por ciento de La Nación, un grupo radical descendiente de la Nación Islámica. Dice que Jean-Michel tiene una responsabilidad con la raza negra. Intenta convencerlo para que asista a las reuniones de los Hombres Negros en Harlem. Jean-Michel dice que sus cuadros están saturados de esa responsabilidad.

Cuando Jean lo llevó a que hiciera su primer viaje en avión, Rammellzee estaba aterrado. Y cuando lo llevó por primera vez a Barbetta, un restaurante elegante, estaba intimidado y asombrado; no supo qué pedir ni qué cubierto usar, etcétera.

En una ocasión Rammellzee se percató de que mis zapatos estaban gastados, así que me llevó a comprar unos nuevos. Iba vestido con su abrigo de cuero blanco, con sus goggles, y se deslizaba con pasos de baile, inclinándose ante una limusina bicolor (café y bronceada). Me abrió la puerta. “¿A dónde vamos?”, le pregunté.

Con su siniestra voz de Pato Donald, respondió: “A donde quieras mientras pueda comprarte un par de zapatos. Ahí es a donde vamos, pichoncita, ajá, ajá, ajá”.

Terminamos en Fayva. Rammellzee no sabía que ésta era una zapatería de pacotilla. Para él sólo era una zapatería. Después me llevó a cenar al restaurante Tony Roma’s de la Sexta Avenida, lugar que él consideraba muy elegante. Tomamos vino en copa, comimos ensalada, filete, papas al horno y postre. Fue encantador haber ido. Luego paseamos para que yo presumiera mis zapatos nuevos. Eran unos zapatos negros sencillos, de tacón alto. En el mostrador de la tienda compramos unos moñitos rojos para adornarlos. Los usé hasta que se me acabaron. Eran mis zapatos Minnie Mouse.

Como casi todos, Rammellzee sufrió una ruptura con Jean. Tuve la impresión de que creía que éste se había vendido al mundo del arte blanco. Aunque sé que, en el fondo, Rammellzee siempre quiso a Jean.

NO SABEN CONDUCIR UN AUTOMÓVIL

Poco tiempo después de que Suzanne se muda al estudio de la calle Crosby, Jean-Michel la lleva a Italia, donde él está exponiendo en la galería Emilio Mazzoli, de Módena. Ninguno de los dos ha aprendido a conducir un automóvil, así que Jean-Michel le paga a Kai Eric para que se reúna con ellos y los lleve a todas partes.

Durante el vuelo, Jean-Michel se levanta continuamente para esnifar coca en el baño. Dice que se la debe terminar antes de pasar por las aduanas de Europa. Dice que quiere abrir la puerta de emergencia y saltar hacia las nubes.

Suzanne tiene hepatitis. Ni siquiera puede levantar los brazos.

Jean-Michel se sienta a su lado; la besa y le lame uno de los brazos.

—Hermosos brazos —le dice—. Venus, tengo que pintártelos.

Saca un marcador azul de su bolsillo y pinta sobre el brazo de Suzanne. Le dibuja un húmero, un cúbito, un radio y un carpo. Le escribe CÉLULA ANIMAL en la muñeca. Le dibuja un anillo alrededor de un dedo.

—Ahora eres mi esposa.

MÓDENA, ROMA, FLORENCIA Y VENECIA

Jean-Michel, Suzanne y Kye Eric viajan por Italia. Se hospedan en las casas de los dueños de las galerías y en las de adinerados coleccionistas de arte. Jean-Michel encuentra drogas a dondequiera que va. Él y Suzanne son muy felices.

Un día, en Venecia, Jean-Michel dice que no ha escuchado a Charlie Parker en dos semanas, que si no lo escucha se volverá loco, que necesita escuchar esa música. Si no, no podrá respirar. Dice que Italia es como Estados Unidos y como cualquier otro lugar: no hay negros en los cuadros que se exhiben en los museos.

—Por eso es que pinto —dice—, para hacer que los negros entren en los museos.

Pasan el día intentando encontrar una grabación de Charlie Parker, sin suerte. Jean-Michel termina comprando unas arias cantadas por María Callas. Cuando regresa a Nueva York, pone la música tan alto que cuantos pasan por la calle pueden oírla. Los transeúntes se asoman de vez en cuando por las ventanas. Él pinta AAAAAAA en sus lienzos y maderas.

EL HOSPITAL ES MUY BLANCO

Cuando le empieza la fiebre, ella cree que es por la coca. Cuando comienza a vomitar, cree que se debe a la heroína. No puede mantenerse en pie. No puede sentarse.

—Siento como si hubiera sangre dentro de mí —dice.

Jean-Michel nunca la visita al hospital. El médico le dice a Suzanne que contrajo una enfermedad venérea. Le pregunta con quién se ha estado acostando.

Ella responde:

—Sólo con mi novio.

—Lo siento: fue tu novio el que te obsequió esto.

Le dice que duerma, que el antibiótico está entrando en su cuerpo por vía intravenosa, que se sentirá mejor en seis días, que la convalecencia durará un mes y que nunca podrá tener hijos.

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