Lo cierto es que hasta la fecha no me interesa saber si la carta es verdadera o falsa porque para mí no tiene ningún sentido. Al gran Beethoven, que no al cartista, se le admira por lo que hizo con la música: se conectó con su existencia a través de ella y dejó obras magistrales que no por nada han pasado de generación a generación como una de las muestras de la belleza que es capaz de generar esto que parece estarse yendo al carajo que llamamos humanidad. Beethoven es música, son notas, son partituras.
Ciudad de México, 4 de abril (MaremotoM).- A la distancia la recuerdo a ella. Me traje su sonrisa. Pero no cargué con el tatuaje, aunque sí con las piernas de ensueño, angelicales, porque los ángeles deben tener piernas, estoy seguro.
Internet, no obstante, todo lo echa a perder: cuando más me aferraba al recuerdo de ella descubrí que tiene un famoso y popular Instagram y que en él comparte miles de fotografías y videos, con otro tanto de miles de seguidores. Mi decepción fue mayor. Ni siquiera para recordar tenemos que esforzarnos en la actualidad.
La primera vez que ella y sus piernas y el tatuaje se me aparecieron lo hizo con una falda negra corta, sentada en una silla, con una pierna sobre la otra y con esa sonrisa inolvidable.
Ahí, unos cuantos centímetros arriba de la huesuda rodilla aparecía el tatuaje: doce líneas de un texto en una muy bien detallada tipografía, aunque no de un tamaño adecuado para poder acceder al contenido de esas doce líneas. Así que me llamó la atención. Por experiencia sé que los que acostumbran a tatuarse textos lo hacen inspirados en la Biblia, en el Torá, en el Corán, e incluso hay quien, en mayor ridiculez, llega a tatuarse su nombre en hebreo o en chino o en japonés.
Por las doce líneas hice las cuentas y pensé en un padre nuestro. Mejor aún: en la poderosa y siempre bienhechora Magnificat. También pensé en alguna letra de Arjona, de Peso Pluma o de alguno de los tantos reguetoneros que abundan como cucarachas debajo del refrigerador de cualquier taquería del centro de la Ciudad de México.
Y me acerqué a ella. Claro que lo hice poco a poco por temor a que se fuese a espantar: después de todo yo ya no soy un jovencito y he entrado en esa adorable edad donde ya se me puede calificar de viejito rabo verde o de viejo lesbiano y libidinoso. Y tengo que aceptar que me atraía la carne, claro, porque idiota no es uno, pero más lo hacían esas doce líneas de texto y la curiosidad de saber lo que decían. También pensé en algunos rancios versos de Neruda o, peor todavía, en algunos versos de “Los amorosos” del niño llorón Sabines.
Le hice la pregunta de la mejor manera posible y ella la entendió de la peor manera porque seguramente pensó que para mi edad ya era un viejito rabo verde y además libidinoso. Entonces le repetí la pregunta: ¿qué es eso que traes tatuado en la pierna?
Luego de darse cuenta que no iba en plan de viejo lesbiano me contestó, con orgullo y frente altiva, que era un fragmento de la última carta de Beethoven. Y pensé en Beethoven. Y pensé que yo no estaba enterado de esa famosa carta, así que insistí, porque creí que se había confundido; aunque también llegué a pensar que ella tenía un novio que se llamaba Beethoven y que este le había escrito una carta antes de jurarle amor eterno.
Insistí: ¿una carta de Beethoven? Ella me volteó a ver como si yo fuese un marciano y, un poco molesta, me aseguró: sí, una carta, ¿no sabes lo qué es una carta? Intenté aclararle que sí sabía lo que era, pero que me quedaba duda de que Beethoven pudiese escribir una carta. Ella enfureció: ¿no sabes lo que es una carta? Es algo que se usaba antes (y dijo “antes” como si se tratara de un antes de Cristo) para comunicarle a alguien algo por medio de un papel. Me hizo sentir imbécil e ignorante, lo acepto.
En ese momento debí haberme retirado, pero mi duda me llevó a la imprudencia: ¿y qué dice? Ella seguramente pensó que lo que yo deseaba, en el fondo, era ver más de cerca esa hermosa pierna y tal vez y hasta tocarla una vez que me decidiera a dividir en sílabas cada una de las doce líneas de texto de la ahora famosa Carta de Beethoven, aunque no tengo ni idea de por qué la habría dividido en sílabas.
Y no me lo dijo, se puso de pie, se disculpó, me dio la espalda y ciao, baby libidinoso y rabo verde. No obstante, antes de que ese ciao llegara aún tuve tiempo para preguntarle si conocía alguna pieza musical de Beethoven o cuál era su favorita. Me dijo que no, lo hizo como quien te dice que no es necesario conocer ninguna pieza de Beethoven puesto que has leído la última carta que dejó antes de morir.
Me quedé con las doce líneas no porque dudara de la existencia de la carta, sino porque pensé que Beethoven se comunicó y soñó y construyó y destruyó al mundo a través de la música y no de las palabras. Una carta de Beethoven me parecía como si un buen día nos enteráramos que Borges dejó una partitura con una sonata para piano. Imposible.
Llegué a casa y busqué a través de Internet y la información era muy vaga y dispersa. Luego de leer varios artículos mal redactados llegué a la conclusión de que cualquiera pudo haber escrito esa carta y firmarla con un Beethoven al final. No les voy a sugerir que lean la carta porque me parece uno de los textos más melosos y cursis que tiene lo que conocemos como humanidad. Y como en cualquier carta cursi y melosa se habla del poder del amor. También de la vida. De lo valioso de la vida. Y otra vez del amor. En ese momento armé la historia de ella: cómo había llegado a la última carta de Beethoven y por qué había decidido tatuársela. Una más: mi imaginación alcanzó a llegar al estudio de tatuajes y a lo mucho que habrá disfrutado el tatuador tatuando doce extensas líneas de la última carta de Beethoven. También recordé aquel horrible intento de poema que en algún momento atribuyeron a Borges, quien seguramente se retorció en su tumba. Y luego pensé en lo mal que nos conducimos en lo que a citas literarias se trata, porque a través de las redes un texto de Shakespeare se le puede atribuir a Cortázar, a Rulfo, o a Peso Pluma, en caso de que Peso Pluma escriba teatro, claro.
La última carta de Beethoven es tan mala que seguramente, en caso de que sí sea de su autoría, él fue en primero en rogar que no se publicara, que nadie diera con ella, un arranque cursi en medio de una borrachera, no sé. Eso en caso de que sí la haya escrito él.
La otra es pensar que alguien se sintió inspirado frente al moribundo de Beethoven, escribió lo primero que se le vino a la mente, y hay que recordar que en ese momento la cursilería estaba a tope, y como para pasar a la historia decidió firmarla con el nombre de Beethoven.
Lo cierto es que hasta la fecha no me interesa saber si la carta es verdadera o falsa porque para mí no tiene ningún sentido. Al gran Beethoven, que no al cartista, se le admira por lo que hizo con la música: se conectó con su existencia a través de ella y dejó obras magistrales que no por nada han pasado de generación a generación como una de las muestras de la belleza que es capaz de generar esto que parece estarse yendo al carajo que llamamos humanidad. Beethoven es música, son notas, son partituras. Esa es la forma que él tenía para olvidar su época y conectarse con la música, con su música, con sus expresiones. ¿Le hacía falta saber escribir? No lo creo: sus creaciones, cada una de ellas, superan cualquier belleza equiparable a la literatura. Beethoven está por encima de todos y de todas, incluso de aquella hermosa y joven mujer que llevará ya de por vida lo que ella cree fue la última carta de Beethoven y que dará lecciones de lo que fueron las cartas cada que alguien le pregunte por ese tatuaje que porta con tanto orgullo en la pierna. Seguramente Beethoven reiría de esto. Y está bien que así sea. Después de todo, el verdadero autor de la carta se río primero.











