La suspensión de Kimmel y la salida anticipada de Colbert no son hechos aislados: son síntomas de un país donde la libertad de expresión se encuentra bajo asedio. La televisión nocturna, históricamente un espacio de crítica y humor político, se ve hoy golpeada por decisiones empresariales y presiones políticas que ponen en entredicho la vigencia misma de la Primera Enmienda.
Ciudad de México, septiembre (MaremotoM).- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de decir en la conferencia en Reino Unido, al lado del Primer Ministro Keir Starmer, que Jimmy Kimmel fue despedido “por falta de talento”. Según él, el periodista y conductor “no tenía audiencia”.
Sin embargo, la suspensión del programa de Jimmy Kimmel en ABC News, tras sus críticas al movimiento MAGA en el contexto del asesinato de Charlie Kirk, confirma la deriva autoritaria que atraviesa Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump.
El cómico fue retirado de la pantalla luego de afirmar que el trumpismo estaba “haciendo todo lo posible por sacarle partido político” al crimen. La decisión deja en evidencia que la sátira y la crítica política, pilares de la televisión estadounidense, se han convertido en blancos incómodos del poder.
El caso de Kimmel llega después de que Stephen Colbert anunciara el final de The Late Show, previsto para mayo de 2026. Colbert comunicó la noticia durante una grabación de su programa, en medio de abucheos del público y la retomó en la gala de los Emmy del domingo pasado, donde agradeció a la audiencia y a su equipo.
CBS explicó que la decisión era “puramente financiera, en un contexto difícil para la televisión nocturna”, aunque la sospecha creció tras conocerse el acuerdo de la cadena con Trump, que incluyó el pago de 16 millones de dólares en representación y donaciones a su biblioteca presidencial, como compensación luego de que el mandatario acusara a 60 Minutes de “inclinar la balanza” hacia los demócratas en 2024.
Si bien CBS insiste en que no hubo motivaciones políticas, la coincidencia temporal y la celebración pública de Trump —quien dijo estar “contento” con el desenlace del caso Colbert— han reforzado la percepción de un clima de censura que atraviesa tanto la comedia nocturna como el periodismo. De hecho Donald Trump acaba de anunciar que “nos falta Jimmy Fallon y Seth Meyers”.
A este escenario se suman otros episodios: NBC despidió a un analista que había cuestionado el discurso de Kirk; profesores y funcionarios han perdido sus puestos por comentarios en redes y el vicepresidente JD Vance llamó a “delatar” a quienes minimicen el asesinato del fundador de Turning Point Action. En lugar de apaciguar, Trump acusó a la “izquierda radical” de ser responsable de la violencia política y amenazó con declarar terroristas a los grupos progresistas, mientras guarda silencio sobre los sectores de extrema derecha.
La ofensiva judicial del presidente completa el cuadro: demandas millonarias contra medios como The New York Times, incluida una por 15 mil millones de dólares, buscan acallar toda crítica a su administración. Frente a este panorama, Barack Obama advirtió que la democracia estadounidense se encuentra en un “punto de inflexión”: “Debemos ser capaces de estar en desacuerdo y tener debates realmente contenciosos sin recurrir a la violencia”, dijo.
La suspensión de Kimmel y la salida anticipada de Colbert no son hechos aislados: son síntomas de un país donde la libertad de expresión se encuentra bajo asedio. La televisión nocturna, históricamente un espacio de crítica y humor político, se ve hoy golpeada por decisiones empresariales y presiones políticas que ponen en entredicho la vigencia misma de la Primera Enmienda.
Como ocurrió en los cincuenta, cuando el macartismo convirtió a la sospecha ideológica en persecución institucional, Estados Unidos enfrenta hoy una nueva caza de brujas. La diferencia es que ahora la censura no se justifica con la Guerra Fría, sino con la excusa de “proteger” a una nación fracturada tras el asesinato de un líder conservador. El resultado, sin embargo, es el mismo: la democracia estadounidense se vacía de pluralidad, mientras el miedo ocupa el lugar del disenso.











