Las niñas y los niños de papel

LA SERIEDAD EN EL JUEGO DE LOS NIÑOS: MONDOMERAKI

El hombre juega, como niño, por gusto y recreo, por debajo de la vida seria. Pero también puede jugar por encima de este nivel: juegos de belleza y juegos sacros. Johan Huizinga

Ciudad de México, 8 de agosto (MaremotoM).-La virtualidad tiene bastantes puntos a favor hoy , entre ellos comunicarnos con prontitud donde quiera que nos encontremos, estar al tanto de los sucesos más relevantes casi en tiempo real y, claro, socializar en cualquiera de las múltiples redes en las que estemos dados de alta para publicar fotografías, comentarios o videos sobre cualquiera de nuestros temas de interés.

Sin embargo, es por esa misma virtualidad que somos testigos de las acciones más atroces del ser humano y hemos perdido la sensibilidad ante asesinatos, acoso, accidentes, peleas, etcétera. O quizá no es que la hayamos extraviado, sino tan sólo dividido en el marisma de sucesos que atestiguamos todos los días principalmente desde nuestro celular: son tantos que no podemos menos que expresar nuestra inconformidad y seguir con nuestras respectivas rutinas.

Actualmente hay “56 guerras y conflictos armados en el mundo”, según Luisa Aguilar (España) y Adolfo García (México), integrantes de la compañía Mondomeraki, donde las “infancias son las principales víctimas” y en la mayoría de los casos pecamos de omisión ante la violencia que nos circunda avasalladoramente.

En su obra más reciente, Las niñas y los niños de papel —escrita y dirigida por Luisa Aguilar— Mondomeraki busca crear conciencia de lo difícil que resulta la guerra y el dolor que trae consigo, no sólo para los habitantes, sino al mundo entero y a las generaciones que les suceden. El inicio es lúdico, ambos actores-manipuladores inician jugando piedra, papel o tijera, tres elementos que serán el bastión para su desarrollo gracias a una carta de un niño de once años que se llama Masaki y quiere contar su historia: la Bomba Atómica en Hiroshima y Nagasaki.

Las niñas y los niños de papel
Luisa y Adolfo, a la usanza quijotesca, serán los Cide Hamete Benengeli. Foto: Cortesía

Luisa y Adolfo, a la usanza quijotesca, serán los Cide Hamete Benengeli responsables de transmitirnos los sucesos que se narran en la epístola de Masaki. Todo inicia con los poderosos, representados por la Piedra, símbolo de la frialdad, la aspereza, la pesadez: los generales. Los políticos serán las Piedras de color negro, ataviados con trajes elegantes, oscuros pensamientos, zapatos bien boleados, cuyo único interés será manipular al pueblo (¿nos resulta conocida esa ecuación?).

La otra cara de la moneda son los científicos, aquellos seres inteligentes responsables de crear: la computadora, los antibióticos, el walkie-talkie, la anestesia, la transfusión sanguínea, el DDT, el turbo reactor y la poderosa Bomba Atómica. Es decir, en la creación habrá artilugios usados para la destrucción con tal de la victoria de unos y la derrota de otros.

Los generales y políticos entienden que es fundamental dotarse de un ejército capaz de luchar contra el enemigo, y muchos de los que se enlistan son personas sin entrenamiento militar: sastres, jardineros, polleros, enfermeras, doctores, representados por las Tijeras. En la lucha no logran pensar por sí mismos “ya que sólo reciben órdenes y se saben vivos porque escuchan el latir de su corazón”, se han convertido en autómatas.

La metáfora teatral resulta bella en la medida de que para los 16 millones de soldados los sueños son nulos, en tanto son sometidos a la dureza de la Piedra. De tal suerte que ambos bandos piensan que el enemigo —el otro en circunstancias similares— es la “peor rata inmunda que hay, tiene aliento a pescado rancio y tiene mocos en la cabeza.

No se sabe amarrar las botas y nadie lo quiere, ni su propia familia. Su-mayor-pasatiempo-es-jugar-gato-y-matar”, nos dicen entre aparente juego los actores-manipuladores. Es que resulta evidente que en una “guerra, nadie gana: ni los de aquí, ni los de allá”. La muerte es muerte, el dolor es dolor: todos extrañan su patria, pues ahora se encuentran circunscritos a un campo de batalla donde todos tienen algo que perder.

El Papel es la población, principalmente infancias, mujeres y ancianos, cuyo principal objetivo era sobrevivir con los corazones arrugados de “tanto resistir”. La escasa inteligencia de los poderosos, combinada con los descubrimientos de los científicos, traen consigo la destrucción.

Una mañana de 1945 el pequeño Masaki estaba contento de ver volver a Kazumi, su amiga, después de varios meses de estar en un refugio infantil, ella le enseña una canción que aprendió: Sakura, sakura. Sakura, sakura.

Estallido.

Gritos.

Dolor.

Un segundo después la ciudad en la que se encontraron desaparecía. El anciano Masaki, superviviente de la Bomba Atómica, dice simplemente: “Se cayó mi niñez y no había nadie para recogerla”. Después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki con las bombas Little Boy y Fat Man, todo estaba envenenado y las cosas más cotidianas les daban miedo a los sobrevivientes: saltar charcos, observar nubes, mirar llover, comer, caminar por la calle, verse en el espejo y, claro, soñar.

Las niñas y los niños de papel nos cuenta una historia del siglo pasado; sin embargo, la violencia y las guerras que están en nuestro siglo resultan igual de pesarosas. Hay cientos de casas que se derrumban a diario y habrá que reconstruir, pues los escombros no sólo son físicos, sino emocionales, y vaya que cuesta trabajo volver a confiar.

Todo el tinglado es de manera lúdica, bromas, gags, chascarrillos y cantos. En síntesis, la mirada de unos niños que viven una guerra sin saber lo que les deparará el enemigo. Johan Huizinga escribió en su ensayo Homo ludens que “Lo serio trata de excluir el juego, mientras que el juego puede muy bien incluir en sí lo serio”, de tal suerte que en la obra que hoy nos ocupa podemos atestiguar que si bien hay un juego escénico, habrá seriedad en el tema de la violencia.

Ataviados de negro, descalzados y con unos sombreros a la usanza japonesa (Kasas), los actores desaparecen para dar vida a los objetos que manipulan: piedras, tijeras, papeles, pequeñas imágenes, cajas de luz o el viejo Masaki que nos cuenta la historia con su voz lánguida. La obra apela a contar ficcionalmente lo que ocurrió (y ocurre) como testimonio vívido y doloroso, pero real.

Si Mondomeraki logró conmovernos con Magdalena: La otra Frida o Cuentos y café con pan, con Las niñas y los niños de papel consiguen visibilizar un tema delicado de una manera (aparentemente) sencilla —con una técnica depurada y lenguaje coloquial— que nos llevará a la reflexión bélica. Quizá no sea necesario que nuestras infancias atraviesen el dolor de una guerra, basta tan sólo con sensibilizarnos ante los acontecimientos diarios e intentar, de la manera más pacífica, empatizar con el otro.

Las niñas y los niños de papel se presenta del 19 de julio al 14 de septiembre en la sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque (atrás del Auditorio Nacional) sábados y domingos a las 13 h. Asegúrate de no quedarte sin verla, pues todas y todos tenemos cerca a niñas y niños de papel a los que debemos cuidar y no permitir que su niñez se caiga como la del viejo Misaki. ¿Nos acompañas?

 

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