Gamboa contó que trabajó durante siete años un “magma” de 2.000 páginas que, tras cortes sucesivos, quedó en la versión publicada. Entre medias escribió Animales luminosos como “descanso” y afinación de recursos. “El narrador es todo: necesitaba una voz capaz de pensar, recordar y hacer escena. Cuando esa voz apareció —en el arranque de las luces sobre Lima—, la novela se encendió”.
Ciudad de México, 17 de septiembre (MaremotoM).- En una conferencia larga y sin atajos, Jeremías Gamboa desmenuzó la cocina de El principio del mundo (Alfaguara), su tercera novela y la más ambiciosa: 969 páginas (972 con agradecimientos) para narrar el regreso de un hombre de 33 años a la casa materna en Lima y, con él, el viaje a los “nudos” del Perú: la escuela pública, el racismo cotidiano, el mandato del progreso y la épica íntima de una madre andina.
“Quise que un cholo de colegio público se hiciera cargo de una novela grande”, dijo al portal Lee por gusto, dirigido por el periodista Jaime Cabrera.
El protagonista, Manuel Flores Amaro, vuelve a su barrio tras fracasar en su periplo académico en Estados Unidos. Ese retorno enciende tres conversaciones—con un amigo del colegio, con la maestra que le enseñó a leer y con su madre, Candelaria—que abren 70 años de memoria familiar y social. “Separar a Manuel de Candelaria sería separar a un hijo de su madre”, resumió el autor al explicar la estructura en dos tomos, pensada como un díptico.
El título no es capricho. “No hablo del origen como postal, sino del principio que rige una vida: la regla, el valor, la herida y también el cuidado”, explicó. Ese principio se encarna en Candelaria Amaro, campesina ayacuchana que migra a Lima. Su historia no aparece al inicio: “Quería que el lector llegara a ella cuando ya no pudiera soltarla; que oliera su mundo con afecto”.
De ahí la apuesta temporal: la voz de Manuel narra desde un presente velado (que solo se revela al final), recrea su retorno a Lima y, a partir de las tres conversaciones, desciende a la primaria, la secundaria, la universidad y, finalmente, a la vida rural de su madre.

Gamboa contó que trabajó durante siete años un “magma” de 2.000 páginas que, tras cortes sucesivos, quedó en la versión publicada. Entre medias escribió Animales luminosos como “descanso” y afinación de recursos. “El narrador es todo: necesitaba una voz capaz de pensar, recordar y hacer escena. Cuando esa voz apareció —en el arranque de las luces sobre Lima—, la novela se encendió”.
La novela interroga el racismo estructural sin alegatos, desde situaciones: el baño de la escuela pública, el turno noche, el carrito del supermercado intervenido por la policía, la vergüenza del apellido, la fantasía del blanqueamiento. “En el Perú, el discriminador y el discriminado viven dentro de uno”, dijo. Y defendió el lugar de los maestros: “Una profesora ‘A’ puede encender una vida; también el sistema puede apagarla”.

No es biografía, pero el autor entrevista a su maestra, a amigos y, al final, a su madre. “La entrevista me da suelo; la conciencia es de la novela. Yo soy también Candelaria y Marina Montemayor cuando piensan”. Sobre la etiqueta “autoficción”, zanjó: “La ficción trabaja con la vida desde siempre; lo importante es lanzar una metáfora al mundo”.
Gamboa reivindicó la duración como herramienta estética: “Un beso en la página 780 pesa distinto que en la 20. Quería que el lector llegara a Candelaria con toda la memoria a cuestas”. Por eso el libro alterna reflexión, escena, crónica escolar y momentos de alta tensión poética. “La novela hace lo que dice: te obliga a atravesar el mismo país que narra”.
“Una novela no cambia el país, pero puede cambiar a un lector”, afirmó. Aspira a eso: a que quien la lea reconozca su propio “nudo colonial”, su historia escolar, su relación con la lengua y la piel. El principio del mundo es, al mismo tiempo, carta de amor a una madre, tributo a los maestros y un espejo áspero del siglo peruano.
Gamboa cerró con una imagen: “Esta novela es una chompa (suéter): si te la pones, abriga; si la rechazas, igual te roza. Yo necesitaba tejerla hasta los huesos”.











