Francesca Albanese

FRANCESCA ALBANESE DENUNCIA EL APARTHEID MILITARIZADO DE ISRAEL

Su reciente informe ante la Asamblea General de la ONU, donde acusa a 63 países —entre ellos Italia, Francia, Alemania, Estados Unidos y varios estados árabes— de ser cómplices del “genocidio israelí en Gaza”, ha provocado un terremoto diplomático.

Ciudad de México, 31 de octubre (MaremotoM).- En tiempos donde las palabras se utilizan para justificar la guerra, Francesca Albanese las usa para intentar detenerla. Abogada italiana, especialista en derecho internacional y relatora especial de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los Territorios Palestinos Ocupados, Albanese se ha convertido en una figura incómoda para los gobiernos occidentales.

Su reciente informe ante la Asamblea General de la ONU, donde acusa a 63 países —entre ellos Italia, Francia, Alemania, Estados Unidos y varios estados árabes— de ser cómplices del “genocidio israelí en Gaza”, ha provocado un terremoto diplomático.

El impacto de sus palabras no se mide solo en comunicados o respuestas airadas: Estados Unidos la sancionó oficialmente, una medida sin precedentes contra un relator especial de la ONU. El secretario de Estado, Marco Rubio, justificó la decisión por su “colaboración con la Corte Penal Internacional” y por “amenazar a empresas estadounidenses”. En la historia de los derechos humanos, pocas veces una voz independiente había sido castigada de ese modo.

Francesca Albanese nació en Roma y se formó en derecho internacional. Antes de llegar a la ONU, trabajó con organismos de cooperación humanitaria en Medio Oriente. Conoce de cerca los campos de refugiados palestinos, las restricciones a la movilidad, el miedo cotidiano. En 2022 fue nombrada relatora especial para Palestina, un cargo pro bono —sin salario— que se ejerce con independencia de los gobiernos. Su mandato, recientemente renovado, consiste en documentar violaciones de derechos humanos y presentar informes al Consejo de Derechos Humanos.

Francesca Albanese
Conoce de cerca los campos de refugiados palestinos, las restricciones a la movilidad, el miedo cotidiano. Foto: Cortesía

Desde el inicio, Albanese dejó claro que su función no sería ceremonial. En marzo de 2024 presentó un documento titulado Anatomía de un genocidio, en el que concluía que Israel había cometido actos de genocidio en Gaza “con la participación, directa o indirecta, de estados cómplices”. El texto señalaba que los vínculos militares, comerciales y diplomáticos de varios países con Israel habían permitido “el estrangulamiento, el hambre y la destrucción” del territorio palestino.

En su reciente intervención, Albanese habló desde Sudáfrica, donde participó en la Nelson Mandela Annual Lecture. Dijo que el mundo debía aprender de la historia del apartheid y denunciar la impunidad con la misma claridad con que se denunció el racismo institucional sudafricano.

“Demasiados estados armaron y protegieron el apartheid militarizado de Israel, permitiendo que su colonización se convirtiera en genocidio, el crimen supremo contra el pueblo indígena de Palestina”, afirmó.

El informe de 24 páginas que presentó ante la ONU desató furia en Tel Aviv y en varias capitales europeas. El embajador israelí Danny Danon la llamó “bruja fracasada”. El representante de Italia, su propio país, la acusó de falta de imparcialidad. Hungría habló de “prejuicio antiisraelí”. Albanese respondió con serenidad: “Si lo peor que pueden decir de mí es que soy una bruja, lo acepto. Si tuviera poder mágico, lo usaría para detener los crímenes y llevar a los responsables ante la justicia”.

El castigo de Washington marcó un antes y un después en la diplomacia internacional. Nunca antes se había sancionado a un relator de la ONU. La decisión buscaba disuadir a otros expertos de cooperar con la Corte Penal Internacional, que investiga posibles crímenes de guerra en Gaza.

Para Agnes Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional y ex relatora de Naciones Unidas, la sanción “abre un peligroso precedente” que amenaza la independencia del sistema de derechos humanos.

Lejos de intimidarse, Albanese viajó a Sudáfrica y reiteró sus denuncias: “La diplomacia, concebida para preservar la paz, se ha convertido en un instrumento para justificar la violencia. Llamar plan de paz a un alto el fuego temporal mientras continúa la ocupación es un doble lenguaje orwelliano”.

La relatora italiana forma parte de una tradición que va de Bertrand Russell a Desmond Tutu, de quienes creyeron que la moral debía tener un lugar en la política internacional. Sus detractores la acusan de parcialidad; sus defensores la consideran una de las pocas voces coherentes en un mundo que ha perdido su brújula ética.

En las sesiones recientes de la Asamblea General, junto a Navi Pillay —presidenta de la Comisión de Investigación sobre los Territorios Palestinos Ocupados—, Albanese insistió en que las Naciones Unidas no pueden seguir siendo cómplices del silencio.

“Desde las ruinas de Gaza y la esperanza de Sudáfrica —dijo— debe surgir un nuevo multilateralismo, basado no en privilegios, sino en los derechos y la dignidad de todos los pueblos.”

En las calles de Ramala, en las universidades de Johannesburgo, en foros de derechos humanos de América Latina, el nombre de Francesca Albanese se pronuncia con respeto. Muchos la llaman “la verdadera Nobel de la Paz”, porque mientras las potencias se reparten medallas, ella enfrenta el costo de decir lo que ve. Su figura crece no como heroína, sino como conciencia: una voz que incomoda, una abogada que recuerda al mundo que la legalidad no puede ser selectiva.

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