Bolaño y Rilke tienen algo en común: los dos disfrazaron su crítica. Después de la antipoética de Nicanor Parra y la antificción de Jorge Luis Borges, sería impensable concebir la obra de Bolaño confrontativa o descarada. Bolaño prefiere los acertijos y las rutas secretas. Ninguno de sus personajes erráticos se conformaría viviendo bajo el yugo de la narrativa tradicional: introducción, nudo y desenlace. Roberto prefiere entrar por la puerta del callejón antes que entrar por la puerta principal. Bolaño es anticrítico.
Hay que saber leer entre líneas para encontrar el camino.
Ricardo Piglia
Ciudad de México, 28 de abril (MaremotoM).- Supe de Roberto Bolaño por Mónica Maristain en un taller literario durante la pandemia. Mónica nos propuso leer Los detectives salvajes (1998) luego de fracasar con la lectura de El idiota (1869) de Fiódor Dostoyevski. Me mató. Las últimas novelas que leí completas fueron Aura (1962) de Carlos Fuentes y Batallas en el desierto (1981) de José Emilio Pacheco, en los primeros años de preparatoria.
Antes de leer a Roberto lo escuché. Conocer la obra de un escritor o escritora apenas en la primera mitad del siglo XXI difiere con todos los tiempos. Abrí el navegador de internet, ingresé a YouTube y tecleé, letra por letra, “Roberto Bolaño Entrevista”. Le di clic al primer video sugerido y vi la entrevista que Cristián Warnken le hizo al escritor de la novela Amuleto (1999) para el programa de televisión chileno “La belleza de pensar”.
En el video Bolaño, con el cigarro en la mano y el humor en su rostro apacible, nos cuenta de su obra. Narra un viaje casi imaginario de Chile a México y de México a Barcelona y luego Blanes. Se conmueve hablando de Mario Santiago Papasquiaro, su mejor amigo, y no se despide sin reflexionar acerca de su poética maldita. En la entrevista Roberto menciona Sensini, uno de los cuentos más populares entre sus lectores.
Sensini es el primer cuento de Llamadas telefónicas (1997). Ya saben lo que se dice del relato que abre cualquier libro de cuentos. Según es el más importante, dice mi amigo literato el Moska. Tlön, Uqbar, Orbius Tertius es el primer cuento de Ficciones (1944) de Borges. La culpa es de los tlaxcaltecas de Elena Garro en La semana de colores (1964). Nos han dado la tierra de Rulfo en El llano en llamas (1953). Descargué el libro completo en PDF y lo guardé en la biblioteca de mi tableta electrónica. Luego leí Sensini.
El cuento Sensini es la historia de la relación epistolar entre un escritor de veintitantos y el argentino Luis Antonio Sensini. Tras ganar una tercera mención en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, el joven escritor reconoce en la obra que recopila los cuentos participantes al autor del cuento que obtiene la segunda mención, Sensini.
El joven escritor sabe que Sensini es un crack y le escribe una carta mucho antes del email. Al principio, se pensaría que la leña que mantiene su comunicación prendida es el ánimo por perseverar en la escritura. Para su sorpresa, el joven cuentista halla a Sensini más interesado en la “estrategia general respecto a los premios literatos de provincias” que en la literatura.
Tras sus intercambios, el joven escritor, que luego se revela tendría 28 años, se involucra a través del lenguaje con la familia de Sensini. Le escribe un poema a Miranda, hija de Carmela Zajdman y Luis Antonio, y conoce la trágica historia de Gregorio, hijo desaparecido de la pareja, nombrado así por el insecto de Kafka en La metamorfosis (1916).
Luis Antonio Sensini recibe la probable noticia de que el cadáver de Gregorio había sido encontrado en un cementerio clandestino. Luego de meses sin escribirse, el escritor argentino le avisa al joven escritor (que a estas alturas atreverse a llamarle Arturo Belano no es descabellado) su regreso a la Argentina junto con Carmela para conocer el destino final de su hijo. Miranda se quedaría en España.
Uno o dos años después, Arturo Belano se enteró de la muerte de Sensini. Una noche Miranda Sensini llamó a su puerta. Le contó que Luis Antonio no dio con el paradero de su hijo Goyo nunca, ni con su amiga más entrañable. Arturo y Miranda se tomaron juntos un coñac a la luz de la luna y se despidieron de Sensini, el cazarrecompensas.
La anticrítica bolañeana
Tal vez el cuento Sensini debería llamarse Cartas a un joven poeta, pero el título ya fue tomado por Rainer Maria Rilke. La opción restante sería Cartas a un joven cuentista, pero este título no vende.
Bolaño y Rilke tienen algo en común: los dos disfrazaron su crítica. Después de la antipoética de Nicanor Parra y la antificción de Jorge Luis Borges, sería impensable concebir la obra de Bolaño confrontativa o descarada. Bolaño prefiere los acertijos y las rutas secretas. Ninguno de sus personajes erráticos se conformaría viviendo bajo el yugo de la narrativa tradicional: introducción, nudo y desenlace. Roberto prefiere entrar por la puerta del callejón antes que entrar por la puerta principal. Bolaño es anticrítico.
Rilke fue sensiniano porque escribió crítica en sus cartas y viceversa. La postura crítica de Rilke es, precisamente, distanciarse, presentarse lejos de ella. “Todo intento de crítica está muy lejos de mí. Nada es tan ineficaz como abordar una obra de arte con las palabras de crítica: de ello siempre resultan equívocos más o menos felices. Las cosas no son tan comprensibles y descriptibles como generalmente se nos quiere hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son indecibles; se consuman en un ámbito en el que jamás ha penetrado palabra alguna y más indecibles que todo son las obras de arte, existencias misteriosas cuya vida perdura, al contrario de la nuestra, que pasa”. Rilke se presume anticrítico, antes de opinar rotundamente sobre uno de los poemas del joven poeta Kapuss.
En un folio escrito por Luis Antonio Sensini, narra Arturo Belano, expuso una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. “El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias”, escribió Belano, pseudónimo favorito de Roberto, paráfrasis de la crítica en la carta de Luis Antonio. Sensini leyó a Rilke.
Además, Belano añade que Luis Antonio Sensini escribió “al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro”: “esa buena gente que cree en la literatura” o “esos lectores puros y un poco forzados”. En esta cita, Sensini critica los intereses participantes en los certámenes de literatura.
No se reconoce quién tiene esta opinión, si Roberto Bolaño o Arturo Belano o Luis Antonio Sensini o Antonio di Benedetto o el autor de esta reseña o sus lectores. Roberto Bolaño escribió un cuento anticrítico sobre los premios municipales, lo envió al Premio de Narración Ciudad de San Sebastián en 1997, patrocinado por la Fundación Kutxa, y ganó el primer premio. Cien por ciento real no fake. Bolaño noqueó al referee y ganó la pelea.
Sensini y la teoría del título
En la estrategia general sobre los premios literarios de provincias, Sensini le sugiere a Belano que, como medida de precaución, modifique el título a sus cuentos si con uno participa en tres concursos donde la decisión de los tribunales coincida por las mismas fechas.
Escribe Belano que Sensini “exponía como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su título era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos”.
Sensini le sugiere a Belano que, si esta estrategia de cambiar el nombre se tratara con mayor abundamiento, “quien sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título”. Es decir, el sentido de un mismo relato podría modificarse si por capricho decide cambiarse su encabezado.
Ricardo Piglia abre su libro El último lector (2005) con un relato acerca del fotógrafo que dice llamarse Russell, un “hombre que en una casa del barrio de Flores esconde la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años”. El narrador del relato (acaso Emilio Renzi) visita el estudio del fotógrafo donde esconde su “máquina sinóptica” y se obnubila por la visión que le ofrece el invento. El relato lleva por nombre Prólogo.
¿Por qué Piglia elige contar el encuentro de un personaje curioso con un fotógrafo en el prólogo de un libro de ensayos donde explica su teoría del lector? Sin afán de hacer un ensayo borgeofreudiano sobre las motivaciones del escritor argentino, reconozco conveniente quedarse con ese gesto estético tan pigliano de esconder un cuento en el prólogo de un libro de ensayos y observar cómo el título resignifica el texto.
Piglia escribió por lo menos dos textos al mismo tiempo y aunque lo parezca no son el mismo:
- Un prólogo para su libro El último lector en forma de
- Un cuento llamado Prólogo para su libro El último lector.
En el primer texto, el prólogo cumple su función introductoria natural, pero sorprende su apariencia de relato. El segundo texto, el cuento Prólogo, se obtiene mediante la recolocación de este fuera de la configuración del libro de ensayos El último lector. Un ready-made literario.
Las lecturas que el autor de Respiración artificial (1980) hizo de Borges lo orillaron a pensar la ficción menos como una estrategia para elaborar relatos fantásticos que como una estrategia para elaborar relatos conceptuales. Después del Borges de Piglia y Sensini de Bolaño la literatura en América borra las fronteras entre la literatura y el arte de vanguardia del siglo XX.

Roberto Bolaño entendió que para escribir literatura debía comprender las reglas neotradicionales, es decir, elaborar relatos conceptuales. De esta manera, Bolaño está más cerca de la pipa en La traición de las imágenes (1929) del pintor belga René Magritte y del vaso con agua de Un roble (1973) del artista contemporáneo Michael Craig-Martin que de cualquier cuento con estructura clásica.
Sensini pudo llamarse Cartas a un joven escritor o Cómo ganar concursos municipales de literatura o Ugalde o El asesinato de Gregorio Sensini o Cómo ser escritor y no morirse de hambre en el intento. Sin duda, todos los nombres anteriores hubieran dilapidado la intervención artística que Bolaño diseñó.
El cuento Sensini es una anticrítica (por su ocultamiento) al museo y a la literatura. Roberto Bolaño creó una pieza de arte contemporáneo imposible de colgar en galerías y difícil de situar en los marcos tradicionales de la literatura. El museo y la tradición literaria intentarán desactivar la intención crítica de Sensini aludiendo a significados simples y acríticos. Sensini es una bomba crítica que no fue diseñada para explotar, sino para no ser desactivada nunca. Sus lectores, en este caso, deberían entrar al museo o la literatura por el callejón y señalar todo intento neutralizador de la obra de Bolaño, por lo menos, de aquí al 2666.
Conclusiones
Por un lado, el cuento Sensini es el primer texto que los lectores del siglo XXI leen de Roberto Bolaño. Además, Roberto presentó Sensini más como instalación que como cuento en el corazón de la Feria Internacional del Libro chilena. “Sensini, si no gana, el cuento Sensini, si no gana el premio que ganó era impublicable, ¿sí? La apuesta literaria de Sensini no, no se cumplía al 100% en la escritura de la obra. La apuesta literaria se cumplía ganando un premio que era darle la vuelta total a lo que en la obra se estaba contando, pero ganar un premio real”, confirmó Bolaño con Warnken.
También, el cuento-instalación Sensini es una revisión de la importancia que tiene la relación epistolar entre escritoras o escritores noveles y escritoras o escritores veteranos. Una curiosa diferencia es que Rilke a sus 28 años, los mismos que Arturo Belano en el cuento, le escribe como veterano al joven poeta Kapuss. Los poetas maduran más tarde.
Por otro lado, Sensini es una pieza de arte contemporáneo en forma de relato escondida en un libro de cuentos. Roberto Bolaño presenta una obra premonitoria y post- pictórica, utilizando la hoja en la máquina de escribir como lienzo y la tinta negra de la impresora como material artístico. Sería provechoso analizar la influencia del conceptualismo del siglo XX en la constelación Piglia-Bolaño.
Quizá el título La estrategia general sobre los premios literarios de provincias sea el menos conveniente para los jóvenes con pasión por escribir porque les alentaría. Sin embargo, este encabezado ofrecería una metodología pedagógica, pragmática y financiera para resistir en al mundo literario. Un acto bolañeano de gran generosidad para la juventud latinoamericana.
Por último, es Bolaño el padre de una futura generación de artistas transdisciplinarios, post-vanguardias y post-boom latinoamericano, que nacerán con el nuevo siglo.











