Milena

ESTE TEXTO ES UN GRAN Y ÚNICO HUBIERA

El hubiera no existe, decía Sartre. En la literatura y en los imponderables de la vida cotidiana, existe. Si no, ¿por qué padeceríamos de melancolía? Este texto es un gran y único hubiera.

Ciudad de México, 10 de octubre (Maremoto).- Se sabe, pocas cosas tan aburridas como que alguien trate de contarte un sueño y qué sintió mientras soñaba. La sensación intransferible que transmite un sueño activa deseos y ansiedades que lo incluyen únicamente a uno, salvo que venga con una historia detrás, falsa o adornada, que lo vuelva entretenido. Dicen que nos llevamos a la tumba muchos secretos, deben ser muchos más los sueños que nos llevamos. Y más valiosos que cualquier secreto. Algunas veces los sueños sí se pueden narrar, cuando se trata de una escena breve, concisa, nada de iba caminando por un pasillo que parecía un pasillo de mi casa pero no era mi casa, etc.

El sueño que tuve ayer reavivó un sentimiento que hace años, décadas, a decir verdad, suelo tener respecto a una amiga fallecida. Una amiga que se suicidó a los veintiún años. Milena.

Fue la mejor amiga de mi hermana desde la infancia, sus papás fueron amigos de los míos, compartimos días, vacaciones, crecimiento. Era reservada, inteligente, sensible. A su modo, misteriosa. Y sexy, no sé si lo sabía o no, tampoco si le importaba. En un momento, terminada la adolescencia, hubo algo de seducción de parte de los dos. Me llegó el cuento (sin duda exagerado) de que se había enamorado de mí, quizá porque yo era alguien cercano, quizá porque le parecía interesante. Mi vida alternaba entre la soberbia y la baja autoestima, pos adolescencia clásica; tenía infinidad de cosas para decir, ninguna resultado de experiencias propias. Que ella -sostengo lo que me dijeron- estuviera enamorada de mí, me generó una mezcla de miedo y escepticismo. ¿Por qué tanto interés? No di el paso. En aquel entonces lo que me gustaba era lo opuesto a lo que yo creía que me gustaba, por lo cual dejé pasar la oportunidad y hasta debo haber pensado que la podía dejar para más adelante. Así les decimos a las posibilidades valiosas de la vida, oportunidades, así las degradamos con el lenguaje.

En fin, excusas que uno inventa cuando lo aterra decidir. No hay nada para más adelante, es ahora o más adelante será otra cosa, lo que dejamos pasar no vuelve.

Transcurrió el tiempo. A la distancia lo percibo como si fuera mucho, no fue tanto. El tiempo pasa lento en la juventud: un año es una eternidad. Pasados los cincuenta, un año es casi un trámite. Seguíamos saliendo en grupo, Milena siguió siendo la mejor amiga de mi hermana. Me pareció sentir en algún momento que ella esperaba que yo me decidiera. Por favor, que esto no suene como que me estoy mandando la parte, es todo lo contrario. Puede ser un delirio generado por la culpa de haber sido tan cobarde. Es probable que el que esperara que se decidiera a hacer algo fuera yo y respecto a mí mismo. Me cuesta entender porqué no lo hice.

La explicación obvia es que no me permití ser feliz (así de directo y cursi), no me permití disfrutar de la libertad errática y única de la juventud, de un amor que seguro hubiera sido recíproco por un rato. Un buen rato, incluso. En esa época Milena no tenía las negras nubes que después se le vinieron encima. Las mismas que, con el paso de los años, se me vinieron encima a mí. (En verdad, las nubes negras de Milena fueron pasajeras aunque la llevaran a la muerte, hoy sé que ella nunca fue más oscura ni enrevesada que cualquiera de nosotros).

Está bien, no me permití ser feliz. Uno podría decir, ¿y qué?, tantas veces no nos permitimos ser felices que no resulta una novedad. Mi problema es otro, es la espina que llevé clavada durante tantos años. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera actuado, si me hubiera acercado a Milena, lo que en el fondo me tentaba hacer? Nunca lo sabré y ahí está el hubiera del que hablaba al principio. Yo no lo rechazo como Sartre. Entender el pasado es animarse a jugar con los hubiera, a pesar de que duelan.

Mi fantasía agridulce, subjetiva, cuestionable, es que si hubiéramos tenido algún tipo de romance Milena no hubiera caído en la depresión que cayó luego, que fue activada por un novio psicópata que la llevó al borde de la cordura y la empujó a la muerte. Alguien me explicó que ese hijo de puta detonó algo que ella ya llevaba adentro, que nadie se suicida por tener unos pocos meses (fueron pocos) un novio o novia que te violenta y te maltrata psicológicamente. También es cierto que de todos los caminos que podemos tomar muchos no dependen de nosotros. El punto de partida siempre se ve claro y sencillo, el camino no tanto. De lo contrario este sería un mundo de caminadores y yo sólo veo un mundo de paralizados, que mueven los pies desde un lugar fijo, como muñecos de ventrílocuo.

Nunca juzgué al que se mata por desesperación. Es la manera que tienen las personas sensibles de imponer una rotunda negativa a un mundo que se espanta de la sensibilidad, la virtud de los desterrados. El mundo, ¿la cultura?, castiga y persigue esta forma de individualidad (no confundir individualidad con egoísmo), que es lo que diferencia a una persona de otra y justo lo más interesante que tenemos, ser diferentes. De la diferencia nace la creatividad, nacen las ideas, se vuelve real lo improbable y encima se puede compartir con los demás. La humanidad sigue viva por esto, estoy convencido, no por sus avances en ciencia o tecnología. Esta parrafada no es para defender a Milena. Nunca y repito nunca se necesita defender a una persona que se quita la vida. Eso sería avalar el mandato racional, el mismo que no se atreve a asumir que la racionalidad es cruel, interesada, que no da nada y exige todo. No, defiendo a Milena porque era especial, porque lo merece, el mundo que se vaya a la mierda. Se está yendo, de todas maneras.

El gran problema de los suicidas es que la mayoría suele ser gente valiosa. Mi conjetura atormentada es que aunque Milena y yo hubiésemos durado como pareja uno, dos, tres años, le habría servido para enfilar por zonas más justas y amables para su extremada sensibilidad. ¿Suena soberbio? Juro que no es soberbia, al margen de mi baja autoestima, siempre fui muy dedicado a mis amores, y cuidadoso. Una especie de romántico del siglo diecinueve, enamorado del amor, de la vida y del dolor apasionado; podía idolatrar a una chica hasta aburrirla tanto como para que me dejara con un bufido de hartazgo, sin depresión ni angustia. Ellas solían dejarme a mí, se buscaban a un tipo menos boludamente siglo diecinueve, más pragmáticamente siglo (casi) veintiuno, y a otra cosa.

Si en esa época hubiera tenido agallas, si no hubiera aplastado mi deseo con excusas y con una novia que tenía, que me ignoraba y prefería ser amiga y no amante y que yo sostenía con total irresponsabilidad sólo para postergarme como persona de carne y hueso, me hubiera arriesgado, le habría dicho a Milena todas las palabras lindas que merecía oír.

Pero. Hubiera. Si yo.

Me interrumpo, cuestiono lo que estoy escribiendo. Todavía no sé qué es esto, si un texto generado por un sueño, una confesión o un intento desesperado de recordar a una chica para que no caiga en el olvido.

Odio que las personas mueran jóvenes. Me importa un carajo si la vida es así, que las cosas ocurren, que lo inevitable esto, lo inevitable aquello, me parece una aberración (nunca uso esa palabra de origen pacato, hoy la usaré a riesgo de que se me tome por uno, y para hacerle frente a lo inexplicable). Que la gente se muera joven, sin haber experimentado una buena porción de existencia, es la peor injusticia que le puede deparar el destino, siempre demasiado azaroso y plagado de trampas. El suicidio es distinto a una muerte accidental, hay una decisión que complica todo. El suicidio de un joven, una joven, te deja lleno de preguntas. En un accidente, las cosas “se podrían haber evitado” tomando otra ruta, no cruzando tal calle. Con el suicidio uno no sabe en qué punto del camino esa persona podría haber evitado la muerte. Sospechamos, no sabemos con certeza. En los jóvenes creo que hay una mayor incidencia del mundo exterior que del interior. Me refiero a que la sensibilidad de la juventud es gigantesca y frágil; la depresión de un joven es más inmediata que la de un adulto, no arrastra el peso de los años, la amargura de acumular demasiadas decepciones, que por lo menos ofrecen la posibilidad de un entendimiento. En los adultos es consecuente el suicidio, la angustia y la desesperación se apilan, en cambio en una persona de veinte años el peso no puede ser tan propio, no hubo tiempo para que lo sea. La juventud dura poco, y es en gran parte idealización, morir joven también acaba por ser una idealización.

Tan vital es la juventud que, como dice Céline, la desperdiciamos haciendo estupideces. Eso lo leí a los veinte años y me pareció lógico (uso la palabra lógico, que tampoco suelo usar nunca). Algo tan inconmensurable como la juventud no puede no malgastarse. ¿Qué es malgastarse? Vivir sin pensar, sin sacar provecho ni exigir resultados. El joven que calcula no es joven, el joven que vive el presente sin pensar (aunque su cabeza gire sobre mil millones de cosas inútiles e irrealizables a cada segundo) sí es joven. La juventud es el ahora, es no morir, es sentir al amor y a nuestro cuerpo como una extensión del universo. Tan ególatras somos a los dieciocho, veinte años, tan poderosos. En mi caso, yo me enamoraba de todas las chicas y quería pasar mi vida entera con todas ellas y por separado. Quería vivir mil romances distintos, de principio a fin, me daba igual que no tuviera el valor de hablarle a ninguna. Milena estaba ahí, enfrente mío, no era una de esas chicas idealizadas. Me da vergüenza decirlo, soporté esta tensión entre realidad y fantasía durante años, y más años me llevó romper esas cadenas. Cuando las rompí, perdí la idealización, dejé de soñar y me puse en acción. Por desgracia, para entonces Milena ya no estaba y mi juventud tampoco.

Ninguna otra ausencia me generó tanto misterio y atracción. La recuerdo y tengo que aguantar el remordimiento de no haber tenido la fuerza necesaria para hacer lo que debía. Con el tiempo comprendí que la mayoría de la gente vive así, aguantando el dolor de no haber optado por la vida. Por algo el mundo es lo que es.

O quizá, simplemente quizá, ese sueño que tuve la otra noche despertó mi nostalgia, un anhelo de juventud, la necesidad de rescatar del pasado a Milena y al pasado mismo. Mis palabras son torpes, ni siquiera hablo de ella como quería. No me siento capaz. Seguro que su familia siempre la recuerda y la nombra, eran todas buenas personas, me acuerdo de sus hermanas y sus padres, que la lloraron con un profundo dolor que nunca olvidaré. Y bueno, hablo como puedo, desde estas líneas inseguras, mi única manera de rendirle justicia. Todos tenemos al olvido por delante, si puedo retrasarlo aunque sea un poquito lo voy a intentar. Nos la pasamos peleando contra el infinito, mejor que valga la pena.

Otra confidencia: nunca pude tener una charla íntima con ella. Yo decía que era mi amiga, pero al no dar un paso para ser su novio, su chico, o como quiera llamárselo, tampoco pude hacerme un espacio para ser un verdadero amigo.

Un verano compartimos unas vacaciones en Uruguay, en Atlántida, en la casa de una compañera de facultad de mi hermana. Éramos un grupo de chicos y chicas con ganas de pasarla bien, y la pasamos bien. El roce entre Milena y yo fue, de nuevo, muy sutil. Recuerdo las noches agradables en el jardín de la casa, los paseos en bici por las calles que bordeaban la costa. Las chicas se iban a bailar y yo me quedaba leyendo. Odiaba los boliches, además en aquella época los milicos uruguayos creían que seguían en dictadura y cada madrugada fajaban pibes al por mayor, sin ningún motivo. Por mí que se quedaran con sus boliches y sus cachiporras, yo me sentaba a leer en el jardín bajo la luz del farol, muy tranquilo. Milena se quedó un par de noches conmigo. Charlamos distendidos, a gusto. No recuerdo de qué.

Revivir el pasado es engañoso; nos descuidamos, de pronto los recuerdos cambian y se transforman, ya no estamos seguros si dijimos o hicimos tal cosa, si estuvimos o no en tal lugar. Quiero ser fidedigno sobre lo que recuerdo de Milena, sólo que no alcanzo a describirla. Eso pasa cuando se mezcla lo emocional, no hay estructura. Cosa rara, porque el amor y el afecto brindan estructura como ninguna otra cosa en la vida. Será que acá hablo de una pérdida que se transformó en un agujero en mi sentir, no en la memoria.

Lo real es que el sueño sobre Milena, la chica especial que partió al absoluto misterio hace treinta años, me dio un empujoncito de vida. ¿La vitalidad es puramente exclusiva de la juventud? No está claro si mi corazón y mi psiquis, que hace rato están desunidas en una dolorosa pelea, saben la respuesta. Ojalá que sí, y que este texto y el recuerdo de alguien tan inteligente y sensible como fue nuestra lejana amiga me ayuden a mejorar un poco como persona. Esto no es una catarsis, trato de encontrar algo de vida en la vida, que se dispersa y se expande como el universo, hacia cualquier parte menos hacia aquí.

Mi hermana tuvo un sueño poco tiempo después del suicidio de Milena donde ella se le aparecía y le decía que “no había querido hacerlo”. Así la frase, textual. Todos estábamos convencidos de que no había querido hacerlo. Seguimos convencidos.

¿Debo describirla a Milena? Era rubia, grandota, de mirada serena y vivaz. Muy inteligente, hábil para ocultar sus sentimientos, que nunca lograba ocultar del todo, de ahí que tuviera una expresión suave, intensa, y una sonrisa única. ¿Vieron lo que dicen de la Gioconda? Bueno, ese tipo de sonrisa tenía.

Eso fue entonces, hoy es la amiga del grupo que siempre será joven, que nunca veremos envejecer y que, como suele decirse, permanece en nuestra memoria, que en verdad es un accionar del corazón, ya que a la gente querida uno la mantiene viva con ese órgano desaforado, que manda roja y densa vida a todo el cuerpo, de forma inclemente, atropellada, sin descanso.

Releo lo que escribí. Es un descuido imperdonable no encontrar una mejor manera de hablar de Milena. ¿Hablé de ella? Apenas, creo. Es más lo que escribí y borré que lo que quedó. El motivo por el cual dejo esto como está es porque quiero que permanezca algo escrito. Milena se impone, aunque no consiga narrarla. Bah, quizá sea mejor evitar un texto literario y formal. Si al recordarla soy espontáneo, significa que sigue acá.

Por supuesto que voy a contar el sueño que tuve ayer. Fue simple, directo, una sola escena.

Yo estaba en la entrada (o salida) de un psiquiátrico, o un simple hospital. Tenía ventanales grandes, se veía la calle, una avenida cerca del barrio donde vivía Milena. Ella aparecía por el pasillo del hospital. Me sonreía con una sonrisa un poco triste, como suelo sonreír yo ahora cuando no me doy cuenta. Se la veía linda, con unas sensuales patas de gallo, y con la edad que tendría hoy. No había muerto, había estado internada. Se le notaba en la expresión el sufrimiento de haber vivido cosas difíciles, pero estaba recuperada, íntegra. Yo me sentía feliz por verla bien. Ese fue el sueño. No había ninguna posibilidad de romance, éramos adultos, cada uno tenía su vida. La fantasía de mi romance con ella, hoy lo entiendo, ya lo dije (¿lo dije?), tenía que ver con lograr que Milena siguiera viva, que estuviera con nosotros. El mundo sería más bello si la gente como ella nos acompañara lo más lejos posible.

Fue un sueño rápido, sin cierre, parecido a la vida que vivimos, no la que deseamos. Es la única que existe de este lado.

Comments are closed.