Museo del Estanquillo

ESCRITORES, COLECCIONES Y FETICHES. ESCRIBE JONATAN FRÍAS

Desde afuera estas prácticas pueden parecer triviales. ¿Para qué sirve una taza japonesa o una figura de lucha libre cuando lo importante es la calidad del texto? ¿No debería bastar el talento y la disciplina? Pero escribir no es nada más poner palabras en fila: es entrar en un estado mental particular. Los objetos no garantizan la inspiración, pero sí crean el clima propicio para que llegue.

Ciudad de México, 26 de septiembre (MaremotoM).- En el imaginario popular, el escritor suele ser una figura solitaria, encorvada sobre su escritorio, atrapada en un mundo interior, pero hay un aspecto menos conocido y profundamente humano: su necesidad de rodearse de objetos, rituales, manías y supersticiones. Escritores coleccionistas. Escritores fetichistas. Una tribu que, como antiguos chamanes, cree que ciertos objetos tienen el poder de abrir las puertas de la imaginación o, al menos, de espantar la hoja en blanco.

El acto de coleccionar —libros, plumas, piedras, pipas, cuadernos, grabados, muñecos— muchas veces no responde al capricho, sino a una necesidad de construir un ecosistema simbólico. Estos objetos actúan como tótems. No se escribe con ellos, pero sin ellos no se escribe nada.

Carlos Monsiváis
Monsivais, un coleccionista incansable. Foto: Cortesía

En México, Carlos Monsiváis fue un coleccionista incansable. Su casa, convertida hoy en museo (el Museo del Estanquillo), guarda miles de objetos: grabados populares, caricaturas políticas, maquetas, figuras de lucha libre, memorabilia del cine de oro, fotografías antiguas. Su fetiche era la historia cultural de México hecha objeto. Esa colección no sólo lo inspiraba, sino que también le servía para escribir crónicas que capturaban con humor e ironía la identidad nacional.

Otro caso notable es el de Octavio Paz, quien tenía una particular fascinación por las artes visuales y por los libros raros. Su biblioteca personal (una de las más importantes del país) estaba llena de primeras ediciones, obras sobre arte prehispánico, orientalismo, surrealismo y poesía francesa. Su colección no era pasiva: la utilizaba activamente como detonante para su obra ensayística y poética. Era un pensador visual y sus libros eran puentes hacia lo simbólico.

Pasiones, fracturas y rebeliones
El coleccionismo de Octavio Paz. Foto: Cortesía

Los fetiches del escritor no siempre son objetos tangibles. A veces son rutinas. Juan Rulfo, por ejemplo, escribía a mano en hojas sueltas y de manera obsesiva revisaba lo que había escrito, tachando, corrigiendo, reescribiendo. Era fetichista del silencio. Decía que no podía escribir si había ruido. Su espacio creativo era minimalista, casi ascético, pero absolutamente sagrado.

Por su parte, Elena Poniatowska ha confesado que necesita cierto desorden a su alrededor para sentirse en casa, para escribir con libertad. Suele hacerlo rodeada de papeles, libros abiertos, recortes de periódico. Su fetiche no es el orden, sino el caos controlado, ese que permite que los detalles entren a la página sin previo aviso.

Fundación Elena Poniatowska
Necesita cierto desorden en su entorno. Foto: MaremotoM

Guillermo Arriaga ha hablado de su proceso como una especie de trance físico. Necesita escribir de pie, caminar, moverse. Sus ideas no fluyen si está inmóvil. Su fetiche, más que un objeto, es el movimiento mismo, una suerte de coreografía mental que le permite estructurar historias complejas.

Y está también, por supuesto, el caso de José Emilio Pacheco, quien no sólo tenía la costumbre de escribir con letra minúscula (decía que la mayúscula era “una forma de arrogancia”), sino que conservaba cada papelito, cada borrador, cada corrección. Era fetichista del proceso. No del texto terminado, sino del texto en ebullición.

José Emilio Pacheco
Edita Tusquets. Foto: Cortesía

Los espacios también cuentan. Muchos escritores convierten su escritorio, su biblioteca o incluso un Café, en un espacio casi místico. Juan José Arreola transformó su biblioteca en un salón de tertulias donde los libros convivían con objetos rarísimos, bustos, una colección de relojes y hasta una esfera armilar. Todo era parte de un montaje que convertía la literatura en espectáculo y al escritor en anfitrión de un teatro íntimo. Arreola era también un obsesivo del lenguaje oral: grababa su propia voz, memorizaba pasajes, recitaba en voz alta frente al espejo. Su fetiche era el sonido mismo de las palabras. Y su biblioteca, una extensión de su teatralidad literaria.

Rosa Beltrán ha contado en entrevistas que escribe rodeada de objetos que ha traído de sus viajes: máscaras africanas, piedras, cuadernos. El escritorio, para ella, no es sólo funcional: es un altar donde el lenguaje se invoca.

Desde afuera estas prácticas pueden parecer triviales. ¿Para qué sirve una taza japonesa o una figura de lucha libre cuando lo importante es la calidad del texto? ¿No debería bastar el talento y la disciplina? Pero escribir no es nada más poner palabras en fila: es entrar en un estado mental particular. Los objetos no garantizan la inspiración, pero sí crean el clima propicio para que llegue.

Los fetiches son formas de invocar el orden en medio del caos mental. Son estrategias emocionales, anclas frente al vértigo. Porque escribir, como vivir, implica lidiar con lo desconocido.

Todo escritor es un coleccionista: de palabras, de recuerdos, de escenas robadas al mundo. La obsesión por lo pequeño, por lo insignificante que se vuelve relevante, es parte del trabajo literario. Por eso tantos escritores mexicanos han sido también cronistas del detalle: piénsese en Salvador Novo, que coleccionaba anécdotas como si fueran joyas o en Efrén Hernández, que hacía de lo cotidiano un espectáculo interior.

A veces el fetiche no está en lo físico, sino en una palabra específica, un ritmo, una imagen que se repite. La literatura mexicana, rica en simbolismo, sincretismo y obsesión por la memoria, ha producido una tradición donde el objeto literario y el objeto real se entrelazan. La pluma con la que escribía Amparo Dávila, el cuaderno donde Julio Torri anotaba ideas sueltas, los muros forrados de libros de Sergio Pitol, el cigarro eterno de José Agustín: cada uno es parte de una mitología íntima.

Los objetos no escriben libros, pero ayudan a escribirlos. Las manías no crean estilo, pero lo sostienen. En un mundo cada vez más veloz y digital, donde todo tiende a la eficiencia, los fetiches del escritor nos recuerdan que la creación literaria sigue siendo un misterio y que cada quien lo aborda con sus propias herramientas: libretas, tazas, plumas, silencios.

Los escritores coleccionistas no acumulan cosas por vanidad, sino por necesidad. Y sus fetiches, lejos de ser excentricidades inútiles, son mapas privados, brújulas que los guían en la oscuridad del lenguaje. Porque al final, escribir es una forma de invocación y todo rito necesita sus símbolos.

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