Para ella, cuyo verdadero afán fue “el de saber, de participar, el afán de pertenecer y también el afán de ser querido”, que siempre se defendió de que en el periodismo la mandaban a hacer notas de hogar, de belleza, el camino recorrido tiene precisamente algo más que el dinero. “En el periodismo no ganas nada, incluso ahora”, suele decir.
Ciudad de México, 15 de agosto (MaremotoM).- La escritora mexicana Elena Poniatowska acaba de recibir el Premio Internacional Carlos Fuentes, un galardón que le faltaba y que a todas luces vuelve a encender el gran amor que le tienen en México a la autora de La noche de Tlatelolco, de Tínisima, de tantos libros que han intercambiado influencias con la realidad de su país y que han formado a varias generaciones.
A los 91 años, como los que tiene “Elenita”, tal como la llamaba su gran amigo Carlos Monsiváis (1938-2010), es importante hacer un legado que equilibre la presencia en todo el siglo XX y en parte del siglo XXI, donde ha visto erigirse en Presidente de la Nación, a su otro amigo, Andrés Manuel López Obrador.

Claro que con él no está de acuerdo en todo, algunos hablan de una “amistad rota” y en abril pasado, cuando Elena recibió la Medalla Belisario Domínguez, el mandatario no fue a la ceremonia.
“Ahora, con la edad, pienso que me cuesta más trabajo ser crítica, me han pegado mucho. Entonces a medida que avanza el tiempo en vez de ganar seguridad, la pierdo”, me ha dicho alguna vez en una de esas entrevistas donde ella siempre está dispuesta a decir la verdad y al mismo tiempo indagar sobre la vida de la entrevistadora.
“¿Eres casada? ¿Y por qué te separaste? ¿Qué haces en México?”, son las preguntas de Poniatowska en todo el transcurso de la charla.

Para ella, cuyo verdadero afán fue “el de saber, de participar, el afán de pertenecer y también el afán de ser querido”, que siempre se defendió de que en el periodismo la mandaban a hacer notas de hogar, de belleza, el camino recorrido tiene precisamente algo más que el dinero. “En el periodismo no ganas nada, incluso ahora”, suele decir.
“Escribir en la soledad de mi cuarto, es algo que yo puedo hacer, pero organizar un acto en contra de alguien, darle una cachetada a alguien, me es absolutamente imposible. Supongo que eso se debe a mi formación y también al peso de la religión sobre mis hombros, pero sobre todo por mi formación. Yo tuve una educación muy severa y todavía me fijo en el cómo, no me imagino, no me veo a mí misma cometiendo cualquier acto de agresión. Seguramente, lo puedo hacer en la soledad de mi escritura”.
“Para mí lo que ha sido difícil es oscilar entre una clase social y otra. Salir de un mundo y meterme a otro. Porque meterme a otro implicó el rechazo del primer mundo, fui del primer mundo al tercero. El primer mundo me condenó, incluso mi familia. Entonces mi mamá decía que la vida es un círculo, que la vida acaba como empezó, y como ya estoy al final del círculo entonces pienso: ¡Qué va a pasar! A lo mejor ya no voy a querer abrazar al drogadicto en la estación de La Tasqueña, voy a pensar que apesta. Todavía no me ha pasado, pero estoy pensando en ello y nunca lo había hecho. He sido gente una persona muy lanzada, muy inconsciente”.
–¿Le gusta seguir recibiendo premios?
–Claro, me gusta mucho. Los premios son un aliciente a tanto trabajo, tanto esfuerzo. Realmente es muy difícil escribir. No es nada alivianado. Digamos que es más fácil hacer periodismo, ¿no le parece? Por ejemplo, si tuviera que hacer una entrevista o una crónica, ya sé que con ese tema de las prisas, con esa cuestión de la entrega, puedo librarme del compromiso. Si sale algo más o menos siempre tendré la excusa de que no tuve suficiente tiempo. Pero aislarse y estar encerrada durante un tiempo para hacer una novela, la llena a una de mucha responsabilidad.











