El rudimentario guion de esta escena, que podría haber sido firmado por Isabel Díaz Ayuso o Santiago Abascal, en el caso de que escribieran, denuncia una situación inverosímil que solo existe en la imaginación de estas personas o en los delirios de los más fervorosos enemigos del catalán. No es verdad que un paciente en Cataluña no pueda recibir atención médica en castellano ni que los catalanoparlantes no hablen en castellano con las personas de origen extranjero.
Ciudad de México, 19 de julio (MaremotoM).- Una amarga polémica se ha suscitado durante estos días a raíz de la representación en Barcelona de la obra “Esas latinas”, de la Compañía Teatro Sin Papeles, en el marco de l’Observatori de les Discriminacions de Barcelona 2024.
Con financiamiento del Ayuntamiento de Barcelona, este montaje se presenta como “una obra de teatro social creada, escrita, dirigida y representada por mujeres migrantes de diferentes territorios de Abya Yala (Latinoamérica)”, con el objetivo de “visibilizar y denunciar las múltiples violencias, la vulneración de derechos y las situaciones de discriminación que las mujeres migrantes viven en España.”
Hasta aquí todo bien. La polémica, sin embargo, estalla cuando dentro de las discriminaciones y las violencias denunciadas por parte de las mujeres migrantes, se incluye el tener que aprender catalán en Cataluña. La obra muestra una escena en que una mujer latinoamericana va por la calle preguntando donde está el consultorio y nadie le responde por el solo hecho de que ella no pregunta en catalán.
Luego visita el médico, a quien explica, en castellano, que le han diagnosticado un problema, y la doctora solo interviene para decirle el nombre de ese problema en catalán. La paciente pide ayuda porque no entiende el informe médico que está en catalán, pero la doctora rehúsa explicarle el contenido del mismo, cerrándole las puertas y ordenándole que aprenda catalán.
La desconsolada inmigrante sale al exterior y el mundo se cierra ante ella, toda la gente le grita, la señala con el dedo y le ordena que aprenda catalán. La escena acaba con la indefensa mujer, vejada y humillada, sin poder conocer el diagnóstico de su posible enfermedad y todo por culpa de unos malvados catalanes, insensibles y malas personas que la discriminan por solo hablar en castellano y no saber catalán.
El rudimentario guion de esta escena, que podría haber sido firmado por Isabel Díaz Ayuso o Santiago Abascal, en el caso de que escribieran, denuncia una situación inverosímil que solo existe en la imaginación de estas personas o en los delirios de los más fervorosos enemigos del catalán. No es verdad que un paciente en Cataluña no pueda recibir atención médica en castellano ni que los catalanoparlantes no hablen en castellano con las personas de origen extranjero.
Yo hace veinte años que hablo catalán y adonde quiera que vaya, los catalanes, al ver por mi aspecto que soy de fuera, siempre se dirigen a mí en español, a pesar de que yo les hable en catalán. La grave acusación lanzada por “Esas latinas” es un bulo y una burla a todo el pueblo catalán, ninguneado ya no solo en su lengua propia que tanto les ha costado mantener a lo largo de los siglos, sino que es un ataque a su propia humanidad, denigrada por la acusación falaz de que prefieren que una pobre mujer inmigrante latinoamericana vague por las calles sin comprender un informe médico por el solo hecho de no entender el catalán. La situación ha llegado a ser tan alucinante que, en la seguidilla de comentarios posteriores que nutren esta polémica, se ha calificado la lengua catalana como un “instrumento de segregación y discriminación de las personas migrantes”.
Las reacciones no se han hecho esperar. Por un lado, tristeza, rabia y decepción por parte de muchos catalanes a quienes se acusa de “racistas” y “supremacistas” por el solo hecho de querer hablar su lengua materna en su tierra natal. Por el otro, aplausos entusiastas y apoyo por parte de algunas asociaciones de inmigrantes latinoamericanos, de la derecha española y asociaciones que llevan años luchando contra el catalán, manifestándose a favor de vivir en Cataluña cien por cien en español, sin tener que oír, aprender ni utilizar el catalán en ninguna circunstancia, convirtiendo Girona en Salamanca o Barcelona en Ciudad de México.
Porque esta pataleta anticatalana representada por “Esas latinas” no es un hecho aislado, se suma a otras expresiones procedentes de diversos colectivos y personas individuales que protestan de que Cataluña tenga lengua propia, que para acceder a determinados trabajos se pida catalán, o como dijo una enfermera que protagonizó hace un tiempo un video viral en que vomitaba su ira contra “el puto C1 de catalán”.
Entonces, ¿qué es lo que exige este colectivo? ¿Que deje de existir “el puto catalán”? ¿Que la población autóctona catalanoparlante se haga el harakiri o dimita del uso de su lengua propia y se arrodille ante la lengua superior del Imperio en donde no se ponía el sol, como tuvieron que hacer durante 300 años? ¿Que los catalanes sean “educados” o “limpios”, como decía la propaganda francesa en Perpiñán y renuncien al uso público del catalán y lo confinen al uso privado, solo entre ellos, cuando nadie los vea ni sienta, o solo al interior de sus casas, como mandaba Franco o como desea Vox?
Franco se regocija en su tumba. Hernán Cortés y Pedro de Valdivia bailan la Macarena, satisfechos de haber hecho tan bien su trabajo colonizador.
Esto es lo que ha puesto encima de la mesa este colectivo de mujeres feministas y de izquierdas que aseguran venir de “Abya Yala”, pero no hablan ni quechua ni aymara ni mapudungun, sino solo la lengua de los que colonizaron Abya Yala. Hoy ellas vienen a Cataluña a escupir sobre el idioma catalán y a alzar la voz en favor del español. Franco se regocija en su tumba. Hernán Cortés y Pedro de Valdivia bailan la Macarena, satisfechos de haber hecho tan bien su trabajo colonizador.
Pero hay más: Esta desafortunada obra comete otro error: mezclar de manera superficial y errónea dos problemáticas diferentes y complejas. Por un lado, la inmigración, tema con diversas implicaciones sociales, económicas, políticas y culturales de primera magnitud y que hoy está en la diana a nivel global por el ascenso de las extremas derechas. Y por otro lado, la situación de las lenguas minoritarias dentro del estado español, como el catalán, el gallego y el eusquera, que han sobrevivido a pesar de la persecución y los intentos de exterminio perpetrados por el Estado español, que ha utilizado la fuerza y la represión para imponer el castellano como lengua única en todo el territorio.
La mezcla sin más de estas dos realidades ha provocado en este caso un cóctel explosivo. “Esas latinas” demuestran una absoluta ignorancia o una total indiferencia respecto del hecho de que las lenguas minoritarias del estado español han gozado de reconocimiento y co-oficiliadad solo durante los cortos años de la Segunda República y el escaso medio siglo que llevamos de estado democrático. No sabemos si no les importa o si ignoran que, en el caso del catalán, hubo que esperar hasta mediados de los años ochenta del siglo pasado para que pudieran hacerse las clases en catalán y para que existiera un único canal de televisión público transmitiendo en esta lengua. O sea, que la fragilidad de estos idiomas es tal, que la presión de la oleada migratoria masiva que vivimos estas últimas décadas, sumada a la presión de los sectores herederos del franquismo, enemigos declarados de estas lenguas, pone en peligro real la continuidad y sobrevivencia de las lenguas minoritarias como lenguas vivas. Que es lo que ya se está viviendo. En Barcelona se ha impuesto el castellano de manera abrumadora y la población autóctona catalanoparlante se ve obligada cada día a cambiar de lengua porque nadie les entiende, todo el mundo les repite: háblame en español. Es una realidad innegable.
Por ello, resulta perturbador comprobar que, a través de esta obra, una parte de la comunidad latinoamericana en Cataluña, a la cual pertenezco, se ha alineado de lleno con el discurso anticatalán de los herederos del franquismo representados por PP y Vox. Es más perturbador aún que, en un momento álgido como el que vivimos, cuando la extrema derecha de Vox -tercera fuerza política en el Congreso de los Diputados de Madrid y en alza constante según declaran todas las encuestas políticas- defiende la deportación de España de ocho millones de personas migrantes a sus países de origen y alienta las “cacerías” y los auténticos ”progroms” contra personas migrantes, como los que se han visto durante estos días en el barrio de Torre Pacheco, en Murcia y cuando una parte de la población migrante es explotada por empresarios inescrupulosos en todos los ámbitos de la economía, trabajando no solo sin contrato laboral y sin condiciones mínimas de seguridad, sino que incluso, muchas veces, en condiciones de semiesclavitud, se pretenda poner en el mismo saco de la explotación, la discriminación y el abuso, la supuesta imposición racista de la lengua catalana. Están, con ello, banalizando el verdadero racismo. Están banalizando la explotación. Y cuando banalizamos, las palabras pierden su significado y se diluyen en la nada que nadea.

Esta polémica revela el estado de confusión del mundo actual, la falta de claridad en los actores sociales y cómo diferentes aspectos del discurso de la extrema derecha están calando en todos los sectores, incluso en aquellos que se consideran a sí mismos progresistas o de izquierdas. Porque no nos equivoquemos: Si la extrema derecha avanza en Europa no es porque las calles europeas se estén llenando, de la noche a la mañana, de nazis o de fascistas, sino porque personas comunes y corrientes, provenientes de todas las clases sociales y que, a priori, nada tienen que ver con las ideologías de Hitler, Mussolini o Franco, están haciendo suyos y adaptando a su propia realidad, postulados que de forma inequívoca pertenecen a estas formaciones extremistas. En el caso de este país, la catalonofobia existe desde hace siglos -los catalanes son los judíos de España, decía el poeta Quevedo, y ya sabemos cómo acabaron los judíos de España- y ha nutrido los esfuerzos sistemáticos realizados tanto por la dinastía de los Borbones como por los dictadores militares, para exterminar el idioma catalán e imponer por la fuerza la lengua de Castilla. Desde el fatídico Decreto de Nueva Planta, promulgado en 1714 sobre las ruinas humeantes de Barcelona y sobre la sangre de los miles de catalanes caídos en defensa de sus derechos y libertades, hasta la proscripción y prohibición del catalán que estuvo vigente hasta hace nada, mucha agua ha pasado bajo los puentes. Es muy fácil comprobar -lo he visto con mis ojos- cómo en amplios sectores sociales ha permeado la idea irracional sostenida por los herederos del franquismo, de que si los catalanes hablan catalán no es porque sea su lengua materna, sino solo para llevar la contraria, porque son supremacistas y se sienten superiores a los españoles. Sostienen la idea de que el catalán es una lengua inferior, molesta e innecesaria, y que en Cataluña basta con el castellano. Se ha llegado a la situación paradojal de que el verdugo se hace pasar por víctima, que pinte a ésta con ropaje de inquisidor y que, así, el idioma históricamente perseguido, prohibido y ninguneado -el catalán no es un idioma, sino un dialecto del español, te dicen- pasa a convertirse, en la mente afiebrada de algunos, en “instrumento de dominación y segregación”. En esta lógica, los catalanes son culpables de haber sobrevivido y haber llegado al siglo XXI manteniendo viva su lengua, y hay que ponerlos a raya otra vez.
Una situación surrealista como esta no se ve en ningún otro lugar de Europa. Los inmigrantes latinoamericanos, asiáticos y africanos aprenden con naturalidad el idioma de las tierras donde se instalan. Así, los chilenos en Suecia hablan sueco, los argentinos en París hablan francés, los turcos en Alemania aprenden alemán y los marroquíes en Italia hablan italiano. Es obvio y evidente. Es lo normal. Esto es lo mínimo a lo que está dispuesto una persona que migra, porque si tu prioridad es vivir en tu idioma materno, no te vayas de tu tierra natal. Es tan obvio que da hasta pena tener que escribirlo.
¿Se imaginan esta misma situación en otro contexto? Por ejemplo, que el Ayuntamiento de Madrid financiara la realización de una obra de teatro de una compañía formada por mujeres inmigrantes marroquíes, “Esas moras”, en la cual se denunciara que en las calles de Madrid y en el médico todo el mundo les hablara en español, que los informes médicos estuvieran en español y se negaran a explicárselos en árabe. ¿Verdad que una situación así sería imposible? Entonces, ¿porqué solo en Cataluña es posible que se produzca esta situación anómala e injusta, de que haya migrantes que abominen de la lengua autóctona de la tierra que les acoge y que más encima tengan el atrevimiento de acusarte de racista por tener una lengua propia? La respuesta es simple, Cataluña no tiene estado propio, es una provincia más dentro del estado español y a duras penas resiste la presión demoledora de la globalización: Unas 600 millones de personas hablan castellano en el mundo, y unas 300 millones de personas hablan francés.
En cambio, el catalán es un idioma que solo hablan unos nueve millones de personas, en una reducida porción de tierra. El idioma catalán es como una liebre sentada en la parte de atrás de un coche, en medio de un elefante español (o latinoamericano) y de un hipopótamo francés. ¿Podrá respirar y sobrevivir? Yo espero que sí. Por eso, la amarga e inaceptable queja de “Esas latinas” y la Compañía de Teatro Sin Papeles, no me representa. En absoluto.











