Seis balas –que hicieron 26 orificios en su cuerpo– me arrancaron una parte de mí, y el dolor es tan fuerte que abotaga. Mentira que las parimos completas. Algo de nuestras hijas permanece en nosotros, algo que sólo les entregamos al morir. Es la ley natural; las madres mueren antes que las hijas. México 2010. Diario de una madre mutilada, Ester Hernández Palacios
Ciudad de México, 13 de marzo (MaremotoM).- El deceso de Est(h)er Hernández Palacios[1] simboliza el cierre de un ciclo sin justicia. México 2010. Diario de una madre mutilada, Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor 2011 publicado por Ficticia en 2012, es un libro necesario y doloroso.
Desde el discurso testimonial, Est(h)ter retuvo la memoria del asesinato a sangre fría de su hija de 26 años, mientras intentaba escapar junto con su esposo de un secuestro en Xalapa. El evento violento no sólo implicó una fuerte llamada de atención en la escena nacional, en lo íntimo, en lo local, este doble asesinato ha quedado como una cicatriz hipertrófica. Y, hasta el día de hoy, no hay detenidos.
Sin lugar a dudas, esta tragedia escindió en un antes y un después la vida de Xalapa y sus habitantes.
En México 2010. Diario de una madre mutilada, los misterios ontológicos se entrelazan con las preguntas ¿cómo continuar?, ¿cómo vivir si me mutilaron al asesinar a mi hija? Hernández Palacios da lenguaje a la angustia al escribir un diario que a priori no fue concebido como obra literaria, sino como una herramienta, un espacio, casi un registro de emociones y vivencias que le permite, a quien lo escribe, recordarse a sí misma en duelo. El diario literario, entonces, es el desdoblamiento de la creación en tanto conciencia estética y también conciencia humana decidida a asir con el lenguaje las representaciones de la ausencia.
Para enfrentar el dolor, lo tuvo que escribir, pidió a una de sus amigas que le comprara un cuaderno de pasta dura y negra, hojas blancas. Ahí comenzó ese diario con la intención de no olvidar, de recordar cada momento inimaginable de dolor. Día con día, tras el cobarde asesinato de Irene y Fouad Hákim, una madre mutilada hiló con poesía su testimonio para compartirlo en forma de libro. Tras un breve exilio por el duelo y las amenazas a las que la familia quedó expuesta, decidió com partir su manuscrito en forma de libro.
La autora escribió: “Si existe un Dios, ¿en dónde estaba anoche entre las 10:30 y las 3:30 de la madrugada? ¿En el mismo lugar en el que se escondía mientras estallaban las bombas de Hiroshima y Nagasaki? ¿En el mismo lugar donde dormía mientras los nazis construían sus cámaras de gas?” (Hernández, 2012: 12).

Sabe, como el filósofo Adorno, que el mundo post-Auschwitz es un mundo sin Dios, necesitado y deformado; y que frente a esto, no hay manera de hacer filosofía ni literatura más que desde una perspectiva de la redención. El desencanto religioso acompaña el político; entonces, el desolador panorama hace volvernos al dolor de los otros que es el nuestro: “No creo en la justicia de mi estado, no creo en la justicia de mi país. En lo único que creo es en el poder sanador de las lágrimas. Que me dejen llorar con todas las madres que han perdido un hijo en esta absurda y maldita guerra: soy una más, que me dejen unir a los suyos mis lamentos. Tal vez así nos escuche la Tierra” (2012: 20).
Hernández Palacios lanza un reclamo legítimo tal y como el escritor japonés Kenzaburo Oé, quien falleció hoy 13 de marzo de 2023, lo hizo en su libro de crónica y testimonio Cuadernos de Hiroshima (1965).
Oé, en el prólogo de su obra, justifica el porqué de su necesidad, personal y ética: Tal vez no sea muy adecuado empezar a escribir un libro como éste y hacerlo hablando sobre una experiencia personal. No obstante, todos los ensayos que recogen estos cuadernos tienen una íntima conexión conmigo y con Ryôsuke Yasue, el editor con quien he trabajado en la realización de esta obra desde el principio hasta el final. Por eso empezaré por hablar de la situación en la que nos encontrábamos cuando en el verano de 1963 emprendimos nuestro primer viaje a Hiroshima. Mi primer hijo agonizaba sin esperanza en una incubadora. Ryôsuke acababa de perder a su hija mayor. Un amigo común, al que le atormentaba la idea del fin del mundo por culpa de las armas nucleares, se acababa de suicidar en París. Ryôsuke y yo estábamos profundamente abatidos. A pesar de todo, partimos en pleno verano hacia Hiroshima. Nunca había hecho un viaje tan extenuante, triste y cargado de prolongados silencios como aquél. (2011, p. 9)
México 2010. Diario de una madre mutilada y Cuadernos de Hiroshima, alejados en tiempos y contextos, tienen una misma raíz: el dolor de la pérdida, la recuperación de la memoria y la absoluta convicción de que nuestra humanidad se diluye si no creamos lazos de empatía y duelos compartidos.
Después de que a Ester Hernández Palacios Mirón le arrebataron violentamente a su hija, decidió eliminar la h de su nombre. El sábado 12 de marzo, al dejar este plano terrenal, en el abrazo de Irene, recuperó su nombre completo.
Hernández Palacios Mirón, Esther, México 2010. Diario de una madre mutilada, México, Ficticia, 2012.
Oé, Kenzaburo, Cuadernos de Hiroshima, Barcelona, Anagrama, 2011.
[1] María Esther Hernández Palacios Mirón es escritora, gestora y docente-investigadora del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias y de la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana. Entre sus libros están La poesía de Jaime Sabines (uv, 1984), Los espacios pródigos (uv, 1998), El crisol de las sorpresas (iil-l, UV, 1994), La Babilonia de hierro, crónicas neoyorkinas de José Juan Tablada (UV, 2000), los cuentos infantiles El cromosoma de Beatriz que, bajo el sello de la editorial SM, actualmente se distribuye en varios países de habla hispana y en Estados Unidos; Por qué no me gusta el pollo (cnca, 1994), Una vaca con suerte (Trillas, 1988), Domingo por la mañana (SM, 2009), entre otros.











