Emmanuel Carrére

EMMANUEL CARRÉRE: KOLKHOZE, EL RETRATO ÍNTIMO DE UNA MADRE Y UN SIGLO

Más que una biografía, Kolkhoze es un relato de cómo se hereda: lenguas, marcas, silencios y papeles. Carrère decide no incluir árbol genealógico ni fotos (“solo quiero frases”), pero sí una tabla de contenidos extensa, mapa secreto de una lectura que quiere ser panorámica y precisa a la vez.

Ciudad de México, 3 de octubre (MaremotoM).- Emmanuel Carrère (1957) regresa a su zona más arriesgada y luminosa: el territorio donde el “yo” investiga, interroga y monta, con obsesiva honestidad, la vida de los otros y la propia.

Su nueva novela, Kolkhoze, que llegó a las librerías de Francia el 28 de agosto, reconstruye la figura de Hélène Carrère d’Encausse —historiadora, eurodiputada, primera mujer al frente de la Academia Francesa, fallecida en 2023— y, a través de ella, un siglo de desplazamientos, guerras y filiaciones.

Emmanuel Carrére
En español vendrá en 2026. Foto: Cortesía

La edición en español no tiene fecha confirmada; no figura en el plan de novedades de Anagrama para 2025, por lo que lo razonable es pensar en el primer semestre de 2026.

La relación entre Carrère y su madre, hecha de lealtades y heridas (basta recordar Una novela rusa), encuentra en Kolkhoze su ajuste de cuentas más sereno.

Emmanuel Carrére
Kolkhoze es también una poética de trabajo. Foto: Cortesía

El punto de partida es la muerte de Hélène: velorios, homenaje nacional, los últimos diálogos. Carrère tomó notas desde el primer día. Lejos de lo escabroso, reivindica ese gesto como un deber filial: contar una muerte “bella, estoica, que coronaba su vida”.

A ese diario de la agonía se sumó un hallazgo novelesco: los legajos genealógicos que su padre —meticuloso, siempre en la sombra— dejó organizados con monografías, fotografías y leyendas. “Para contar la historia de mi familia, tenía un material que me habría tomado años reunir”, confiesa. El resultado es un libro en el que la madre protagoniza, pero el padre coescribe en fantasma.

Kolkhoze es también una poética de trabajo. El autor dispone sus materiales como en una mesa de edición: cuadernos del duelo, archivos familiares, recuerdos de infancia y los reportajes que hizo para la prensa en Georgia, Rusia y Ucrania al inicio de la guerra. Con todo ello construye una doble cronología: la de la escritura (los últimos tres años) y la de cuatro generaciones (de 1920 a 2025).

Vuelve, además, la arquitectura formal que Carrère perfeccionó en Yoga: minicapítulos compactos con títulos, a veces de tres líneas, a veces de cinco páginas, “como los planos de una película” —entre 220 y 230, calcula—, que facilitan el montaje y acumulan sentido. Su ambición declarada es plena claridad sin notas al pie: “Quiero que el lector no tenga que ir a Wikipedia; que todo lo necesario esté en el libro”. Lo llama, sin pudor, su orgullo pedagógico.

El libro mira hacia arriba y hacia atrás. A la “dimensión vertical” de la vida —padres, hijos, abuelos— y a la historia larga del siglo XX. En esa exploración hay un desplazamiento íntimo: el autor se aleja del hechizo ruso que compartió con su madre. La invasión de Ucrania y el auge del eslavofilismo conservador bajo Putin endurecen su juicio: “En Rusia, lo patético prima sobre la verdad”, cita de un eslavista que adopta como diagnóstico.

En paralelo, Carrère descubre Georgia, tierra de su rama materna, a la que llegó tarde (“esperé a los 64 años”). La describe con cariño y preocupación: un país “amable” pero cercado por la influencia rusa y por un gobierno prorruso que “rusifica desde dentro”.

El título sale de un juego de infancia. Hélène permitía a sus hijos “hacer koljoz”: vaciar la habitación, apilar mantas y cojines hasta convertirla en un desorden feliz. El gesto doméstico dialoga con el sentido histórico del término (las granjas colectivas soviéticas) y resume el libro: convocar a los suyos, amontonarlos en el centro del relato y ordenar, con paciencia, ese caos de recuerdos.

Retrato sin sentimentalismo

Carrère reivindica el retrato como forma (en su volumen de “Quarto” ya había reflexionado sobre ello con Limonov, El adversario, El Reino). Aquí vuelve a la pregunta incómoda: ¿qué contrato une al retratista y su modelo? En vida, Hélène le había reprochado exponer la figura del abuelo georgiano en Una novela rusa; luego admitió que el libro “estaba bien”. En Kolkhoze, el hijo pierde toda culpa: “No siento que los haya traicionado. Creo haberlos mostrado tal como fueron”.

Más que una biografía, Kolkhoze es un relato de cómo se hereda: lenguas, marcas, silencios y papeles. Carrère decide no incluir árbol genealógico ni fotos (“solo quiero frases”), pero sí una tabla de contenidos extensa, mapa secreto de una lectura que quiere ser panorámica y precisa a la vez.

 

 

 

 

 

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