Antonio Muñoz Molina

EL VERANO ETERNO DE CERVANTES: ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo (su esposa y colega) conversan sobre lengua, memoria y literatura, a propósito del nuevo libro del autor: El verano de Cervantes (Seix Barral).

Madrid, España, 4 de agosto (MaremotoM):- Madrid, Espacio Fundación Telefónica. El rumor de los libros que atraviesan décadas. Una pareja de escritores, un amor compartido por la lengua y la memoria. Una obra que no es solo un ensayo sobre Cervantes, sino un testimonio de vida. Así transcurrió la presentación de El verano de Cervantes (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, en conversación con su esposa y colega Elvira Lindo. Lo que parecía una charla literaria se convirtió, en cuestión de minutos, en un homenaje a las palabras que fundan la identidad.

“Muchas de las palabras del vocabulario de Antonio no son palabras cultas”, dijo Elvira. “Son palabras que están tomadas de su niñez y que él ha convertido en literatura. Como decía Frank McCourt (autor irlandés, entre otras de Las cenizas de Ángela): las ha vuelto diamantes”.

La voz de Lindo —cálida, firme, evocadora— fue el inicio de un viaje por los orígenes de una lengua vivida desde la tierra: desde la raíz hortelana de un escritor que nunca se ha separado del campo que lo nombró. “Está a punto de perderse”, advirtió, “porque hay menos hortelanos y menos escritores hijos de hortelanos”.

Muñoz Molina, con esa voz suave que parece acompañar más que imponerse, tomó la palabra. “Yo leía lo que caía en mis manos. Era un lector salvaje. Nadie me decía lo que tenía que leer. Leía novelitas del oeste y un día encontré ese libro que había en casa. No sabía que era El Quijote. No sabía que era una obra maestra”.

Antonio Muñoz Molina
Antonio Muñoz Molina y El vira lindo, 30 años de matrimonio y de amor por la literatura. Foto: Cortesía

El niño Antonio leyó a Cervantes como quien se encuentra con un espejo. No con la solemnidad que acompaña hoy a los clásicos, sino con la naturalidad de quien reconoce en sus páginas el mundo que conoce. “Veía a Sancho Panza y pensaba en alguien de mi familia”, recordó. “Cuando Cervantes dice que Sancho iba montado como un patriarca, yo pensaba en mi abuelo, que era un hombre grande y montaba una burra pequeña. Lo veía entrar en casa, borracho de fiesta, sin bajarse de la burra, como si fuera lo más normal”.

Durante la charla, Antonio rememoró las palabras de Cervantes como si fueran sonidos familiares: jáquima, albarda, cincha, ato. Palabras del trabajo rural, del mundo de las bestias y los aperos, que él escuchó desde niño. “Ese era el mundo real para mí”, dijo. “No era una ficción literaria. Era la vida misma”.

Y allí estaba también el humor. La escena en la que Sancho le traba las patas a Rocinante para impedir que Don Quijote se lance a una aventura nocturna —la de los batanes— no era una fantasía. Era una astucia campesina. Una picardía que él mismo había visto mil veces en Úbeda, entre olivos y patios polvorientos.

Antonio Muñoz Molina
Editó Seix Barral. Foto: Cortesía

En otro momento de la presentación, Elvira compartió una anécdota íntima: una noche en Nueva York, cenando con el escritor Norman Manea. Él hablaba de la frustración de vivir exiliado en Estados Unidos, de no poder escribir en inglés. Su patria, decía, era el rumano. “No puedo leer a Antonio en español”, confesó Manea.

Elvira, sin dudar, respondió: “Te voy a decir cómo es la prosa de Antonio en español. Es clara, limpia, inteligible, minuciosa. Está llena de palabras que están a punto de desaparecer, porque vienen de una España que ya no existe, pero él las ha convertido en literatura”.

Y en medio de ese elogio honesto, sencillo y desbordado de amor, Manea replicó: “Nunca he oído a una mujer hablar tan bien de la prosa de su marido”.

Antonio Muñoz Molina
“Nunca he oído a una mujer hablar tan bien de la prosa de su marido”, dijo Manea. Foto: Cortesía

La conversación avanzó entre recuerdos, libros, cuadernos y casas. El verano de Cervantes no solo es un homenaje a Cervantes, sino una autobiografía enmascarada, un cuaderno de vida y lectura. Durante 15 años, Antonio fue escribiendo notas a mano, cuadernos que fueron acompañándolo en sus mudanzas, en sus veranos, en los patios que comparten con Elvira.

“Siempre volvía a Cervantes en verano”, dijo ella. “Era como un ritual. A veces pensaba: ¿querrá que este libro no termine nunca?”

Y es que el Quijote, para Muñoz Molina, es mucho más que una obra literaria. Es una voz humana. “Es raro encontrar eso en los clásicos”, explicó. “Pero en Cervantes hay una voz viva. Un hombre que dice: leo hasta los papeles rotos de la calle. Y uno lo cree”.

La conversación concluyó entre risas y ternura, pero también con una advertencia suave: el mundo del campo que nutre el vocabulario de Muñoz Molina desaparece. Las palabras de Cervantes, las de su abuelo, las de su infancia, corren el riesgo de olvidarse si nadie las nombra, pero mientras haya libros como El verano de Cervantes, seguirán vivas. En las bibliotecas. En los veranos. En los patios de tierra y las albardas de los burros que ya nadie monta.

Comments are closed.