“El retorno” es quizá el cuento mejor logrado de Bolaño, en tanto el artificio narrativo, su mecanismo interno, su mampostería, están mejor ejecutados. Su comienzo es, además, un microcuento perfecto en todos sentidos: Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo parecido) después de la vida. La mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo.
Ciudad de México, 26 de febrero (MaremotoM).- En el fondo “El retorno” es la historia de un secuestro. La historia de los muertos que no tienen descanso. De los muertos que no tienen historia y de las historias que no tienen importancia. La historia de las preocupaciones por las cosas más absurdas.
Un día alguien muere en medio de una discoteca y eso no tiene importancia. Cecile Lamballe elige mejor partir. Seguro tiene algo mejor que hacer esa noche que acompañar un cuerpo estúpidamente muerto a la morgue. Lo demás será trámite. La burocracia de la muerte además de ser una monserga, es aburrida y es patética. A quién le puede importar un muerto en una sociedad que se ha convertido en una fosa común. En una necrópolis abandonada. En un basurero.
Bolaño escribe con “El retorno” la historia de las alienaciones. Este personaje que puede ser cualquiera de nosotros se muere y ni siquiera después de muerto puede dejar de preocuparse por las cosas que tiene que hacer.
Pienso en K. por supuesto. K. hizo de la imposibilidad su terreno y su degradación. En La Metamorfosis, Gregorio Samsa una mañana se descubre convertido en un monstruoso insecto y sin embargo lo que más le preocupa es que no llegará a tiempo a trabajar.
En El Proceso, Joseph K. (que ha perdido su apellido y por tanto su filiación, su sentido de pertenencia) se enfrenta a un sistema en el cuál él no es más que un número, un expediente, un archivo, un turno en una fila interminable que nunca le permitirá acceder a la justicia. Siempre la ventanilla siguiente. La otra. La otra.
En El Castillo, K. (que ya a estas alturas ha perdido hasta el nombre y con él el derecho a la identidad: el Yo desprovisto de toda característica. El Hombre sin atributos de Musil) se da cuenta que para él la idea de destino no es más que una pulsión irreprimible, irreflexiva e imposible. Todo esto es el Yo de “El retorno”.
Un hombre que como K. no puede ser lo que él cree que merece ser. Sí, estudió Administración, pero él siempre tuvo su interés en la cultura, nada le impidió leer de tanto en tanto una buena novela, pero no pudo llegar a ser.
El Yo de “El retorno”, como Joseph K. está impedido de acceder a la justicia por todo lo que le pasa después de muerto. Si “Casa tomada“, de Julio Cortázar puede leerse como la expulsión de los argentinos durante el peronismo ¿”El retorno” no puede ser la crítica de todo lo que les pasó a los desaparecidos durante la dictadura de Pinochet en Chile? El Yo de “El retorno”, como Gregorio, está alienado hasta la médula.
“El retorno” es un cuento fantástico, sí, pero uno que bien pudo haber escrito Bret Easton Ellis. Los objetos importan porque proveen algo más que identidad: proveen estatus. No en balde se mortifica al no poder describir con claridad y con exactitud los muebles de la habitación.

Pienso en Bret Easton Ellis y pienso por supuesto en American Psycho. El desfile de objetos, las largas, a veces inacabables, enumeraciones de productos, no es gratuita. Nos dice mucho de la sociedad que habitan: del lugar al que pertenecen. Tampoco es gratuito que nuestro necrófilo sea un diseñador de haute couture. La punta más alta de la pirámide de las vanidades.
Aquí lo más importante, acaso lo más desconcertante, es que Bolaño se esmera, en verdad se esmera en presentarnos a Jean-Claude Villeneuve como un ser tímido hasta la ignominia. Quiere que tengamos simpatía por él. Quiere que sintamos lástima, porque Jean-Claude Villeneuve no quiere hacerle daño a nadie, por eso prefiere descargar sus deseos en los muertos.
Villeneuve como encarnación del éxito social; de un éxito social que exige como pago la soledad, el aislamiento, la desconexión. Cuida su imagen, más allá de las fotos en las revistas de moda, que son una parte muy cuidada de su trabajo, no se deja retratar en sus formas más íntimas.
Este es el mundo que anunciaba o denunciaba Gilles Lipovetsky: la posmodernidad más descarnada. Hedonismo. Cultura de Masas. Consumo. Hiper Consumo. El Yo por encima del Tú y sobre todo, por encima de la Colectividad.
Roberto Bolaño sabe mirar la oscuridad y lo hace con una mirada sostenida, con un humor que más que negro, resulta ácido: es corrosivo. Es un humor latinoamericano. Si en México tenemos el mal hábito de convertir en Mito lo que no ha sido Historia, tenemos la buena costumbre de hacer un Chiste de lo que a todas luces es una Tragedia. Pero tampoco teme al lugar común. Eso hace notable la narrativa de Roberto Bolaño. Él cuenta con los recursos que la trama requiere, no importa si eso implica citar una película de mal gusto, producto de la industrialización del arte.
A través de esa construcción nos preguntamos si este cuerpo que vemos en una plancha de la morgue “un poco más gordo de lo que esperaba”es un hombre. Pero la pregunta no va en el sentido en que la hace Primo Levi, sino en el sentido que la hace Chuck Palahniuk en Fight Club.
“El retorno” es quizá el cuento mejor logrado de Bolaño, en tanto el artificio narrativo, su mecanismo interno, su mampostería, están mejor ejecutados. Su comienzo es, además, un microcuento perfecto en todos sentidos: Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo parecido) después de la vida. La mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo.











