El hilo conductor de la charla fue una idea que Villoro pone en presente: la literatura se decide en la lectura. “El sentido profundo de una obra no es la escritura, sino la lectura”, citó y desplegó. Por eso podemos leer a Zenón de Elea con ojos kafkianos; por eso Pierre Menard, autor del Quijote, transforma lo idéntico en otro por puro cambio de contexto.
Ciudad de México, 22 de agosto (MaremotoM).- La última sesión del ciclo El desafío del otro en El Colegio Nacional tuvo el espíritu de una despedida y el pulso de un work in progress.
Juan Villoro, dueño de una dicción que convierte la crítica literaria en relato, prometió que habrá continuación “el año que entra”; por ahora, sin embargo, decidió cerrar con un clásico al que conoce como lector, narrador y cómplice: Jorge Luis Borges.
El auditorio —y la audiencia en streaming— asistió a una clase que fue mitad mapa y mitad espejo: cómo pensar al otro desde un autor que, paradójicamente, fue considerado conservador y cuya obra abraza culturas, traducciones y desvíos.
“Borges no necesita mayores presentaciones”, dijo Villoro, “pero hablar de él implica establecer contextos”. Procedió a hacer lo que mejor sabe: enhebrar anécdotas, escenas y conceptos hasta armar una brújula para leer hoy a un escritor del siglo XX.
Borges inconveniente, Borges austero
Villoro partió del Borges incómodo para el progresismo que recordaba Ricardo Piglia: el de declaraciones extravagantes, el del doctorado en Chile en tiempos de Pinochet; un conservador sin boato, sin alianzas con el dinero, que vivía “en un departamento realmente modesto”. La viñeta con Vargas Llosa (“ese peruano parecía agente inmobiliario”) arrancó risas y, más que eso, fijó el tono: humor como ética. Allí entró el otro Borges, el estoico de la ceguera (“Dios, con su magnífica ironía, me ha dado los libros y la noche”), el caminante de Buenos Aires que convirtió la pérdida de la vista en arte de la memoria y del decir.

El hilo conductor de la charla fue una idea que Villoro pone en presente: la literatura se decide en la lectura. “El sentido profundo de una obra no es la escritura, sino la lectura”, citó y desplegó. Por eso podemos leer a Zenón de Elea con ojos kafkianos; por eso Pierre Menard, autor del Quijote, transforma lo idéntico en otro por puro cambio de contexto.
Ese mismo gesto rige su teoría de la traducción: la literalidad como “superstición teológica”, la licencia para mejorar al traducir (el ejemplo delicioso: rebautizar “La tortura de la esperanza” de Villiers de L’Isle-Adam como “La esperanza” para no arruinar el final). Irreverencia no como capricho, sino como método crítico.
Con la finura de Piglia, Villoro resumió el doble linaje que tensó la prosa de Borges: del lado paterno, la biblioteca; del materno, el coraje campesino, la violencia de cuchilleros y compadritos. De ahí dos Borges que se intersecionan: el vernáculo de Hombre de la esquina rosada y El Sur (el bibliotecario Dalman que “toma el cuchillo que no sabrá manejar”) y el cosmopolita que conversa con la literatura anglosajona, escandinava o árabe. Beatriz Sarlo lo llamó “una modernidad en las orillas”: modernidad sí, pero nacida en arrabales, fundada en mezcla.
En El escritor argentino y la tradición (1951), recordó Villoro, Borges formula una tesis luminosamente útil en 2025: la tradición nacional es el arte de usar la cultura extranjera. Argentina desciende “de los barcos” y su canon se vuelve, por necesidad, híbrido. Las influencias judía e irlandesa —pueblos desplazados— le sirven para pensar Buenos Aires como ciudad soñada: ya no color local sino laberinto moderno. La ficción organiza así la verdad de la mezcla.
El Aleph: local sin fronteras
Para desmontar nostalgias provincianas, Villoro volvió al tour de force de El Aleph: el universo cabe en un sótano de la calle Garay. La enumeración heteróclita (“vi la plateada telaraña… vi un poniente en Querétaro… vi la circulación de mi oscura sangre…”) conjuga íntimo y total, barrio y cosmos. Moral borgeana según Villoro: ser locales sin fronteras; “los sudamericanos podemos manejar todos los temas europeos… con irreverencia”.
Éticas de la otredad: guardar, traducir, no usurpar
El tramo más poderoso de la sesión hiló cuentos como laboratorios del otro:
“El etnógrafo”: Fred Murdoch aprende el secreto de una comunidad indígena y decide no escribirlo. No por incapacidad, sino por respeto: “si lo digo, deja de ser secreto”. Villoro subrayó ahí una crítica del progreso: conocer no es apropiarse y el bibliotecario (como Borges) custodia sin intervenir.
“La escritura del dios”: un sacerdote nahua descifra, en las manchas de un jaguar, la frase que vuelve omnipotente. Elige callar para que la cultura sobreviva como enigma. Conocimiento como elección ética del silencio.
“Historia del guerrero y la cautiva”: el bárbaro Dróctulf se convierte a Ravenna ante la inteligencia visible de la ciudad; la inglesa rubia elige quedarse entre los indígenas. Dos conversiones cruzadas: la civilización como hechizo, la barbarie como lealtad. Entender a medias es ya una forma de entender, dijo Villoro: el otro nos excede y aun así nos transforma.
“El informe de Brodie”: un misionero escocés describe a los yahús como “quizá el pueblo más bárbaro del orbe”, pero los redime por su lengua, su poesía y la fe en el alma. Incluso el prejuicioso aprende a reconocer aquello que nos emparienta: instituciones, símbolos, canto. El otro como semejante diferido.
“Los teólogos”: ortodoxo y hereje, acusador y víctima, resultan una misma persona en la mirada de Dios. La identidad de contrarios como ironía final de la disputa.
“La memoria de Shakespeare” (último cuento): la tentación de ser el otro se vuelve inútil. Heredar recuerdos no convierte a nadie en Shakespeare; no se puede usurpar una circunstancia. Lección para la época: no “dar voz” a los otros, sino escuchar, traducir, hospedar su diferencia.
México en el espejo
En la ronda final, Villoro cruzó la tesis borgeana con polémicas locales: los Contemporáneos acusados de afrancesados, el nacionalismo postrevolucionario, la vieja consigna de “celebrar lo nuestro” frente a lo foráneo. La respuesta —borgiana— fue clínica: la originalidad es cuestión de estómago (Valéry). Se trata de digerir lo ajeno para decir lo propio. Como Darío desde León, como Rulfo leyendo a los escandinavos, como Mariana Enriquez que creció con Borges y monta su gótico rioplatense sin pedir permiso.
Villoro cerró como empezó: con una invitación a la irreverencia responsable. El conocimiento, dijo, funciona como un laberinto: primero extravía, luego ordena. La obra de Borges —sus bibliotecas, sus cuchillos, sus espejos— sigue siendo una guía para caminarlo con otros. No para hablar en su lugar, sino para dejar que hablen y aceptar que, al escucharlos, cambiamos de bando: ya no del lado de la identidad rígida, sino de la mezcla.
Salimos a la tarde capitalina con la sensación de haber visto, por un instante, nuestro propio Aleph: una esfera mínima —un salón, una voz— donde cupieron Buenos Aires y Querétaro, Ravenna y Fraiventos, Sarlo y Piglia, el Quijote y Menard, el humor como filosofía y la ética como estilo. Borges volvió a dictarlo; Villoro, a contarlo. Y nosotros, a leerlo: que es donde de veras empieza la literatura.











