En la provincia de Buenos Aires, la ciudadanía empieza a dar señales de un cansancio profundo ante la estafa política de la ultraderecha. Lo que se abre no es un simple péndulo electoral, sino la posibilidad de un nuevo horizonte donde la esperanza, más que el miedo, vuelva a marcar el rumbo.
Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- La derecha mundial se interroga con frecuencia sobre el fenómeno del peronismo. Una fuerza política que no encaja del todo en las coordenadas tradicionales de izquierda o derecha, pero que ha sabido construir un espacio propio privilegiando —con todas sus contradicciones— la inclusión de los sectores vulnerables.
Esa es precisamente la grieta ideológica que los nuevos populismos de corte ultraliberal, como el que encarna Javier Milei, no han podido cerrar.
El ascenso de líderes como Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil o el propio Milei en Argentina parecía anunciar un giro duradero hacia la ultraderecha. Sin embargo, sus gobiernos y propuestas han expuesto con crudeza un modelo que se sostiene en la confrontación y el vaciamiento del Estado, pero que no logra dar respuestas reales a las mayorías.
La receta es conocida: desregulación, privatización, ajuste y una narrativa que presenta a los sectores populares como una carga y no como ciudadanos con derechos. El problema es que, tarde o temprano, las sociedades perciben la asimetría: lo que quitan estos gobiernos es mucho más de lo que dan.
En Argentina, el experimento libertario de Milei parecía destinado a arrasar con “la casta” y refundar el país. En lugar de ello, su administración ha mostrado improvisación, discursos vacíos y medidas que golpean con especial dureza a la clase media y a los sectores populares.
Las privatizaciones sin rumbo, la pérdida de poder adquisitivo y la crisis social han debilitado rápidamente la legitimidad del gobierno. El resultado es claro: en la Ciudad de Buenos Aires, el oficialismo ha perdido por casi 15 puntos, un dato simbólico pero contundente, que muestra cómo incluso en los centros urbanos la esperanza se desplaza hacia alternativas menos corrosivas.
El peronismo, con todas sus mutaciones y disputas internas, mantiene un rasgo identitario que explica su permanencia: la promesa de redistribución y protección social. Frente a los programas ultraliberales que entienden el Estado como un estorbo, el movimiento fundado por Juan Domingo Perón se presenta como un refugio, imperfecto pero real, para los sectores que quedan al margen.
Este contraste explica por qué, incluso en momentos de crisis, el peronismo logra mantener viva la esperanza en amplios sectores de la población, mientras que Milei y sus aliados enfrentan un rápido desgaste.
Las derechas radicales en el mundo atraviesan un punto de inflexión. La apuesta por líderes carismáticos, pero incapaces, ha resultado funcional a los intereses del Fondo Monetario Internacional y de sectores financieros globales, pero no ha generado bienestar ni estabilidad en los países gobernados bajo su sello.
El derrumbe de Milei en Argentina no es un hecho aislado: forma parte de una tendencia donde las promesas de “libertad” y “anticasta” se diluyen en ajustes brutales y gobiernos plagados de corrupción e ineptitud.
En la provincia de Buenos Aires, la ciudadanía empieza a dar señales de un cansancio profundo ante la estafa política de la ultraderecha. Lo que se abre no es un simple péndulo electoral, sino la posibilidad de un nuevo horizonte donde la esperanza, más que el miedo, vuelva a marcar el rumbo.











