Borges y Cioran

EL INMÓVIL AVENTURERO Y EL SEDENTARIO SIN PATRIA: BORGES Y CIORÁN

En el ajedrez silencioso de la metafísica, Borges y Cioran jugaron la misma partida, cada uno desde su celda, saludándose con una sonrisa melancólica a través de los espejos.

Guadalajara, 6 de diciembre (MaremotoM).-La historia de la literatura y el pensamiento del siglo XX está salpicada de encuentros improbables, pero pocos tan fascinantes en su contraste y afinidad como el que se dio entre el argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) y el rumano-francés Emil M. Cioran (1911-1995).

Dos gigantes de la melancolía metafísica; el primero un bibliotecario ciego que convirtió el laberinto y la irrealidad en su patria y el segundo, un aforista vagabundo que hizo del pesimismo y el inconveniente de la existencia su única morada. Su relación, aunque no se caracterizó por la frecuencia, fue de una mutua y profunda admiración, revelando afinidades que trascienden la geografía y el estilo.

Todo mi Cioran
Emile Cioran, uno de los pensadores fundamentales del siglo XX. Foto: Cortesía

El encuentro personal entre Borges y Cioran se gestó gracias a un amigo común, el poeta y pintor belga Henri Michaux, a quien Borges había traducido. La ocasión fue memorable. En 1977, Borges recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad de la Sorbona y Cioran asistió al evento en compañía de Michaux.

La escritora rumana-argentina Alina Diaconú, en su columna “Cioran y Borges”, cita las impresiones de Cioran tras el encuentro, basándose en el prólogo de María Kodama a su libro Querido Cioran – crónica de una amistad. Cioran, conocido por su misantropía, confesó su sorpresa: “Yo no lo imaginaba así… Borges es un hombre divertido y humilde, que no se toma en serio. Yo creo que no tiene conciencia de la influencia de su obra en toda la literatura contemporánea, y menos de la revolución que su manera de escribir significó en la lengua española”.

Este asombro de Cioran por el carácter afable y el humor de Borges es revelador. El pensador rumano esperaba quizás un erudito sombrío a la altura de sus propios fantasmas y en su lugar encontró a un hombre que, a pesar de sus vastos temas literarios, mantenía una ligereza y una humildad envidiables. Esta ligereza borgiana se convertiría en un punto de admiración crucial.

Jorge Luis Borges y su gato acróbata. Foto: Cortesía

A pesar de sus diferencias de estilo —Borges, el narrador y poeta que juega con la metafísica; Cioran, el aforista de la desesperación—, sus afinidades son el cimiento de su respeto mutuo. Ambos autores compartían un profundo escepticismo sobre la posibilidad de sistemas filosóficos cerrados o de verdades definitivas.

Borges utiliza los géneros fantásticos (el cuento, el ensayo apócrifo) para poner en duda la realidad y el tiempo. Cioran, con su aforismo, dinamita cualquier intento de sentido o trascendencia. Cioran llegó a ver a Borges como “el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas” y “uno de los espíritus menos graves que han existido, el último delicado”.

Aunque el humor de Cioran es más negro y se camufla en el sarcasmo, y el de Borges es más intelectual y juguetón, la ironía es su herramienta común para abordar los temas más graves: la muerte, la infinitud, el destino. En sus encuentros, se dice que discutían con placer sobre autores amados y odiados, siendo, dice Kodama, un “experiencia inolvidable escuchar las opiniones de ellos sobre distintos autores”.

Cioran, el exiliado que abandonó su lengua materna para escribir en francés, era un sedentario sin patria intelectual, un vagabundo parisino. Borges, el ciego que viajaba por el mundo sin verlo, era un aventurero inmóvil, cuya geografía estaba compuesta por libros y sueños. Cioran capturó esta paradoja de Borges con una frase magistral en su colaboración para un libro de homenaje: “Borges encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado”, dice Cioran. Para el filósofo rumano, esta capacidad de Borges para navegar las civilizaciones y las literaturas sin pertenecer del todo, era la marca de un “espécimen de humanidad en vías de desaparición”.

Un aspecto intrigante de esta relación es la evolución de la opinión de Cioran sobre Borges. En una anotación temprana, quizás marcada por su propia severidad, Cioran había sido demoledor en su Cuaderno de Talamanca (escrito en 1977, el mismo año de su encuentro):

“Borges, un creador, un Paulhan con éxito. Todos sus puntos de partida son literarios; peor, librescos. Fue hecho para tener éxito en Francia, en donde se ama sobre todo lo procesado, el truco, lo falso. Borges o la astucia universal”.

Esta crítica inicial parece apuntar al aspecto más cerebral y libresco de Borges, viéndolo como un artificio. Sin embargo, la carta posterior a Fernando Savater, donde lo elogia como un espíritu “menos grave” y “el último delicado”, y su colaboración para el homenaje donde lo describe como el “aventurero inmóvil”, sugieren una revalorización radical tras el conocimiento personal y una mayor asimilación de su obra. El pesimista radical reconoció en el escritor argentino una forma de sabiduría superior: la capacidad de abordar la nada con gracia.

La amistad entre Borges y Cioran no se midió en años de correspondencia o cercanía física, sino en la profundidad del reconocimiento intelectual. El argentino admiraba la precisión de la prosa y el pensamiento del rumano, mientras que este último alababa la forma en que Borges podía hablar “con igual sutileza del Eterno Retorno y del tango”. Esta última frase encapsula la lección que Cioran extrajo de Borges: la capacidad de mezclar lo sublime con lo trivial, el laberinto metafísico con la milonga porteña, es la señal de un verdadero espíritu libre.

Ambos autores, a su manera, ofrecieron una literatura de la crisis, donde la reflexión sobre la finitud y el absurdo se convierte en la única forma posible de lucidez. Borges, al soñar un universo contenido en un ínfimo Aleph, y Cioran, al destilar la desesperación en aforismos perfectos, nos enseñaron que el mayor heroísmo está en la inmovilidad y la contemplación lúcida del vacío.

En el panteón de las letras, su encuentro representa el diálogo entre dos cimas del escepticismo. Su afinidad demuestra que la amistad literaria puede prescindir de la frecuencia si está sustentada en una visión compartida del universo: un lugar fascinante y terrible, que solo merece ser abordado con una mezcla de erudición, escepticismo y, sobre todo, una gran dosis de humor irónico. En el ajedrez silencioso de la metafísica, Borges y Cioran jugaron la misma partida, cada uno desde su celda, saludándose con una sonrisa melancólica a través de los espejos.