El plan reconoce a Jerusalén como capital indivisible de Israel, legaliza los asentamientos en Cisjordania, niega el derecho al retorno de los refugiados palestinos y ofrece una entidad administrativa palestina sin soberanía real, sin control de fronteras ni espacio aéreo. En la práctica, se blinda el statu quo y se presenta como concesión generosa lo que en realidad son recortes a derechos ya reconocidos por el derecho internacional.
Ciudad de México, 29 de septiembre (MaremotoM).- El acuerdo de paz presentado por Donald Trump y Benjamin Netanyahu fue anunciado con pompa mediática como una solución histórica al conflicto israelí-palestino. Sin embargo, la mayor parte de la comunidad internacional lo ha recibido como una imposición unilateral. Para críticos y activistas, no se trata de paz, sino de la normalización de la ocupación y la consolidación de un sistema de desigualdad.

El plan reconoce a Jerusalén como capital indivisible de Israel, legaliza los asentamientos en Cisjordania, niega el derecho al retorno de los refugiados palestinos y ofrece una entidad administrativa palestina sin soberanía real, sin control de fronteras ni espacio aéreo. En la práctica, se blinda el statu quo y se presenta como concesión generosa lo que en realidad son recortes a derechos ya reconocidos por el derecho internacional.

Las reacciones no se hicieron esperar. Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, lo calificó como “una bofetada a la historia y al derecho internacional”. Desde Gaza, líderes de la sociedad civil lo tildaron de “pacto colonial” que pretende legalizar la ocupación.
Incluso dentro de Israel surgieron voces de rechazo. La periodista Amira Hass advirtió: “Lo que llaman paz es la calma tras la demolición de una casa. No buscan convivencia, buscan sometimiento”. Por su parte, el analista político Gideon Levy declaró: “Este no es un plan de paz, es un certificado de defunción para el sueño de dos Estados. Es la paz de los cementerios”.

Organizaciones internacionales como Human Rights Watch y Amnistía Internacional también se pronunciaron. “Este acuerdo institucionaliza un régimen de apartheid”, señaló HRW en un comunicado. Amnistía agregó que el plan “ignora de manera deliberada el sufrimiento palestino y consolida décadas de violaciones de derechos humanos”.
Desde Estados Unidos, la congresista Ilhan Omar advirtió: “Se presenta como solución lo que es, en realidad, una entrega total a la narrativa israelí. Ningún pueblo aceptaría que lo despojen de su tierra y lo llamen paz”.
El contraste con otros procesos de paz resulta evidente. El Acuerdo de Oslo (1993), aunque fallido, reconocía la existencia de dos pueblos con derecho a negociar. El Acuerdo de Camp David (1978) permitió, con mediación internacional, una salida entre Egipto e Israel que incluyó devolución de territorios. En cambio, el plan de Trump y Netanyahu se asemeja más a los modelos de apartheid sudafricano, donde se otorgaban “bantustanes” o territorios fragmentados y sin soberanía, disfrazados de autonomía.

Lo que se ofrece, insisten los críticos, es un espejismo. El escritor palestino Raja Shehadeh lo resumió así: “Es un plan que pide a los palestinos rendirse y aceptar una vida en jaulas. No es paz, es capitulación”.
La Unión Europea también expresó reservas. Josep Borrell, alto representante de Política Exterior, declaró: “Cualquier acuerdo debe basarse en las fronteras de 1967 y el respeto a las resoluciones de la ONU. Lo presentado no cumple esas condiciones”.
La paz de los cementerios
La mayor crítica es que este plan busca imponer silencio donde hay resistencia. Como dijo la activista israelí Yael Stein: “Lo llaman paz, pero en realidad es un alto al ruido de las bombas para que continúe el despojo en silencio”.
En ese sentido, la llamada “paz de los cementerios” no es metáfora: describe la intención de sustituir justicia por quietud, dignidad por control, memoria por olvido.
Si la paz significa igualdad, dignidad y libertad, este acuerdo está lejos de alcanzarla, mientras se imponga una “calma” basada en la fuerza, la resistencia seguirá recordando que ninguna tumba puede clausurar la historia de un pueblo.











